martes, 21 de junio de 2011

Capítulo 11 - Vestimenta romana

Vestimenta Romana


Una sociedad, y a gran escala una civilización, se definen por diferentes patrones culturales y conductas. Estos patrones se interconectan entre sí formando motivos y figuras únicas ligadas propiamente a esta civilización. Tan únicas que nos hace posible distinguir vestigios de esta civilización en lugares foráneos a simple vista. La vestimenta es gran parte de la cultura de una nación. Nos permite conocer sus gustos, sus temores, sus ideas, su poder de creatividad y adaptación al medio en el que viven. Roma convirtió de la vestimenta en un símbolo nacional y de status social. Viendo a un romano por su vestimenta podríamos saber en cuestión de segundos si este es pobre o rico, lo que literalmente se puede hacer en cualquier sociedad. Pero viendo a dos romanos ricos podríamos saber inmediatamente cuál de éstos tiene un cargo público, cuál de éstos es realmente un patricio y así una cantidad de distinciones considerables. La ropa en Roma no solo nos permite diferenciar al romano del no romano, nos permite diferenciar al romano del romano. Diseñada y creada para ser un símbolo de status y poderío personal, esta se fue adaptando desde sus principios. Si hacemos una revisión histórica podremos ver que los elementos principales de vestimenta romana fueron siendo adaptados de otras culturas. La toga de los etruscos, las túnicas de los griegos, incluso hasta el calzado. Esto no significa que lo tomara tal cual lo encontraron. Los romanos, prácticos y eficientes, fueron moldeando las prendas para convertirlas en un emblema.

Características generales y prendas más utilizadas
La lana era el tipo de material más utilizado para confeccionar las prendas, dada su abundancia y fácil manejo. Esto no quiere decir que no se utilizaran otros materiales. Dependiendo del poder adquisitivo de la persona en cuestión las prendas podían ser de algodón, lino o seda. Las mujeres patricias de buen pasar prácticamente utilizaban exclusivamente seda para sus chitones. Como es lógico asumir las decoraciones eran un punto importante a la hora de definir el gusto de los romanos. Los adornos de perlas -uno de los tipos preferidos de joyas por las mujeres- eran muy utilizado para adornar desde los broches en las túnicas hasta las mismas sandalias o zapatos. Diferentes tinturas eran utilizadas para decorar la ropa. La purpura -una tintura muy costosa obtenida de los moluscos y considerada de excelente gusto- y otras tinturas de origen vegetal, también eran utilizadas para embellecer las prendas.

No hay evidencia de un uso muy difundido de ropa interior
-indumenta, como se la llamaba- hasta antes de la República. Sabemos que los trabajadores utilizaban un subligar o un subligaculum para proteger sus genitales, el cual era una prenda rectangular de lino o lana que generalmente cubría también el vientre. Posteriormente surgen dos nuevos tipos de ropa interior. La subucula, que asemeja una camiseta, la cual era normalmente hecha de lino; y la camisia, que su nombre ya nos deja claro que era similar a una camisa. También vemos que estas prendas podían tener distintos modelos, encontramos el campestre entre ellos que era muy utilizado en días calurosos. Por otra parte podemos encontrar la mamillare en las mujeres. Una tira de cuero que sostenía el busto y se asemejaba al corpiño actual.
 
Algunas otras prendas que vale la pena mencionar brevemente, ya que su utilización era casi nula, son los sombreros. Las mujeres de por si no los utilizaban, salvo algunas esclavas. Los hombres los utilizaban pero muy raramente y preferían no hacerlo. Encontramos el cucullus, o gorro de viaje; y en los libertos, como símbolo de su libertad, el pileus, un gorro con forma de capuchón. En los teatros abiertos, donde el sol podía ser molesto, se solía utilizar un sombrero alado conocido como petasus.

La Toga

Si hay un símbolo romano este es la toga, al punto de que los identificó como nación. Su uso estaba tan difundido entre los ciudadanos que "gens togata" o "togati", fueron algunos de los términos utilizados para referirse a éstos. Las togas solo podían ser utilizadas por los ciudadanos romanos, los extranjeros o esclavos que se atrevieran a utilizarlas eran castigados. Estas, como generalmente todas las prendas, eran símbolo de la clase y prestigio del que las vestía. Entre un ciudadanos que poseía un poco más de riqueza comparado con otro las diferencias eran pocas, pero a medida que aumentáramos en la escala social las diferencias se incrementaban al punto de llegar a togas que costaban pequeñas fortunas. No todo el mundo, por más que contara con la cantidad de dinero necesaria, podía disponer de ciertos colores o motivos en sus togas. Los colores y por sobre todo los motivos en estas servían para identificar desde el status social hasta el cargo público que la persona en cuestión ocupaba. Sin duda alguna los romanos veían en la toga simbolizados la dignitas y la gravitas. Esto la hacía una parte fundamental del sentir romano.

Características y manera de vestirla
Las togas eran hechas con lana, aunque en algunos casos, y dependiendo de la riqueza de la persona, podían también estar hechas de lino y seda -SERICUM-. Cosa que era extraordinariamente rara, ya que lo aceptado era que la toga sea de lana. Estas eran hiladas y tejidas en las casas por las mujeres, las cuales consideraban esta tarea una tradición, aunque ya entrado el tiempo esta tarea se fue delegando cada vez más en los esclavos.
No se sabe a ciencia cierta su forma exacta y es un tópico que trae mucha discusión alrededor, actualmente se cree que en la época pre republicana esta era un pedazo rectangular de tela, ya luego poco antes de la formación de la República toma una forma más redondeada para adaptarse a los nuevos y complejos modos de vestirla. Para la época imperial el uso de la toga se hará todavía más complejo y hasta se requerirá de ayuda para poder vestirla. Dionisio nos dice que esta era un semicírculo. Pero dado el nivel de pliegues que presentan las togas, los cuales podemos ver en las imágenes que llegaron a nuestros días, esto sería muy complicado. Por otra parte los reportes de Quintiliano, una de las mayores fuentes junto con Tertuliano, que tenemos sobre el uso de las togas, nos dicen que estas eran redondeadas. Algo que también es contradictorio. Las investigaciones actuales, mediante el estudio de las estatuas, determinaron que la forma más viable de estas es un trapezoide. Apuntando la parte redondeada para arriba y la parte rectangular para abajo. Dada la cantidad de pliegues que estas presentan su tamaño variaría de los 6 a 7 metros de ancho por 2 a 3 metros de alto. La toga generalmente se pasaba por el hombro izquierdo y se doblaba de tal manera por detrás de la espalda que esta al pasar por debajo del brazo derecho podía curvarse por delante de la persona y así cubrirla toda dando ese toque tan distintivo a la vista. Quintiliano en sus descripciones nos informa que los antiguos no tenían un sinus. El sinus es la parte de tela frontal que nacía del pliegue que pasaba por debajo del brazo derecho y que colgaba del lado inferior. Uno de sus pliegues formaba también el umbo. El umbo es el nudo que se formaba por los pliegues a la altura del estómago. El cual se cree que se utilizaba parte del cinturón de la túnica para sostenerlo. Podemos distinguir al perquam brevis como la parte frontal superior ubicada por arriba del umbo.
Augusto capite velato, Museo Pío Clementino, Vaticano

Pequeños pesos eran aplicados en la parte inferior de la toga para ayudar a que esta mantenga su forma. Pero más allá de esto no podemos encontrar evidencia de que las togas estuvieran abrochadas o presentaran uniones cosidas que ayudaran a mantener su forma.  
Otra manera de vestir la toga era el Cinctus gabinus, que consistía en mover la parte trasera por sobre la cabeza formando una capucha. Esto generalmente se utilizaba en rituales religiosos o por el cónsul para declarar la guerra.
Pero de igual manera veamos un comentario de primera mano sobre cómo debía ser vestida la toga. Quintillano, en su institución oratoria nos comenta:
“Que las bandas caigan rectas indica poco cuidado, se observa negligencia. Los modales de los que tienen la banda ancha deben ser adecuados a la tradición. Es de mayor agrado que la toga quede con un volumen correcto y tenga una buena caída, ya que de otro modo resultará excesivamente redundante. Su parte anterior queda perfectamente si termina a media pierna, la posterior un poco más alta de la cintura. El sinus queda muy bien si está algo por encima del cinturón de la túnica, y nunca por debajo. El que va en oblicuo desde debajo del hombro derecho al izquierdo, como una banda, que no se estrangule ni cuelgue. La parte de la toga que se pone detrás, que sea más corta: así, en efecto, se sienta uno mejor y se mantiene sin desparramarse. También se debe levantar una parte de la túnica, de modo que no moleste en el brazo con el movimiento: entonces el sinus hay que ajustarlo al hombro, cuyo borde exterior se ha de mantener alejado. No conviene que se cubra el hombro y todo el cuello, pues entonces el vestido quedará ajustado y echará a perder la gracia que hay en la parte del pecho. El brazo izquierdo debe levantarse hasta donde haga un ángulo normal, sobre el que las dos aberturas de la toga afirmen con regularidad."

Orígenes, costumbres y tradiciones relacionadas a la toga
Originalmente la toga proviene de los etruscos. Esta, como tantas cosas, fue tomada y adaptada por los romanos. Convirtiéndola y reinventándola en una pieza única y sin igual, pasando de ser un simple pedazo de lana usado cubrir el cuerpo a convertirse en un símbolo de status y poderío personal. En un principio la toga era utilizada tanto por hombres como por mujeres. Más adelante esta fue dejada de usar por las mujeres que la reemplazaron por la palla, la cual era sinónimo de matrimonio. Por otra parte las mujeres que vestían una toga eran mujeres de poca moral, generalmente prostitutas, que comunicaban así su oficio. Las mujeres divorciadas por adulterio también eran obligadas a ponerse una toga. En los primeros tiempos era puesta sobre el cuerpo desnudo, no se llevaba una túnica debajo como en períodos posteriores. Aunque debemos remarcar que más allá de ya implementada la túnica, algunas personas, generalmente de familias patricias, las seguían utilizando a cuerpo desnudo para mostrar así su apego a la tradición. Su doblado era simple y no, como veremos más adelante, complejo y fuertemente ligado a tradiciones y etiqueta. Servía para diferenciar al ciudadano romano de los esclavos y los bárbaros, la única diferencia entre los romanos pobres y ricos era el material más fino de las pertenecientes a éstos últimos, y la limpieza la cual no era tan simple como podemos creer. Aunque las togas no tardarían luego en convertirse en "documentos móviles" del porvenir de su dueño.
Mosaico de Virgilio y las Musas, Museo del Bardo, Túnez
Toga senatorial


Siempre que el romano estuviera fuera de su casa debía vestir toga
-como veremos en este mismo artículo, algunos trataban de limitar su uso ya que era complicado ponérsela-. Para los juegos, los discursos y recibir visitas importantes también era necesaria. Era muy normal que se estrenaran togas en los festivales. Cuando una persona era vista con una toga muy sucia se lo consideraba un "sordidati", y a la toga sucia como "toga sordia". Esto proviene de desordenado.
Una vez ya entrada la República las togas empezaron a distinguir no solo a los ciudadanos romanos de los no romanos. Sino también a los patricios de los plebeyos y a los nobles entre ellos. El uso de la toga praetexta, blanca con borde purpura, indicaba que el que la vestía era un senador. Así mismo los las personas en luto podían utilizar una toga hecha de lana oscura y los candidatos a alguna oficina pública utilizaban la toga candida, que indicaba su candidatura.
Volviendo a las épocas antiguas podemos decir que las togas también eran utilizadas por los soldados. Pero éstos fueron dejándolas de lado en la batalla dada su incomodidad. La toga presentaba otras comodidades como formar un mullido colchón o sábana para los tiempos fríos.

Tipos de togas
Toga exigua: El primer y más primitivo tipo de toga. Estas togas eran utilizadas en los primeros períodos y su manera de vestir era simple y utilitaria.
Toga virilis/pura: Era la toga que todo ciudadano romano comenzaba a utilizar luego de su mayoría de edad. Esta era blanca, sin adornos ni tintura.
Toga praetexta: El uso de esta toga estaba reservada a los magistrados, y los niños que todavía no alcanzarán la mayoría de edad -al cumplir 16 o 17 años, dependiendo de su fecha de nacimiento- la cambiaban por la toga virilis.
Toga candida: Proviene de "candidus", brillante. Esta toga la utilizaban los candidatos a una oficina pública. Su nombre proviene de qué eran tratadas con tiza para darle un color blanco que resalte. Esto significaba la pureza de sus intenciones.
Toga pulla: Esta toga, hecha con lana negra, era la toga utilizada en el luto. Con este tipo de toga se comunicaba que el portador estaba sufriendo por la pérdida. Es importante aclarar que las familias patricias no utilizaban la toga pulla.
Toga picta; capitolina; purpurea: Adornada con hilo de oro y distintos ornamentos. En un principio fue vestida por los generales en los desfiles triunfales. Luego fue adoptada por algunos emperadores en eventos públicos o discursos y conocida como purpurea.
Toga purpura: Esta toga data de mucha antigüedad. Tenida completamente de purpura, aunque había algunas versiones color blanco y purpura. Era utilizada por los antiguos reyes y también por algunos emperadores de la era imperial pero ya conocida como purpurea.
Toga muliebris La toga vestida por las prostitutas y mujeres divorciadas por adulterio.


Toga candida, toga praetexta, toga pulla y toga picta

Problemas por su incomodidad
Gradualmente la toga se empezó a dejar de utilizar. La principal razón de esto era la incomodidad que esta presentaba. Era tan complejo su plegado que los hombres de clase alta debían recurrir a esclavos entrenados que los ayudaran a vestirla -estos eran conocidos como vestiplicus-. Todo no terminaba con ponérsela sino que su manejo era también complicado. Por ejemplo el brazo izquierdo debía mantenerse cerca del cuerpo para evitar que esta se desarmara. Otra de las razones era que en invierno no era un abrigo muy adecuado para evitar el frío. Esto llevó a que gradualmente se abandonara, o en el mejor de los casos dejara de lado, su uso. Varios emperadores trataron de evitar esto ya que la toga era un símbolo romano. Augusto por ejemplo ordenó que los senadores debían acudir al senado con toga. Cicero y Suetonio también son dos fuentes del esfuerzo de los emperadores por revitalizar el uso de las togas. Reuniones oficiales, visitas importantes, los discursos, actos solemnes, las salutattio, reuniones y fiestas eran los terrenos donde las togas mantenían su vigencia. Esto era producto de la costumbre y de lo tradicional de esta prenda. La gente las utilizaba más por cuestiones de honor y prestigio que por comodidad o moda.

Pallium
Esta prenda surgió como respuesta a la incomodidad de la toga. Las primeras diferencias que podemos encontrar es que el umbo ya estaba anudado y ubicado anteriormente a ponérsela, según nos cuenta Tertuliano. Varios de los pliegues críticos estaban abrochados con ganchos y broches lo que hizo más fácil su estabilidad al usarla.

La Túnica

La túnica se empezó a utilizar luego del contacto con las tribus helénicas en las provincias del sur. Pronto los romanos vieron la utilidad de esta prenda. Su colocación era simple y rápida, y por sobretodo era muy cómoda. Rápidamente se convirtió en la prenda de trabajo, de vestir en la privacidad del hogar y la ropa básica del soldado. Las que más aprovecharon las túnicas fueron las mujeres. Sus modelos mucho más elegantes y elaborados que las de los hombres deslumbraron a los romanos. No solo marcaban el poder económico de la persona en cuestión sino también su rango político. Como veremos en el desarrollo de este artículo viendo la túnica de un noble romano podríamos saber al instante si era un magistrado o un noble sin cargo público.

Características y modo de vestir
Las túnicas estaban hechas en lana pero también, y dependiendo del poder adquisitivo de la persona, estas podían estar hechas de lino, lo que las hacía ideales para el verano, también podemos encontrar túnicas de seda, aunque estas extremadamente costosas. Las mujeres solían teñir sus túnicas con purpura, una tintura orgánica muy costosa, que daba al instante señal de su riqueza.
Las túnicas se componían por dos piezas rectangulares de tela cosidas a los costados, con una abertura bajo los hombros para permitir pasar los brazos. Aunque hay versiones con mangas largas, en su gran mayoría eran desmangadas o de mangas cortas. Estaba mal visto para un hombre romano que su túnica tuviera mangas (túnica manicata) -remarcamos que en los hombres ya que no era mal visto en las mujeres tener túnicas de mangas largas, adornadas o bordadas-. Podemos encontrar ciertas diferencias en las túnicas de hombres y mujeres, en las túnicas genéricas que eran las que solían usar los hombres ya que las mujeres tenían otros modelos como el chitón o el plepos. En los hombres la túnica llegaba hasta las rodillas mientras que en las mujeres esta llegaba hasta los pies. Era considerado más elegante. Por otra parte en los trabajadores y soldados vemos, más que nada en los murales que los retratan, que las utilizaban por arriba de las rodillas. Esto se puede explicar ya que otorgaba una mayor libertad de movimiento el vestirla de esta forma.
La etiqueta indicaba una maniobra al ponerse la prenda. Esta consistía en doblarla de cierta manera y ajustarla con el cinturón para que queden pliegues uniformes. No llevar un cingulum, es decir un cinturón, era de mal gusto. También era muy común que la túnica sea unos pocos centímetros más larga en la parte trasera, dando un efecto un tanto particular. Esto era considerado elegante y de buen gusto. Si bien, entre los hombres, no había mucha diferencia de formas en la confección de estas si había diferencias de calidad en los materiales. Otro causal de diferencia era la túnica augusticlavica, con pequeñas rayas a los costados. Mientras que la túnica laticlavia, vestida por los senadores, tenía dos rayas más anchas que las augusticlavias a los costados. Esas eran de color purpura y cuando se vestían junto a la toga praetexta combinaban de tal manera que era casi inevitable ver el rango social de la persona que la vestía. El hombre común o el esclavo contaban con túnicas de un material mucho más rústico y oscuro, generalmente amarronado o gris oscuro. Por otra parte para distinguir su rango las mujeres utilizaban los más costosos materiales que sus bolsillos puedan costear. Las túnicas eran tenidas de brillantes y vivos colores y muchas veces adornadas con hilos de oro y hasta perlas. Las mujeres no ajustaban su túnica únicamente por la cintura como los hombres. Ellas podían elegir hacerlo en la cintura o por debajo del busto. Esto era utilizado por la mayoría de las mujeres dependiendo de su edad.
Como dijimos anteriormente no era normal que las túnicas cuenten con mangas muy largas. Esto no era así en el ejército. Las túnicas de campaña tenían mangas que llegaban casi hasta el codo. Esto posiblemente para evitar paspaduras o raspaduras por el uso de las cotas de malla o las armaduras de placa. La túnica era sostenida en la cintura por un cinturón con colgantes conocido como cingulum. Se cree que en el ejército, ya entrada la época imperial, generalmente las túnicas eran de color rojo, pero esto últimamente ha sido puesto en duda. El estudio de diferentes murales llegó a la conclusión de que son más las representaciones con túnicas blancas que túnicas rojas. Posiblemente esto se deba a épocas de poca liquidez donde la tintura de las túnicas, para darle una uniformidad e imponencia a la legión, tuviera que ser dejado de lado en pos de la economía. Algunos murales mostraron, además, soldados con túnicas de otros colores y no exclusivamente el rojo y del blanco.
Por último nos quedan las túnicas usadas por los gladiadores. Eran túnicas especiales que solo pasaban por un hombro dejando un hombro al descubierto. Quizá esto se debía al ferviente deseo de mostrar al gladiador como un primitivo hombre necesitado de sangre. 

El chitón
Las mujeres tenían un tipo de túnica muy popular, el chitón. Este fue tomado directamente de las culturas helénicas y adaptado a los estándares romanos. Al igual que las túnicas convencionales esta cuenta con dos piezas que son unidas hasta los hombros, pero estos no son cosidos como en las túnicas regulares. Los hombros son unidos con botones y piezas dando un patrón muy elegante, y quizá pequeñas aberturas sobre los hombros de la mujer. Aunque esta prenda era casi exclusiva de las mujeres, hay retratos de hombres utilizando chitones. Los chitones de seda eran buscados en gran medida por las mujeres. Entre las túnicas eran consideradas las prendas más seductoras que se podían conseguir.

El peplos
El peplos otro tipo muy popular entre las mujeres. Si bien su confección era similar a las demás túnicas. Dos piezas de telas cosidas a los costados. Este tipo de túnica presentaba una diferencia. Era tubular y los hombros no eran cosidos.
Una segunda pieza era utilizada para ajustar la pieza en los hombros. Dependiendo la clase los broches que ajustaban esta pieza podían ser de distintos metales preciosos. Este tipo de túnica también fue heredado y adaptado de la cultura helénica.

La paenula
Era en si un manto con una abertura, podríamos decir que asemejaba a un poncho dada sus características. Lo encontramos cuadrado o rectangular, de dimensiones ajustables al tamaño de la persona. Si bien no era exclusivo de los pobres era extensivamente utilizado por éstos. Había paenulas con capucha y sin capucha. Por los ricos y pobres era común utilizarla en viajes y en días muy fríos. Se podía vestir tanto sobre la túnica como por sobre la toga.

En la anterior imagen podemos observar los distintos tipos de vestimenta tanto en pobres como en ricos. También nos es fácil distinguir los diferentes tipos de plegar la toga. Vemos a simple vista que las distinciones entre pobres y ricos, asi como de los nobles entre ellos mismos es notable. Por ejemplo el hombre más a la derecha es un senador por su toga praetexta; también podemos observar que el segundo hombre de la derecha, es muy posible que este de luto -por su toga pulla-. El quinto hombre contando desde la derecha, con su toga plegada en el estilo conocido como cinctus gabinus nos dice que muy posiblemente este oficiando algún sacrificio o ceremonia religiosa; a la izquierda de este hombre observamos un flamin. A la izquierda tenemos hombres más pobres, por ejemplo podemos ver dos hombres utilizando una paenula. Uno con capucha y otro de espaldas.

Vestimenta de la Mujer

Durante el periodo monárquico en Roma, del siglo VIII al VI a.C. e, incluso, en todas las épocas, el material más utilizado para la confección de la ropa fue la lana. Esta era económica y se producía en diversas partes del imperio. En un principio la lana no se teñía y el color de la ropa variaba solo por el color natural de la oveja.
“Hay varios colores de lana; tantos que necesitamos distintos términos para expresarlos todos: varios tipos, que se llaman nativos, se encuentran en Hispania. Polentia en los Alpes, produce vellón negro de la mejor calidad; Asia, además de la Bética, el vellón rojo, que se llama de Eritrea; las de canusio son de un color rojizo, y las de Tarento tienen su peculiar tinte oscuro.”
El poeta Marcial, español de nacimiento, frecuentemente alude a las ovejas de la Bética y especialmente a los variados colores de su lana, que era tan admirada que se manufacturaba sin teñir y con ocasión del regalo de una toga hace una descripción poética de las distintas lanas utilizadas para la confección de prendas en su tiempo y alaba su blancura.
La planta del lino se cultivaba en Italia durante el periodo prehistórico, y, desde luego, en tiempo de los Etruscos. Como el lino era muy difícil de teñir con los tintes disponibles en la época, probablemente se emplearía en su color natural, un marrón grisáceo. El contacto de los romanos con otras provincias, además de su creciente riqueza, les permitió comprar lino de Egipto que disfrutaba de muy buena reputación y era un producto de lujo. Este se exportaba no solo hacia el oeste sino también a Arabia e India  en intercambio de productos: “El lino de Egipto, aunque es el menos fuerte de todos los tejidos es del que se deriva más beneficio. Hay cuatro variedades.” (Plinio, XIX, 2)
Pintura Casa de Isis e Io, Pompeya

Aunque el  lino italiano era de inferior calidad,  varias regiones de Italia continuaron cultivándolo para vender, incluso en la época imperial.
El carbasus (algodón) se menciona ya en el siglo II a.C., pero, sin duda, los romanos ya habían empezado a utilizarlo antes. El algodón resultó ser un material resistente y que se secaba más rápidamente que la lana. Plinio cita el gossypium como una variedad de algodón que crecía en Egipto:
En la parte alta de Egipto, cerca de Arabia, se cultiva un arbusto, conocido como gossypium, al que algunos llaman xylon, por lo que los tejidos con ello confeccionados se llaman xylina. El arbusto es pequeño y tiene un fruto como una nuez con barba, que contiene una sustancia sedosa, que se hace hilos. No hay tejidos conocidos superiores a los hechos con estos hilos, por su blancura y suavidad. Los más apreciados vestidos de los sacerdotes egipcios se fabrican con ellos.” (H.N., XIX, 1)
Incluso del fondo del mar se obtenían productos para confeccionar tejidos. La pinna nobilis es la concha del nácar que, a su vez, contiene unos filamentos dorados (byssus) de los que se forman unos hilos  (seda del mar) utilizados para tejer lujosos vestidos. Tertuliano da testimonio de este uso en su obra De Pallio, III: 
“No era suficiente peinar y sembrar los materiales para una túnica. Era también necesario pescar para el vestido de uno- Porque se obtienen del mar vellones, donde conchas de tamaño extraordinario contiene copos de musgoso pelo.
Estos insectos tejen hilos similares a los de las arañas, y se utilizan para elaborar los más lujosos y costosos vestidos de las mujeres y se llaman bombycina. Panfilia, una mujer de Cos hija de Platea, fue la primera en descubrir el arte de desenredar los capullos y tejer los hilos. A ella debería otorgársele la gloria de haber descubierto como realizar un vestido que al mismo tiempo que cubre el cuerpo de la mujer deja verlo a través de él.” (H.N. XI, 75)
La seda,  serica o  bombycina (del gusano Bombyx mori), se traía desde China en las caravanas que pasaban por Palmira y la costa siria, atravesando el territorio de los Partos. Los romanos conocían esas tierras como la de “los lejanos Seres”, de ahí el nombre de serica. Al parecer el tejido había que elaborarlo y en la isla de Cos se especializaron en tejer una tela muy fina y transparente con la que se hacían vestiduras  (Coa vestis) que dejaba entrever el cuerpo de la mujer, y que primeramente fue utilizado por las cortesanas de Grecia y Roma, aunque su uso se extendió al resto de mujeres posteriormente.
Pintura con matrona y jóvenes romanas, Baños del Foro, Herculano,
Museo Arqueológico de Nápoles

El uso de la seda continuó en gran demanda durante todo el imperio, aunque su alto coste hacía que mucho dinero se gastase en su importación. Es por ello que los mercaderes de seda de Roma y otras ciudades vendían principalmente hilo de seda, para poder entretejerlos con hilos de fibras más baratas, cuyo tejido se llamó subserica, en contraposición de la tela hecha entera de seda natural, holoserica.
 Según Dión Casio, durante el reinado de Tiberio, quien tildaba el uso de la seda como afeminado, el senado romano aprobó una ley para que la seda fuera usada solo por las mujeres, aunque algunos emperadores se reservaron el honor de llevarla, como Calígula que al celebrar un triunfo en Puteoli se puso una clámide de seda, tintada de púrpura y adornada con oro y piedras preciosas.
El interés por los tintes y tejidos reflejaba la jerarquización de la sociedad romana y la lucha de las clases sociales más altas y bajas por distinguirse entre los demás o cambiar su rango social. Aunque es difícil determinar qué tintes se usaban durante la monarquía romana, es posible, que los reyes y ciudadanos más ricos pudieran permitirse paños, ropas y tintes vendidos por los etruscos y otros mercaderes extranjeros.
La púrpura es una materia colorante de vivo color rojizo. Se extrae de una serie de moluscos gasterópodos que segregan un jugo que es la base para la elaboración del tinte obtenido posteriormente por síntesis. El grupo de moluscos utilizados comprende a especies de los géneros púrpura y murex.
El tinte púrpura constituyó para los antiguos una de las formas de dar color a sus telas y vestimentas más estimadas. Desde época creto-micénica los griegos utilizaron el jugo de gasterópodos marinos con esos fines. Pero el gran auge de la industria de la púrpura llegó de la mano de los fenicios en el oriente mediterráneo, aunque su producción, comercialización y consumo adquiere mayor vitalidad e importancia en el mundo grecorromano. Podrían haberlo traído comerciantes griegos desde el Mediterráneo oriental o de los mercados establecidos en las costas del Mediterráneo occidental, como Marsella.
El tinte púrpura, según la tradición romana, ya fue utilizado por reyes romanos como Rómulo, Tulo Hostilio y otros. Los tejidos de color púrpura eran muy caros por la enorme cantidad de moluscos necesitados para obtener el tinte, a lo que había que sumar el coste del transporte.

La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura, sobretodo) llegó a ser tan elevada que su uso adquirió amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la militar. Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia. La belleza, pero principalmente el elevado precio del producto final y la consiguiente exclusividad de los vestidos así tratados explica su alta valoración. Muchos literatos criticaron su uso por parte sobre todo por parte de las mujeres, por su afán de lujo y provocación.
No es razonable, pues, que una mujer lleve un gran velo de púrpura deseando ser centro de atracción de las miradas. ¡Ojalá se pudiera arrancar de los vestidos la púrpura, evitando con ello que los mirones se giraran para observar a las que la usan! Sin embargo, éstas que tejen poco su vestido y lo hacen todo de púrpura, inflaman los deseos fáciles; y de ellas, ciertamente, que se inquietan por esta púrpura estúpida y delicada…” (Clemente de Alejandría, Pedagogo, II)

Los tonos del color púrpura aumentaron durante el primer siglo d.C. ya que para mantener su status la gente buscaba nuevos tonos para sustituir los antiguos que habían pasado de moda.
Durante los reinados de Calígula y Nerón se restringió el uso del color púrpura para el uso del emperador y su familia. Los ricos más vulgares favorecieron tonos de colores chillones tales como los recién introducidos: cerasinus, rojo brillante de color cereza. 
Por fin se presentó Fortunata, su vestido adornado con una franja amarilla, para mostrar una túnica de color cereza debajo…" (Petronio, Satiricón, cap. 67)
Ismenia, J.W. Godward

El coccinus, el brillante escarlata del quermes tuvo tanta demanda como tinte de lujo que, además de la producción asiática, se desarrolló una gran industria del tinte con quermes en España. El tinte del quermes que vivía en las encinas de Emérita en Lusitania se apreciaba por su color y su recolección sirvió como salario extra para los campesinos pobres.
Pero lo que más me atrajo fue un manto muy oscuro que resplandecía con un tono negro brillante.” (Apuleyo, Metamosfosis, Cap. XI)
Venus y Hesperus, Casa de Gabio Rufo, Pompeya

El color negro se podía obtener con las agallas del roble mezclando el líquido obtenido de las mismas con sales de hierro. Plinio menciona su uso mezclado con alumbre:
El alumbre líquido negro se emplea para dar a la lana un tono oscuro. El más apreciado es el de Egipto y Melos. El sólido es pálido y áspero de apariencia y se vuelve negro al aplicar agallas.” (Plinio, H,.N., XXXV, 52) 
El negro parece haber sido el color habitual para el luto, tanto para la túnica como para el manto. Las mujeres llevaban una palla de color oscuro (pulla palla).
Invocando a mis Manes y pidiendo por mi alma y mojando antes sus piadosas manos con un brebaje, que, vestidas con una túnica negra, recojan mis blancos huesos, única parte de mi cuerpo que sobrevivirá."(Tibulo, III)
El color amarillo rojizo lo proporcionaba la gualda (Reseda luteola) que se convirtió en el color ritual (luteus) del velo de las novias en los últimos tiempos de la república.  
"No te son propias las tristes preocupaciones ni los llantos, Osiris, sino la danza, el canto y el ligero y apropiado amor, las coloreadas flores y la frente ceñida de hiedra, el rojizo manto (lutea palla) suelto hasta los delicados pies, los vestidos tirios, la tibia de dulce son y la ligera urna conocedora de sacrificios ocultos." (Tibulo, I, 7)
Detalle Mosaico de Noheda, Cuenca

La demanda de estos colores de lujo era tan grande que llevó a la creación de tintes de imitación. Las fábricas tintoreras de la Galia, por ejemplo, pudieron imitar la púrpura Tiria con tintes vegetales, según menciona Plinio.
Clemente de Alejandría escribió también sobre el color púrpura y los distintos colores que estaban de moda en su época. Critica su uso, junto con el del oro,  por el lujo y la ostentación que significaba para una mujer cristiana, además que desaconseja los tintes porque dañaban los tejidos.
"El color de Sardes, el de frutos verdes, el verde pálido, el rosa y el rojo escarlata, así como mil y una variedades más del tinte han sido inventados para la depravada vida del placer. Es ése un tipo de vestido para, recreo de la vista, no para la protección: los tejidos bordados en oro, los tintes de púrpura, los adornos con motivos animales — expuestos al viento son de gran lujo—, y el tejido de color de azafrán e impregnado de perfume, y los mantos ricos y abigarrados, a base de pieles preciosas, con relieves de animales vivos tejidos en la púrpura; todo esto tenemos que mandarlo a paseo, junto con su afiligranado arte."
“Si debemos aflojar un tanto nuestro riguroso tono en torno a las mujeres, que se les teja un vestido liso, agradable al tacto, pero sin adornos cual si fuera un cuadro para regocijo de la vista. Pues, con el tiempo, el dibujo desaparece, y, además, los lavados y los líquidos corrosivos que se impregnan, componentes de los tintes, estropean las lanas de los vestidos y las desgastan; lo cual no conviene a una buena economía." (Clemente de Alejandría, Pedagogo, Cap. XI).
En Roma la vestimenta tenía una misión concreta, comunicar el status social del que vestía la prenda. La stola cumplía esta misión. Su objetivo era mostrar, manifestar a simple vista, que la mujer estaba casada. La prenda era más bien formal y sobria comparándola con otras túnicas como el chitón o los peplos.
Como acabamos de decir esta túnica pertenece a la familia de las túnicas. Era larga y se extendía de los hombros hasta los pies, en los hombros se unía por dos tiras breves. La mujer generalmente complementaba con la palla. Un manto rectangular que podía ser utilizado como velo o bufanda. De finos materiales y confección este variaba mucho dependiendo la clase social de la dueña. A lo largo de este artículo veremos otras prendas como el ricinium, que era similar a la palla pero utilizado por las matronas y luego tenemos el Supparrum, un velo que caía de la cabeza hasta la cintura.

La stola
La stola era una variedad de túnica, que como indicamos la mujer empezaba a vestir inmediatamente después del matrimonio. Esta se ponía por sobre otra túnica, la subucula o túnica interior, de seda o lino ya que eran materiales livianos y quedarían mucho más confortables luego con la stola arriba. Tener una túnica interior era muy conveniente en los días fríos ya que la stola era un vestido liviano y poco abrigado. La túnica interior generalmente era de una sola pieza y con mangas, lo que otorgaba mayor comodidad. Las stolas podían ser de seda, lino o algodón.
Aunque las de seda eran las preferidas en las clases altas. Sus colores iban del blanco crema -el color natural de la lana- al gris, el rojo y el purpura. Colores obtenidos con diferentes tinturas naturales. Se distinguía y valoraba a las mujeres con muchos hijos. Cuando estas tenían más de tres hijos podían vestir la stolae matronae que les otorgaba orgullo y prestigio en la sociedad.
Era normal adornarla con un
patagium. Este era una especie de cinturón que se ponía sobre la stola. No muy ajustado y podía estar teñido de purpura, una tintura bastante costosa y -símbolo de riqueza- o estar bordado con hilo de oro y otros arreglos. Era considerado muy elegante y el usarlo le daba prestigio social a la mujer que inmediatamente la distinguía como una persona adinerada o de buen pasar.
Lesbia (con túnica, stola y palla), Alma Tadema

Las mujeres que aparecían en público sin la estola eran consideradas como adúlteras y las mujeres respetables acusadas de adulterio tenían que abandonar la stola en favor de la toga (toga muliebris), que debían llevar las prostitutas,  como parte de la pena. No parece que esto se cumpliera a rajatabla y a finales del Imperio, la ley ya no estaba en vigor.
La siguiente imagen es una fotografía de la megalografía de los Ritos Misterii. Si bien poco es conocido de éstos ritos en ella podemos apreciar los diferentes tipos de vestidos

Palla, ricinium y supparrum
Como amictus (prenda exterior) las mujeres respetables se cubrían con un largo manto, la palla, encima de su túnica y stola cuando salían a la calle. Esta se confeccionaba principalmente de lana, aunque para el verano el lino, el algodón y la seda se utilizaron también. Podía ser de variados colores, excepto en la época en que estuvo vigente la ley Oppia, que prohibía el uso de la púrpura a las mujeres. Al principio del imperio era lisa, con, en algún caso, una cenefa, pero en el siglo III y IV d.C. podía decorarse con redondeles decorados, y más tarde con diseños más complejos. Podía tener un borde con flecos.
Mujer con palla, Museo Capitolino, Roma

Era rectangular y se llevaba doblada por encima del hombro izquierdo, bajo el brazo derecho y cruzado hacia atrás, llevada en el brazo izquierdo o hacia atrás por encima del hombro izquierdo. Envolvía el cuerpo desde los hombros a las rodillas, aunque podía caer hasta los tobillos.
Se representa como una prenda voluminosa que se colocaba en diferentes modos. Se llevaba por encima de la cabeza,  como un velo; alrededor del cuerpo como la toga, echado por los hombros como un chal, o incluso alrededor de las caderas. No se abrochaba y se podía sujetar con la mano. En muchas esculturas se puede ver que solía esconderse una mano por dentro. Esta forma de llevar la palla era adecuada para mujeres ociosas de la clase alta, pero no  para actividades prácticas.
Agripina, Alma Tadema

Era utilizado por las matronas. Era un manto cuadrado, o rectangular pero de poca extensión horizontal. Este manto indicaba prestigio dentro de la familia y como tantas otras prendas era un indicador de status instantáneo. La mujer que lo utilizara quedaba inmediatamente señalada como una matrona. Iba de la cabeza hasta los pies, ya que generalmente se utilizaba enganchado al pelo formando un velo trasero. El ricinium no tuvo una vida muy larga, comparado con otras prendas. Rápidamente fue reemplazado por la palla. La palla también era un velo pero más práctico. Generalmente se podía utilizar como bufanda, como chal o como capucha. Era de gran popularidad entre las mujeres. 
La cyclas era un manto circular femenino, de tela muy ligera con una cenefa decorada.
“… que las mujeres de la casa real deberían contentarse con una redecilla para el pelo, un par de pendientes, un collar de perlas, una diadema para los sacrificios, un solo palio decorado con oro, y una cyclas con cenefa bordada, de no más de seis onzas de oro.” (H. A. Alej. Sev. 41)
El ricinium era un manto más pequeño y corto de color negro u oscuro con una franja púrpura que se llevaba normalmente desde la defunción hasta la celebración de las exequias.
La mitra era un tocado compuesto de bandas de tela a modo de gorro cónico que se ataba por debajo de la barbilla y podía utilizarse para recoger el pelo por la noche.
 La novia romana vestía una túnica recta tejida por ella misma en un telar vertical con un velo color azafrán, que debía proteger el pudor de la desposada y dar buena suerte a la par que alejar los malos espíritus.
Cuando el Cristianismo ya estaba llegando a todos los confines del Imperio, los vestidos de seda casi transparentes todavía se llevaban como muestran los escritos de algunos escritores cristianos del Bajo Imperio, en los que suelen arremeter contra esas vestimentas que, según sus creencias, descubren falta de pudor y atentan contra las nuevas doctrinas.
Ahora bien, si es necesario que se compongan, debe permitírseles que utilicen tejidos más suaves, siempre que prescindan de los pequeños adornos estúpidos, las superfluas trenzas en los tejidos, y manden a paseo el hilo de oro, las sedas de la India y los sofisticados trajes de seda. Este raro tejido transparente delata un temperamento sin vigor, prostituyendo bajo una tenue capa la vergüenza del cuerpo. Además, no es un delicado vestido protector, pues no es capaz de cubrir la silueta de la desnudez. En efecto, un vestido de este calibre, al caer sobre el cuerpo con ondulante suavidad, se modela adaptándose a la constitución de la carne, y se amolda a sus formas hasta tal punto que toda la disposición del cuerpo de la mujer se hace evidente aunque con los ojos no se vea.” (Clemente, El Pedagogo, II)
El vestido como adorno ficticio sirve a menudo como motivo para reprochar el exceso ornamental de amada, cargado de connotaciones negativas para el poeta. Las denominaciones del tipo de Coa o Tyria vestis cobran especial importancia como términos que expresan el lujo.
Cubrirse la cabeza estando en el exterior de las casas no era por motivos religiosos como podemos ver hoy en las comunidades musulmanas donde se obliga a las mujeres a cubrir su cuerpo. Las romanas usaban estas "capuchas" por una cuestión social. Era considerado de buen gusto y apropiado para una mujer de clase alta cubrirse.

El supparrum era más que nada una capa que iba desde los hombros a los pies. Se enganchaba de la subucula y su característica era que lograba cubrir los brazos de la mujer envolviéndola en un manto de seda, que era muy popular entre las mujeres adineradas. Las mujeres plebeyas solían combinarla con una capucha dándoles una prenda más utilitaria.
Esta escena nos muestra varias de las prendas descritas anteriormente. Podemos ver los brillantes colores

Ropa interior
En lo que se refiere a ropa interior encontramos varias referencias.
El indusium era una especie de camisa interior larga de lana,  lino o algodón que se colocaba directamente sobre la piel.  Podía ser de manga larga o corta y con ella se acostaban. Por debajo de ella las romanas llevaban una banda de tela llamada fascia pectoralis o strophium, a modo de sostén del busto.
Tu mismo vestido, aunque oscuro y barato, es un indicio de tu ánimo. No tiene arrugas ni arrastra por el suelo para hacerte parecer más alta… Llevas una banda para sujetar tu pecho y un estrecho cinturón lo comprime.” (San Jerónimo, carta 117)
Consistía en una banda de lino de diseño rectangular que se cruzaba sobre los pechos para sujetarlos. El mamillare era de cuero y además de sujetar aplanaba.
“… y se visten con velos que pasan por ropas como para excusar su aparente desnudez. Pero se puede distinguir el interior con más claridad que sus rostros excepto por sus horrorosamente prominentes pechos que siempre llevan atados como prisioneros.” (Luciano, Amores)
El strophium se convirtió en un verdadero bolso. Como las túnicas no tenían bolsillos las mujeres tomaron la costumbre de guardar entre los pechos monedas, cartas, joyas o cualquier otro pequeño secreto que consideraran valioso.
Encima del indusium llevaban una túnica que podía ser de tela gruesa (spissa) o de tela fina (ralla o rara).
He aquí que llega Corina, vestida con una túnica sin ceñir su cabellera peinada en dos mitades cubriendo su blanco cuello. Le arranqué la túnica, aunque por lo fina que era apenas suponía un estorbo; ella, sin embargo, luchaba por taparse con la túnica.” (Ovidio, Amores, II, 7)
Io y Argos, Museo Arqueológico, foto de Karl

Con una túnica ligera se acostaban las mujeres y esta prenda se convierte, cuando es llevada, casi transparente y sin cinturón, por la amada en un símbolo de seducción amorosa.
Encontramos cierta variedad en los vestidos en la obra de Plauto, Epidicus, donde el autor enumera diferentes nombres de ropa femenina y colores utilizados:
“Que nuevos nombres encuentran estas mujeres cada año para sus ropas – la túnica fina (túnica ralla), túnica gruesa (túnica spissa), el paño de lino (linteolum caesicium), la camisa (indusiata), vestido con borde (patagiatum) de color azafrán (caltulam aut crocotulam), el supparum o subnimium, la capucha (rica), el traje real (basilicum) o el exótico (exoticum), con diseños ondulados (cumatile), o de plumaje (plumatile), con tinte cerúleo (cerinum)”.
Las mujeres para levantar el busto solían utilizar el ascia pectoralis. Una especie de corpiño que ayudaba a darle mayor firmeza al busto. El strophium y la mamillare eran también dos prendas interiores utilizadas por las mujeres. Estas eran más semejantes a los corpiños actuales. Estaban compuestas por tiras de cuero que cubrían el busto sosteniéndolo y afirmándolo.

En murales podemos ver el equivalente a bikinis. Sabemos que estos eran utilizados en competencias atléticas por las mujeres dado que las pinturas encontradas las simbolizan cargando una rama de laurel. 
Túnica recogida con cinta bajo pecho y  en cintura
Mujer llevando túnica y palla

Los peinados:
Los hombres en Roma empezaron a cortarse los cabellos y a afeitarse la barba por influencia de los griegos; pero no seguían unos hábitos comunes, excepto en rituales: los chicos ofrendaban la primera barba cortada a una divinidad, cuando se convertían en adultos y los hombres dejaban de afeitarse como a muestra de duelo.
El encargado del cuidado de los cabellos y barba era un esclavo de la casa, pero posteriormente se encargaban especialistas, tonsores, que montaban sus establecimientos ambulantes en la calle, tonstrinae.
Las estatuas de personajes masculinos emperadores, senadores y otros magistrados nos muestran la variedad de peinados de los hombres en Roma. 


Además  de seguir las modas del peinado, las matronas romanas pasaban largo tiempo intentando mejorar su imagen con el cuidado y embellecimiento de su cabello. La aplicación de tintes y ungüentos, la elaboración de rizos y la ornamentación con distintos complementos  eran tareas que ocupaban a las ornatrices y permitían a las señoras vanagloriarse de una belleza  más artificial que natural.  
Pero la mayor parte de sus esfuerzos se van en el peinado. Porque algunas no pasarían un juicio favorable sobre sus dones naturales y, por medio de pigmentos que pueden colorear de rojo el pelo para igualar al sol de mediodía, ellas tiñen su pelo con un capullo amarillo como colorean la lana; las que están satisfechas con sus rizos oscuros gastan la fortuna de sus maridos en ungir su pelo con casi todos los perfumes de Arabia; utilizan herramientas de hierro calentadas a fuego lento para rizar su cabello a la fuerza en bucles, y rizos elaborados con estilo traídos hacia las cejas dejan la frente sin apenas espacio, mientras las trenzas por detrás caen orgullosamente hasta los hombros.”  (Ovidio, Amores)
Retrato época Flavia, Museos Capitolinos, Roma

Las mujeres que tenían cierta posición económica aumentaban el volumen de su cabellera con postizos o pelucas.  Se recurría a pelucas y postizos para disimular las canas y cubrir la calvicie, o para complicar el peinado impuesto por la moda, ya que el pelo natural era insuficiente para elaborar los voluminosos peinados. 
La mujer se nos presenta con abundantísimos cabellos gracias a su dinero, y de ajenos convertidos en propios, sin avergonzarse de comprarlos en público, a la faz del mismo Hércules y el coro de las Musas.” (Ovidio, A. A. III).
En los bustos que representan a las emperatrices, podemos ver como Julia Domna llevaba una peluca con ondulaciones artificiales en paralelo a la raya central, que dejaba ver por debajo, a la altura de las mejillas, unos pequeños mechones de pelo natural. 
"Además desconozco las cantidades de postizos cosidos y trenzados que os sujetáis, ya a modo de bonete como un cubre cabeza y como cobertura de la coronilla, ya como un moño sujeto en la nuca." (Tertul. Los adornos de las mujeres II, 7)
El capillamentum (peluca entera) o galerus (media peluca o tupé) de pelo natural se montaban sobre un armazón curvo, empleando para ello distintos materiales como el cuero o la piel fina de animales como el corzo, la cera de abejas o alguna resina, sobre el cual se implantaban los cabellos naturales. Los capilli Indici, postizos hechos con cabellos negros procedentes de la India, eran muy apreciados para ocultar las canas y tan demandados que se incluyó un impuesto especial a su importación. Las damas romanas también utilizaron pelucas hechas con el pelo rubio de las cautivas germanas, que se convirtió en una mercancía valiosa.
 “La loción de los Catos (chattica spuma) enciende las cabelleras teutónicas: podrás ir mejor arreglada con cabelleras cautivas." (Marcial, Ep. XIV, 26).
Que los cabellos superpuestos se distinguieran o no de los naturales dependía de la destreza de las ornatrices.
“Cipasis, tan entendida en dar mil formas a una cabellera, que merecías dirigir el tocador de las diosas.” (Ovidio, Tristias)
"¿Todavía ahora imitas insensata a los pintados britanos y coqueteas con tu cabeza teñida con brillo extranjero? Tal y como la naturaleza la dio, así es ideal toda belleza: feo es el color belga para los rostros romanos. ¡Que surjan bajo tierra muchos males para la doncella que cambia su cabello con artificio inapropiado! ¿Es que si una tiñera sus sienes con tinte azul, por eso esa belleza azulada le sentaría bien?" (Propercio, Elegías, II, 18b)
Pintura de Pompeya, Museo Nacional de Nápoles

Teñirse el pelo llegó a ser común entre las damas romanas muy pronto. En una época tan antigua como la de Catón se había introducido en Roma la costumbre griega de colorear el pelo de amarillo rojizo, pero las largas guerras contra los germanos acentuaron el deseo de imitar las rubias cabelleras de las esclavas apresadas. De entre los tintes más utilizados hay que destacar las pila mattiaca, bolas hechas con la tierra rojiza del entorno de Mattiacum, antigua ciudad con aguas termales que corresponde a la actual Wiesbaden y que daba al cabello un color rubio encendido:
Si a teñir te dispones ya canosa, tus longevos cabellos, toma -¿a dónde te llegará la calva? Unas bolas mattiacas. (Marcial, XIV, 27)
La spuma batava era otro tinte que procedía de Mattium, en la actual Holanda, que proporcionaba el rubio rojizo deseado. Estos colorantes eran muy agresivos y podían producir fuertes y dolorosas inflamaciones.
Para teñir el pelo de rojo se hacía uso de la henna, sustancia vegetal procedente de Egipto y de las provincias orientales. Incluso utilizaron el minio y otros productos minerales para obtener el color apropiado. “aunque mostrabas un color rojizo como si hubieras sido teñida a fondo con minio, aquel color tuyo era de sangre, esa es la verdad” (Ov. Am. I, 14)
Los romanos utilizaron un tinte hecho con cenizas de haya y sebo de cabra (sapo)  que elaboraban los esclavos galos para teñir de rubio. 
El sapo, también, es muy útil para este propósito, una invención de las Galias, para dar un tinte rojizo al cabello. Se prepara con sebo y ceniza, de las que las mejores son las de haya y carpe: hay dos tipos, el sapo sólido y el líquido, ambos muy utilizados por los pueblos germanos, por los hombres más que por las mujeres.” (H.N. XXVIII, 51)
Opciones más baratas para el pelo rubio era machacar pétalos de flores amarillas y polen. 
Para teñir el pelo de negro se utilizaba una mezcla de aceite de oliva y cáscara de nuez, además de otros ingredientes.
Plinio, de nuevo, dejó algunas recetas en las que se empleaban unos ingredientes un tanto peculiares: “Las sanguijuelas dejadas pudrir en vino tinto durante 40 días tintan el pelo de negro.” (H.N. XXVIII, 29)
Se puede apreciar la ironía del escritor cristiano Tertuliano cuando describe a las mujeres que intentan buscar la eterna juventud al teñirse de negro las canas.
“Veo que algunas incluso se tiñen el cabello de color rubio azafrán. Hasta les avergüenza, su país, porque no han nacido ni en Germania, ni en la Galia. Así cambian de patria con el cabello (…) Las que se esfuerzan en hacerlo negro de blanco son las que  lamentan haber vivido hasta la vejez. ¡Qué temeridad! (Tertuliano, Los adornos de las mujeres, II, 6)
Una cabellera lisa podía convertirse en rizada y repleta de tirabuzones recurriendo al calamistrum, un instrumento formado por dos tubos: uno hueco de metal, que se calentaba al fuego, y otro de menor tamaño en el que previamente se enrollaba el pelo que se quería rizar y que se introducía en el interior del tubo caliente. Los esclavos que se ocupaban de su utilización se llamaban ciniflones o cinerarii.
Más sencillo era el empleo de pinzas de grandes dimensiones cuyos extremos, una vez calentados al fuego, servían para moldear y ondular el cabello.
Para fijar el peinado elaborado y marcar los rizos, la ornatrix aplicaba en ocasiones clara de huevo batida o goma arábiga mezclada con agua.
El excesivo uso de los tintes y del calamistrum fue una de las causas de la pérdida del cabello y  nos han quedado varios ejemplos literarios, como la elegía XIV de Ovidio, donde reprocha a la amada el quedarse casi calva por ese motivo:
”... Entonces sus trenzas eran suaves como el amanecer. Con cuanta frecuencia he presenciado su tortura, al obligarlas, pacientemente, a resistir el hierro y el fuego, para que formaran pequeños bucles. No, tuyo es el delito, y tuya fue la mano que derramó el veneno en tu cabeza. Ahora Germania te enviará la cabellera de una esclava; una nación vencida proporcionará tus ornamentos.”
Los aceite hechos de plantas y flores como el mirto y la rosa eran ingredientes empleados para dar color, frenar la caída  o alisar el cabello. Las cenizas del ajenjo mezcladas  con ungüentos y aceite de rosas servían para colorear el cabello de negro.
También detienen la caída del cabello las lagartijas reducidas a ceniza, con la raíz de una caña recién cortada, finamente troceada para que se consuma al mismo tiempo, a lo cual se añade aceite de mirto”. (Plinio, H. N. XXIX)
Galeno en su obra De Compositione Medicamentorum  recoge la siguiente receta sacada de la Cosmética de Kleopatra: “Contra la pérdida de cabello, hacer una pasta de rejalgar (una forma natural de mono sulfato de arsénico) y mezclarla con resina de roble, aplicarlo a un paño y ponerlo donde ya se haya limpiado bien con natrón (una forma natural de carbonato de sodio). Yo mismo (Galeno) he añadido espuma de natrón a la receta anterior, y funcionó de verdad.”
Era costumbre también perfumar los cabellos con ungüentos:
permite que los perfumes goteen de su brillante cabello, y deja que dulces guirnaldas rodeen cuello y cabeza” (Tibulo, I, 7)
El mirobálano es un fruto semejante a una almendra que se produce en la India y se importaba desde Egipto, con el que se hacía un ungüento para el pelo:
Esto, que ni Virgilio ni Homero nombran en sus versos, se compone de perfume y nuez (de bálano)”. (Marcial, XIV, 146)
Retrato con acus crinalis, El Fayum, Egipto

Con el  nombre de acus crinalis se denominaba a la horquilla para sujetar el cabello. Suele estar realizada con hueso, bronce o marfil. A veces podía dejarse hueca para introducir perfume. Todas las aci presentan un esquema similar compuesto por una cabeza muy bien diferenciada, y el cuerpo alargado y en forma de huso con extremo más o menos puntiagudo; su diferenciación radica en la forma o decoración de la cabeza: cabeza lisa, bien de forma esférica o tallada en facetas, y las decoradas tanto con temas geométricos como figurados (serpientes, piñas,  manos o bustos femeninos).
Agujas para el pelo, Exposición Historias de Tocador, Barcelona

Se empleaba el acus como aplicador de tintes y cosméticos y para moldear, cardar, alisar, enrollar, levantar o rizar cabellos. El acus discriminalis o discerniculum servía para separar los cabellos en el peinado.
Tu pelo no se merece que lo quemes; el cabello mismo se moldea con las horquillas que se le aplican. (Ovid. Am. I, 14)
Entre los objetos que las mujeres empleaban en su aseo y proceso de embellecimiento está el peine (pecten), que podía ser de madera, especialmente de boj, hueso, marfil e incluso bronce.
Crees que ella arregla su pelo para ti, peina sus finas trenzas con el acero de finos dientes?” (Tibulo, I, 9)
“¿Qué hará si no encuentra ya cabellos este trozo de boj que con tantos y tantos dientes te regalo?” (Marcial, XIV, 25)

Peine romano, Museo Británico

En la literatura latina encontramos una cierta esclavitud del espejo tanto de las mujeres como de los hombres. Ver el resultado final tras un largo proceso de embellecimiento con una imagen reflejada en el espejo suponía una muestra más de vanidad.
Un rizo, sólo uno, había salido defectuoso. Una horquilla mal puesta se había soltado. Lalage estampó en su esclava el espejo que le había revelado la fechoría, y Plecousa se desplomó, inmolada a esta terrible cabellera”. (Marcial, Epigramas)
Pintura de John William Godward

El espejo se hacía de metal pulido por una cara para que reflejase la imagen y por la otra podía estar finamente decorado con figuras, o no,  y tener mangos de estilos diversos o carecer de ellos. 
Los primeros espejos manufacturados se comenzaron a elaborar en materiales como el cobre, plomo o bronce, y según Plinio, fue Praxíteles, importante cincelador de espejos, quien introdujo por primera vez los espejos fabricados en plata en tiempos de Pompeyo Magno. Este autor describe el proceso de elaboración de los espejos de plata y admira la excelente falsificación de este preciado metal recurriendo a una mezcla de estaño y cobre.
Séneca relata la historia de los espejos desde que eran ofrecidos espontáneamente por la naturaleza hasta convertirse en objeto de lujuria y ostentación.
Pues bien, después se utilizaron otros elementos terrestres no menos malos, cuya superficie lisa ofreció a quien se ocupaba de otra cosa su propia imagen; y este la vio en una copa, aquel en el bronce preparado para otros usos; a continuación se fabricó un círculo exclusivamente para este menester (…) Posteriormente, dominándolo todo el lujo, se cincelaron espejos de cuerpo entero en plata y oro; después, adornados con piedras preciosas."  (Séneca, Cuestiones Naturales, I)
Algunos autores exaltan su valor para reflejar la belleza femenina, y por otro lado, lo condenan porque no se corresponde con una imagen real y auténtica de la persona reflejada.
Otros complementos empleados para resaltar la belleza de la cabellera eran las redecillas, que podían ser de oro, para mantener recogido el pelo; la diadema que podía adornarse con piedras preciosas, las coronas de flores y las cintas que podían ser de lana o seda  de distintos colores, como el púrpura.
"La redecilla (reticulum) es la que recoge la cabellera, y se llama así porque retiene los cabellos para que no aparezcan despeinados." (San Isid. Etim. XIX, 31)
"La diadema es un ornamento propio de la cabeza de las mujeres; está confeccionada a base de oro y piedras preciosas; se ata por la parte de atrás  abriendo sobre sí mismo los extremos." (San Isid. Etim. XIX, 31)
Retrato con diadema, Museo de Arte Walters

Las coronas de flores se utilizaban en fiestas y celebraciones y podían ser de rosas u otras flores olorosas o de plantas como el laurel.
Las vittae crinalis (cintas) podían llevarlas las vírgenes o las mujeres casadas y eran símbolo de buena reputación. Podían adornarse con piedras preciosas y también las utilizaban los sacerdotes y vestales.
"Las vittae son las cintas que se entrelazan en los cabellos y con las que se atan los cabellos sueltos. Taenia es la extremidad de esas cintas, que cuelga y presenta diferentes colores." (San Isid. Etim. XIX,31) 
La higiene más simple del cabello consistía en lavarlo con agua caliente, para aplicar después ungüentos para perfumarlos y proporcionar más brillo.  Se podía cortar el pelo no más de la longitud necesaria para poder llevarlo recogido. Que una mujer llevar el cabello corto era signo de dejadez, provocación e indecencia.

Ornatrix, el arte del peinado femenino en Roma
Venus estaba sentada en su trono resplandeciente, arreglando su pelo. A su derecha y a su izquierda permanecían las hermanas italianas. Una de ellas derrama rico néctar sobre la cabeza de Venus; otra peina su cabello con un fino peine de marfil. Una tercera, a su espalda, trenza sus mechones y coloca sus rizos, aunque dejando algunos a su aire, porque tal negligencia le sienta bien. No le faltaba a su rostro el veredicto del espejo; su imagen se refleja por todo el palacio y está encantada por donde quiera que mire”. (Claudiano, Ephitalamion)
La forma de peinarse en época romana indicaba un estilo de vida y definía la edad, el género y el estatus marital, social, religioso o económico del individuo.
Retrato de El Fayum, Egipto

La mujer libre mostraba su posición socioeconómica ostentando complejos y elaborados peinados, distinguiéndose así de la esclava que recogía normalmente los cabellos de forma muy simple. La mujer sin recursos económicos suficientes supliría con su habilidad personal la falta de medios para realizar un peinado siguiendo la moda.
Un cabello cuidado era un ornato imprescindible para ejercer la seducción y mostrar coquetería.
Habladme de un cabellera cuyo color sea tan agradable como perfecto su brillo; cuyos destellos irradien vigorosamente a la luz del sol o lo reflejen con dulzura, presentando variados tonos, según le dé la luz. Unas veces serán cabellos rubios, cuyo dorado, menos deslumbrador en la raíz, tomará el color de un rayo de miel; otras veces serán negros, como el azabache, que asemejaría los matices azulados del cuello del pichón. Perfumados con las esencias de Arabia, delicadamente peinados, recogiéndose en la nuca, ofrecen al amante que viene a verlos, la imagen de su rostro, y sonríe de placer.
Otras veces trenzados en apretado rodete, coronan la cabeza; otras veces sueltos se deslizan por la espalda. Finalmente, el peinado es un adorno tan ventajoso, que, a pesar del oro, los más soberbios trajes, piedras preciosas y demás ornamentos con que se presenta adornada una mujer coqueta, si su cabellera está descuidada no habrá quien alabe su vestir”. (Apuleyo, Met. II, s. II d. C.)
Pintura de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

Llevar una melena suelta podía significar desaliño o muestra de dolor y desesperación. Las Bacantes en las fiestas de las Bacanales soltaban su pelo como señal de lujuria y desenfreno. El cabello sin sujetar era en la literatura símbolo de seducción y erotismo, por lo que la diosa Venus era representada a menudo con su cabellera descansando sobre sus hombros sin adorno alguno.
"Si suelta sus cabellos, encanta con su melena;
si los anuda, hay que adorarla por su pelo recogido" (Elegía de Sulpicia).
Detalle Mosaico Villa romana La Olmeda, Palencia

Una mujer respetable no solo debía comportarse según la costumbre de los antepasados, cuyo ideal de virtud se concretaba en el pudor y la castidad, sino también adquirir una determinada imagen asociada a esos valores. . En la conducta personal de las damas patricias se destacaba sobre todo el aspecto exterior, de forma que reflejara una actitud altiva y sofisticada. El peinado más que un adorno era un símbolo de gran relevancia social, política y cultural.
La elección del peinado correspondía al seguimiento de esos valores. En los primeros siglos de la República los peinados femeninos eran muy sencillos, y las mujeres casadas salían a la calle cubiertas por un velo.
Retrato romano, Museo de la Ciudad, Barcelona

Durante la República y en los primeros tiempos del imperio los peinados eran simples de acuerdo al papel de una mujer centrada fundamentalmente en las labores domésticas y educación de sus hijos, pero la forma de arreglarse el cabello se fue volviendo más artificial, elaborada y recargada con el paso del tiempo.
Sin embargo, la moda y los gustos cambiaron en los primeros años del Imperio y los peinados, ya al descubierto, se multiplicaron y se  hicieron más sofisticados y complejos, como explica Ovidio:
Mil modas hay de disponer el cabello; elija cada una la que más le favorezca, y para ello consulte con el espejo .El rostro ovalado pide una cabellera partida en dos sobre la frente como la llevaba Laodamia. Las caras redonditas pueden muy bien recogerlos en nudo sobre la nuca, dejando las orejas descubiertas. Alguna dejará sus cabellos extendidos sobre su espalda como los del rubio Febo en el momento de pulsar su plectro. Otras los trenzarán sobre los hombros, como Diana cuando persigue por los bosques a las asustadas fieras. A ésta le sienta bien y le favorece extraordinariamente un peinado hueco y estrepitoso; aquélla cree que le cae mejor aplastado contra las sienes; siempre habrá alguna que se complace en sujetarlo con un peinecillo de concha; no faltará la que opta por agitárselo en ondas o rizos.” (Arte de Amar, II)

El estilo tutulus, reflejado en la escultura y pintura,  es descrito por Varrón como un recogido de rizos en lo alto de la cabeza atado con una cinta de lana, fue utilizado durante casi toda la antigua Roma, y era el modelo elegido de las matronas hasta que se impuso la variedad en el Imperio. 
Retrato de matrona con tutulus, Pintura de Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

El estilo seni crinibus (seis mechones trenzados independientemente que caían cubriendo púdicamente los senos) era utilizado por las  vestales y las  novias el día de su boda.
Peinado con trenzas largas, Palacio Massimo, Museo Nacional Romano

En el Imperio las mujeres del entorno imperial ejercen su influencia sobre las damas de linaje patricio.
El peinado nodus o de Octavia, de estilo propiamente itálico a finales de la república, consistía en dividir el pelo en tres partes, por medio de dos rayas en la zona frontal. La zona central formaba un copete encima de la frente, mientras que por los laterales discurrían  dos amplios mechones ahuecados, que tras rebasar las orejas se recogían en la nuca o se trenzaban y anudaban  en un moño sobre la parte posterior e la cabeza,  quedando el cabello tenso y pegado al cráneo como un casquete.  Lo lució Livia en la mayoría de retratos oficiales. Una  variante era reducir el tupé frontal y recoger los mechones  central y laterales en una coleta retenida por trenzas sobre la nuca. Era típico de Livia en su madurez.
Detalle mosaico, Villa romana La Olmeda,
 Palencia
   
El peinado con raya central podía variar desde el modelo helenístico en el que unos mechones laterales se elevan por encima de la cabeza y se anudan en forma de lazo mientras el resto queda suelto, o bien los mechones ondulados se anudan en un moño sobre la nuca, con las orejas cubiertas o no. En el siglo II d.C. se impone el cabello recogido en gruesas trenzas, que desde la nuca, se enrollan encima de la cabeza en un moño alto a modo de casquete. Otra variación es la sustitución del moño por una coleta gruesa formada por trenzas, mientras que dos tirabuzones laterales descienden por el cuello.
Retrato de Popea, Palacio Massimo,
Museo Nacional Romano

La emperatriz Mesalina llevaba el cabello ondulado sobre la parte superior de la cabeza y ricitos sobre la frente, mientras que el resto se recoge en una cola de bucle según una moda importada de Egipto y el norte de África. En la tercera década del siglo I d.C.,   apareció el peinado tipo “salus,” así llamado porque este estilo se había impuesto al representar la personificación de la salud. Lucido por Mesalina en sus retratos y símbolo de la elegancia y realeza, se diferenciaba del anterior principalmente en la acumulación de rizos junto a las sienes.
En época de Trajano y Adriano se envuelve la cabeza con una banda de pelo trenzado a modo de turbante.
Peinado tipo turbante, Museo Arqueológico de Tarragona

Otro peinado de origen helenístico es el llamado de melón, en el que el cabello se dividía desde la frente en varios mechones retorcidos, que se recogen en la parte de atrás de la cabeza. En la segunda mitad del siglo I a. C. las ondas se trenzan en un moño en la nuca.

Durante la época de Trajano y los Antoninos volvió a ponerse de moda y durante la época de los Severos las trenzas cubren totalmente la parte posterior de la cabeza en un moño aplastado que da lugar al modelo denominado de tortuga. Las orejas se cubren o se dejan al descubierto.
Retrato con peinado tipo tortuga, Museos Capitolinos, Roma

Los peinados que se imponen desde el siglo III al V son el tipo yelmo en el que los cabellos ondulados, divididos por una raya central, dejan las orejas descubiertas y se recogen en varias trenzas desde la nuca hasta la bóveda del cráneo como una malla.
Retrato con peinado tipo yelmo, Museo Arqueológico de Nápoles

O bien la masa de pelo se recoge sobre la nuca en un moño trenzado, ancho y aplastado que se lleva hasta la frente en forma de rulo.
En época de Nerón se sustituye la raya central por una banda de cabellos cortos y rizados en forma de caracol (anuli) que dejan al descubierto las orejas. La cabellera se enrosca en espiral en los laterales y se anuda en la nuca en forma de coleta. Una variante es la presentación  de una corona de rizos en forma de un abanico de cabello ondulado.
Retrato de Agripina, Museo Arqueológico de Nápoles

 "Muchos pisos, muchos armazones también en lo alto de su cabeza levanta: de frente verás una Andrómaca; por detrás es más chica, creerías que es otra." (Juvenal, sat. VI)
El gusto por los rizos se fue incrementando durante la segunda mitad del siglo I. d.C. Durante la dinastía Flavia, se impuso el peinado tipo nido de abeja que en la parte delantera estaba formado por abundantes rizos sobre la frente, como un tupé sujeto con una diadema. El resto se recogía hacia atrás en una grueso trenza o en un moño. Después evolucionó hacia un  aumento de los rizos en volumen y altura mediante postizos, hasta conseguir un tupé abultado con bucles dispuestos en corona sobre la frente (orbi). 
Retrato con peinado nido de abeja, Museo de Paestum, Italia

En tiempos de Vibia Sabina y Faustina  se disponen largas trenzas  como una rosca escalonada o un turbante en la coronilla (torus). La orla frontal de rizos se eleva con el empleo de una doble o triple diadema de rizos artificiales. A veces se empleaba una cinta de cuero que, recubierta de cabellos, ocultaba la línea de unión entre la frente y el postizo. 
A finales del s. IV las emperatrices se representan con un tocado más elaborado consistente en una gruesa trenza que se levanta desde la nuca y se dobla hasta descansar sobre una diadema ornamentada de perlas. Modelo estereotipado de influencia oriental.
Moneda con efigie de Gala Placidia

Herennia Etruscilla, esposa de Trajano Decio, aparece retratada en monedas, con el pelo trenzado y subido hasta la diadema y vuelto a dejar caer hasta el cuello. 
Moneda con efigie de Herenia Etruscilla

También en una moneda vemos el peinado de Fausta, esposa de Constantino, siglo IV, también con gruesas ondas, pero el pelo recogido atrás en un moño con adorno, aunque dejando la nuca al aire.
Según la moda el cabello se adornaba con cintas, diademas, coronas y piedras preciosas.
“En sus cabellos, relucientes de perfumes, prende la blanca perla de las conchas marinas y con cadenitas de oro quedan sujetos los bucles de su cabellera.” (Prudencio, Hamartigenia)
Muchos autores han dejado escritas sus críticas a la artificiosidad en los peinados que llevaban a incluir postizos y pelucas y que hacían parecer a las mujeres más altas de lo que eran.
¿Por qué no permitís descansar vuestro cabello, que tan pronto rizáis como los desrizáis; ya los alzáis, ya los rebajáis, hoy los trenzáis, mañana los dejáis sueltos sin simplicidad; aparte de eso, no sé qué montones de postizos añadís; a la manera de casco de piel, como si fuera una pirámide y una cubierta para la corona; otra manera es echado hacia atrás mostrando el cuello.” (Tertuliano, De cultu feminarum, s. III-IV)
Retrato con diadema, Museo Arqueológico de Nápoles

Durante la época imperial, las esposas de los soberanos y las princesas de alto rango marcaban el éxito de un peinado; la moda se difundía por las esculturas y monedas que representaban sus rostros y adornos hasta el último rincón del Imperio.
Retrato con peinado tipo Julia Domna, Museos Capitolinos, Roma

Moneda con efigie de Julia Domna

La peluquería se convirtió en un arte y ocupaba una parte considerable del tiempo de una dama elegante. Se empleaban hábiles criadas (ornatrices), quienes, a veces, se convertían en víctimas del enfado de las señoras cuando no estaban de acuerdo con el trabajo realizado. Epigramas y sátiras están llenos de gritos de matronas enfadadas y lamentos de sufridas esclavas:
Si la señora tiene una cita y desea estar más hermosa de lo habitual, y tiene prisa por encontrarse con alguien que la espera en los jardines, o más probablemente cerca de la capilla de la sensual Isis, la pobre Psecas, con los cabellos desarreglados, desnuda, con la espalda y pecho sin cubrir, le compone el peinado. ¿Por qué sobresale este rizo?, pregunta y entonces una correa de piel de toro castiga el crimen del rizo mal puesto. (Juvenal, sat. VI)
Matrona y ornatrices, Museo de Trier

Las esclavas que arreglaban el pelo de sus señoras podían ser unas expertas ornatrices que eran alabadas por su trabajo:
"Cipasis, tan entendida en dar mil formas a una cabellera, que merecías dirigir el tocador de las diosas..."
También podían hacer otras labores como teñir los cabellos, depilar el vello, aplicar perfumes y ungüentos, maquillar y ayudar en la elección de vestidos y joyas.

Las mujeres casadas, en principio, llevaban un peinado característico, las sex crines, seis trenzas; peinado que también llevaban las vestales, sacerdotisas muy importantes en la vida social y religiosa romana.
A lo largo del imperio, los peinados fueron complicándose siguiendo unos modelos: sujetaban todos los cabellos con cintas sobre la nuca, llevaban varios pisos formando un peinado alto, disponían los cabellos en semicírculo con tirabuzones alrededor...
Todos estos peinados necesitaban postizos, agujas comatoriae, redecillas y las manos de esclavas expertas. También era habitual el uso de pelucas rubias y de tintes para aclarar el color de los cabellos. 



Diferencias sociales basadas en la vestimenta
Como mencionamos a lo largo de este artículo las diferencias sociales se acentuaban en la ropa. No solo por una cuestión de materiales y calidad sino también por una cuestión de simbología implícita en las prendas. Era la misma sociedad la que imponía estas reglas de vestimenta que permitían ver el poder o clase del individuo. Por ejemplo solo los senadores podían usar una túnica laticlavia -con dos anchas líneas a cada lado naciendo verticalmente desde los hombros-. Estas distinciones se conocen como el latus clavus, de aquí el nombre de laticlavia.

Por otro lado solo los ecuestres podían usar la túnica augusticlavia -similar a la laticlavia pero con líneas más finas-. Estas franjas se conocían como angusus clavus. Algo similar se daba con las togas. La toga praetexta, la cual contaba con un borde purpura en uno de sus extremos, solo podía ser vestida por magistrados. No solo en la ropa se daban estas diferencias. Los calcei senatorii, y como se hace evidente en su nombre eran vestidos por los senadores, eran teñidos de una tonalidad roja para que puedan ser distinguidos fácilmente. Es importante remarcar el esfuerzo que se hacía no solo por mostrar riqueza con la vestimenta, sino también poder demostrar a simple vista el poder de la persona y las divisiones de poder incluso en ese mismo rango social. Por ejemplo los calcei senatorii si eran adornados con una lunula -un adorno plateado- indicaban que este era un oficial importante. Las distinciones también se hacían a la vida personal. Con la stola se distinguía a una mujer casada de una soltera, y con la stolae matronae a una mujer que había tenido más de tres hijos. Hecho que le daba prestigio en la sociedad. Algunos oficiales de alta importancia que no eran magistrados, como por ejemplo los Pontifex Maximus, y que por ende no podían llevar togas de borde purpura, igualmente demostraban su Posición por el cuchillo de hierro conocido como Secespita, que éstos cargaban exclusivamente.
Volvamos otra vez a los materiales. Es evidente, y como ocurre en todas las sociedades, que las clases se pueden diferenciar por la ropa que visten. Una persona de mayor poder adquisitivo obviamente recurrirá a su riqueza para comprar una vestimenta más acorde a su rango en la escala social. Esto también ocurría en Roma. Los esclavos y libertos, así como los plebeyos más pobres, no vestían toga. Los dos primero porque no tenían derecho a utilizarla, ya que como dijimos era un distintivo romano que simbolizaba la dignitas y la gravitas. El último porque muchas veces podía ser una prenda costosa.
Si bien el detalle que mencionaremos a continuación no se expandió como el uso de la toga praetexta para diferenciar a los magistrados de los demás nobles. Con el tiempo se agregaron ciertos colores a las togas para remarcar la profesión de la persona que la vestía. Por ejemplo los filósofos llevaban detalles en color azul, los médicos el verde y los teólogos el negro. Esto fue más que nada un motivo de decoración y no es un dato muy conocido y referenciado, pero es importante aclararlo más características que podemos encontrar a la hora de señalar el status social de un individuo se encuentran en los libertos. Era costumbre que algunos libertos usaran sombreros y esto los hacía fácilmente reconocibles como libres. Las mujeres esclavas también solían utilizar sombreros pero para tares agrícolas.

Adornos, joyas y símbolos del hombre romano
En el mundo romano una joya se usaba para simbolizar un status, además de para adornar.   De la sencillez de los primeros tiempos de roma se pasó con las sucesivas conquistas en Oriente a la pasión por el lujo y el exceso debido a la influencia de los gustos asiáticos.
El anillo reflejaba la clase social a la que se pertenecía y, con posterioridad, el nivel económico del portador.
Según la costumbre antigua, heredada de los etruscos, los ricos patricios llevaban en la mano derecha una sortija de hierro. Durante la República, el anillo de oro se reservaba para ciertas ocasiones y personas. Los enviados al extranjero en una embajada llevaban un anillo de oro como muestra de su dignidad, pero una vez de vuelta lucían el de hierro otra vez. Los nobles con puestos oficiales y sus descendientes masculinos tenían el privilegio de lucir el annulus aureus desde el 321 a. C. y los caballeros (equites) desde el 216 a. C. Cuando se produjo la tercera guerra púnica los tribunos militares tenían ya el derecho a llevarlo. Augusto, según Dión Casio, otorgó el derecho a llevarlo al médico que consiguió curarle, Antonio Musa. Con Tiberio fue concedido a los ciudadanos libres y poseedores de 400.000 sestercios, lo que supuso que la distinción fuera perdiendo su valor. El emperador Septimio Severo, en el año 197 d. C., permitió a todos los soldados llevar anillos de oro con lo que dejó de ser un signo de mérito social. A finales del Imperio todos los ciudadanos libres podían llevar un anillo de oro, los libertos uno de plata y los esclavos uno de hierro. Para distinguirlo de otros anillos adornados con diversas piedras, que podían llevar todos los hombres o mujeres de todas las clases, el anillo de oro mantuvo su forma original inalterada por la moda.
La función asignada principalmente al anillo en su origen fue la de sello para firmar documentos oficiales y privados.

Él (Augusto) les dio también  a Agripa y Mecenas tanta autoridad en todos los asuntos que podían incluso leer con antelación las cartas que escribía al Senado y cambiar lo que querían. Con este fin recibieron un anillo con el que podían firmarlas otra vez, ya que había hecho duplicar el sello que usaba, cuyo diseño era una esfinge en los dos. No fue hasta más tarde que hizo grabar su propia imagen en su sello, que fue el utilizado por los emperadores posteriores excepto  Galba, que usó un sello de sus antecesores, con un perro asomado a la proa de un barco.” (Dión Casio, LI, 3)
Pero también hay testimonios de su uso como recipiente de veneno para quitar la vida propia o ajena. Plinio recoge en su Historia Natural que el guardián del templo de Júpiter Capitolino se suicidó con el veneno de su anillo para evitar ser torturado, cuando 2000 libras de oro fueron robadas de un compartimento secreto dentro del trono de Júpiter durante el tercer consulado de Pompeyo el Grande.
En el s. I a.C. no era usual llevar más de un anillo: Plinio dice:
“Al principio era costumbre llevar anillos en el cuarto dedo solamente; después el dedo pequeño y el segundo también estaban ocupados por ellos, sólo el dedo del centro quedaba libre. Algunas personas se ponían todos los anillos en el dedo más pequeño; otros sólo ponían un anillo en él para distinguir que lo usaban para sellar.”

Pero pronto cambió la costumbre. Marcial habla de un hombre que llevaba seis anillos en cada dedo día y noche.
Carino lleva seis anillos en todos y cada uno de sus dedos y no se los quita ni por la noche ni al bañarse. ¿Preguntáis cuál es el motivo? —No tiene “estuche de anillos”. (Epigramas, XI, 59)

Para guardar los anillos usaban unos cofres llamados dactyliothecae. La gente rica tenía juegos de anillos; más ligeros para el verano, más pesados para el invierno. Existían dactyliothecae públicos y privados en Roma, donde se exhibían los camafeos traídos a casa procedentes de guerras extranjeras. Escaro poseía una colección de camafeos entre sus tesoros de arte griego. César dio seis colecciones de la misma clase al templo de Venus Genetrix.
Retrato de Ammonius, Museo del Louvre

Muchas veces un anillo pesado resbala de los dedos con ungüentos; segura estará, sin embargo, tu joya bajo mi custodia” (Marcial, XIV, 123)
Muy común fue el gusto por los anillos adornados con gemas y camafeos, en los que los romanos gastaban enormes fortunas.  Expertos artistas griegos fueron los artífices de piezas exquisitas. Los hombres y mujeres romanos solían cubrir sus dedos con anillos de esta clase, usados en parte para sellar, en parte para adornar. Algunos ricos pecaron de un gusto excesivo por la ostentación, que algunos literatos criticaron.
Zoilo, ¿por qué te gusta engastar una gema en toda una libra [de oro] y echar a perder una pobre sardónice? Ese anillo, les hubiera venido a la medida a tus piernas: pesos así no les van bien a los dedos”. (Marcial, XI, 37)
Entalle con retrato de Tiberio

El hecho de que un individuo eligiera la efigie de su emperador para llevarla en un anillo muestra admiración hacia su figura. El desarrollo del retrato individual es uno de los principales logros del arte romano, a pesar de que los artistas solían ser griegos, pero, al trabajar bajo un patronazgo romano, su trabajo respondía a las necesidades y gustos romanos. El retrato fue siempre valorado por los romanos, la reproducción de un rostro en una gema o una moneda y regalarla como colgante, insignia o anillo permitía su difusión entre sus contemporáneos.
El anillo bien pudo convertirse en un obsequio entre enamorados entregado como símbolo de fidelidad y recordatorio de amor eterno, como queda patente en este texto de Ovidio:  "Anillo que has de ceñirte al dedo de mi hermosa dueña, y cuyo valor lo fija el amor de quien lo regala, corre a su casa como un grato obsequio que reciba con franca alegría; deslízate rápido por sus flexibles articulaciones, y ajústate como ella a mí, a la medida exacta de su dedo, sin dañarlo. Feliz anillo, serás el juguete de mi ama; yo mismo, desgraciado, tengo envidia de mis regalos. Si pudiera de repente convertirme en mi propio regalo por la magia de Ea o del viejo de Cárpatos, entonces intentaría rozar el pecho de mi amada cuando, su mano izquierda penetrase bajo la túnica, y por más sujeto que estuviera, resbalaría del dedo, y libre, gracias a mi destreza, me posaría sobre su seno". (Amores)
Transcurridos 8 días para las niñas y nueve para los niños, al recién nacido se le imponía un nombre y se le colgaba al cuello una pequeña cápsula de metal, cóncava, en forma redonda, de corazón o de luna creciente, en cuyo interior había alguna sustancia considerada portadora de virtudes mágicas para ahuyentar el mal de ojo y evitar la envidia, entre otras. 
El origen etrusco de la bulla, a la que se conocía también como Etruscum aurum era opinión extendida en Roma. Plutarco se hace eco de una leyenda en la que la valentía de Tarquino, aún muy niño, le valió de su padre una distinción honorífica consistente en una bulla de oro. También Plinio remonta el origen a Tarquinio Prisco, que recompensó a su hijo, aún con la toga praetexta, con una bulla áurea por haber matado a un enemigo.
Niño con bulla, Museos Vaticanos

Inicialmente la bulla era privilegio de los jóvenes patricios cuyos padres hubieran sido magistrados con distinción curul. Solo después de la Segunda  Guerra Púnica se permitió su uso a todos los recién nacidos de origen libre. La bulla era el primer regalo que un padre hacía a su hijo. Y éste la portaría consigo hasta que cumpliera los 17 años, momento en que junto con la toga praetexta, la consagraría a los Lares o a Hércules. Persio alude a su mayoría de edad, en el momento en que, “por primera vez, azorado mozalbete, dejó de protegerme la toga pueril, y mi bulla colgó consagrada a unos Lares auténticamente romanos.” (Sat. 5, 30)
Bulla de oro, Museo Thornvaldsen, Dinamarca

La bulla habitualmente era metálica: de oro, la de los hijos, de los patricios; de plata, cobre o bronce, e incluso a veces de cuero, la de los hijos de los plebeyos o de libertos. La gente muy humilde se limitaba a llevar por bulla un nudo en el cinturón. De ahí que Juvenal en su sátira V contraponga la clase social patricia a la clase social más humilde aludiendo a quien en su niñez le cupo en suerte la bulla de oro etrusca, y a quien solo le fue dado un nudo, modesto distintivo de cuero.
Los padres en tanto, estaban muy contentos viendo a sus hijos ir a la escuela muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sartorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los romanos llaman bullas.” (Plutarco, 14, Vida de Sartorio)
Una especie de bulla-amuleto era lo que se colgaban también al cuello los generales victoriosos en su desfile triunfal, no tanto como distintivo, cuanto para protegerse de las envidias, de las maldiciones y del mal de ojo que, sin duda alguna, les dirigían sus enemigos. También las emplearon los cristianos, aunque intentaron proporcionarles un nuevo sentido grabando en ellas los símbolos de su religión.
Por algunos restos encontrados la bula podía estar hueca y contener una resina perfumada que proporcionaba un agradable olor en contacto con la piel.
Otro amuleto favorito de los romanos fue el fascinus (falo). Los genitales eran especialmente venerados como fuerzas creadoras de la naturaleza y los amuletos que los representaban eran llevados para liberar al hombre de los males humanos y divinos.
Incluso llevaba joyas en sus zapatos, algunas veces encastadas – una práctica que incitaba a la burla de todos, como si, en verdad, el grabado de famosos artistas pudiese verse en joyas pegadas a sus pies. Gustaba llevar también una diadema enjoyada para incrementar su belleza y que su cara se pareciese más a la de una mujer y en su propia casa la llevaba puesta”. (Historia Augusta, Heliogábalo)
Retrato de El Fayum, sacerdote de Serapis

Suetonio menciona varios tipos de coronas otorgadas por el Senado como distinción en el campo de batalla. La corona cívica con hojas de roble por salvar vidas de ciudadanos romanos, la corona triunfal, de laurel, un signo de victoria para el general en su triunfo; la corona mural, almenada, para el que escalaba una muralla enemiga; la corona castrense en forma de vallado se concedía al primer soldado en penetrar en el campo enemigo y la corona naval, que se otorgaba al primero que abordaba una galera enemiga, se adornaba con proas de barcos. A Claudio se le concedió las coronas naval y cívica tras sus victorias en Britania.
Corona de oro con Serapis,  Tesoro de Dush, Museo del Cairo

Heliogábalo llevaba una corona enjoyada cuando realizaba las funciones de sacerdote del dios Sol. Domiciano lucía una corona con las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva cuando presidía la ceremonia dedicada a Júpiter Capitolino. Los sacerdotes que le acompañaban llevaban coronas con la imagen del emperador. 
Dión Casio cuenta que Augusto tuvo el privilegio de llevar la corona triunfal en todos los festivales.
De las coronas de flores que los comensales acostumbraban a ponerse en los banquetes para aliviar el efecto de la borrachera y evitar olores desagradables, se pasó, con el gusto por el lujo y la ostentación, al obsequio de regalos suntuosos como joyas y coronas de oro para que los invitados las lucieran en las cenas más extravagantes.
Y he aquí que desde el artesonado baja de repente un aro enorme, sin duda sacado de un gran tonel. Por todo alrededor colgaban coronas de oro y frascos de alabastro con perfume. Entretanto se nos animaba a que recibiéramos estos obsequios como regalos del patrón….” (Petronio, Satiricón, 60)
La diadema, que en el periodo helenístico significaba el poder, no se adoptó como insignia oficial de la Roma Imperial hasta la época de Constantino el Grande.
Museo Petrie, Egipto

El objeto de joyería más valioso para los celtas era el torques. Se trata de un collar rígido que nobles, guerreros, y otros personajes de la sociedad llevaban alrededor del cuello. Los torques se realizaban en una gran variedad de materiales y tamaños. Algunos consistían en un tubo hueco, y eran tan ligeros y flexibles que podían ser abiertos y retirados del cuello. Otros, en cambio, estaban hechos de gruesas varillas de oro retorcidas, o de hilos de plata, y eran tan grandes y pesados y estaban tan ricamente decorados que se reservaban para ritos ceremoniales.
Los etruscos y persas también solían llevar torques. Las estatuas de dioses solían adornarse con estos collares y también las de guerreros muertos en batalla eran representados con ellos.
Torque del tesoro de Snettisham, Museo Británico, Londres

Tito Livio describe una batalla contra los Boii cerca del lago Como tras lo cual el victorioso ejército romano recogió un enorme botín incluyendo un gran torque de oro de gran peso que fue regalado a Júpiter en el Capitolino.
El romano Tito Manlio en el 361 a. C. retó a un galo a un combate, lo mató y se llevó su torque. Como siempre lo llevaba puesto, recibió el apodo de Torcuato que fue adoptado por su familia como sobrenombre. A partir de ese momento los romanos otorgaban el torque a los soldados que se distinguían en las batallas en tiempos de la República. "(Manlio) dejó el cadáver de su enemigo caído intacto, a excepción de su torques, que se puso en el cuello aún manchado de sangre. El asombro y el miedo dejaron inmóviles a los galos; los romanos corrieron impacientes desde sus líneas para encontrarse con su guerrero y, entre aclamaciones y felicitaciones, lo llevaron ante el dictador. En los versos improvisados que cantaban en su honor le llamaban Torcuato (adornado con torques), y este apodo se convirtió con posterioridad en un orgulloso nombre familiar. El dictador le dio una corona de oro y, delante de todo el ejército, aludió a su victoria en los términos más elogiosos." (Ab Urbe Condita, VII, 10)
Quintiliano relata que los galos regalaron a Augusto un torque que pesaba 100 libras romanas (casi 33 kilos) por lo que queda patente que este tipo de ornamento al no poder ser lucido por su destinatario debido a su peso debía ser tomado como una ofrenda hecha a los dioses o como un reconocimiento de la superioridad del que lo recibe.
Fíbulas romanas, Museo de Conimbriga, Portugal

La fíbula es un objeto metálico diseñado para sujetar las prendas de vestir. Para tal fin posee un mecanismo que le permite abrir y cerrar múltiples veces, y abrir lo suficiente como para ensartar las ropas cómodamente y cerrar de forma segura para mantener lo sujetado, pudiendo ser accionada cuantas veces se necesite. Un resorte relaciona la aguja que engancha la prenda y el arco que mantiene la tensión y aporta el sistema de cierre. El componente estético recae también en el arco. 
Fíbula de oro con camafeo y gemas, Museo Metropolitan, Nueva York

Su tamaño está en consonancia con la prenda a que se destina y su diseño refleja el gusto y la posición económica del propietario. Podía adornarse con diversas técnicas, como la filigrana, la incrustación de gemas, el esmaltado y la aplicación de pasta vítrea, hueso o coral. 
Fíbula con escena de caza
Además de ser un objeto de uso cotidiano y un adorno, la fíbula tenía un valor simbólico, dado que las figuras y formas representadas en su diseño podían significar los gustos, el rango militar o la pertenencia del dueño a la élite ecuestre o guerrera. Se han hallado fíbulas con escenas de caza, de gladiadores luchando y de temas heroicos y mitológicos. La clámide y el paludamentum de los militares (capas) solían asegurarse con una fíbula en el hombro. 
Retrato de Vespasiano con fíbula

Como objeto de adorno la fíbula acabó convirtiéndose en un producto de lujo y, por tanto, un exponente de riqueza, sometido a la influencia de las modas y la continua variación de tipos y formas. Su función práctica llevó a la continua evolución de algunos de sus elementos para lograr que la pieza permaneciese en la posición más indicada a la hora de sujetar con firmeza la prenda. Su triple valoración como objeto útil, decorativo y simbólico ha permitido que actualmente se conozca su tipología por haber sido reflejada en relieves conmemorativos, retratos, efigies monetarias y en lápidas funerarias, además de mosaicos y otras obras artísticas. 
Mosaico de las Tiendas, Museo Romano de Mérida

Se han conservado también como excelentes obras de orfebrería realizadas en bronce y oro, acompañando a los difuntos en sus tumbas desde los tiempos de las sociedades prerromanas hasta muchos siglos después. 
"(Escipión) le dio como regalo, un anillo de oro, una túnica con ancha banda, un manto Hispano con una fíbula de oro…" (Tito Livio, XXVII, 19)
Hebilla de cinturón

Para ser vestida con propiedad la túnica militar requería un cinturón que los romanos tomaron de los galos y que era un importante símbolo de identidad del soldado. Realizado en cuero o metal se adornaba con placas o hebillas, profusamente decoradas con joyas a finales del Imperio. Antes del siglo I se llevaban dos cinturones, uno para la espada y otro para la daga, y posteriormente solo uno para ambas armas.
"Llevaba joyas en sus zapatos, usaba solo una fíbula enjoyada y a menudo un cinturón con joyas también". (Carinus, Historia Augusta).
Que los hombres llevaran joyas se consideraba afeminado, pero algunos personajes históricos llevaron su excentricidad y afán por el lujo y la ostentación hasta la exageración de adornar sus ropas y calzado con metales y piedras preciosos. Calígula llevaba sandalias cosidas con perlas, según cuenta Plinio el Viejo.
Entalle con escena de caza, Museo Metropolitan

Ya en el 5000 a. C. artesanos de Mesopotamia solían trabajar en materiales como piedra, madera, vidrio o piedras preciosas para tallar figuras en las que únicamente se perfila su contorno, es decir, se crea una imagen remarcando los bordes del dibujo y rebajando el material. Esta es la técnica del entalle o intaglio. Los antiguos artesanos de Egipto, Grecia, Etruria y Roma también aplicaron esa técnica a la joyería.  En del 250 a.C. se desarrolló una nueva técnica en la que se recortaba un área en torno a una figura, donde los artesanos formaban imágenes en relieve, lo que daba lugar al camafeo o cameo. Los diferentes tonos se explotaban para reforzar la apariencia de profundidad con composiciones de múltiples colores. 
Aunque los intaglios son cóncavos y los cameos son convexos la técnica aplicada era la misma. El grabado se realizaba por incisión que se practicaba sobre la superficie de las piedras: piedras semipreciosas o gemas, piedras duras y, más habitualmente, piedras preciosas. Sobre estas piedras actuaban puntas de diferentes formas según el diseño que se quería realizar. Las puntas antiguamente se utilizaban a mano y para facilitar el movimiento de la punta, entre ésta y el material que había de ser sometido a incisión se introducía una mezcla de polvo abrasivo mezclada con aceite.
 
Camafeo con retrato de Caracalla en amatista
Los camafeos se elaboraban en piedras polícromas que poseían varias capas, unas claras alternando con otras oscuras, especialmente la que sirve de fondo de la imagen, para conseguir efecto de profundidad y variedad de color. Las piedras más empleadas fueron las calcedonias, ágatas y sus variedades, el jaspe y más raramente el lapislázuli. Sin embargo, se hacían también camafeos en ámbar, coral, azabache, etc. La talla de piedras preciosas en época romana fue primero un simple complemento a la elaboración de la joyería, para más tarde convertirse en un arte conocido actualmente como glíptica. Antes de la conquista romana, las piedras grabadas era un lujo en las regiones de la Galia, Britania y el Danubio, pero después de la conquista no solo se convirtieron en un objeto personal, sino en un elemento de adaptación e integración en el modo de vida romano.

La función primitiva de estas piezas era la de sello, utilizado por gobernantes, comerciantes o ciudadanos para dar autenticidad a documentos. Las gemas con entalles estampados en cera o arcilla eran la única forma efectiva de firmar.
Pero si ves todos los tribunales llenos de semejantes querellas, si tras leer diez veces los pagarés la parte contraria, aseguran los otros que no son válidos los autógrafos de unas tablillas sin cumplimentar aunque queden convictos por su propia letra y por el sardónice (la primera de las gemas, que se guarda en joyeros de marfil)” (Juvenal, XIII,139)
Estas piedras, que en la República y a principios del Imperio solo estaban disponibles para la élite y se usaban principalmente como sellos, se hicieron más accesibles, y perdieron el valor que tenían de único objeto identificador de productos y posesiones. 


Varias circunstancias favorecieron el uso más amplio de estas piedras: la Pax Romana aumentó el número de clases sociales e hizo que las materias primas fueran más fáciles de obtener. La mayoría de las gemas, sobre todo, la preciada cornalina, provenían de la India, aunque algo se extraía de la provincia de Noricum (Austria). La piedra sardónice, procedente de la India y Arabia, se hizo particularmente popular por su color y por la característica de evitar que la cera se quedase adherida al sello cuando se estampaba en las tablillas.
"
El primer romano que llevó sardónice, según Demostratus, fue Escipión el Africano, y por eso desde su época esta piedra se han tenido en gran estima en Roma." (Plinio, XXXVII, 23)
Los entalles adquirieron un carácter más ornamental, siendo utilizados, sobre todo, engarzados en anillos como objetos de adorno. La función original como sello quedó reservada casi exclusivamente para el anillo imperial o de los personajes de alto rango que tenían que emplearse en los documentos oficiales. También tuvieron desde antiguo ciertas propiedades que proporcionaban protección frente a maleficios y conjuros según el tipo, color y calidad de las piedras en las que fueron tallados. 
Anillo con figura de Némesis

Figuras de deidades protectoras, tales como Mercurio, la diosa Fortuna o Salus, o animales y símbolos que se creía, daban buena suerte se representaron con asiduidad. En los camafeos se representaban figuras humanas y fundamentalmente retratos, representados en pequeña miniatura.
Uno de los temas que era elegido para ser llevado grabado en la gema era el retrato imperial. 
Camafeo con retrato de Claudio

Plinio cuenta que el emperador Claudio dio permiso para llevar su retrato grabado en un anillo de oro y, por este motivo, han llegado hasta nosotros numerosos retratos imperiales en gemas engarzadas en anillos.
Los entalles su utilizaron a menudo como insignia personal o como recuerdo de la tradición familiar. Julio César tuvo un anillo de sello grabado con Venus Genetrix, supuestamente antecesora de su familia.
En Grecia se produjeron los más artísticos y perfectos camafeos, y los conservados en Roma fueron hechos principalmente por artistas helenos.

El tallador de gemas griego Solón (70-20 a.C.) trabajó en círculos imperiales romanos, modelando retratos idealizados del emperador Augusto y su hermana, junto a imágenes de figuras mitológicas. Dioskourides (65-30 a.C.) fue un maestro tallador de Aigeai en Asia Menor y es uno de los pocos tallistas mencionados en la literatura. 
Sardónice con retrato de Augusto

Parece que diseñó el sello personal del emperador Augusto : “En cartas de recomendación, documentos y cartas personales, al principio usaba una esfinge como sello, después un retrato de Alejandro Magno, y finalmente su propio retrato, tallado por la mano de Dioskourides; éste último lo utilizaron los siguientes emperadores”. (Plinio, Historia Natural)
En la Roma Imperial, las piedras grabadas despertaban auténtica pasión y llegaron a formarse grandes colecciones de gemas y camafeos, aplicados con profusión a anillos, broches, vestidos, candelabros, vasos y otros utensilios.
Hacia la segunda mitad del siglo II, la demanda de entalles fue incluso mayor debido a un mundo en crisis en el que la religiosidad se vio influido por el aumento de la superstición. El arte de tallar las gemas se estandarizó, excepto en los talleres que trabajaban para la corte. Se hizo más difícil obtener los materiales y los que querían joyas elegantes tenían que recurrir a usar entalles antiguos.
Entalle cristiano con barco

La llegada del Cristianismo animó a no llevar joyas para alejarse del lujo, pero si se permitió llevar un solo anillo con función de sello y en el que se aconsejaba no mostrar ídolos paganos, sino motivos cristianos: “Nuestros sellos deben llevar la imagen de una paloma, de un pez, de un navío a pleno viento; de una lira, de la que se servía Polícrates o de un ancla que Seleuco hizo grabar en su anillo.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III, 11) 
Anillo estilo franco, siglo VI, Museo Metropolitan

En el siglo IV d. C. el arte del grabado se mantuvo en la corte y en algunas ciudades, quizás en Tréveris o en Colonia. Las gemas ahora apenas llegaban del Este y la demanda había caído, aunque todavía había una rica clientela. Aparecieron unos nuevos clientes, los jefes bárbaros, que al contactar con la civilización romana, pronto vieron los entalles y camafeos, como un signo de distinción. Los tesoros hallados de finales del siglo IV revelan entalles antiguos montados en anillos de la época; a veces las piedras se recortaban sin consideración por el grabado anterior. Esta costumbre continuó en los siglos V y VI.
Justiniano, San Vitale, Ravenna, Italia

Las joyas que vemos reflejadas en el arte bizantino muestran un mayor gusto por el exceso y podemos ver que coronas, broches, pendientes y coronas aparecen con piezas que cuelgan aparatosamente de ellos y la cantidad de piedras preciosas y perlas aumentan.

Ornamenta, joyas romanas con perlas y gemas
A lo largo de la historia los seres humanos se han visto fascinados por las perlas procedentes de las ostras marinas y por las gemas de brillantes y variados colores. Las clases más pudientes de distintas civilizaciones las han valorado siempre como piedras preciosas que complementaban su adorno personal y simbolizaban su status social y económico.
Retrato, Liebieghaus, Frankfurt

A lo largo de la historia los seres humanos se han visto fascinados por las perlas procedentes de las ostras marinas y por las gemas de brillantes y variados colores. Las clases más pudientes de distintas civilizaciones las han valorado siempre como piedras preciosas que complementaban su adorno personal y simbolizaban su status social y económico.

Tras las conquistas de Alejandro Magno (356 – 323 a.C.) enormes cantidades de perlas llegaron a los mercados de Occidente desde Oriente. Alejandría, capital del imperio Tolemaico desde el 304 a.C., se convirtió en una rica metrópolis donde incluso perlas de mejillones de Britania se ofrecían a la venta, traídas por los Fenicios que habían llegado hasta las costas británicas en el siglo VII a.C.
Mosaico romano, Museo Arqueológico

Tanto Plinio como el Periplo del Mar Eritreo destacaban las perlas del Índico por su calidad y tamaño. Las perlas del Golfo Pérsico y del Mar rojo resaltaban por su blancura. Las del Bósforo eran rojizas y de menor tamaño. Las de la costa de Mauritana eran pequeñas y las perlas británicas sobresalían por ser más oscuras y con tonos áureos. Se decía que no existían dos perlas idénticas porque todas variaban en color, tamaño, forma y peso. Las que poseían mayor valor comercial eran las del Índico.
En efecto, la mejor (perla) es la del Mar Indio y la del Mar Rojo. Pero también las hay en el Océano occidental, donde está la isla de Bretaña. Pero parece que es más o menos dorada y tiene brillos más débiles y apagados. Dice Juba que también las hay en el Estrecho del Bósforo, que son inferiores a las de Britania y su origen no es inferior al de la India y del Mar Rojo. Pero sostiene que la perla de tierra firme india no tiene una naturaleza particular sino que es el resultado del cristal formado no de los hielos sino del mineral.
Pendiente de perlas y esmeralda,
Museo Thorvaldsen, Copenhague

Y la perla, celebrada por los estúpidos y admirada entre las mujeres, es también ella, por supuesto, una criatura del Mar Rojo, y se cuenta la fantástica historia de que ella es engendrada precisamente cuando los rayos solares refulgen sobre las conchas abiertas.
Por lo visto, estas conchas, que son las madres de las antes citadas, se cogen cuando hace buen día y el mar no se mueve. Los buscadores de perlas, una vez que las cogen, extraen de ellas nada más y nada menos que esa perla que hechiza el alma de las lujuriosas.
Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.
La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello,…" (Eliano, Historia de los Animales, L. X)
Retrato, Museo de Bellas Artes, Estrasburgo, Francia,
foto de Edelseider

En el Imperio romano la perla fue asociada rápidamente con el lujo. Así, tanto en el mundo romano como en el bizantino, la posesión y ostentación de perlas se convirtió en distintivo de las élites sociales.
Plinio culpaba a la victoria de Pompeyo sobre Mitrídates y su triunfo en 61 a.C. del gusto de los romanos por las perlas y gemas durante los últimos años de la República, que continuó durante todo el Imperio. Bajo el gobierno de Octavio Augusto se volvieron a dar las condiciones que posibilitaron un comercio marítimo más seguro a Oriente, esta vez bajo la protección de una flota romana que permitía la reapertura de antiguas rutas o el hallazgo de nuevas.

En efecto, puesto que Antonio, considerando que cualquier cosa que se engendrara en el mar, en la tierra o incluso en el cielo había nacido para saciar su propia glotonería, lo dirigía a su boca y sus dientes y, cautivo por esta razón, quería hacer del Imperio romano un reino egipcio, su esposa Cleopatra, que no soportaba ser vencida por los romanos y ni siquiera en el lujo, le apostó que podía gastarse en una cena diez millones de sestercios. Aquello le pareció asombroso a Antonio y sin dilación aceptó la apuesta digna de un mediador como Munacio Planco, que fue elegido árbitro de tan honrada competición. Al día siguiente, sondeando a Antonio, Cleopatra preparó una cena fastuosa, pero no admirada por Antonio, puesto que ciertamente conocía sus lujos diarios todo lo que ofrecía. Entonces la reina, entre risas, reclamó una copa, a la que le añade algo de vinagre amargo, y seguidamente introduce una perla que se había quitado de una oreja, rápidamente se diluye – según es la naturaleza de esta piedra – y se la bebe; y, aunque había ganado en el acto la apuesta sin esfuerzo – había gastado en la propia perla diez millones de sestercios -, sin embargo, dirigió su mano de manera semejante también hacia la perla de su otra oreja; ahora bien, Munacio Planco, un juez severísimo, dictaminó rápidamente que Antonio había perdido. Se pudo observar luego de qué tamaño era aquella perla, puesto que la que quedó, después de vencida la reina y capturado Egipto, se transportó a Roma y se cortó, y se confeccionaron dos perlas de una sola y se le colocaron a una estatua de Venus, según se dice, de monstruoso tamaño en el templo que se denomina Panteón. (Macrobio, Saturnales, Libro III)
Cleopatra

Los productos lujosos procedentes de China e India tenían numerosos clientes en Roma que podían pagar altos precios en oro y plata por ciertos objetos por simple placer. Este intercambio comercial provocaba, según lamentaba Plinio, la salida de grandes riquezas de Roma a principios del Imperio, aunque no es posible saber el coste real que el comercio de perlas supuso para Roma.
"No es de ahora que la India obtiene menos de cincuenta millones de sestercios de nuestro imperio a cambio de mercancías vendidas entre nosotros por un precio cien veces superior” (Plinio, HN 6.26), a lo que añade posteriormente que “cien millones de sestercios, al cálculo más bajo, salen anualmente de nuestro Imperio por la India, Sérica y la península Arábica” (Plinio, HN 12.41)
Detalle de Mosaico de La Olmeda, Palencia

El hecho de que el Mediterráneo careciera de caladeros propios contribuyó a que además de como un bien de importación adquiriera valor como un bien de prestigio. Por otro lado, la legislación romana trató desde muy pronto de limitar la fuga de capitales por la compra de productos de lujo a pueblos extranjeros, y aunque en muchos casos no se hace mención expresa de las perlas, se vio afectado su comercio como el de otros bienes de lujo. De esta manera, desde muy temprano se instituyeron en Roma una serie de leyes suntuarias destinadas a limitar el número de personas que podían hacer ostentación de joyas, y por tanto de perlas.
Gelia no jura por los misterios sagrados de Dindimene, ni por el buey de la novilla del Nilo ni, en una palabra, por ningún dios o diosa jura Gelia, sino por sus perlas. A éstas abraza, a éstas cubre de besos, a éstas las llama sus hermanos, a éstas las llama sus hermanas, a éstas quiere más ardientemente que a sus dos hijos. Si por alguna desgracia la pobrecilla se quedara sin ellas, dice que no viviría ni una hora. ¡Ay, qué bien vendría ahora, Papiriano, la mano de Anneo Sereno!” (Marcial, 8, 81)
Retrato, Altes Museum, Berlín

Ya en época de Julio César se llegó a prohibir a las mujeres, bajo una serie de medidas austeras, el uso de literas, púrpuras y perlas, exceptuando a ciertas personas según su edad, o bien por tratarse de un día festivo.
Pero la aplicación de estas leyes suntuarias al final de la República no fue del todo efectiva, un ejemplo de ello es que Julio Cesar regaló a su amante Servilia, en el año 59 a. C., “una perla que le había costado seis millones de sestercios” (Suetonio, Julio Cesar, 50)
Anillo con perla, Museo Getty

Las perlas formaban parte del patrimonio familiar y la posesión de joyas se equiparaba a tener tierras en propiedad y se apreciaba más que gastarse el dinero en perfumes y vestidos lujosos, por ser estos perecederos. Las joyas se dejaban en herencia, se podían vender o incluso retocar para extraer una pieza y venderla en solitario. Los nuevos ricos presumían de las joyas que regalaban a sus esposas como símbolo de su riqueza y éstas disfrutaban de estos adornos que les hacía “brillar” en la sociedad romana luciéndolas en banquetes y festividades religiosas.
Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.
Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.
Claro – dijo Habinas -, como que me has desplumado para poderte comprar estas habas de cristal. ¡Seguro que si tuviera una hija le cortaría las orejas! De no existir las mujeres, los precios estarían por los suelos.” (Petronio, Satyricon, 67)
Pendientes con perla, Victoria and Albert Museum


Estas joyas dentro de las mansiones romanas solían ponerse a buen recaudo por los esclavos de confianza, los atrienses, encargados de guardar las joyas y perlas de la casa, conociéndose incluso en las inscripciones a través de la formula ad margarita.
Estas leyes suntuarias a lo largo del imperio cayeron en desuso de mano de los propios emperadores y los miembros de su familia, siendo las perlas uno de los elementos más visibles de su ostentación.
"Yo he visto a Lolia Paulina, esposa del príncipe Cayo Calígula, cubierta de esmeraldas y de perlas, no en alguna ceremonia de aparato severa y solemne, sino incluso en un banquete corriente de esponsales; entrelazadas alternadamente, las joyas resplandecían por toda la cabeza, en la cabellera trenzada, las orejas, el cuello y los dedos, sumando en conjunto cuarenta millones de sestercios. [...] Y no se trataba de regalos de un generoso príncipe, sino del patrimonio de sus antepasados, es decir, el producto del despojo de las provincias." (Plinio, NH 9.58.117)
Mosaico con personificación de Ktisis, Museo Metropolitan

El comercio de las perlas se concentró en manos de los “margaritarii”, nombre dado a los buscadores de perlas y a los comerciantes y joyeros también, quienes establecieron sus officinae margaritariorum en el Foro Romano. La margarita se convirtió en uno de los productos más lujosos, y pasó a denominar objetos queridos o incluso personas amadas, especialmente niños.
Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.
“La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello,… (Eliano, Historia de los Animales, L. X)
Pendientes de perlas de Pompeya

Las gemas, valiosos indicadores de cultura y estatus, eran buscadas por las élites griegas y romanas.  Una gema es una piedra preciosa o semipreciosa que ha sido cortada, pulida, grabada o alterada de alguna otra forma para ser utilizada como insignia personal para hacer sellos o como decoración. A menudo importadas desde lejos, las gemas antiguas eran verdaderamente exóticas, y sus colores brillantes y luminiscencia incrementaban su valor.
No mencionaré tus costosos pendientes, tus brillantes perlas de las profundidades del Mar Rojo, tus vistosas esmeraldas verdes, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros,—tonos que hacen volverse a las matronas, y les hace desear su posesión.”  (S. Jerónimo, CXXX, 7)
Adorno para el cabello con piedras preciosas,
The Trustees of the British Museum
  
Las gemas utilizadas en joyería ornamental eran tasadas no solo por su grabado distintivo, sino también por la belleza de sus piedras, pero se les concedía propiedades medicinales y curativas basadas en el color de cada piedra. Los médicos las prescribían molidas en un fino polvo mezclado con líquido para remediar algunos males.
El cristal de roca procedía según Plinio de la India y los Alpes entre otros lugares. Era símbolo de pureza por su transparencia se creía que ayudaba a encontrar el equilibrio del cuerpo. Las piedras rojas como el granate aliviaban enfermedades relacionadas con la sangre. La amatista por su colorido similar al vino se utilizaba para aminorar los efectos de la borrachera. Las de color verde como la esmeralda proporcionaban cura a los problemas estomacales y las azules, como el zafiro reducían las hinchazones asociadas con hematomas. El ópalo por su concentración de colores proporcionaba tratamiento para una gran variedad de enfermedades.
Según Plinio se mejoraba el brillo de las piedras hirviéndolas en miel, especialmente la de Córcega.
Pintura de John William Godward

La popularidad del ámbar se debía a las propiedades terapéuticas se le otorgaban y a sus cualidades estéticas. Así, Plinio el Viejo ya refiere el empleo de collares de ámbar contra las  enfermedades de la garganta y el pecho, y utilizado frente a fiebres y diversos males (Naturalis Historia, XXXVII, 44-51). 
En el ámbito funerario se creía que favorecía el descanso de los difuntos, debido a su valor mágico-religioso desde antiguo.
La sucina gemma, como la llamaba San Isidoro era vista como símbolo de lujo, que debía ser evitado por los que querían destacar por su virtud,  como se puede ver en el himno a Santa Eulalia, mártir de Mérida, incluido en el Peristephanon del siglo IV, donde en sus versos escribe que la santa rechazaba el ámbar y los collares de oro.
Sortija de ámbar, Museo Getty

Los etruscos y los romanos disfrutaron de joyas y adornos elaborados por artistas especializados en ámbar que transformaban los pedazos que venían del Báltico en bruto en verdaderas joyas de arte. Se hacían camafeos y objetos de lujo finamente tallados. La sociedad romana consideraba el ámbar como símbolo de fertilidad y buena suerte, de ahí que los gladiadores lo llevaran entre sus ropas, como un talismán, cuando salían a luchar.
Otra piedra considerada semipreciosa muy utilizada en diversas épocas desde la edad de Bronce es el azabache, una variedad dura y negra del lignito de alto valor económico y artesanal que, una vez pulida, adquiere un brillo aterciopelado. Este mineral orgánico procede de la madera de árboles fosilizados.
En la época romana extraían este material en grandes cantidades, y se utilizaba con frecuencia en amuletos y colgantes, debido a sus supuestas cualidades protectoras y la capacidad de desviar la mirada del mal de ojo. Se le confirió un uso "mágico" a este material britano. Cayo Julio Solino escribió cómo este azabache era muy apreciado para joyas ornamentales y se elaboraba en gran parte en el asentamiento de Eburacum (actual ciudad de York); y el escritor y naturalista Plinio el Viejo sugería algunas propiedades médicas.
Amatista con Bacante, Museo del Hermitage

Según una antigua leyenda, Amatista era el nombre de una bella ninfa que tuvo la desgracia de despertar la admiración de Baco, el rey del vino, en una de sus orgías. Horrorizada ante la idea de tener que compartir la pasión de tal amante rogó con tanta fuerza a la diosa de la castidad que esta la transformó en un cristal puro y frío cuando Baco se acercó a abrazarla. Sorprendido y humillado, Baco vertió su copa de vino sobre el cristal, confiriéndole así un color violeta. Cuando volvió a entrar en razón, Baco le concedió la capacidad de proteger al portador de la embriaguez. De hecho, en una copa color violeta, el agua representa el color del vino, de modo que cualquiera que bebiera de esta copa parecería estar bebiendo vino… así, evitarían emborracharse, virtud atribuida a la amatista.

Se trata de una amatista tallada con una figura de la diosa Embriaguez personificada y puesta en un anillo que perteneció a la reina Cleopatra (no se sabe cuál, de las muchas que llevaron este nombre en la dinastía macedonia, pero tal vez la hermana de Alejandro Magno, mujer de Alejandro del Epiro, que fue asesinada hacia el 308). La piedra era considerada como amuleto que impedía la ebriedad en quien la llevara, así la diosa, tiene que mantenerse serena por el material en que está tallada y también por la majestad de quien la ostenta.

La esmeralda, del latín smaragdus es una variedad de berilo noble, de color verde a causa del óxido de cromo que contiene. Es una piedra preciosa que una vez tallada presenta un intenso brillo y que es inatacable por los ácidos. Las esmeraldas utilizadas en época romana parece que provenían de las minas egipcias de Marsa  Alam, las cuales ya se explotaban en la era Ptolemaica.
Plinio describe la esmeralda como una de las piedras preciosas más valoradas, resaltando su agradable color a la vista y su efecto sobre ella, que permitía descansar los ojos cuando se miraba a través de la preciada gema. Explica que cuando la superficie de la esmeralda es plana podía reflejar los objetos como en un espejo y añade que Nerón solía ver los combates de los gladiadores con una esmeralda. En época romana las esmeraldas más consideradas venían de Escitia.
Estas piedras tan valiosas eran a menudo dignas de ser regaladas como cuenta Marcial en el caso de una mujer que se las regala a su amante entre otras cosas:
Has regalado, Cloe, al joven Luperco mantos de escarlata de Hispania y de Tiro y una toga lavada por las aguas tibias del Galeso, sardónices de la India, esmeraldas de Escitia y cien monedas de nuestro nuevo señor: pida lo que pida tú le das más y más.”  (Marcial, IV, 28)
Sortija con ópalo

El ópalo fue una de las piedras más estimadas en época romana. Los comerciantes hicieron creer a los romanos que estas piedras venían de la India, cuando en verdad ellos las adquirían en las minas de los Cárpatos y las hacían llegar a los grandes mercados como provenientes de Oriente, pues en Roma se creía que las gemas maduraban mejor en climas templados y por ello las procedentes de la India se consideraban las más puras. Este engaño pudo deberse a que los mercaderes de ópalos posiblemente tenían la certeza de que de saberse que estas piedras eran originarias de los Cárpatos, especialmente de Hungría y Eslovaquia, los romanos irían y confiscarían las minas.

A partir del año 5. d.C. al ópalo se le llamó ophthalmis lapis, la piedra que ve todo, lo sabe todo y concede a su poseedor la capacidad de predecir el futuro, por lo que se convirtió en una de las gemas más estimadas del Imperio Romano.
Plinio describe el ópalo afirmando “el fuego resplandece en él más que en el carbunclo, la púrpura brilla más que en la amatista, destaca el verde mar de la esmeralda, todo unido para brillar en común”.
Del valor que los romanos daban a esta piedra queda el ejemplo del senador Nonnio que poseía un ópalo valorado en unos dos millones de sestercios y que cuando Marco Antonio le ofreció comprarlo para regalárselo a Cleopatra, se negó, y cuando fue amenazado con perder su riqueza e, incluso, su vida, huyó de Roma, con su preciada posesión, dejando todo lo demás detrás.
Aguamarina con retrato de Julia Domna

Entre las piedras azules que los romanos gustaron lucir podemos ver que el zafiro, procedente mayormente de Sri Lanka y Birmania, era una piedra preciosa que se engarzaba en oro, anillos, pendientes, collares. Aguamarinas, piedras protectoras de los marineros, por su tono semejante al agua del mar y piedras de lapislázuli, originarias de Afganistán, fueron utilizadas en lujosas piezas de joyería y ornamentación.
 Los cuarzos opacos y translúcidos y las calcedonias, conocidas popularmente como cornalina, el jaspe, el ónice y la sardónica vienen en una variedad de colores. También se pueden realzar artificialmente sus tonalidades mediante una variedad de métodos. La piedra sardónica fue usada por Escipión Africano como sello.
Severo, mi querido Estela da vueltas en un solo dedo a sardónicas, esmeraldas, diamantes y jaspes. Encontrarás muchas perlas en sus dedos, pero aún más en sus poemas. Por eso, creo, es culta su mano.” (Marcial, V, 11)
Piedra sardónica en entalle.

El diamante procedía de la India y por su especial dureza ya se utilizaba en época romana para cortar otras gemas como el zafiro. Juvenal atribuye a Berenice, princesa de Judea, amante de Tito, antes de ser emperador, la posesión de un anillo de diamante, regalado por su hermano Agripa, y que era objeto de deseo de las mujeres ricas. Juvenal lo pone como ejemplo de ostentoso adorno personal en contraposición al ideal de la virtuosa matrona que no exhibe joyas, al menos en público.
Anillo con diamante

La referencia de la emperatriz Livia, esposa de augusto, puede servir para mostrar como una respetable matrona no se mostraba con sus joyas ante los ciudadanos, para seguir la costumbre de la austeridad y sobriedad romanas, como se puede ver en sus retratos, en los que siempre aparece sin joyas y sin embargo mantenía entre sus sirvientes al menos a un orfebre y un engarzador de perlas.
Detalle de la pintura Boda de Zeus y Hera,
Museo Arqueológico de Nápoles

Algunos emperadores intentaron impedir el gasto excesivo de algunas mujeres de la casa imperial haciendo vender joyas y vestidos e imponiendo medidas para evitar el derroche.
Vendió todas las piedras preciosas que tenía y el oro de la venta lo ingresó en el tesoro público, diciendo que los hombres no debían hacer uso de ellas y que las matronas reales debían contentarse con una redecilla, unos pendientes, un collar adornado con perlas y una corona para utilizarla cuando ofrecieran sacrificios, un solo manto salpicado de oro y una ciclada que no tuviera más de seis onzas de oro.”  (H. Augusta,  Alex. Severo,  41)
Retrato de El Fayum, collar y pendientes de
esmeraldas, Museo Británico, Londres

Las piedras preciosas también adornaban el cabello, la ropa y el calzado de las damas romanas. Los retratos egipcios del Fayum y los bustos sirios de Palmira nos enseñan cómo lucían diversas joyas de forma exagerada.
Porqué la mujer, no satisfecha con su encanto natural, finge una hermosura exterior, como si la mano del Señor, su creador, le hubiera concedido un rostro sin terminar, que exige todavía algún otro detalle, ya sea embelleciendo su altiva frente coronada de amatistas engarzadas, ya sea ciñendo su cándido cuello de brillantes collares, o bien colgando de sus orejas pendientes de verdes esmeraldas.” (Prudencio, Hamartigenia)
Las perlas y gemas formaban parte de los regalos del novio a la novia en los esponsales y de la dote que la novia aportaba al matrimonio.
Su prometida era Junia Fadila, bisnieta de Antonino, que más tarde se casó con Toxocio, un senador de la misma familia que pereció después de la pretura y del que aún se conservan obras en verso. Ella guardó las arras reales, que, según cuenta Junio Cordo —investigador de tales hechos—, dicen que fueron estas: un collar de nueve perlas, una redecilla con once esmeraldas, un brazalete con un engarce de cuatro zafiros, además de los vestidos, todos regios y bordados en oro, y los demás adornos propios de los esponsales. (Maximino, Historia Augusta)
Esmeraldas, cornalinas, ónices, y granate, Museo Metropolitan, Nueva York

El ajuar que la novia aportaba como dote al matrimonio incluía dinero, joyas, ropa y algunos enseres domésticos. Todo ello se devolvía a la esposa en caso de divorcio, pero en algunos casos se utilizaba en caso de necesidad económica de la familia. Algunos documentos encontrados muestran que los objetos se listaban en un contrato firmado. En el papiro X 1273 de Oxirrinco se enumeran las joyas que Aurelia Tauseiris lleva al matrimonio y que incluyen piedras preciosas: un collar con una gema, un broche con cinco gemas, un par de pendientes con diez perlas y un anillo. 
Había comprado, pues, para la joven el ajuar: un collar de piedras de colores y un vestido enteramente de púrpura, que en las partes en que los demás vestidos tienen púrpura tenía adornos de oro. Las piedras competían entre sí. Un jacinto era una rosa en piedra y una amatista una mancha morada cerca del oro. Y entre ambas piedras había otras tres, con una secuencia ordenada de colores. Las tres estaban engastadas juntas, de modo que el extremo de la piedra era negro, el cuerpo central blanco veteado de negro y, a continuación del blanco, el resto remataba en el color del fuego. Y esta piedra, con una guirnalda dorada, imitaba un ojo de oro.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II)
Retrato, Altes Museum, Berlín

Algunas damas romanas de la Bética y otras provincias legaron sus joyas o dinero para adornar estatuas de divinidades femeninas, esperando tener su intercesión en la vida eterna que esperaban. Ello se debía a la devoción que siguiendo los cultos orientales les hacía creer que las estatuas conservaban a la diosa en su interior y a dejar recuerdo de su generosidad y alto status económico que les permitía gastar gran cantidad de dinero en joyas y de su preeminencia social que por ser mujer no podía exhibir de otra forma. En el Museo Arqueológico de Sevilla existe un pedestal de mármol dedicado a Isis por Fabia Fabiana en honor de su nieta.
(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros)
Mosaico de Ktisis, Urfa, Turquía

La superstición de los romanos hacía que frente a los malos presagios estuvieran dispuestos a hacer ofrendas con joyas a una divinidad que le propiciara buena suerte.
Prodigios tan elocuentes como numerosos, habían anunciado a Galba desde el principio de su principado cuál debía ser su fin... Había elegido en el tesoro imperial un collar de perlas y piedras preciosas con el que quería adornar su estatua de la Fortuna, en Túsculo, más creyéndole digno de una divinidad más augusta lo dedicó a la Venus del Capitolio. A la siguiente noche se le apareció en sueños la Fortuna, se quejó de la ofensa que le había inferido y lo amenazó con quitarle en seguida todo lo que le había dado.” (Suet. Galba, 18)
Esmeraldas, zafiros y perlas, Museo Metropolitan, Nueva York

Los reyes de los países Orientales solían engalanarse con las piedras preciosas que se hallaban en sus territorios o que adquirían de los comerciantes que las traían de los lugares más lejanos. Ni siquiera tras perder su trono renunciaban a adornarse con sus joyas. En la Historia Augusta se relata como la reina Zenobia de Palmira desfiló como prisionera en el triunfo de Aureliano en Roma cargada con sus joyas.
Desfilaba también Zenobia, adornada con sus piedras preciosas y maniatada con cadenas de oro que otros la ayudaban a llevar.” (Historia Augusta, Aureliano, 34)
Retrato de Palmira, Copenhagen, Glyptoteck Carlsbad

El regalo de piedras preciosas era un signo de hospitalidad.  Ya en la época de la República era normal que los reyes hicieran regalos de joyas con gemas a sus invitados para demostrar su riqueza e importancia.
Abandonó Tolomeo la alianza con Roma, temeroso del resultado de la guerra; no obstante esto, le dio naves que le acompañasen hasta Chipre, y, saludándole y obsequiándole en él mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada en oro; y aunque al principio se negó a admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba grabado en ella su retrato, temió rehusarla, no se creyera que se marchaba enemistado y se intentase algo contra él durante su viaje en el mar.”  (Plutarco, V. Paralelas, Lúculo, III)
Pendiente esmeralda, Museo Thorvaldsen,
Copenhague

La avidez por las piedras preciosas provocó la aparición de gemas falsas por lo que el historiador Plinio proporcionó algunos consejos para diferenciar las verdaderas de sus imitaciones: examinar las piezas a la luz del día, tener en cuenta que las verdaderas eran más pesadas y frías, las falsas solían ser más ásperas. El polvo de obsidiana dejaba una marca en las imitaciones.
(Del ópalo) “No hay piedra que sea imitada por los falsificadores con más exactitud que ésta, en vidrio, siendo la luz solar la única forma de detectarlo. Porque cuando un ópalo falso se sujeta entre el dedo y el pulgar y se expone a los rayos del Sol, presenta un único color transparente por todas partes, mientras que el auténtico ofrece varios tonos que se reflejan uno tras otro, como si derramase su brillo luminoso por los dedos.” (Plinio, H. N. XXXVII, 22)
Collar con cuentas de vidrio

La pasta vítrea se usaba con frecuencia para imitar las gemas coloreándolas de acuerdo a la piedra que se quería copiar; resultaba barato, y las clases menos pudientes podían tener sus propias piedras talladas hechas a molde o con la impronta de una gema grabada.
Las piedras preciosas se empleaban además de para el adorno personal para la ornamentación de los vasos de bebida, algo que ya hacían los griegos. Estos recipientes (gemmata potaria) los enviaban los reyes extranjeros al pueblo romano y con ellos los emperadores recompensaban los servicios de sus generales o de sus jefes de tribus germánicas.
Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo.”  (Marcial, IX, 59)
Copa de sardónica

Los materiales preciosos y gemas servían para realzar la belleza y el lujo de las mansiones romanas. Varios ejemplos en la literatura latina muestran que estaban presentes en las vidas de los más ricos.
El fulgor amarillo del topacio hace brillar las jambas de las puertas, cuyasdos batientes, montadas sobre goznes de plata, están decoradas con porcelana, sardónice, amatista del Caucaso, jaspe indio, piedra de Calcis, esmeralda de Escitia, aguamarina, ágata; al otro lado de las puertas, la sombría entrada refleja el brillo de las esmeraldas del interior. Un espeso revestimiento de ónice recubre el suelo y gracias al tono azulado del jacinto prestan ambos a la laguna un color que armoniza con ella.” (Sid. Apol.  Poema 11, Epitalamio de Ruricio e Iberia)
El comercio de joyas entre joyero y cliente se podía hacer de varias formas. El cliente encargaba una pieza a su joyero proporcionando a veces sus propios materiales. También existía la producción de cada joyero para el mercado en la que se exponían los productos en los puestos o se iba de casa en casa para ofrecer sus mercancías. Y por último estaban los fabricantes joyeros que trabajaban para las grandes familias, como la Imperial, ejecutando sus obras según el gusto de sus clientes. En la ciudad de Roma el barrio de los joyeros estaba en la Via Sacra.
Pintura de Ettore Forti

Las gemas mágicas servían como amuletos, cuya posesión aseguraría a sus dueños bienestar alejando las enfermedades y las desgracias, y no se consideraban un bien de lujo por lo que era normal poseer más de uno. Empezaron a tener ese uso a partir del siglo II d. C. a causa del sincretismo religiosos que se produce en esa época con la llegada de religiones orientales y el Cristianismo.
Servían para diferentes propósitos, desde la simple protección de alguna divinidad, al uso médico para diferentes afecciones y enfermedades, entre las que destacan las dolencias estomacales, oculares, o las hemorragias. También se podía utilizar como amuleto para conseguir que alguien se enamorara del poseedor.
Amuleto de jaspe, trustees British Museum

Estas piedras solían estar grabadas por ambos lados y tenían influencia greco-oriental. Por una cara se representaba un tema figurativo y por la otra una inscripción.
La inscripción que acompañaba a la imagen solía realizarse en la parte anterior de la gema, de tal forma que al engastarse en un anillo o colgante los soportes más comunes el texto quedara oculto a la vista de los demás. Evidentemente no siempre era así, y observamos en muchos casos cómo la inscripción cubre ambas caras de la piedra e incluso el borde de la misma.
Sus virtudes se ocultaban tanto en las palabras mágicas como en los emblemas grabados. La inscripción, normalmente en caracteres griegos, correspondía palabras o fórmulas mágicas. Entre los emblemas más usados se encontraban las divinidades egipcias como Horus-Harpócrates, divinidades griegas y romanas y formas demoniacas a las que se atribuían la propiedad de evitar el mal de ojo.

En el Papiro Mágico XII se describe cómo se debe hacer un anillo con su correspondiente fórmula mágica: “Tomar un jaspe y gravar una serpiente en un círculo en medio del cual se representará a Selene con dos estrellas en los cuernos, y encima a Helios, junto a Abraxas; y en el otro lado el mismo nombre Abraxas y en el borde escribirás el santo y omnipotente encantamiento, el nombre IAO SABAOTH. Y cuando hayas consagrado la piedra, llévala en un anillo de oro, y cuando lo necesites, siempre que seas puro en ese momento y tendrás éxito en lo que puedas desear.”
Abraxas era una divinidad gnóstica del siglo II que se representaba con una cabeza de gallo y unas piernas simulando serpientes y armado con un látigo y un escudo.
Las piedras que se empleaban y que ya gozaban de poderes mágicos por sí mismas son el jaspe rojo, verde y amarillo, el heliotropo, un jaspe rojo con manchas verdes, la cornalina y la calcedonia.
Lucir costosas joyas fue costumbre que se mantuvo incluso tras la conversión al Cristianismo del Imperio Romano, como se puede constatar en los escritos de los autores cristianos, que suelen criticar el abuso que hacían hombres y mujeres de las joyas, pero demuestran que las mismas piedras preciosas que siglos atrás habían apetecido los acaudalados miembros de la sociedad romana seguían gustando a los ciudadanos ricos del Bajo Imperio. 
Es propio de chiquillos quedarse   absorto ante las piedras preciosas, ya sean opacas o verdes, ante Ios desechos del mar y las raeduras de la tierra. Lanzarse precipitadamente sobre el resplandor de las piedrecillas, sobre sus múltiples colores, y las baratijas de vidrio, es propio de insensatos que se dejan arrastrar por lo que sólo es apariencia impresionante. Es como cuando los niños, después de observar el fuego, se lanzan sobre él, inducidos por su fulgor, sin darse cuenta — por su inconsciencia— del grave riesgo que representa tocarlo. Lo mismo les ocurre a las mujeres necias con las piedras preciosas de las cadenas que rodean el cuello: las amatistas engastadas en los collares, las keraunitas, el jaspe, el topacio y la esmeralda de Mileto el objeto más preciado.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)
Museo Thorvaldsen,
 Copenhague

Los últimos años del Imperio Romano no trajeron una disminución del uso de perlas y piedras preciosas entre los ciudadanos. Las representaciones artísticas nos muestran que tanto los hombres como las mujeres recargaban de forma ostentosa su cuerpo e indumentaria.
Cuando estabas en el mundo amabas las cosas mundanas. Usabas colorete para las mejillas y albayalde para blanquear tu tez. Te peinabas con un tocado alto y trenzas postizas. No mencionaré tus caros pendientes, tus perlas relucientes de las profundidades del Mar Rojo, tus brillantes esmeraldas, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros, - colores que hacen volverse a las matronas que desean poseerlos.” (San Jerónimo, Epis. CXXX, 7)
Brazaletes con perlas y gemas, Museo de Bellas Artes de Boston

Los nobles bizantinos adornaban sus ropas con gemas y los retratos de los emperadores y sus esposas reflejan el lujo propio de los príncipes de Oriente, como se puede ver en los mosaicos de Justiniano y Teodora en Rávena, donde la emperatriz luce en la cabeza la corona llamada stemma y alrededor del cuello el maniakis, prenda incrustada de joyas de origen persa y que ya aparece en las pinturas egipcias.
Las piedras indias adornan en relieve tu vestimenta y preciosas hileras de esmeraldas verdean prolongadas. Se encuentra allí la amatista y el resplandor del oro ibero modera el azul del zafiro con sus fuegos misteriosos. Y no fue suficiente en tal tejido la simple hermosura; la aguja aumenta su mérito y tiene vida la obra bordada con hilos de metal. Abundante jaspe vivifica los adornos y las perlas de las Nereidas respiran en variadas figuras.”  (Claudiano, IV Consulado de Honorio)
Detalle de mosaico bizantino, Emperatriz Teodora, Rávena, Italia

Marco legal de la diferenciación: Las Leyes Suntuarias
Un conjunto de leyes fue promulgado regulando fuertemente la distinción y diferenciación social en base a la vestimenta, cuyo alcance podemos trazar con el objeto de asegurar que los ciudadanos no aristocráticos con el dinero suficiente pudieran emular ser de la aristocracia. Este conjunto de diferentes leyes es conocido como las Sumtuaria Leges -leyes suntuarias-. Entre otras cosas, determinaban que tipo de ropa y colores podrían utilizar individuos de diferentes clases. Esto haría simple identificar a simple vista rangos y puestos. Cabe destacar que este tipo de leyes, aplicadas en la práctica por los Censores, tuvieron vigencia durante los tiempos Republicanos. En los tiempos Imperiales fueron quedando prácticamente obsoletas y en desuso.


Diferencias notables entre la nobleza dada su vestimenta.

El Calzado Romano
La televisión ha hecho creer a la gran mayoría del público que los romanos exclusivamente calzaban sandalias. Esto no solo sería un bastante monótono sino que también poco práctico y hasta peligroso en climas fríos. La civilización romana contaba con una gran variedad de distintos tipos de calzado, desde botas y zapatos hasta sandalias de todo tipo, los adornos como perlas o hilos de oro también jugaban un rol importante en las clases altas. Por la natural eficiencia y funcionalidad romana los diferentes calzados en gran parte adaptaciones de otras culturas, por ejemplo los zapatos calcei provienen de ciertas tribus etruscas y las sandalias sin duda alguna de los pueblos helénicos. Gracias a la literatura, la pintura y los relatos de la época hoy podemos saber cómo eran los distintos tipos de calzado utilizados. En este artículo además incluiremos un listado con los principales.

Características
El material mayoritariamente utilizado en la confección del calzado era el cuero. Era normal que todo tipo de zapatos, botas y sandalias estuvieran hechas de este material dado su resistencia y practicidad. Como en todas las prendas había diseños dirigidos a lo utilitario y diseños dirigidos a la elegancia y la clase social. No era raro ver mujeres de la nobleza vestidas con sandalias las cuales estaban decoradas con finas perlas y ornamentos de oro.
Podemos encontrar tres tipos principales de calzado de los cuales se desprenden varios subtipos. Los zapatos -calceti-, las sandalias -soleae-, las botas y una especie de zuecos que eran comúnmente utilizados por la clase trabajadora. Es notable que la utilización de cierto tipo de calzado estuviera establecida socialmente, es decir que cada calzado tenía su lugar al ser utilizado. Por ejemplo las sandalias eran el calzado propiamente de trabajo. Trabajadores y soldados las usaban cotidianamente para realizar sus tareas. En la nobleza este calzado era más que nada el calzado para uso en la privacidad del hogar y no era normal ver a alguien con sandalias por las calles. Cuando los patricios, y ciudadanos de un nivel económico más elevado que la media en general, salían a las calles solían vestir zapatos de cuero. Si éstos iban de visita a lo de un amigo o anfitrión importante solían llevar un esclavo que cargara sus sandalias por ellos, al llegar a destino reemplazaban su calzado por las sandalias nuevamente. Era normal que para comer, ya estando en lo del invitado, se utilizaran los zapatos. Una vez terminada la comida y sentados en los sillones o en los parques de la villa, los esclavos cambiarían sus zapatos por sandalias nuevamente. La bota era un calzado casi exclusivo de los climas fríos, dada la protección que estas ofrecen.
Si bien en la vestimenta la diferencia entre hombre y mujer era notable, esto no ocurría en el calzado. En este terreno podíamos encontrar una similitud muy marcada, salvando los tamaños y formas del pie. Aún hoy no está claro si los romanos utilizaban o no calcetines. Si se sabe que se solían utilizar tiras de cuero en los climas fríos para cubrir las articulaciones y los dedos del pie. Por otro lado los pobres utilizaban piezas de cuero sin curtir para proteger sus pies en los arduos trabajos que realizaban.

Tipos de calzado
Entre las ramas principales tenemos el calcei. Este era el zapato por excelencia de los romanos, cubría todo el pie encerrándolo en una cobertura de cuero unida a una gruesa suela. Como se usaban primordialmente en terrenos al aíre libre algunas suelas tenían clavos unidos a ella para mejorar la tracción y así facilitar el camino por terrenos resbaladizos

Confección del calzado y términos aplicados a este
Los zapatos eran confeccionados por el calceolarius -zapatero-. Dependiendo la habilidad de este artesano en su trabajo, y asi como la calidad y terminación de la prenda se daba el costo, y como es regla a mejor calidad mayor precio. Cada zapatero elegía sus materiales y tenía sus secretos de confección guardados como tesoros. Generalmente se utilizaba una forma -que era una pieza de madera con la forma del pie- en la cual se iba construyendo el calzado por sobre esta por partes que se unían. Una vez lograda la forma básica, se introducía en una pieza de hierro donde con un cincel y un martillo se iban retocando las partes duras y dando forma o clavando las uniones. Era un oficio bien visto en la comunidad y podía otorgarle un buen pasar al que lo ejerciera con habilidad.
Las partes del zapato eran las siguientes. Vincul eran el equivalente a nuestros cordones; los corriagiae eran cuerdas utilizadas para sostener el calzado al pie; también encontramos la lingula que era el equivalente a nuestras lengüetas.


Clases de calzado:
Calcei senatorii
Eran de color rojo muy oscuro, esto ayudaba a distinguir a los senadores de los demás nobles. Su forma era una especie de botas muy corta, por el tobillo, acordonadas. Cubría todo el pie y se acordonaba por el centro.
Si estos poseían una lunula indicaban que el que la usaba era un político importante. Eran acordonados. Los cordones se conocían como vinculus. Se utilizaba una para ajustar el calzado al pie corriagiae -pequeñas cuerdas que servían para ajustar mejor el zapato.

Calcei patricii
Eran en forma idénticos a los calcei senatori. La diferencia es que estos eran de un color amarronado.

Calcei muliebres
Versión femenina del calcei
Su cuero era más suave y liviano

Calceolii
Botas cortas utilizadas por las mujeres. Su uso generalmente se daba cuando la mujer se dirigía a algún territorio silvestre o embarrado.  

Calcei repandi
De las primeras versiones de calcei tomadas de los etruscos.
Su punta era elongada y curva.

Caligae
Era el zapato utilizado por los trabajadores y esclavos. De diseño resistente y fuerte le daba la utilidad para poder llevar a cabo sus tareas.
Acordonados por vinculus -cordones- estos podían ser también sujetados con correas.
Para otorgar mayor utilidad se agarraba al tobillo apretándose para evitar deslizamientos
Su diseño era parecido a un híbrido de zapato y sandalia. Cubría todo el pie y se extendía hasta el tobillo pero había varías aberturas, de hecho la mayoría de estos estaban diseñados en tiras.
Las suelas para otorgar mejor tracción ofrecían diseños de patrones con clavos que se ajustaban al terreno en que se usaran.

Caligae Speculatores
Estas sandalias eran especiales de los Speculatori Augusti. La sección elite de la, ya de por si elite Guardia Pretoriana que tenía bajo su directa responsabilidad la seguridad del Emperador.

Caligae muliebres  
Era la Versión utilizada por la mujer, mejor adaptada al pie femenino.

Campagus
Eran los zapatos de las legiones. Su flexibilidad, comodidad y resistencia los hacían un gran aliado al arsenal romano
La Versión imperial, que utilizaba el emperador cuando se encontraba en frente de batalla, estaba adornada con finos hilos de oro y ornamenta.

Baxae
Sandalia hecha con fibras vegetales

Crepida
Sandalia acordonada que cubría gran parte del pie.
Utilizada en gran medida por la clase trabajadora.

Carbatina
Zapatos de pieza simple. Estaban construidos con un único pedazo de cuero y los detalles eran agregados arriba de este.
Eran acordonados.

Solaeae/solea
Las sandalias por excelencia de los romanos
Consistían de una suela a la que se unían tiras de cuero que al juntarse en el centro abrazaban al pie formando un confortable calzado.
Su uso, en la clase alta, se limitaba al interior de la casa y estaba mal visto que alguien salga a la calle con estas.
Sclponeae
Utilizados por pobres y esclavos.
Era de madera similar a un zueco.

Solo alto
Sandalias de plataforma utilizadas por los actores.





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