jueves, 16 de marzo de 2017

Santos - Capítulo 12 (R-Z)



Santa Rosa de Lima
Entre los santos nacidos en América (llamada en el siglo XVII Indias Occidentales), santa Rosa de Lima fue la primera en recibir el reconocimiento canónico de la Iglesia católica. Fue proclamada excelsa patrona de Lima, del Perú (en 1669), del Nuevo Mundo y las Filipinas (en 1670). Además, es patrona de institutos educativos, policiales y armados: Universidad Católica Santa Rosa de Venezuela, Policía Nacional de la República del Perú, y las Fuerzas Armadas de la Argentina. En virtud de la enfermedad que le produjo la muerte, es santa patrona de los tuberculosos.
Nacida en el siglo XVI como Isabel Flores de Oliva, fue hija de Gaspar Flores, arcabucero natural de Baños de Montemayor, municipio de la provincia de Cáceres (España) y de María de Oliva y Herrera. Así lo asegura la placa en la casa de los Flores, la cual aún se conserva en dicho pueblo cacereño. En 1545, Gaspar salió de España, después de pasar por Puerto Rico y Panamá, que formaban parte del virreinato de Nueva España. Llegó al Perú en 1547 como soldado del pacificador Pedro de la Gasca quien restableció la Real Audiencia en 1549, recuperando el dominio de la Corona tras la usurpación del poder por Gonzalo Pizarro, gobernante del Perú entre 1544-1548. Gaspar Flores fue nombrado arcabucero el 9 de marzo de 1557, por don Andrés Hurtado de Mendoza, tercer virrey del Perú entre 1556-1561. El 1 de mayo de 1577, se casó, en Lima, con la criolla limeña María de Oliva y Herrera, apellidos procedentes de Aragón. Ese mismo año servía de arcabucero en la guarda del V Virrey Francisco de Toledo (1569-1581).
Nació el 20 de abril de 1586 en la ciudad de Lima, en aquel entonces parte del Virreinato del Perú. José Manuel Bermúdez, uno de sus biógrafos, contribuyó a extender la opinión de que el nacimiento de Rosa ocurrió el día 30 de abril, pero en los registros del proceso ordinario se encuentra que la madre de Rosa y otras personas —entre ellas fray Pedro de Loaiza, confesor de Rosa y su primer biógrafo— declararon como fecha de su nacimiento el día 20 de abril. Algunos cronistas señalan que Isabel Flores de Oliva nació en una aldea llamada La Puntillá, en la isla de Taboga (en Panamá). Esta información fue refutada en el "proceso de canonización", publicado en los archivos del Vaticano.
Isabel o Rosa fue la cuarta hija de los trece hijos nacidos del matrimonio Flores de Oliva, fue bautizada, según partida, el 25 de mayo de 1586, en la Parroquia de San Sebastián, en Lima por el sacerdote Antonio Polanco, siendo sus padrinos Hernando de Baldés y María Osorio. De sus doce hermanos, solamente se conocen a nueve:
Gaspar Flores de Oliva, el primogénito, bautizado en la parroquia de San Sebastián el 1 de junio de 1579. Fue soldado, sirviendo en las guerras de Chile, donde alcanzó el grado de capitán.
Bernardina Flores de Oliva, bautizada el 13 de junio de 1581. Murió en Quives a los 14 ó 15 años.
Hernando Flores de Oliva, bautizado el 24 de mayo de 1584. Se dedicó a la agricultura y murió en 1627.
Francisco Flores de Oliva, bautizado el 6 de junio de 1590. Murió joven.
Juana Flores de Oliva, bautizada el 11 de septiembre de 1592. Salió en la procesión en honor de Santa Rosa en agosto de 1669.
Antonio Flores de Oliva, bautizado el 8 de julio de 1594. En 1688 vivía en Condoroma, en la sierra sur del Cuzco. El virrey Conde de Lemos, en carta de ese año, lo recomendó a la Reina Gobernadora de España.
Andrés Flores de Oliva, bautizado el 21 de septiembre de 1596. Vivía en 1620.
Francisco Matías Flores de Oliva, vivía en 1620.
Jacinta Flores de Oliva, bautizada el 25 de abril de 1603 de emergencia, a los dos meses de edad. 

A ellos hay que añadir tres niños o niñas, que debieron morir inmediatamente después de nacer, pues parece que ninguno de ellos llegó a bautizarse.
A temprana edad - emulando a la terciaria dominica santa Catalina de Siena, ella empezó a ayunar tres veces por semana y a realizar severas penitencias en secreto. Su compañero de juegos fue su hermano Hernando, el cual siempre la apoyó y ayudó. A los doce años se mudó con su familia hacia Quives, un pueblo a 60 kilómetros de Lima ubicado en el valle Chillón. Es aquí donde ella recibirá la confirmación de manos del futuro santo católico Toribio de Mogrovejo, su padrino fue el sacerdote del pueblo Francisco González. Es en Quives donde, al parecer, empezó con sus mortificaciones contrayendo un reuma muy fuerte, con consecuencias dolorosas para su recuperación, que ella ocultaba a su madre.
El día de su confirmación en el pueblo de Quives, el arzobispo Toribio de Mogrovejo, la llamó Rosa sin que alguien pudiese darle noticia al arzobispo de este nombre tan particular e íntimo. Aunque le mortificaba que la llamasen así, a los 25 años aceptó y quiso que la llamaran «Rosa de Santa María» porque, según relató su madre, fue a conversar con un sacerdote a la iglesia de Santo Domingo manifestándose la molestia que le causaba que la llamen "Rosa", pero el sacerdote la tranquilizó diciéndole: "Pues, hija, ¿no es vuestra alma como una rosa en que se recrea Jesucristo?". Con esto quedó tranquila y segura del nombre que le habían dado. Más adelante, según sus biógrafos, ella afirmó que en episodios de tipo místico, la Virgen de la Merced y el Niño Jesús (cuando se casó con él en desposorio místico) le confirmaron el nombre.

Regresó a Lima con su familia ya siendo una joven. Debido a problemas económicos de la familia, trabajaba el día entero en el huerto y bordaba para diferentes familias de la ciudad y así ayudar al sostenimiento de su hogar.

Cuando fue admirada por su belleza, Rosa cortó su cabello y se echó pimienta a la cara, molesta por haber atraído pretendientes. Ella rechazó a todos sus aquellos que la pidieron en matrimonio, a pesar de la oposición de amigos y familiares. Rosa pasaba varias horas al día observando el Sagrado Sacramento, el cual recibía a diario - una práctica extremadamente rara en aquella época. Finalmente, después de 10 años, hizo voto de virginidad. Rosa atrajo la atención de los frailes de la Orden Dominica. Ella deseaba convertirse en monja, pero su padre lo prohibió, por lo que al cabo de unos años ingresó en la Tercera orden de Santo Domingo a imitación de santa Catalina de Siena. 
A partir de entonces se recluyó, prácticamente, en la ermita que ella misma construyó, con ayuda de su hermano Hernando, en un extremo del huerto de su casa. Sólo salía para visitar el templo de Nuestra Señora del Rosario y atender las necesidades espirituales de los indígenas y los negros de la ciudad. También atendía a muchos enfermos que se acercaban a su casa buscando ayuda y atención, creando una especie de enfermería en su casa. Muchos biógrafos escriben que ayudaba a fray Martín de Porres, lo cual no está probado en el texto del "Proceso de Martín de Porres" (Lima 1579-1639), el cual es santo desde 1962. Ella se permitía dormir sólo dos horas al día, de tal forma que pudiera dedicar más tiempo a la oración. Ella usaba una pesada corona de plata, con pequeñas espinas en su interior, emulando la Corona de Espinas de Jesucristo. 

En 1615, buques corsarios neerlandeses deciden atacar la ciudad de Lima, aproximándose al puerto de El Callao en días previos a la fiesta de La Magdalena. La noticia corre pronto hasta Lima y con ello la proximidad y desembarco en el Callao, lo que altera los ánimos de los ciudadanos. Ante esto, Rosa reúne a las mujeres de Lima en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario para orar por la salvación de Lima. Apenas llegada la noticia del desembarco, la terciaria subió al Altar, y cortándose los vestidos y remangados los hábitos puso su cuerpo para defender a Cristo en el Sagrario. Los ánimos del vecindario eran alarmantes, llegando a huir muchos de Lima hacia lugares distantes. Misteriosamente el capitán de la flota neerlandesa falleció en su barco días después, y ello supuso la retirada de sus naves, sin atacar el Callao. En Lima todos atribuyeron el milagro a Rosa y por ello en sus imágenes se le representa portando a la Ciudad sostenida por el ancla.

Uno de los momentos importantes de su vida es el "Desposorio Místico", ocurrido el Domingo de Ramos de 1617, en la Capilla del Rosario (Templo de Santo Domingo de Lima). Rosa, al no recibir la palma que debía portar en la procesión, pensó que era un mensaje de Dios por alguna ofensa que ella hubiese realizado. Acongojada se dirigió a la Capilla e imagen del Rosario y orando ante la Virgen, sintió el llamado del Niño Jesús de la imagen, que le dijo: "Rosa de Mi Corazón, yo te quiero por Esposa", a lo que ella respondió: "Aquí tienes Señor a tu humilde esclava". En Argentina y Uruguay por el mes de agosto ocurre la "Tormenta de Santa Rosa". La tradición atribuye a Rosa el origen de este fenómeno natural que logró la huida de los enemigos de tierras peruanas. 

Ya cerca del final de su vida, cayó gravemente enferma. Pasó los últimos tres meses de su vida en la casa de Gonzalo de la Maza, un contador notable del gobierno virreinal, cuya familia le tenía particular cariño. En este lugar se levanta el Monasterio de Santa Rosa de Santa María de Lima. Murió de tuberculosis a los treinta y un años de edad, en las primeras horas del 24 de agosto de 1617, fiesta de San Bartolomé, como ella misma lo profetizó y cuenta el padre Leonardo Hansen. El día de sus exequias y entierro, los devotos se abalanzaban sobre su cuerpo para arrancarle la vestimenta en busca de un recuerdo, aclamándola como santa. Hoy sus restos se veneran en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Lima (Santo Domingo), con notable devoción del pueblo peruano (y de América) que visita la Capilla dedicada a su culto en el Crucero del Templo dominicano.

Su entierro fue uno de los más notables que vivió la ciudad de Lima. En la casa de la familia De la Maza se formaron grandes multitudes para contemplar a Rosa. El gentío hubo de esperar a su traslado hacia la Iglesia del Rosario. Al traslado acudieron el virrey, el Cabildo Secular y Eclesiástico, las órdenes religiosas presididas por la orden de Santo Domingo de Guzmán, los oidores y personas notables. 

Hubo de requerirse la fuerza de la guardia del virrey para impedir que Rosa fuera desvestida por los devotos que deseaban llevar alguna reliquia. A pesar de ello, tuvieron que cambiarle tres veces los hábitos e incluso en el traslado algún irreverente seccionó uno de sus dedos del pie. 

En el lecho de muerte, Gonzalo de la Maza hizo retratar el rostro de Rosa. A su efecto llamó al pintor italiano Angelino Medoro, quien realizó el primer testimonio de su apariencia física.
La devoción del pueblo se excedió a tal punto, que en pocos años tuvieron que retirarla de la Cripta y colocarla en la Iglesia del Rosario.
Su casa (El Santuario), ubicada en el centro de Lima conserva los lineamientos que tuvieron en el siglo XVI, época en que vivió Rosa. Anualmente es visitado por miles de devotos, peregrinos y turistas quienes recorren los ambientes que estuvieron directamente ligados a su vida y caridad para el prójimo. 

Se conserva como reliquia una ermita donde ella rezaba. Cerca de la ermita hay un pozo de veinte metros de profundidad donde sus devotos depositan sus deseos escritos. También se conserva la habitación donde dormía, la habitación (El Corazón del Santuario) en la cual nació y la enfermería donde atendía a sus hermanos necesitados. 

La Basílica-Santuario, fue empezada a construir luego de su canonización, con posteriores restauraciones durante los siglos XVII - XX. Hubo de ser remodelada y fue inaugurada finalmente el 24 de agosto de 1992, Este lugar es principal punto de peregrinación de todo el Perú y su arraigo popular es comparable al de la Virgen de Guadalupe en México.

La figura de Rosa de Santa María representa un símbolo de integración del pueblo peruano. En ella convergen todas las clases sociales.
Formó parte de la familia dominicana, de la provincia de San Juan Bautista del Perú. Sus flores preferidas fueron las margaritas, los claveles y las rosas.
Se han escrito cerca de 400 biografías sobre ella.

A partir de las reformas al calendario romano general introducidas en el Concilio Vaticano II, la fiesta de santa Rosa de Lima es el 23 de agosto (fecha que se celebra en España). Anteriormente se celebraba el día 30 de agosto, y esa es la fecha que se mantiene en el Perú y otros países latinoamericanos de los que es patrona, y también en el rito romano tradicional.  

En la República del Perú es un día feriado y su imagen (descubierta el día de la canonización en 1671, en la Catedral) recorre las calles de Lima. En el mes de agosto se rinde culto solemne a la santa en el Distrito de Barranco Lima-Perú que culmina con el recorrido procesional del día 30 de agosto.
A pocos días de su muerte, se reunieron numerosos testimonios sobre su vida y virtudes. En 1634 se presentó a Roma la causa de beatificación. La beatificación se realizó en el Convento Dominico de Santa Sabina en Roma, en 1668. Fue canonizada por Clemente X el 12 de abril de 1671, proclamándola por "Principal Patrona del Nuevo Mundo". En Lima, Roma, España y todos los países de América y Europa, se celebraron fiestas suntuosas en honor de la primera santa natural de América. 

Los Pontífices en sus respectivas Bulas la proclamaron santa con el nombre de "Rosa de Santa María", y que posteriormente hubo de convertirse en Rosa de Lima, nombre toponímico común a muchos santos en el orbe cristiano.
La tradición cuenta que el Papa Clemente X, luego de oír los argumentos sobre su canonización dijo: "¡Hum! ¡Patrona y Santa! ¿Y Rosa? que llueva flores sobre mi escritorio si es verdad", y la respuesta al instante fue una fragante lluvia de rosas sobre la mesa del Papa quien en ese momento procedió a la canonización. 

Atributos
Corona de espinas, Ancla, Ciudad, rosas, azucenas, Niño Jesús en brazos.
Más de mil rostros en lienzos, estampas y esculturas hechos, entre otros, por renombrados artistas como Francisco de Zurbarán, Claudio Coello, Angelino Medoro, Daniel Hernández, Teófilo Castillo, Francisco González y Sérvulo Gutiérrez. 

Santa Rosa de Lima, Claudio Coello 1684. Museo del Prado. 


Los desposorios místicos de Santa Rosa de Lima, Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos 1670. Museo del arte de la república. Bogotá. 

Santa Rosa de Lima, Murillo 1670. Museo Lázaro Galdiano.
La Santa, con hábito dominico, arrodillada, contempla arrobada al Niño Jesús, que sentado en una almohadilla sobre el cesto de la costura, alza las manos hacia la Santa en gesto acariciador con la izquierda, y con la derecha entregándoles rosas. De la boca del Niño surge un a letrero: ROSA CORDIS MEI TU MIHI SPONSA ESTO y, en el suelo, junto al cesto, hay un libro y rosas. A la derecha se advierte un edificio, sin duda el convento, y en primer término un rosal.

Retrato mortuorio de Santa Rosa. Angelino Medoro. Santuario de Santa Rosa, Lima. 

La muerte de Santa Rosa, atribuido a Angelino Medoro. Santuario de Santa Rosa, Lima.

Santa Rosalía de Palermo
Santa Rosalía, nacida Rosalia Sinibaldi (1130-1156) fue una noble virgen de Palermo (Sicilia), que se convirtió en santa para la tradición católica. El nombre de Rosalía es una contracción de los nombres "Rosa" y "Lilia", y es llamada cariñosamente "La Santuzza" ("La Santita", en idioma siciliano) por causa de su pequeña estatura. Su fiesta se celebra en dos fechas: en Sicilia el 15 de julio (traslación de sus restos) y en el resto del mundo el 4 de septiembre.
El culto a Santa Rosalía, promovido por los Benedictinos, se difunde por el mundo como protectora contra enfermedades infecciosas, la peste, y para recibir auxilio y protección en momentos difíciles, así como para encontrar fuerzas cuando se necesita superar dificultades.
Santa Rosalía vivió en soledad, pobreza y penitencia rezando a Dios. Según la Iglesia, fueron numerosos los milagros con los que Dios glorificó a su sierva; la extinción de la peste que en aquel momento asolaba Sicilia fue atribuida a la intercesión de Santa Rosalía.
Sus presuntos restos fueron encontrados en 1624 (siglos después de su muerte) en una cueva por un cazador que dijo haber sido guiado por la propia santa a tal hallazgo. Dice la leyenda que al trasladarse sus restos de procesión por todo el pueblo de Palermo la asolación de peste que había azotado al pueblo durante años se detuvo, atribuyéndose tal milagroso evento a la intercesión de la santa, por lo que se construyó una basílica en la cueva original donde fueron hallados los restos y en donde se mostraban a los peregrinos a través de una reja para su veneración.
Sin embargo, a finales del s. XIX un pastor protestante y naturalista llamado William Buckland visitando las reliquias de la santa identificó los restos como pertenecientes a una cabra.   Las autoridades eclesiásticas locales, tras aquello intentaron desprestigiar a Buckland al no pertenecer a la religión católica y desde entonces los restos son conservados en un cofre a salvo de las miradas de los peregrinos, lo que no evita que cada año el cofre con los restos sea llevado en procesión por todo el pueblo.
En 1984, la revista de divulgación científica Science publicó un artículo llamado "Rosalia was a goat" (Rosalía era una cabra) en el que confirmaban la suposición de Buckland un siglo antes. 

Santa Rosalía, Anton Van Dyck 1625. Museo del Prado.

Durante 1624, Van Dyck se traslada a Sicilia por expresa invitación del virrey español. En julio de ese mismo año se descubren en una gruta de la isla los restos mortales de Santa Rosalía, patrona de Palermo, avivándose el culto popular por la santa. Todo el mundo se encomendará a ella como intercesora ante las continuas plagas de peste que azotaban la zona. Esto motivó un aumento de las imágenes de la santa, por lo que Van Dyck va a recibir como encargo la realización de esta obra, una preciosa imagen de Santa Rosalía, cuyo rostro destaca por su belleza, que eleva la mirada hacia el cielo y coloca su mano derecha sobre el pecho y la izquierda sobre la calavera - símbolo del desengaño de las hermosuras -. Un querubín, en la esquina superior izquierda, porta una corona de rosas que alude al nombre de la santa y a su virtud. Van Dyck no se aleja de la típica composición barroca, emplea una diagonal que va de derecha a izquierda, destacando también la verticalidad que marca con la mirada. La iluminación procede de la izquierda y se centra en el rostro y en la mano, dejando el resto en semipenumbra. Se puede apreciar, por lo tanto, la influencia del clasicismo barroco italiano gracias al contacto con la pintura de Annibale Carracci. 

La Virgen y el Niño con santa Rosalía  de Palermo, Murillo 1670. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
La Virgen y el Niño con santa Rosa de Viterbo, junto con la Adoración de los Reyes, actualmente en el Toledo Museum of Art, Ohio, fueron adquiridos en España por Mr. Stanhope, más tarde Lord Harrington, embajador inglés en Madrid, figurando en su colección en Gran Bretaña en 1729. En 1883, ambos lienzos se encontraban entre los bienes de sus descendientes, los duques de Rutland, en Belvoir Castle, y fueron puestos a la venta, en 1926, en sala Christie’s de Londres procedentes de esta última colección. En 1930 los dos cuadros estaban en la colección florentina Contini Bonacossi, siendo registrados por Longhi y Mayer mientras permanecieron allí. Sin embargo sólo La Virgen y el Niño con santa Rosa de Viterbo ingresó en la colección Thyssen- Bornemisza en 1968, a través de la galería romana Jolanda D’Antoni, siendo su último propietario el conde Alessandro Contini Bonacossi. En el catálogo de la colección Thyssen-Bornemisza de 1969, cuyo comentario realizó Rudolf Heinemann, se indicó, con interrogación, como posible procedencia original, los Capuchinos de Sevilla. Esta suposición fue rechazada por Diego Angulo, que consideró el apunte hecho por Mayer sin fundamento alguno.
La santa de esta pintura fue identificada en publicaciones anteriores a 1981 como santa Rosa de Viterbo, terciaria franciscana que murió a mediados del siglo XIII y que tiene entre sus atributos las rosas que suele llevar en un cesto o en los pliegues de su vestido. Diego Angulo fue quien reconoció a nuestra joven figura como santa Rosalía de Palermo. La devoción por santa Rosalía de Palermo está vinculada a la Contrarreforma y concretamente a la orden de los jesuitas, que propagaron su culto. Sin duda, a su popularidad contribuyó el hallazgo de sus restos en el primer cuarto del siglo XVII, que se trasladaron a la catedral de Palermo. Entre sus atributos se encuentran las rosas blancas.
Esta tela se ha situado en la producción de Murillo hacia 1670 o un poco después, correspondiendo a la etapa de madurez del artista. La tela, que pudo estar destinada por sus dimensiones a algún altar, muestra en primer plano, y a gran tamaño, el tema principal del óleo, donde el artista ha recuperado esquemas clásicos al inscribir a sus tres personajes en un equilibrado triángulo. Estas tres figuras están acompañadas, a la derecha, por cuatro mártires con sus palmas, vestidas con inmaculadas túnicas blancas que tienen como contrapunto, entre nubes, a cuatro nutridos angelitos que son testigos del suceso que está teniendo lugar. La pincelada que deshace las formas, como se percibe en las jóvenes de la derecha o en los ángeles, o el mundo emocional que desprenden las miradas, gestos y actitudes del grupo central, hacen de esta pintura un buen ejemplo en el que también se dan cita la suavidad y la delicadeza que hicieron célebre al pintor. En torno a los años en que está fechado el óleo, Murillo había concluido la segunda entrega de pinturas para el convento de los Capuchinos y había iniciado su colaboración con el Hospital de la Caridad de Sevilla.
Un lienzo conservado en la Wallace Collection de Londres se ha puesto en relación con nuestra pintura por la semejanza de su composición. En la tela de Londres, donde se invierte la imagen del Museo, se reproduce de medio cuerpo a la Virgen y de busto a la santa. La postura que en el óleo adopta el Niño Jesús difiere algo de la nuestra, ya que, sentado a horcajadas sobre una de las rodillas de su Madre, agarra con una mano la túnica de María mientras que la otra la adelanta para recoger la rosa que le ofrece la santa. También existe un dibujo que presenta analogías con la pintura de Londres, conservado en la Biblioteca Nacional de Turín, y en el que se muestra la composición de la Wallace Collection entera. En este diseño, la santa lleva el cabello suelto cayendo por los hombros, así como un rosario que cuelga del cinturón de su hábito. Estos detalles llevaron a Diego Angulo a suponer que la obra de la Wallace Collection podía reproducir un original perdido del maestro sevillano. Diego Angulo menciona copias de la composición del Museo Thyssen-Bornemisza en las colecciones madrileñas del duque de Fernán Núñez y del marqués de Saltillo, así como en Utrera, en una colección privada.

Santa Rosalía de Palermo, Andrea Vaccaro siglo XVII. Museo del Prado. 

Santiago el Mayor Apóstol
Santiago de Zebedeo o Jacobo de Zebedeo, conocido en la tradición cristiana como Santiago el Mayor para distinguirlo del otro discípulo homónimo, fue uno de los Doce Apóstoles. Nació probablemente en Betsaida (Galilea). Fue hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano de Juan el Apóstol. Murió a manos de Herodes Agripa I en Jerusalén entre los años 41 y 44 de nuestra era. Es el patrono de España.
Probablemente también su madre seguía a Jesús. Su maestro Jesús les puso el sobrenombre de «Boanerges», que, según el mismo evangelista afirma, quería decir «hijos del trueno»; el episodio narrado por Lucas en que Santiago y su hermano Juan desean invocar a Dios para que consuma a fuego una ciudad de samaritanos (Lucas 9:54) hace honor a este nombre. Fue uno de los primeros que recibieron la llamada de Jesucristo, cuando estaba pescando en el lago de Genesaret junto a su hermano. Más tarde será llamado a formar parte del más restringido grupo de los Doce. Junto con su hermano Juan y con Simón Pedro, tiene un trato privilegiado con Jesús: es testigo presencial de la resurrección de la hija de Jairo, de la transfiguración de Jesús y de la oración en el Huerto de los Olivos. También formó parte del grupo restringido de discípulos que fueron testigos del último signo realizado por Jesús ya resucitado: su aparición a orillas del lago de Tiberíades y la pesca milagrosa. Los Hechos de los Apóstoles registran su presencia en el Cenáculo en espera orante de la venida del Espíritu Santo. Santiago es condenado a muerte y decapitado por orden del Rey de Judea Herodes Agripa I. Por este dato podemos poner la fecha de muerte de Santiago entre los años 41 y 44, pues fueron los años en que Agripa I fue rey de Judea. 

Según una tradición medieval, tras el Pentecostés (hacia 33 d. C.), cuando los apóstoles son enviados a la predicación, Santiago habría cruzado el mar Mediterráneo y desembarcado para predicar el Evangelio en la Hispania (actuales España y Portugal). Según unos relatos, su prédica habría comenzado en la Gallaecia, a la que habría llegado tras pasar las Columnas de Hércules. Según el escritor gaditano Fray Gerónimo de la Concepción, Santiago fue quien consagró el Templo de Hércules a San Pedro (Sancti Petri). Siguió bordeando la Bética y la deshabitada costa de Portugal; otras tradiciones afirman su llegada a Tarraco y su viaje por el valle del Ebro, hasta entroncar con la vía romana que recorría las estribaciones de la Cordillera Cantábrica y terminaba en la actual La Coruña. Una tercera versión postula su llegada a Carthago Nova (actual Cartagena, por el barrio de Santa Lucía), de donde partiría hacia el norte. Esta tradición hace de Santiago el santo patrón protector de España.
En cualquier caso, la tradición de la evangelización por el Apóstol Santiago indica que este hizo algunos discípulos, y siete de ellos fueron los que continuaron la tarea evangelizadora una vez que Santiago regresó a Jerusalén. Para ello fueron a Roma y fueron ordenados obispos por San Pedro. Son los siete Varones apostólicos. La tradición de los Varones Apostólicos los sitúa junto a Santiago en Zaragoza cuando la Virgen María se apareció en un pilar. 

De acuerdo a la tradición cristiana, hacia el año 40 la Virgen María se apareció a Santiago el Mayor en Caesaraugusta. María llegó a Zaragoza «en carne mortal» —mucho antes de su asunción— y como testimonio de su visita habría dejado una columna de jaspe conocida popularmente como «el Pilar». Se cuenta que Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad edificaron una primitiva capilla de adobe en la vera del Ebro.
Tradicionalmente, se ha afirmado que los restos hallados en Santiago de Compostela a principios del siglo IX correspondían al apóstol Santiago, pero la falta de un análisis directo de dichos restos, permite suponer que pueden ser los restos del obispo Prisciliano, o de otra persona importante del período romano. No obstante, el papa León XIII, en 1884, en forma de Bula Papal reafirmó la pertenencia de los restos al apóstol.
La tradición que sitúa a Santiago el Mayor en Jerusalén, poco antes de su martirio, la recogen diversos apócrifos neotestamentarios (El libro de la Dormición de María, etc.), todos ellos anteriores al "descubrimiento" de la Tumba del Apóstol. Según estos relatos, cuando María ve cerca su muerte, recibe la visita de Jesucristo resucitado. Ella le pide estar rodeada por los apóstoles en el día de su muerte, pero todos ellos están dispersos por el mundo. Jesucristo le concede su deseo y permite que sea la misma María, por medio de aparición milagrosa, quien avise a sus discípulos. La aparición de María a Santiago se habría producido sobre un pilar en Caesaraugusta (actual Zaragoza), columna que se sigue venerando en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, en la capital aragonesa.
Santiago habría hecho todo el viaje de vuelta desde España hasta Jerusalén para encontrar a María, madre de Jesús de Nazaret (ya que ella seguía viva allí, en la capital de Judea) antes de su dormición, hallando la muerte ante Herodes Agripa en el martirio. La leyenda se cierra con que sus discípulos habrían llevado su cuerpo (conservado de alguna manera) por el mar Mediterráneo en una mítica embarcación de piedra y habrían costeado el Atlántico nuevamente hasta Galicia, donde lo habrían enterrado justamente en Iria Flavia, donde el obispo Teodomiro lo halló en el siglo IX. 

La tumba del Apóstol
Alrededor del año 813, en tiempos del Rey de Asturias Alfonso II el Casto, un ermitaño cristiano llamado Paio (Pelayo) le dijo al obispo gallego Teodomiro, de Iria Flavia (España), que había visto unas luces merodeando sobre un monte deshabitado. Hallaron una tumba, probablemente de origen romano, donde se encontraba un cuerpo decapitado con la cabeza bajo el brazo. El rey Alfonso ordenó construir una iglesia encima del cementerio (compositum), origen de la Catedral de Santiago de Compostela («Santo Jacob del compositum»). Otros sostienen que la palabra Compostela proviene de campus stellae: «campo de las estrellas», debido a las luces que bailoteaban sobre el cementerio.
En el mes de mayo de 1589, Francis Drake amenazó Compostela después de desembarcar en La Coruña. El Arzobispo, Juan de Sanclemente, acordó con el Cabildo de la Catedral ocultar cuanto de importante había en ella. Por ello, los restos fueron depositados en un escondrijo dentro del ábside de la capilla mayor, detrás del altar. Tales restos fueron encontrados a treinta metros de profundidad respecto del suelo en las excavaciones realizadas en la Catedral en 1878 y 1879 por Antonio López Ferreiro.
En tales excavaciones, se pudo encontrar, entre los restos de un mausoleo romano, una inscripción sepulcral en griego, Athanasios martyr y los restos de tres personas distintas: dos de edad media y una en el último tercio de vida, lo que llevó a identificarlos con los tradicionales Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro. No obstante, el Papa León XIII nombró una Congregación extraordinaria para el estudio de estos restos. Los documentos enviados a Roma, sin embargo, no le satisficieron, enviando a Monseñor Agostino Caprara, Promotor de la Fe en el proceso, a Santiago para que examine sobre el terreno los restos y tome declaración a quienes intervinieron. Caprara, no obstante, mandó analizar primero el presunto resto de Santiago venerado en Pistoia, tarea que estuvo a cargo del Doctor Chiapelli, quien dictaminó que se trataba de una apófisis mastoidea derecha con restos de sangre coagulada, pieza que habría sido separada a consecuencia de una decapitación.
El 8 de junio de 1884 llega a Santiago, y en el examen se constata que uno de los tres cráneos carece de apófisis mastoidea derecha. La resolución de la Congregación fue publicada el 25 de julio del mismo año, festividad de Santiago. León XIII publicó el 1 de noviembre del mismo año la Bula Deus Omnipotens, donde hacía un repaso a la Historia del Santuario y llamaba a emprender nuevas peregrinaciones a Santiago.
Sin embargo, quedaba por constatar la datación cronológica de los restos, lo que llevó a mediados del siglo XX a voces críticas. Así, Claudio Sánchez Albornoz:
...pese a todos los esfuerzos de la erudición de ayer y de hoy, no es posible, sin embargo, alegar en favor de la presencia de Santiago en España y de su traslado a ella, una sola noticia remota, clara y autorizada. Un silencio de más de seis siglos rodea la conjetural e inverosímil llegada del apóstol a Occidente, y de uno a ocho siglos la no menos conjetural e inverosímil traslatio. Sólo en el siglo VI surgió entre la cristiandad occidental la leyenda de la predicación de Santiago en España; pero ella no llegó a la Península hasta fines del siglo VII.
C. Sánchez Albornoz: "En los albores del culto jacobeo", en Compostellanum 16 (1971) pp. 37-71. 

Por una parte, se ha documentado arqueológicamente la existencia previa de una necrópolis dolménica y luego de un cementerio utilizado en época romana y sueva. Estos descubrimientos solo prueban que Compostela era una necrópolis precristiana, pero no soluciona nada con respecto a la tumba de Santiago, cuyos restos podrían pertenecer bien al mismo apóstol (el tráfico de reliquias comenzaba a desarrollarse en ese periodo), bien a cualquier otro mártir cristiano. Incluso algunos proponen que se trate de los restos del mismísimo Prisciliano. En 1955 se encontró, en las proximidades de la tumba, la cubierta sepulcral de Teodomiro, lo que confirma que quiso enterrarse en el lugar de su propio hallazgo.
En 1988, dos académicos de la Real Academia de la Historia avanzan en los descubrimientos: el filólogo Isidoro Millán González-Pardo afirma haber hallado la inscripción martyr y una referencia a Atanasio en una piedra datada a finales del s. I o principios del s. II, mientras que el arqueólogo Antonio Blanco Freijeiro confirma los restos del Apóstol.
Los descubrimientos más recientes proceden de un estudio desarrollado por Enrique Alarcón, profesor de Metafísica de la Universidad de Navarra, publicado el 24 de junio de 2011, en el ámbito de la clausura de la Cátedra Camino de Santiago, sobre la base de los estudios realizados en 1988 y de reproducciones de la tumba, por no tener acceso físico a la misma, afirmando haber hallado la inscripción Jacob (Santiago, en hebreo), con simbología propia de la estética del cementerio judeocristiano de Israel del s. I. Una de las inscripciones contiene supuestamente referencias a la fiesta judía del Shavu'ot con representación de panes rituales. Esta fiesta, de la que se tiene conocimiento por el Levítico, se considera desapareció en torno al 70 d. C., con motivo de la destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos, lo que permitiría ubicar cronológicamente la tumba. Estos datos permitirían rechazar cualquier atribución de los restos a Prisciliano.
Dicho estudio continúa actualmente, pues faltan todavía las aportaciones que pueda realizar la propia Universidad de Santiago y el Cabildo de la Catedral.
La configuración actual de la cripta bajo el altar procede de las excavaciones realizadas a finales del siglo XIX. Los restos fueron depositados en una urna de plata realizada en 1886 por los orfebres Rey Martínez, dentro de un cofre de madera forrado con terciopelo rojo y con tres compartimentos, para Santiago, Atanasio y Teodoro.
El Monasterio de Cañas posee una reliquia que dicen ser las herraduras del caballo de Santiago, que recogería Diego López II de Haro en la batalla de las Navas de Tolosa y entregaría a su hija Urraca Díaz de Haro, cuarta abadesa del monasterio.

Reliquia de herraduras del caballo de Santiago de la batalla de las Navas de Tolosa. 

Santiago contra el Islam
En el siglo XII se redacta en Santiago de Compostela el llamado Privilegio de los Votos, que atribuye al rey Ramiro I una victoria frente a los moros en Clavijo en 844, victoria obtenida gracias a una aparición de Santiago. Agradecido, el rey habría hecho el voto que todos los habitantes de España pagasen al Apóstol, o sea a su santuario, una cantidad anual. Según este mismo documento, la victoria en Clavijo puso fin a la entrega anual a los enemigos de un vergonzoso tributo de cien vírgenes cristianas. La primera representación de Santiago a caballo, de principios del siglo XIII en la catedral compostelana, muestra las doncellas arrodilladas ante el caballo de Santiago.
El miles Christi medieval, imagen poco frecuente, se convierte a partir de la segunda mitad del siglo XV y a lo largo del siglo XVI en Santiago Matamoros, defensor del catolicismo frente a todos sus enemigos: los turcos, los herejes y los paganos cuyos cuerpos o cabezas ruedan entre las piernas de su caballo. 

El descubrimiento de la Tumba del Apóstol supuso para el rey de Asturias una serie de beneficios: la aglutinación de sus territorios como un solo reino, bajo la especial protección del Apóstol, y la cristianización de la antigua "Vía del Finisterre", ruta seguida tradicionalmente por muchos pueblos de religión céltica, hasta el pretendido fin del mundo. De hecho, las peregrinaciones galas hacia el noroeste de España se han probado arqueológicamente y se puede afirmar que los celtas - en el primer milenio antes de nuestra era - recorrían toda Europa para ir a estos sitios, donde celebraban sus matrimonios y otros ritos. Este camino precristiano se convierte así en el Camino de Santiago o Ruta jacobea, y Compostela en el tercer núcleo de peregrinación medieval, tras Roma y Jerusalén.
En el año 1122, el papa Calixto II instituyó y proclamó que en adelante tuvieran la consideración y privilegios de Año Santo Jacobeo todos los años en los que la fiesta litúrgica de Santiago, el 25 de julio, coincidiera con el día domingo. El próximo año jacobeo tendrá lugar en 2021. 

El Apóstol Santiago el Mayor, Guido Reni 1628-1623. Museo del Prado.
La obra representa a Santiago el Mayor, hermano de san Juan, uno de los apóstoles más cercanos a Cristo, que fue testigo de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, le acompañó durante la Oración en el Huerto y estuvo presente en el Prendimiento. La figura del santo se representa de más de medio cuerpo y vestida con una túnica verde y un manto amarillo y forma parte de una fecunda tradición de pinturas y grabados de apóstoles que, de manera independiente o formando parte de apostolados, buscaban potenciar el papel intercesor de los santos entre Dios y los fieles, siguiendo las consignas de la Contrarreforma. Santiago dirige su mirada al cielo y con las manos unidas implora la intercesión divina. La pintura no incorpora complejos atributos iconográficos y el santo se identifica únicamente por el bordón de peregrino, que hace referencia a sus viajes evangelizadores. Según la tradición, el apóstol viajó a España y, aunque volvió a Jerusalén, donde fue martirizado, su cuerpo fue enterrado, siglos después, en Compostela, en el noroeste de España, donde en torno a su tumba se creó el segundo centro más importante de peregrinación cristiana de Europa después de Roma. Aunque fue ya tenida como obra segura de Reni por Bernard Berenson y Hermann Voss, según se recoge en la documentación conservada en el archivo del Museo del Prado, no fue publicada como tal hasta 1955, cuando Cesare Gnudi y Gian Carlo Cavalli, no sólo demostraron su carácter autógrafo, sino que también resaltaron su excelente calidad técnica. Guido Reni, que fue discípulo de los Carracci, se convirtió tras la muerte de éstos en el máximo exponente de la escuela boloñesa y en una figura clave en la proyección del barroco tanto dentro como fuera de Italia. Esta obra es buen ejemplo de cómo el artista consigue aunar el naturalismo caravaggiesco y la monumentalidad de los Carraci y muestra sus excelentes dotes como colorista y dibujante. Sus figuras idealizadas a la vez que realistas, que demuestran tanto el estudio del natural como su conocimiento del arte antiguo y de Rafael, logran hacer que sus obras resulten psicológica y emocionalmente cercanas al espectador. El Museo del Prado, entre otras obras de Reni, posee otros dos apóstoles, un san Pedro y un san Pablo, de menores dimensiones y formato ovalado, que parecen relacionados entre sí pero no con esta pintura. En el Museo de Bellas Artes de Houston se conserva otra versión de esta obra del mismo tamaño y formato, aunque seguramente posterior, y que presenta sólo ligeras diferencias, como la posición del bastón de peregrino.
Esta obra formó parte de la colección de Isabel de Farnesio, hija de Eduardo II, príncipe heredero del ducado de Parma, y una gran amante de las artes. En 1714 se convirtió en la segunda esposa de Felipe V y llevó consigo a España una nutrida colección de obras de arte -entre las que seguramente estaría esta pintura- y cuyo número iría aumentando a lo largo de los años por adquisiciones, regalos y herencias.
El cuadro del Prado se instaló en el palacio de La Granja de San Ildefonso, sitio real mandado construir por Felipe V. Con posterioridad a 1774, formando ya parte de la Colección Real, pasó al palacio de Aranjuez, en cuya pieza del oratorio se registra en 1794. En 1814 estaba en el cuarto del infante don Francisco en el Palacio Real de Madrid, de donde fue trasladada al Museo del Prado.

El apóstol Santiago, Bartolomé Esteban Murillo 1655. Museo del Prado.
A Santiago lo identifica el bordón que sostiene con la mano derecha y la venera que muestra en el pecho. El maestro sevillano propone una versión dulcificada de Ribera. Fusiona de manera brillante la imagen del peregrino (bordón y esclavina con la vieira) con la del apóstol (el enorme libro y el manto rojo). Si lo pensamos bien, la representación carece de sentido, ya que ese lujoso manto (que luego veremos en Ribera y Rubens) no encaja lógicamente con la ropa de peregrino que lleva debajo. Sin embargo, como imagen, la mezcla funciona a la perfección. Es ahí donde vemos la maestría de Murillo para la iconografía, resumiendo diferentes conceptos en una sola imagen de gran fuerza visual.

Santiago Apóstol, Alberto Durero 1516. Galería de los Uffizi

Las características de este busto de santo son muy similares a las de San Felipe, pues ambos forman una pareja. Tienen las mismas dimensiones y el mismo estilo, incluso la inscripción en latín es igual para los dos. En este caso, Durero ha caracterizado al santo como un anciano de frente calva y brillante, con una barba de un blanco algodonoso que refleja la luz. Sobre la túnica roja podemos ver la concha de vieira que caracteriza a los peregrinos de Santiago. 

Santiago el Mayor,  Ribera (ca. 1634). Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Como tantas joyas del barroco, este excepcional ribera se puede ver en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. La institución andaluza posee una de las mejores colecciones de arte barroco del planeta, como corresponde a la que fue una de las ciudades más importantes del mundo durante el barroco.
Como corresponde a un gran genio, la representación de Ribera juega con todos los clichés para dar lugar a una imagen única. Por una parte, su Apóstol Santiago es muy joven, mucho más que el resto de los que tenemos en esta lista. Esta visión juvenil, que utiliza en otros cuadros de Santiago como los dos que se conservan en el Prado, aporta interesantes matices a la figura de un apóstol. Por el otro, como ya vimos en Murillo, combina al apóstol con el peregrino, nuevamente a través del manto rojo que luego veremos en Rubens. En este caso, el juego es más interesante, porque Ribera esconde los signos jacobeos del cuadro: la vieira está prácticamente oculta por el manto, mientras que el bordón se apoya contra el borde del cuadro. Pura creatividad. 

Santiago el Mayor,  de La Tour (1614 – 1620)

Esta joya de la pintura barroca, redescubierta en Francia en 2005, se conserva en una colección privada desde 2008, cuando fue subastada en Nueva York por Sotheby’s. Originalmente formaba parte de un apostolado completo que La Tour pintó para un canónigo de Albi entre 1614 y 1620.
La solemnidad habitual en las figuras de La Tour se aplica, en este caso, a una visión “popular” del Apóstol. La imagen de Santiago que ofrece el pintor lorenés es de un extremo realismo. Tanto que podríamos pensar que en su cuadro ha retratado a un verdadero peregrino, agotado y ajado por la dureza del Camino, con las vieiras en su esclavina y sombrero, así como el bordón con la calabaza. 

Santiago el Mayor, Rubens (1610 – 1612)

Ningún pintor europeo del siglo XVII aunó como lo hizo Rubens talento artístico, éxito social y económico y un alto nivel cultural. Aunque su actividad se centró en la pintura, también realizó numerosos diseños para estampas, tapices, arquitectura, esculturas y objetos decorativos. ntiago el Mayor es uno de los apóstoles de mayor fuerza y rotundidad de toda esta serie, pintada por Rubens entre 1610-1612. Su mirada penetrante y rotunda, dirigida hacia el espectador, similar a la de San Pablo, se completa con la fuerza con la que sujeta el libro, en referencia a las cartas recogidas en la Biblia. El bordón y el sombrero simbolizan su peregrinaje por lo que los dos significados de Santiago, como apóstol y como peregrino, se funden en una única figura.

Santiago el Mayor es uno de los apóstoles de mayor fuerza y rotundidad de toda esta serie, pintada por Rubens entre 1610-1612. Su mirada penetrante y rotunda, dirigida hacia el espectador, similar a la de San Pablo, se completa con la fuerza con la que sujeta el libro, en referencia a las cartas recogidas en la Biblia. El bordón y el sombrero simbolizan su peregrinaje por lo que los dos significados de Santiago, como apóstol y como peregrino, se funden en una única figura.
La diferencia de tratamiento entre unos apóstoles, que meditan y se recogen sobre sus libros a pesar de portar las armas con las que fueron asesinados, otros desencajados con sus símbolos de martirio, unos mirando al espectador de forma rotunda y otros hacia el cielo o fuera de la composición ofrecen diferentes actitudes y respuestas ante los problemas que se enfrentaron, de tal forma que el artista nos ofrece un conjunto que actúa como un todo, en el que se van entremezclando unos con otros, siempre con un tratamiento de la imagen similar y donde podemos observar distintos aspectos de la vida de estos hombres. En el siglo XVII y tras el Concilio de Trento la producción de apostolados creció y Rubens, un artista muy relacionado con los dogmas cristianos y la representación de los mismos, busca potenciar la idea de sacrificio de estos doce apóstoles.
Esta serie muestra, al igual que sucede con La Adoración de los Magos, el aprendizaje de Rubens tras su viaje a Italia. Las formas de estos personajes son corpulentas, vigorosas y fuertes, de recuerdo miguelangelesco, con una mirada penetrante que, en algunos casos, se dirige hacia el espectador. Recortados sobre un fondo monocromo oscuro, las figuras ganan aún más en peso y rotundidad, representadas en tres cuartos. Sin embargo, y a pesar de que sigue la tradición pictórica a la hora de representar este conjunto, no son personajes estáticos ni frontalizados, sino que los coloca en diferentes posturas, girando sus cabezas, con las manos en diferentes planos y dirigiendo la mirada hacia distintos puntos. Además del recuerdo manierista de Miguel Ángel el otro punto de inspiración es la pintura de Caravaggio, que también se observa en la Adoración de los Magos. Aquí se muestra no solo en el tratamiento pictórico de las telas, de grandes pliegues y caídas, sino también en el estudio lumínico, con focos dirigidos algunos de ellos frontales o laterales, y que sumen parte de la figura en sombras. Además el naturalismo de los rostros, que huyen de la idealización, también recuerda a los modelos del italiano, quien recibió críticas por la excesiva humanización de sus modelos. En este caso Rubens, a pesar de seguir a Caravaggio, los retrata con cierta distancia y atemporalidad que los aleja del mundo terrenal.
En cuanto a la técnica se muestra más contenida que en sus últimas obras. En algunas partes de los retratos se observa la preparación del lienzo, que utiliza para dar color a los rostros, las maderas o los libros entre otros elementos. Es un conjunto de obras muy sobrio en la paleta cromática pero muy trabajada, buscando representar las luces y las sombras. Los cabellos y las carnaciones están construidas a base de pinceladas de diferentes colores y texturas, consiguiendo un realismo y un cuidado típicos de sus obras.
El conjunto perteneció al Duque de Lerma al que pudo haberle llegado de manos de Rodrigo Calderón, diplomático flamenco al servicio de Felipe III y protegido del duque, por el que también entró en España y posteriormente en la colección Real la Adoración de los Magos. En 1618 Rubens le escribe una carta a sir Dudley Carleton, en el que le envía una lista de obras que estaban en su casa. Allí menciona "Los doce apóstoles, con Cristo, realizado por mis discípulos, de los originales hechos por mí que tiene el duque de Lerma". Desde la colección del duque de Lerma hasta la entrada del conjunto en la colección real, concretamente en 1746 donde aparecen inventariados en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, nada se sabe con certeza.  

Santiago el Mayor en oración, Rembrandt (1661) Colección Particular

En este íntimo cuadro, Rembrandt dinamita toda la iconografía del Apóstol Santiago. Lo representa junto a su sombrero y su bastón de peregrino, pero sin llevarlos puestos, porque en realidad vemos que la figura está rezando, situada de perfil al espectador. Un giro que sirve para cambiar totalmente la imagen del apóstol, mezclando de manera equilibrada el crudo realismo que podíamos ver en La Tour o Cano con la solemnidad de Reni o Rubens. La particular forma de representar a los santos de una forma más humana es típica de Rembrandt, pero en este cuadro va más allá. Otra maravilla del genio holandés que debería estar en un museo.

Santiago el Mayor, Alonso Cano (1635 – 1637). Museo del Louvre.

El Santiago de Cano es un descarnado peregrino descalzo, con el rostro maltratado por la intemperie y la mirada intensa, profunda y levemente perdida propia de los romeros. Como el cuadro de La Tour, el espectador aprecia la presencia de un verdadero peregrino, de cuerpo tan agotado que es una de las pocas imágenes en que el apóstol peregrino se representa sentado. Se encuentra mucho más cerca de los mendigos de Ribera o Velázquez que del solemne Apóstol pintado por Murillo o Rubens. Alonso Cano sabía lo que era un peregrino y lo representa en su tela.

Santiago matamoros  

Este relieve románico, situado en una portada del crucero de la catedral de Santiago de Compostela, es una de las primeras representaciones artísticas que existen de este apóstol en la batalla de Clavijo. La veracidad de este suceso aún es objeto de debate entre los historiadores, al igual que la propia venida del santo a España y el hecho de que realmente pueda estar enterrado en el subsuelo de la catedral compostelana. 

Santiago el Mayor peregrino, El Greco 1587-96. Museo de Santa Cruz (Toledo).
Entre 1586 y 1596 son abundantes los santos aislados o en pareja - véase San Andrés y San Francisco - en la producción de El Greco. Suelen corresponder a encargos de conventos o particulares en un momento devocional del Toledo de la Contrarreforma. Así surge este Santiago el Mayor peregrino que contemplamos, patrono de España, procedente del retablo de Santa Bárbara de la iglesia de San Nicolás de Toledo. La figura se presenta ante una hornacina, sobre un pedestal, a modo de estatua, y recuerda las imágenes del Renacimiento italiano que habían elaborado Mantegna o Masaccio al acentuar el aspecto escultórico del personaje. Doménikos emplea un canon acertado, cercano aún a Miguel Ángel en la volumetría y en el aspecto macizo mientras que el alargamiento progresivo de la figura se empieza a manifestar de manera contundente. La cabeza se ve así reducida ante las poderosas piernas y el ancho torso, iniciando un cambio en el canon clásico - la cabeza es la séptima parte del cuerpo - que provocará esas figuras estilizadas y llameantes. El modelado se realiza mediante el color y luz, como en la Escuela veneciana, aunque aún existe una dependencia del dibujo que enlaza con la Escuela romana. 

Martirio de Santiago, Zurbarán 1640. Museo del Prado.

Santiago está siendo decapitado por orden de Herodes Agripa, que aparece tras él con turbante. Zurbarán recurrió a fórmulas procedentes de estampas que le sirven para organizar una composición monumental, repleta de detalles magníficos, como la noble cabeza del perro que asoma por la derecha. Se ha supuesto que formó parte del retablo que Zurbarán se obligó a realizar con Jerónimo Velázquez para la iglesia de Nuestra Señora de la Granada (Llerena). Se comprometieron a realizarlo en dos años y medio, aunque se desconoce si llegaron a cumplir el plazo, ni cuál fue la intervención concreta del pintor. Seguramente realizó también un Resucitado, una Crucifixión y una Virgen en Gloria, que han permanecido en la iglesia hasta hace unas décadas. En cuanto al Martirio de Santiago, la hipótesis sobre su procedencia descansa en su estilo, que concuerda plenamente con el que cultivaba el pintor a finales de los años treinta, y en su iconografía, pues la iglesia de Llerena dependía de la Orden de Santiago. En cualquier caso, se trata de una pintura de notable calidad, realizada en un momento de plenitud del maestro. Narra el momento en que el patrón de España es decapitado por orden de Herodes Agripa, personaje con turbante que aparece tras el Apóstol.
La composición está inspirada en sendas estampas de Anton Wiericx sobre la vida de Santa Catalina, y varios de los detalles -como la espléndida cabeza del perro o el judío que muestra su perfil en el extremo izquierdo- derivan de estampas de Durero. Pero todo ello está traducido al mejor estilo del pintor, que muestra su extraordinaria habilidad para las texturas y su maestría en el empleo de la sombra para crear volúmenes. Ha prescindido de una visión dramática del martirio y ha preferido construir un cuadro -a pesar de su tema- sereno y meditativo mediante una composición muy monumental, emparentable con algunos de los lienzos del altar mayor de la Cartuja de Jerez. 

Martirio de Santiago Apóstol,  Juan de Juanes. Museo de Bellas Artes Pío V de Valencia, España. 

Santiago el Peregrino, Juan de Juanes. Convento de la Corona de Jesús de los Religiosos Recoletos de San Francisco en Valencia.
Este aceite a bordo proviene de la iglesia del Convento de la Corona de Jesús de los Religiosos Recoletos de San Francisco en Valencia. Es una imagen que fue ideada para tirar de los corazones de los fieles, y pocos artistas lograron hacerlo así como Juanes. Sus creaciones eran sensibles y conmovedoras, para hacer que la gente sintiera compasión por el santo.
Representa a James con una cara estilizada y tierna, profundamente en pensamiento y un poco triste. Es un retrato hermoso y agradable que invita al espectador a sentir devoción. El artista domina muy bien las grandes masas de color, que se convierten en los protagonistas de esta composición equilibrada y estudiada. 

Santiago Peregrino, Juan de Flandes, 1507. Museo del Prado.
Representación de Santiago el Mayor como peregrino, con el báculo o bordón, en este caso sin la habitual calabaza para el agua. Lleva esclavina y sombrero mostrando sobre la frente la concha o vieira, símbolo distintivo de las peregrinaciones a Compostela, como la cruz griega y la palma lo eran de las que se dirigían a Jerusalén, y la doble llave y la Verónica, de las que se dirigían a Roma. Aunque el origen de la concha sigue siendo oscuro, una tradición tardía aseguraba que un jinete caído al mar fue salvado por el apóstol cubriendo su cuerpo con conchas. Es tal la importancia de la peregrinación a Compostela, que los atributos del peregrino llegan a contaminar las otras dos iconografías de Santiago el Mayor, como apóstol y como caballero, lo que explica la aparición en esta obra del libro, símbolo de la doctrina evangélica (Carmona Muela, J.: 2003).

De origen y formación flamenca, Juan de Flandes es conocido sólo por las obras que realizó en Castilla a partir de julio de 1496, en que llegó al reino castellano para ser pintor de corte de Isabel la Católica hasta su muerte. Tras el fallecimiento de la reina, Juan de Flandes decidió quedarse en tierras castellanas. Al no ser ya pintor de corte y no contar con la ración anual, tuvo que someterse a un mercado artístico en que los comitentes demandaban un tipo de obras distinto al que había hecho hasta entonces para la reina, en ocasiones destinadas a formar retablos, muchas veces compuestos por un amplio número de tablas. 

¡Santiago, y cierra, España!
Más de uno, si pudiese, diría que el vínculo del apóstol Santiago con nuestro país fue un invento de Francisco Franco o un mito creado por la Iglesia católica para ir en contra de los musulmanes. Nada más lejos de la realidad. El patrón de España fue uno de los doce hombres elegidos por Jesucristo para que fuesen sus discípulos. Tras resucitar, Jesús envió a los apóstoles a todos los rincones del mundo para que predicasen la Palabra de Dios. 


Narran los textos medievales que el mayor de los vástagos del Zebedeo -apodados los “hijos del trueno”- arribó a Hispania para anunciar el Evangelio. Tras su paso por las tierras que hoy forman nuestro país, Santiago el Mayor viajó a Jerusalén, donde, cuatro años después, Herodes Agripa I -nieto del Herodes que mandó asesinar a los Santos Inocentes- le decapitó por ser seguidor de Jesucristo. La tradición cuenta que sus restos mortales fueron trasladados hasta Compostela, donde hoy reposan desde el siglo IX. Una tradición que es negada por algunos historiadores pero que fue confirmada en 1884 por una bula del papa León XIII.
Cuestiones y debates históricos aparte, la vida militar española siempre ha estado muy vinculada a la figura de este apóstol. En decenas de batallas, la frase “¡Santiago, y cierra, España!” dio fuerzas y moral a las tropas cristianas que hacían frente a los seguidores de Mahoma. Pero, ¿cuál es el origen de este grito castrense?
Si bien es cierto que nadie sabe quién fue el primero que acuñó esta frase que ensancha corazones, algunos historiadores defienden que se comenzó a usar a inicios del siglo noveno bajo el reinado del monarca asturiano Alfonso II el Casto. Otros, como Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo y Primado de España a comienzos del siglo XIII, recoge en su texto “De rebus Hispaniae” lo acontecido en la batalla de Clavijo, donde las tropas cristianas habrían pedido ayuda al apóstol antes de luchar.
El documento narra que, en mayo del año 844, el rey Ramiro I de Asturias tuvo un sueño en el que se le apareció Santiago cabalgando sobre un caballo blanco.
El mayor de los “hijos del trueno” le dijo al Rey que el ejército cristiano vencería al musulmán. Al día siguiente, animados por la intercesión del apóstol, las tropas del monarca asturiano arrasaron a los más de 60.000 seguidores de Mahoma. El discípulo de Cristo se ganó el apodo de “matamoros”.
En aquella jornada se estableció el Voto de Santiago. Es decir, tras cada una de las conquistas, la tierra recuperada para la cristiandad debía ofrecer cada año una serie de bienes a la catedral de Compostela para agradecer al santo su ayuda. A partir de 1646, siendo ya España una unidad bajo el cetro de Felipe IV, se decretó que esta ofrenda la harían los Reyes; algo que en la actualidad -aunque en algunas ocasiones el rey Juan Carlos delegue en otras personas- se puede ver cada 25 de julio en la catedral de la capital de Galicia.
El apóstol también se apareció a finales del siglo X al conde Fernán González en víspera de la batalla de Hacinas. Dicen las crónicas que la contienda comenzó al grito de “¡Santiago, y cierra!”, y finalizó con la victoria cristiana sobre los ejércitos mahometanos de Almanzor.
Quién sabe si algún cristiano se desgañitó pronunciando “¡Santiago, y cierra, España!” en Clavijo, las Navas de Tolosa o El Salado durante la Reconquista.
O si algún español harto del incordio francés gritó pidiendo la intercesión del apóstol en Sagunto o en Bailén durante la Guerra de Independencia.
Lo que es seguro es que era un clamor muy usado al entrar en batalla. Hasta Cervantes puso en boca de Sancho Panza la duda sobre el significado de esta exclamación. El escudero pregunta si “¿está por ventura España abierta, y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es ésta?”. A lo que Don Quijote, en referencia al apóstol, le explica que los españoles “le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones”.
La duda de Sancho la puede tener cualquiera que hoy pronuncie esta exclamación. En primer lugar, se quiere pedir intercesión a Santiago; por otro lado, según la Real Academia Española, el verbo “cerrar” -en su trigésimo segunda acepción- significa trabar batalla, embestir o acometer; y en tercera instancia, se gritaría España en referencia a los soldados y su defensa de la patria.

Apóstol Santiago el Menor
Santiago el Menor  o Santiago, hijo de Alfeo para distinguirlo del otro apóstol del mismo nombre (Santiago el Mayor o Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan) fue uno de los doce apóstoles de Jesucristo. Era hijo de Cleofás o Alfeo y de María de Cleofás, y hermano de Judas Tadeo y de otro José (Marcos 15:40).
En latín eclesiástico se le denominaba Sanctus Iacobus, literalmente "San Jacobo", compuesto que devino en Sant Iaco y Sant Iague (o Yagüe) para culminar como Sant Iago.
Mateo nos dice que hay dos apóstoles llamados Santiago (llamado Jacobo en la biblia Reina Valera):
Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.
Mateo 10:2-4
Lucas nos confirma lo mismo, el primero sería llamado Santiago el Mayor y el segundo como Santiago el Menor.
Simón, a quien también llamó Pedro, y a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo y Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón al que llamaban el Zelote, Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser traidor.
Lucas 6, 14-16
El mismo Judas Tadeo manifiesta que es pariente cercano de Santiago el Menor, diciendo:
Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo:
Judas 1:1 
La tradición cristiana siempre lo ha identificado como "el hermano del Señor" que se entrevistó con Pablo; con el Santiago mencionado en la Carta a los Gálatas como una de las "columnas de la Iglesia"; con el que tomó la palabra durante el Concilio de Jerusalén, evidentemente un líder de la comunidad, al que Pedro había mandado anunciar su liberación; quien quedó a cargo de la Iglesia de dicha ciudad cuando la dispersión de los apóstoles por el mundo y fue su primer obispo; con el Santiago a quien -según cuenta Pablo- se le apareció Jesús resucitado; y con el autor de la Carta de Santiago.
Algunos estudiosos en el tema afirman que Santiago el Menor hace referencia al mismo Santiago "hermano de Jesús" como es el caso de la doctrina católica, mientras que otros afirman que se tratan de personas diferentes, como sucede con la doctrina protestante. Según ésta doctrina, Marcos nos hace ver la diferencia entre los dos Apóstoles llamados Santiago, y el otro Santiago, pariente de Jesús, que algunos identifican como Santiago el Justo.
Jesús, quien antes de los 30 años ayudaba a su padre en la carpintería, fue reconocido por las personas donde había crecido:
¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él.
Marcos 6:3 
La misma doctrina afirma que Pablo habla también de este tercer Santiago (Jacobo), el cual era diferente a los dos Apóstoles:
Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los Apóstoles, sino a Jacobo, el hermano del Señor.
Gálatas 1:18-19
Aunque el acierto más favorable viene de los escritos no bíblicos del historiador Flavio Josefo. Es de tomar en cuenta que en la sociedad del lugar, de naturaleza patriarcal, el término "hermano" cubría un amplio número de parientes cercanos, y no necesariamente implicaba el ser "hermano de sangre", es decir, hijo de los mismos padres. Así mismo con el término "primo", ya que la Virgen María y Santa Isabel tenían seguramente una relación familiar más lejana que la que se entiende hoy por ese término.
Josefo nos ilustra la muerte del hermano de Jesús en manos del Sumo Sacerdote Anás ben Anás o Ananus (Ananías) el cual no es el Ananías ben Nebedeo que enjuició al Apóstol Pablo:
Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido y el sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Les acusó de haber transgredido la Ley y les entregó para que fueran apedreados.
(Antigüedades judías, 20.9.1) 
La historiografía data este evento en el año 62. 
Identificación con Santiago, hijo de Alfeo
San Jerónimo identificó a Santiago, el Menor con Santiago, hijo de Alfeo, escribiendo en su obra titulada La virginidad perpetua de la bienaventurada María lo siguiente:
Nadie duda que habían dos apóstoles de nombre Santiago, Santiago el hijo de Zebedeo, y Santiago el hijo de Alfeo. ¿Usted pretende que el comparativamente menos conocido Santiago el menor, quién es llamado el hijo de María, pero no de María la madre de nuestro Señor, es un apóstol, o no lo es? Si él es un apóstol, entonces debe ser el hijo de Alfeo y un creyente en Jesús. (...) La única conclusión es que la María que es descrita como la madre de Santiago el menor era la esposa de Alfeo y la hermana de María, la madre del Señor, aquella que es llamada por Juan el Evangelista “María de Cleofás”  
Papias de Hierápolis, quien vivió alrededor del año 70-163 d.C., en los fragmentos de su obra Exposiciones de los Oráculos del Señor relata que María, esposa de Alfeo, es la madre de Santiago el Menor:
María, madre de Santiago el Menor y de José, esposa de Alfeo, era la hermana de María, la madre del Señor, a quien Juan llama Cleofás.  
Por lo tanto, Santiago, hijo de Alfeo, sería el mismo que Santiago el Menor.
Santiago el Menor también podría ser identificado con Santiago el hermano de Jesús (Santiago el Justo). Jerónimo también concluyó que Santiago "el hermano del Señor" es el mismo que Santiago el Menor. Para explicar esto, Jerónimo primero dice que Santiago el Menor debe identificarse con Santiago, el hijo de Alfeo. Después de esto, Santiago el Menor siendo el mismo que Santiago, hijo de Alfeo, Jerónimo relata en su obra llamada De Viris Illustribus que Santiago "el hermano del Señor" es el mismo que Santiago, hijo de Alfeo:
Santiago, quien es llamado hermano del Señor, apellidado el Justo, hijo de José de otra esposa, como algunos piensan, pero, como a mí me parece, el hijo de María, la hermana de la madre nuestro Señor, María de Cleofás, de quien Juan hace mención en su libro (Juan 19:25)
Así, Jerónimo concluye que Santiago, el hijo de Alfeo, Santiago el Menor, y Santiago, hermano del Señor, son una y la misma persona.
Puede existir cierta confusión de nombres según la biblia que se lea en el idioma español. Algunas biblias, entre ellas la Reina Valera, usa la palabra Jacobo en lugar de la palabra Santiago, ambas palabras son variantes del idioma español del nombre propio Ya'akov. Por tanto, "Santiago el Menor" es lo mismo que "Jacobo el menor"; y "Santiago, hijo de Alfeo" es lo mismo que "Jacobo, hijo de Alfeo".
La Iglesia católica, a partir del año 1960, celebra la fiesta de Santiago el Menor el 3 de mayo junto con el otro Apóstol Felipe. Previamente, su festividad era el 31 de mayo y más anteriormente el 10 de mayo.
En la tradición de la Iglesia ortodoxa se distinguen dos santos, Santiago que se festeja el 25 de octubre y Santiago el Menor cuya fiesta es el 9 de octubre.
También venerado por la Iglesia copta. 
Santiago el Menor, Pedro Pablo Rubens, 1610. Museo del Prado
La escuadra que porta Santiago el Menor hace referencia a su condición de carpintero y es uno de los apóstoles de esta serie, pintada por Rubens entre 1610-1612, que no aparece con su atributo de martirio, al igual que San Pedro, Santiago el Menor y San Pablo. El apóstol aparece cubierto por una gruesa capa de color tostado que oculta su anatomía dejando únicamente parte de su rostro anciano y la mano al descubierto. El tratamiento lumínico incide en la mano de manera especial, llevando nuestra mirada hacia la escuadra que sostiene y en la frente, dejando parte del rostro sumido en las sombras.
La diferencia de tratamiento entre unos apóstoles, que meditan y se recogen sobre sus libros a pesar de portar las armas con las que fueron asesinados, otros desencajados con sus símbolos de martirio, unos mirando al espectador de forma rotunda y otros hacia el cielo o fuera de la composición ofrecen diferentes actitudes y respuestas ante los problemas que se enfrentaron, de tal forma que el artista nos ofrece un conjunto que actúa como un todo, en el que se van entremezclando unos con otros, siempre con un tratamiento de la imagen similar y donde podemos observar distintos aspectos de la vida de estos hombres. En el siglo XVII y tras el Concilio de Trento la producción de apostolados creció y Rubens, un artista muy relacionado con los dogmas cristianos y la representación de los mismos, busca potenciar la idea de sacrificio de estos doce apóstoles.
Esta serie muestra, al igual que sucede con La Adoración de los Magos, el aprendizaje de Rubens tras su viaje a Italia. Las formas de estos personajes son corpulentas, vigorosas y fuertes, de recuerdo miguelangelesco, con una mirada penetrante que, en algunos casos, se dirige hacia el espectador. Recortados sobre un fondo monocromo oscuro, las figuras ganan aún más en peso y rotundidad, representadas en tres cuartos. Sin embargo, y a pesar de que sigue la tradición pictórica a la hora de representar este conjunto, no son personajes estáticos ni frontalizados, sino que los coloca en diferentes posturas, girando sus cabezas, con las manos en diferentes planos y dirigiendo la mirada hacia distintos puntos. Además del recuerdo manierista de Miguel Ángel el otro punto de inspiración es la pintura de Caravaggio, que también se observa en la Adoración de los Magos. Aquí se muestra no solo en el tratamiento pictórico de las telas, de grandes pliegues y caídas, sino también en el estudio lumínico, con focos dirigidos algunos de ellos frontales o laterales, y que sumen parte de la figura en sombras. Además el naturalismo de los rostros, que huyen de la idealización, también recuerda a los modelos del italiano, quien recibió críticas por la excesiva humanización de sus modelos. En este caso Rubens, a pesar de seguir a Caravaggio, los retrata con cierta distancia y atemporalidad que los aleja del mundo terrenal.
En cuanto a la técnica se muestra más contenida que en sus últimas obras. En algunas partes de los retratos se observa la preparación del lienzo, que utiliza para dar color a los rostros, las maderas o los libros entre otros elementos. Es un conjunto de obras muy sobrio en la paleta cromática pero muy trabajada, buscando representar las luces y las sombras. Los cabellos y las carnaciones están construidas a base de pinceladas de diferentes colores y texturas, consiguiendo un realismo y un cuidado típicos de sus obras.
El conjunto perteneció al Duque de Lerma al que pudo haberle llegado de manos de Rodrigo Calderón, diplomático flamenco al servicio de Felipe III y protegido del duque, por el que también entró en España y posteriormente en la colección Real la Adoración de los Magos. En 1618 Rubens le escribe una carta a sir Dudley Carleton, en el que le envía una lista de obras que estaban en su casa. Allí menciona "Los doce apóstoles, con Cristo, realizado por mis discípulos, de los originales hechos por mí que tiene el duque de Lerma". Desde la colección del duque de Lerma hasta la entrada del conjunto en la colección real, concretamente en 1746 donde aparecen inventariados en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, nada se sabe con certeza.  
Santiago el Menor, El Greco 1602-07. Catedral de Toledo.
Compañero de San Mateo, San Lucas o San Juan Evangelista, este Santiago el Menor forma parte del Apostolado que elaboró El Greco posiblemente para el cardenal Sandoval y Rojas, guardado en la actualidad en la Catedral Primada de España. El apóstol aparece presenta un libro, viste túnica amarilla y manto azulado. Su mano derecha se dirige al libro, aunque el centro de atención vuelve a ser el rostro iluminado, de elegante belleza. Los pesados ropajes, con sus acentuados pliegues, impiden la contemplación de la anatomía de la figura, modelando a través de la luz y el color según los dictados de la Escuela veneciana que tanto admiró Doménikos. 
Santiago el Menor, El Greco 1602-07 
Como obispo de Jerusalén
En una carta pseudoepigráfica del siglo IV atribuida a Clemente de Roma (siglo I), Santiago es llamado «obispo de obispos, que gobierna Jerusalén, la Santa Asamblea de los Hebreos, y todas las asambleas en todas partes».
Hegesipo, en el quinto libro de sus Comentarios, escribiendo sobre Santiago, dice que: «Después de los apóstoles, Santiago el hermano del Señor, de sobrenombre el Justo, fue nombrado jefe de la Iglesia en Jerusalén».
Clemente de Alejandría escribió en el sexto libro de su Hypotyposes que Santiago el Justo fue elegido como obispo de Jerusalén por Pedro, Santiago (el Mayor) y Juan: "Porque dicen que Pedro, Santiago y Juan después de la ascensión de nuestro Salvador, Como si también fuera preferido por nuestro Señor, no se esforzó después de honor, sino que escogió a Santiago, el Justo obispo de Jerusalén".
Sin embargo, el mismo autor, en el séptimo libro de la misma obra, relata también lo siguiente acerca de él: «El Señor, después de su ascensión, entregó el conocimiento (gnosis) a Santiago el Justo, a Juan y a Pedro; éstos a su vez lo entregaron a los otros apóstoles y a los setenta, de los cuales Bernabé era uno.»
De acuerdo con Eusebio de Cesarea, Santiago fue nombrado obispo de Jerusalén por los apóstoles: "Santiago, hermano del Señor, a quien los apóstoles habían confiado el asiento episcopal en Jerusalén".
Jerónimo escribió lo mismo: "Santiago ... después de la pasión de nuestro Señor ... ordenado por los apóstoles obispo de Jerusalén ..." además escribe que Santiago "gobernó la iglesia de Jerusalén treinta años".
El Oxford Dictionary of the Christian Church afirma que Santiago el Justo fue "desde una fecha temprana con Pedro un líder de la Iglesia en Jerusalén y desde el momento en que Pedro dejó Jerusalén después del intento de Herodes de matarlo, Santiago aparece como la autoridad principal que presidió el Concilio de Jerusalén".
Además de un puñado de referencias en los Evangelios sinópticos, las fuentes principales de su vida son los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas paulinas; Eusebio y Jerónimo quienes también citan a los primeros cronistas cristianos Hegesipo y Epifanio. La Epístola de Santiago en el Nuevo Testamento se atribuye tradicionalmente a él, y él es el principal autor del Decreto Apostólico de Hechos 15. En las listas existentes de seudo Hipólito de Roma, seudo Doroteo de Tiro, el Cronicón pascual y Demetrio de Rostov, él es el primero de los Setenta Discípulos aunque algunas fuentes como la Enciclopedia Católica declara que estas listas son desafortunadamente inútiles. 
Posible identidad con Santiago, hijo de Alfeo
Jerónimo considera que el término «hermanos» del Señor eran los primos de Jesús, amplificando así la doctrina de la virginidad perpetúa. Además, concluye que Santiago «el hermano del Señor» (Gálatas 1:19), por lo tanto es Santiago, hijo de Alfeo, uno de los doce apóstoles de Jesús, hijo de María de Cleofás. Fuentes contemporáneas cercanas también insisten en que Santiago también fue un «célibe perpetuo» desde el vientre, un término que según Robert Eisenman fue aplicado más tarde a su madre, María.
En dos pequeñas pero potencialmente importantes obras de Hipólito, Sobre los Doce Apóstoles de Cristo y Sobre los Setenta Apóstoles de Cristo, él relata lo siguiente:
Y Santiago hijo de Alfeo, cuando predicaba en Jerusalén, fue apedreado hasta la muerte por los judíos, y fue sepultado allí al lado del templo.  
Santiago, el hermano de Jesús, también fue apedreado hasta la muerte por los judíos. Con este testimonio de Hipólito hay buenas razones para suponer que Santiago el hijo de Alfeo es la misma persona que Santiago el hermano de Jesús.
Estas dos obras de Hipólito son a menudo descuidadas porque los manuscritos se perdieron durante la mayor parte de la edad de la iglesia y luego fueron encontrados en Grecia en el siglo XIX. Como la mayoría de los estudiosos los consideran falsos, a menudo se atribuyen a Pseudo-Hipólito. Los dos son incluidos en un apéndice a las obras de Hipólito en la colección voluminosa de los Padres de la Iglesia Primitiva. 
Según los fragmentos de la obra Exposiciones de los Oráculos del Señor del Padre apostólico Papías de Hierápolis, que vivió cerca del 70-163 d.C., Cleofás y Alfeo son la misma persona, y María, la esposa de Cleofás o Alfeo, sería la madre de Santiago el hermano de Jesús, de Simón y de Judas (Tadeo) y de un José.1) María, la madre del Señor; (2) María, esposa de Cleofás o Alfeo, quien fue madre de Santiago el obispo y apóstol, de Simón y de Tadeo, y de un José; (3) María Salomé, esposa de Zebedeo, madre de Juan el evangelista y Santiago; (4) María Magdalena. Estos cuatro se encuentran en el Evangelio... (Fragmento X)  
Así, Santiago, el hermano del Señor sería hijo de Alfeo, quien es el esposo de María, esposa de Cleofás, o de María, esposa de Alfeo. Para el teólogo anglicano J.B. Lightfoot este fragmento citado anteriormente sería falso.  
Posible identidad con Santiago el Menor
Jerónimo también concluyó que Santiago "el hermano del Señor" es el mismo que Santiago el Menor. Para explicar esto, Jerónimo primero dice que Santiago el Menor debe ser identificado con Santiago, hijo de Alfeo, e informa en su obra "Sobre la Virginidad Perpetua de la Bienaventurada María" lo siguiente:
Nadie duda que habían dos apóstoles de nombre Santiago, Santiago el hijo de Zebedeo, y Santiago el hijo de Alfeo. ¿Usted pretende que el comparativamente menos conocido Santiago el menor, quién es llamado el hijo de María, pero no de María la madre de nuestro Señor, es un apóstol, o no lo es? Si él es un apóstol, entonces debe ser el hijo de Alfeo y un creyente en Jesús. (...) La única conclusión es que la María que es descrita como la madre de Santiago el menor era la esposa de Alfeo y la hermana de María, la madre del Señor, aquella que es llamada por Juan el Evangelista “María de Cleofás” 
Después de decir que Santiago Menor es el mismo que Santiago, hijo de María de Cleofás, esposa de Alfeo y hermana de María la madre del Señor, Jerónimo describe en su obra De Viris Illustribus que Santiago "el hermano del Señor" es el mismo que Santiago, hijo de Alfeo y de María de Cleofás:
Santiago, quien es llamado hermano del Señor, apellidado el Justo, hijo de José de otra esposa, como algunos piensan, pero, como a mí me parece, el hijo de María, la hermana de la madre nuestro Señor, María de Cleofás, de quien Juan hace mención en su libro (Juan 19:25)
Así, Jerónimo concluye que Santiago, el hijo de Alfeo, Santiago el Menor, y Santiago, hermano del Señor, son una sola misma persona. 
Eusebio registra que Clemente de Alejandría relató: «Este Santiago, a quien el pueblo de antaño llamaba el Justo debido a su virtud excepcional, fue el primero, como el registro nos dice, en ser elegido al trono episcopal de la iglesia de Jerusalén». El nombre también ayuda a distinguirlo de otras figuras importantes en el cristianismo primitivo del mismo nombre, como Santiago, hijo de Alfeo; Santiago, hijo de Zebedeo; Santiago el menor, hijo de una María y hermano de José (Mc 15:40); y Santiago, hermano de Judas (Judas 1:1).
Otros epítetos son «Santiago el hermano del Señor, llamado el Justo», «Santiago el Justo», y «Santiago de Jerusalén».
Él a veces es denominado en el cristianismo oriental como «Santiago Adelphotheos» (Santiago, el hermano de Dios). La liturgia cristiana más antigua, la Liturgia de Santiago, utiliza este epíteto.  
Santiagos en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento menciona a varios personajes llamados Santiago. Las epístolas paulinas, desde aproximadamente la sexta década del siglo I, tienen dos pasajes que citan a un Santiago. Los Hechos de los Apóstoles, escritos entre el 60 y el 150 d. C., también describen el período antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C. Este cuenta con tres menciones de un Santiago. Los Evangelios, con dataciones en disputa que van desde aproximadamente el 50 hasta tan tarde como el 130 d. C., describen el período del ministerio de Jesús, alrededor del 30-33 d. C. Estos mencionan al menos dos personas diferentes con el nombre de Santiago. El autor de la Epístola de Judas señala que él es un hermano de Santiago en el párrafo de apertura de esa epístola.
Pablo menciona el encuentro con Santiago, «el hermano del Señor», a quien llama un «pilar» en su Epístola a los gálatas:
Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Santiago el hermano del Señor. En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento. Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia, (...) Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito. (...) a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud, a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros. Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles), y reconociendo la gracia que me había sido dada, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión. Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer.
Un Santiago es mencionado por Pablo en su primera epístola a los corintios, como aquel a quien Jesús se apareció después de su resurrección:
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. 
Hay un Santiago mencionado en Hechos, que la Enciclopedia Católica identifica con Santiago, el hermano de Jesús: «Pero él, haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos. Y salió, y se fue a otro lugar». 
Santiago también es una autoridad en la iglesia primitiva en el concilio de Jerusalén (está citando Amós 9:11-12):
Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: «Después de esto volveré, y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos». Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.  
Después de esto, solamente hay una mención más de Santiago en Hechos, su encuentro con Pablo poco antes del arresto de este: «Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos».(Hechos 21:17-18) 
Algunos evangelios apócrifos dan testimonio del respeto de los seguidores judíos de Jesús tenían para con Santiago. El fragmento 21 del Evangelio a los Hebreos confirma el relato de Pablo en 1 Corintios con respecto a la aparición de Jesús resucitado a Santiago, y esto se menciona también en el Evangelio de Tomás (una de las obras incluidas en la biblioteca de Nag Hammadi) en el versículo 12 el cual relata que los discípulos le preguntaron a Jesús: «Los discípulos dijeron a Jesús: ‹Sabemos que tú te irás de nosotros. ¿Quién será nuestro líder?›. Jesús les dijo: ‹Donde ustedes se encuentren, van a ir con Santiago el Justo, por cuya causa los cielos y la tierra han llegado a existir›». Epifanio (Panarion 29.4) describe a Santiago como nazareo.  
El pseudoepigráfico Primer Apocalipsis de Santiago, asociado con el nombre de Santiago menciona muchos detalles, algunos de los cuales pueden reflejar tradiciones tempranas: él (Santiago) se dice que tuvo autoridad sobre los doce apóstoles y la iglesia primitiva, afirma que Santiago y Jesús no son hermanos biológicos, esta obra añade también, un tanto desconcertante, que Santiago salió de Jerusalén y huyó a Pella antes del asedio romano de esa ciudad en 70 (Ben Witherington sugiere que lo que se quiere decir con esto es que los huesos de Santiago fueron tomados por los primeros cristianos que habían huido de Jerusalén). 
El seudepigráfico Segundo Apocalipsis de Santiago nombra al padre de Santiago "Theudas" en lugar de José, que se presenta como el padre biológico de Santiago.
El Apócrifo de Santiago, cuya única copia se encuentra en la biblioteca de Nag Hammadi y que pudo haber sido escrito en Egipto en el siglo tercero, relata la aparición post-resurrección de Jesús a Santiago y a Pedro, que Santiago afirma, fue registrado en hebreo. En el diálogo, Pedro habla dos veces (3:12; 9:1), pero mal entiende a Jesús. Sólo a Santiago se dirige por su nombre (6:20), y es el más dominante de los dos. 
El apócrifo Evangelio de Felipe parece enumerar a María como una hermana de Jesús sin especificar si es la hija de María y José o la hija de José por un matrimonio anterior.
El Evangelio de Santiago (o «Evangelio de la infancia de Santiago»), una obra del siglo segundo, también se presenta a sí misma como escrita por Santiago, una señal de que su autoría se prestaría autoridad, y también lo hacen varios tratados en los códices encontrados en Nag Hammadi. 
San Sebastián (mártir)
San Sebastián es un santo venerado por la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa. Fue soldado del ejército romano y del emperador Diocleciano, quien -desconociendo que era cristiano- llegó a nombrarlo jefe de la primera cohorte de la guardia pretoriana imperial.
Nació en Narbona (Francia) en el año 256, pero se educó en Milán. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios paganos por considerarlos idolatría. Como cristiano, ejercitaba el apostolado entre sus compañeros, visitando y alentando a otros cristianos encarcelados por causa de su religión. Acabó por ser descubierto y denunciado al emperador Maximiano (amigo de Diocleciano), quien lo obligó a escoger entre poder ser soldado o seguir a Jesucristo.
El santo escogió seguir a Cristo. Decepcionado, el emperador le amenazó de muerte, pero Sebastián se mantuvo firme en su fe. Enfurecido, le condenó a morir. Los soldados del emperador lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un poste, y lanzaron sobre él una lluvia de flechas, dándolo por muerto. Sin embargo, sus amigos se acercaron y, al verlo todavía con vida, lo llevaron a casa de una noble cristiana romana llamada Irene, esposa de Cástulo, que lo mantuvo escondido y le curó las heridas hasta que quedó restablecido.
Sus amigos le aconsejaron que se ausentara de Roma pero Sebastián se negó rotundamente. Se presentó ante un emperador desconcertado, ya que lo daba por muerto, y le reprochó enérgicamente su conducta por perseguir a los cristianos. Maximiano mandó que lo azotaran hasta morir, y los soldados cumplieron esta vez sin errores la misión, tirando su cuerpo en un lodazal. Los cristianos lo recogieron y lo enterraron en la Vía Apia, en la célebre catacumba que lleva el nombre de San Sebastián. Muere en el año 288.
El culto a San Sebastián es muy antiguo y está muy extendido; es invocado contra la peste y contra los enemigos de la religión, y además es llamado "el Apolo cristiano" ya que es uno de los santos más reproducidos por el arte en general.
Los primeros cristianos de Roma perseguidos llegan a las Islas del Mediterráneo y traen, con fe cristiana, su devoción al mártir Sebastián.
Su fiesta se celebra el 20 de enero y ha estado siempre unida a la de san Fabián, en la festividad de los Santos Mártires.
San Sebastián es posiblemente uno de los santos más representados de la iglesia católica. El mundo del arte se nutre frecuentemente con obras pictográficas y esculturas que realzan la aceptación de su destino y la redención por parte de los ángeles.
En las representaciones del primer milenio viste la clámide militar como correspondía a su cargo, y siempre imberbe. Durante el gótico, aparece con armadura de mallas a la moda de la época, pero pronto aparece con el rico traje de los nobles palatinos de entonces y generalmente con barba. Desde ese momento es mucho más frecuente representarlo desnudo en el momento de ser asaeteado. El atributo antiguo es la corona de flores en la mano. El atributo personal, desde la Edad Media, es una saeta y el arco entre sus manos. 
Desde el siglo XV los artistas han preferido presentarlo desnudo, joven e imberbe, con las manos atadas al tronco de un árbol que tiene detrás y ofreciendo su torso a las saetas del verdugo. Muchos artistas lo han representado; entre ellos cabe destacar la escultura de Alonso Berruguete conservada en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid y la pintura de El Greco El martirio de san Sebastián, una de las obras más realistas de este pintor, que se encuentra en el Museo catedralicio de Palencia. 
San Sebastián, Sandro Botticelli, 1474. Gemäldegalerie, Berlín
El cuadro fue colocado con gran ceremonia en 1474 sobre uno de los pilares de la iglesia florentina de Santa Maria Maggiore el día 20 de enero, la fiesta del santo. La ubicación de la pintura explica su formato, inusualmente largo. Ha sido costumbre común desde los tiempos medievales fijar pinturas en los pilares interiores de las iglesias. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, estas pinturas se quitaron de sus emplazamientos originales, de manera que la perspectiva interior de las iglesias tal como aparecen hoy, con sus pilares sin adornos, de hecho es una imagen inexacta.
Se representa al santo prácticamente desnudo, inmediatamente después del martirio. Su actitud es casi de "distanciamiento", soportando serenamente las seis flechas que se le han disparado. Viste sólo un taparrabos, está en pie sobre un tocón de un árbol que ha sido cortado en forma de poste y que se alza repentinamente en el centro del cuadro, en frente del paisaje y el cielo. La tortura ha pasado, los torturadores de Sebastián ya se han ido y están cazando en busca de garzas. La escena muestra a los torturadores abandonando el lugar, y este es un tema muy raro que no suele representarse. El paisaje está representado con gran detalle.
En este cuadro de Botticelli la línea tensa y exasperada de sus contemporáneos se flexibiliza en una entonación casi elegíaca (M. Bacci). Puede considerarse que este San Sebastián es el primer desnudo masculino. El artista sigue las ideas clásicas en sus proporciones armónicas y equilibrado "contrapposto". Sin embargo, hay cierta inseguridad que se revela en el acortamiento de los pies del santo, confirmando que este cuadro pertenece a la fase primera de Botticelli.
San Sebastián, Andrea Mantegna
San Sebastián es el tema de tres pinturas del pintor del primer Renacimiento italiano Andrea Mantegna. El artista paduano vivió en un período en que eran frecuentes las pestes; Sebastián era considerado protector contra la peste al haber sido herido por flechas y se pensaba que la peste se difundía a través del aire.
En su larga estancia en Mantua, más aún, Mantegna residió cerca de la iglesia de San Sebastián. 
El San Sebastián de Viena 
Se ha sugerido que el cuadro fue realizado después de que Mantegna se recuperase de la peste en Padua (1456–1457). Probablemente fue encargo del podestà de la ciudad para celebrar el fin de la peste, fue acabada antes de que el artista dejara la ciudad para ir a Mantua.
Según Battisti, el tema se refiere al Libro de la Revelación. Un jinete está presente en las nubes en la parte superior izquierda. Como se especifica en la obra de san Juan, la nube es blanca y el jinete tiene una guadaña, que él estaba usando para cortar la nube. El jinete ha sido interpretado como Saturno, el dios grecorromano: en los tiempos antiguos, Saturno fue identificado con el Tiempo que pasaba y dejaba todo destrozado detrás de sí.
Detalle del jinete en la nube del San Sebastián de Viena.
En lugar de la figura clásica de Sebastián atado a un poste en el Campo Marzio de Roma («Campo de Marte»), el pintor retrató al santo contra un arco, bien sea un arco de triunfo o bien la puerta de una ciudad. En 1457 el pintor fue llevado a juicio por «inadecuación artística» por haber puesto sólo ocho apóstoles en su fresco de la Asunción. A modo de respuesta, él aplicó los principios del clasicismo de Alberti en los cuadros siguientes, incluyendo este pequeño San Sebastián, aunque deformada por la perspectiva nostálgica propia de él.
Detalle de la antigua ciudad en la parte posterior del San Sebastián del Louvre. Las ruinas clásicas son típicas de los cuadros de Mantegna. El camino acantilado, la grava y las cuevas son referencias a las dificultades de alcanzar la Jerusalén Celestial, la ciudad fortificada representada en la parte superior de la montaña, en la esquina superior derecha del cuadro, y descrita en el Capítulo 21 del Apocalipsis de Juan. 
Es característico de Mantegna la claridad de la superficie, la precisión de la reproducción «arqueológica» de los detalles arquitectónicos, y la elegancia de la postura del mártir.
La inscripción vertical en el lado derecho del santo es la firma de Mantegna en griego. 
El San Sebastián del Louvre
El San Sebastián del Louvre fue una vez parte del retablo de San Zenón en Verona. A finales del siglo XVII o principios del XVIII se documentó en la Sainte Chapelle de Aigueperse, en la región de Auvernia en Francia: su presencia allí está relacionada con el matrimonio de Chiara Gonzaga, hija de Federico I de Mantua, con Gilbert de Bourbon, Delfín de Auvernia (1486). 
El cuadro presumiblemente ilustra el tema del Atleta de Dios, inspirado por un sermón espurio de san Agustín. El santo, de nuevo atado a un arco clásico, es observado desde una perspectiva baja, inusual, usada por el artista para reforzar la impresión de solidez y dominio de su figura. La cabeza y los ojos vueltos hacia el cielo confirman la firmeza de San Sebastián al sobrellevar su martirio. A sus pies se muestran dos personas malvadas (representadas por un dúo de arqueros): se pretende que creen un contraste entre el hombre de fe trascendente, y aquellos quienes sólo son atraídos por goces profanos.
Aparte del simbolismo, el cuadro se caracteriza por la precisión de Mantegna en las representaciones de las ruinas antiguas, así como el detalle en particulares realistas como la higuera cerca de la columna y la descripción del cuerpo de Sebastián. 
El San Sebastián de Venecia
El tercer San Sebastián de Mantegna fue pintado algunos años más tarde (h. 1490), y difiere bastante de las composiciones precedentes, muestra un marcado pesimismo. La figura grandiosa, roturada del santo está representado ante un fondo neutral y plano en color marrón. Las intenciones del artista en esta obra están explicadas en una banderola en espiral alrededor de una vela apagada, en la esquina inferior derecha. Aquí, en latín, está escrito: Nihil nisi divinum stabile est. Caetera fumus («Nada es estable salvo lo divino. El resto es humo»). La inscripción puede que fuera necesaria debido al tema de la fugacidad de la vida no era normalmente asociado con cuadros de san Sebastián. La letra «M» formada por las flechas cruzadas sobre las piernas del santo pueden referirse a Morte («Muerte») o Mantegna.
El martirio de san Sebastián, El Greco 1577-1578. Catedral de Palencia.
El lienzo, de gran tamaño, muestra a un joven san Sebastián atado a un árbol, desnudo y con una flecha en el costado. La inestable postura del santo, con una pierna flexionada sobre una roca y la otra tocando la piedra con la rodilla y apoyada en el suelo, muestra un típico contraposto de raigambre clásica, y permite al artista mostrar detenidamente la musculatura del tronco y del brazo derecho, atado a la espalda. El otro brazo se encuentra extendido hacia el vértice superior derecho, con la mano caída, lo que acentúa la sensación de debilidad ante el martirio. El tronco y la cabeza se encuentran levemente inclinados hacia la izquierda, iniciando el cuerpo del santo una torsión o postura serpentinata típicamente manierista. Se ha señalado que tanto el aspecto heroico del santo, como el interés por el desnudo (muy poco común en la pintura española) y la postura inestable y forzada pueden ser ecos de la obra de Miguel Ángel, cuyas obras vio El Greco en Roma.[1]
El fondo presenta un cielo azul profundo con celajes blancos de aspecto metálico, típicos del pintor, y un breve paisaje con algunos árboles de tonalidades pardas y verdes, entre los que se mueven algunos personajes, muy diluidos en la lejanía, que pudieran ser los ejecutores del suplicio. La roca sobre la que se apoya san Sebastián lleva inscrita la firma del autor. El ambiente que rodea la figura es realista, incluyendo la representación exacta del árbol al que se ata al santo (una higuera), así como la veraz captación de su rostro. No hay referencia alguna a lo sobrenatural, salvo la mirada alzada al cielo del joven mártir. El artista utilizó una composición muy similar en una obra tardía, un San Jerónimo en penitencia, conservado en la National Gallery de Washington. El tema del martirio de san Sebastián lo trató el pintor en otro cuadro, igualmente de su época final y muy diversa formalmente del que tratamos, en el Museo del Prado.  
La gama cromática se presenta más reducida que lo habitual en el Greco, aun cuando presenta notable riqueza, destacando los matices grises y pardos de las carnaciones y el paisaje, en contraste con el brillante azul del cielo, velado en parte por las nubes. El tratamiento de la luz es interesante, con un foco lumínico cenital, pero destaca aquí la ausencia del rompimiento de gloria que posteriormente utilizará el pintor en obras de este tipo.
El santo está resuelto con pinceladas gruesas y empastadas, al contrario del fondo, que las tiene más finas y sueltas. 
No se conoce con exactitud cómo llegó la pintura a la catedral palentina, ni cuál fue su ubicación original. Figuró en la exposición de "Las Edades del Hombre" que visitó la ciudad en 1999 con el nombre de "Memorias y esplendores". La obra apenas ha sufrido intervenciones y su estado de conservación es óptimo. Fue restaurada y limpiada con motivo de la exposición antológica de El Greco que se exhibió en Madrid, Nueva York y Tokio. 
San Sebastián, Rafael 1501-1502. Accademia Carrara, Bérgamo.
La pintura aparece sucesivamente en la colección Zurla de Crema, luego al grabador Giuseppe Longhi y desde 1836 al conde Guglielmo Lochis que lo dio a su actual sede en el año 1866.
Imagen sagrada destinada a la devoción privada es reconocida como obra de Rafael al inicio del periodo florentino. El cuadro presenta ligeras variaciones en relación con los motivos de Perugino. En esta pintura las graciosas posturas peruginescas y la brumosa transparencia del color característico de Francesco Francia, se fusionan de tal modo que indica claramente la presencia de Rafael. Su habilidad para componer formas claras y equilibradas se hará típica desde esta obra en adelante, lo mismo que la discreta y armoniosa destilación de los elementos formales de otros pintores en la visión clara y serena que parece característica de su temperamento artístico.
Sebastián sostiene una flecha, el símbolo de su martirio, con el dedo meñique elegantemente alzado. Luce una magnífica capa roja y una camisa bordada de oro, con el cabello elegantemente peinado, no hay nada en esta figura que recuerde los tormentos que sufrió San Sebastián por su fe. Es una obra temprana típica, unánimemente atribuida a Rafael y, en su belleza ornamental y tono elegíaco, recuerda mucho a las obras de Perugino. El paisaje y el aspecto femenino de San Sebastián son influencia de Perugino, pero la mano emergente con la flecha hace pensar en un conocimiento de Leonardo. La construcción de la imagen en elipses entrecruzadas es totalmente rafaelesca. 
San Sebastián, Mattia Preti, c. 1657. Museo de Capodimonte, Nápoles, Italia
Se trata de un óleo sobre lienzo de 240 × 169 cm. Se calcula que fue realizado hacia 1657, durante la primera estancia en Nápoles del pintor calabrés Mattia Preti, quien muestra en esta obra una evidente influencia caravaggesca.
Preti recibió el encargo de las monjas del convento de San Sebastián para pintar un cuadro sobre el santo con destino a la iglesia conventual. Una vez expuesto al público, causó un fuerte rechazo y recibió las críticas de Luca Giordano y de otros pintores locales, que juzgaron la obra como muy mediocre e inconveniente. El cuadro fue trasladado a una capilla privada en la iglesia de los Siete Dolores de Nápoles, donde permaneció hasta 1974, cuando se retiró por los problemas de seguridad en el templo. Actualmente se expone en el Museo de Capodimonte. 
San Sebastián, Juan Carreño de Miranda 1656. Museo del Prado
La Reforma Católica tuvo honda repercusión en España, cuya pintura se vio sometida a estrictos criterios morales.
El tema barroco más frecuente era el religioso, y se evitaba el desnudo en la medida de lo posible (la famosa Venus de Velázquez es el único desnudo femenino de ese siglo).
Elegir el tema del martirio de San Sebastián era la excusa para un pintor de representar un desnudo masculino. Carreño de Miranda lo ha elegido y nos muestra un espléndido cuerpo varonil, anatómicamente proporcionado e increíblemente sensual en su pose retorcida y su color cálido heredado de la Escuela veneciana.
El martirio apenas deja ver sus huellas en la piel inmaculada del santo: tan sólo una referencia en la flecha clavada en el muslo, que apenas sangra. El tema se destaca en primer plano sobre un fondo indefinido de paisaje, cuyos tonos azulados contribuyen a resaltar de nuevo la suavidad de la carne, para un cuadro que no debemos olvidar es de tema religioso. 
San Sebastián cuidado por santa Irene, Hendrick ter Brugghen 1625. Museo de Arte Allen Memorial  en Oberlin (Ohio). 
La pintura llamada San Sebastián cuidado por santa Irene es una obra del pintor holandés Hendrick ter Brugghen que fue un pintor neerlandés, y un miembro destacado de los seguidores holandeses de Caravaggio, los llamados caravagistas holandeses. Este cuadro está realizado en óleo sobre tela, y fue pintado en el año 1625. Mide 150,2 cm de alto y 120 cm de ancho. Se exhibe actualmente en el Museo de Arte Allen Memorial que es un museo situado en Oberlin (Ohio) en los Estados Unidos. Lo administra el Oberlin College. Fundado en 1917, su colección es una de las mejores entre las de los colegios y universidades de los Estados Unidos, encontrándose entre las de Harvard y Yale. El AMAM es ante todo un museo docente, y es un recurso cultural vital para los estudiantes, facultad y trabajadores del Oberlin College así como la comunidad que lo rodea. Entre los puntos fuertes se encuentra arte holandés y flamenco del siglo XVII, así como pintura europea de los siglos XIX y principios del XX y arte contemporáneo americano.   
San Sebastián curado por las Santas Mujeres, José de Ribera 1621. Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Tras ser martirizado por una lluvia de saetas, San Sebastián fue atendido y curado por las santas mujeres, momento que recoge Ribera en este espectacular lienzo de gran sintonía con el Calvario de Osuna y el San Sebastián de esa misma colegiata. Los personajes se recortan ante un fondo neutro que impide contemplar cualquier referencia paisajística. El Santo está tumbado, con el brazo derecho aún atado al árbol donde sufrió el martirio, brazo al que dirige su mirada. Las santas mujeres le quitan las saetas y proceden a aplicarle el sanador ungüento que llevan en el tarro. En la parte superior izquierda contemplamos a dos angelitos que portan una corona y una palma. Las figuras muestran un sensacional escorzo, especialmente el santo, adaptándose al reducido marco que les proporciona la tela. La luz crea un espectacular contraste tenebrista que dota de mayor tensión y emotividad al conjunto, resaltando el naturalismo con el que Ribera trata tanto los gestos y las expresiones como los detalles de las ropas o las actitudes. La influencia de Caravaggio en el tratamiento lumínico, el dramatismo o las tonalidades oscuras utilizadas se compensa con el perfecto estudio anatómico del santo, inspirado en el clasicismo de Guido Reni, por el que Ribera siempre mostró su admiración. Casi con total seguridad se trata del lienzo que Felipe IV mandó llevar a El Escorial en 1656, junto con un buen lote de pinturas, procediendo Velázquez a su organización y distribución en las salas del Monasterio. Con la invasión napoleónica fue llevado a Madrid y regalado por el rey José I al Mariscal Soult, gran amante de la pintura española, en especial de las obras de Murillo. 
San Sebastián Tirado en la Cloaca Máxima,  Lodovico Carracci (1612). J. Paul Getty Museum (Los Angeles, CA, Estados Unidos)
Aunque San Sebastián suele estar representado atado a un árbol o pilar y atravesado por flechas, el intento de los romanos de quitarle la vida no tuvo éxito.
Ludovico Carracci eligió representar el momento después de la posterior paliza mortal, cuando los soldados romanos depositaron el cuerpo flaco y sin vida de Sebastian en un alcantarillado.

Contra la oscuridad de la noche, los soldados levantan y tiran el cuerpo del santo muerto. Ludovico contrastaba la resistencia a la tracción de sus cuerpos tensos con la holgura de los miembros del santo, la cabeza y los músculos faciales cuando caía en las profundidades del alcantarillado. La atmósfera nocturna es oscura y espesa: las figuras parecen emerger de la oscuridad. Los destellos débiles de los cascos y la armadura, pero las caras de los soldados son ilegibles.
Una luz brillante impregna el cuerpo de San Sebastián, convirtiéndolo en el punto focal de la composición.

En 1612 el cardenal Maffeo Barberini encargó esta pintura de Ludovico para la capilla de su familia en la iglesia de San Andrea della Valle en Roma. La capilla conmemoraba el sitio donde el cuerpo de San Sebastián fue recuperado de la alcantarilla, llamada la Cloaca Máxima. Barberini decidió guardar la pintura en su colección privada, creyendo que una imagen de la recuperación del cuerpo de Sebastián por los cristianos era más apropiada para la iglesia.

San Simón el Zelote
Simón el Cananeo, también llamado Simón el Zelote, fue uno de los doce apóstoles de Jesús de Nazaret. Es el apóstol del que existe menos información. El teólogo y doctor de la Iglesia Jerónimo de Estridón no le menciona en su obra De viris illustribus (Los varones ilustres), escrita entre el 392-393 Predicó por Oriente Medio.
El nombre de Simón está en los tres evangelios sinópticos (de Mateo, Marcos y Lucas) y en el libro de Hechos de los apóstoles siempre que se ofrece una lista de los apóstoles, pero no se dan más detalles sobre él.
Para distinguirlo del apóstol Pedro (llamado anteriormente Simón) a este otro apóstol se le llama Simón el Cananeo en los evangelios de Mateo y Marcos, y se le llama Zelota en el Evangelio de Lucas y en los Hechos de los apóstoles. Para el papa Benedicto XVI ambos calificativos son equivalentes, ya que "zelote" significa "celoso" y en hebreo el verbo qanà’ significa "ser celoso, apasionado". Esta es una virtud que, en el libro del Éxodo, también tiene Dios con el pueblo elegido y que también poseen los hombres que se entregan a Dios, como el profeta Elías.
Robert Eisenman ha señalado las referencias talmúdicas contemporáneas a los zelotes como kanna'im, opinando que "en realidad no eran un grupo, sino más bien gente que defendía a los sacerdotes del templo". Las conclusiones posteriores de Eisenman dicen que la presencia de zelotes en el grupo de apóstoles original fue disfrazada y reescrita para apoyar la versión del cristianismo paulino de los gentiles. Estas conclusiones han sido controvertidas. John P. Meier ha señalado que el término "zelote" es una mala traducción y que en el contexto de los evangelios significa "celo" o "celos" (en este caso, para mantener la Ley de Moisés), ya que el movimiento zelote no existió hasta 30 o 40 años después de los acontecimientos de los evangelios. No obstante, los académicos S. Brandony Martin Hengel no susbscriben esa perspectiva.
San Isidoro de Sevilla reunió las leyendas sobre Simón en su obra De vita et morte sanctorum. Las leyendas sobre Simón están presentes en la Leyenda dorada (c. 1260).
En el apócrifo Evangelio de la infancia de Tomás se menciona un hecho relacionado con este apóstol. Un niño de 15 años llamado Simón escuchó un ruido en un árbol y pensó que era un polluelo. Estiró la mano para cogerlo y le mordió una serpiente en el brazo. Su familia lo llevó a varios médicos de Jerusalén para intentar curarlo sin tener éxito. Entonces, unos niños seguidores de Jesús le dijeron a la familia que fuese ver a "su rey". Jesús le dijo al niño "tú serás mi discípulo" y en ese momento quedó sanado. La mención termina con la frase "Este es Simón, llamado el Cananeo, a causa del nido donde le picó la serpiente".
En la colección de libros apócrifos del Pseudo-Abdías (VI 1) se dice que era hermano de los cananeos Santiago de Alfeo y Judas Tadeo. Johann Albert Fabricius anotó acerca de este pasaje que esos tres hermanos eran hijos de un matrimonio anterior de José, esposo de María.
Eusebio de Cesarea, en su obra Historia de la Iglesia (H.E. III 11 y 22), menciona que un tal Simeón o Simón era el padre de una de las mujeres llamadas María que estaban al pie de la cruz en el Evangelio de Juan. Además, otras tradiciones aprovechan su condición de natural de Caná para decir que era el esposo de las bodas de Caná, a las que asistieron Jesús, su madre y sus discípulos. Además hay quienes pensaron que podría tratarse de Natael, que conversó con el apóstol Felipe en el Evangelio de Juan.
Una tradición dice que viajó por Oriente Medio y África. Los cristianos de Etiopía dicen que fue crucificado en Samaria. Justo Lipsio escribió que fue cortado por la mitad en Suanir, Persia. No obstante, Moisés de Corene escribió que fue martirizado en Weriosphora, en el reino de Iberia del Cáucaso. También hay otra tradición cristiana que dice que murió en paz en Edesa, Mesopotamia. Otra tradición dice que visitó la Britania romana (posiblemente Glastonbury) y que fue martirizado en Caistor, el actual Lincolnshire. Algunos autores dudan sobre si su epíteto "el Zelote" significa que estuvo involucrado en los grupos judíos contra el Imperio romano, que fueron exterminados. 
Simón el Cananeo. José de Ribera, c. 1630. Museo del Prado, Madrid.
Representación del Apóstol San Simón portando un libro y una sierra, símbolo de su martirio, sobre fondo oscuro. La técnica empleada, con fuertes contrastes de luces y sombras, es todavía tenebrista, siguiendo el estilo del pintor italiano Caravaggio, máxima influencia en la pintura de Ribera. A esta misma influencia corresponde el naturalismo en la representación del rostro del santo, posiblemente inspirado en tipos humanos del entorno cotidiano del artista. Este tipo de composición centrada en un santo de medio cuerpo exclusivamente acompañado de su atributo iconográfico y destacándose sobre un fondo oscuro, abundarán en la obra de Ribera de los años treinta. 
Durante la Contrarreforma se hicieron bastante populares las series de Apóstoles que generalmente los representan de medio cuerpo, sobre fondo neutro y portando sus atributos iconográficos. Constituían, por una parte, una derivación de los retablos tardomedievales, en cuyos bancos y calles solían representarse santos aislados, de cuerpo entero y medio cuerpo. Pero para entender su presencia y su popularidad hay que acudir también a algunos libros con estampas, que subrayan la idea de serie.  
San Simón, José de Ribera, c. 1635. Museo del Prado, Madrid
La disposición en forma de serie de santos individuales constituía un instrumento de gran valor pedagógico y decorativo, muy apto para integrarse en interiores de carácter religioso. Además, en el caso del Apostolado, todos sus integrantes habían sido objeto de representación figurativa desde los primeros tiempos del arte cristiano, por lo que existía una tradición iconográfica muy codificada que facilitaba su identificación a cualquier fiel. Cada Apóstol estaba asociado a algún objeto concreto, que tenía que ver con su martirio o con su personalidad religiosa; y de muchos de ellos eran ampliamente conocidos algunos hechos relevantes de su biografía. El Apostolado de Ribera se cita por primera vez en las Colecciones Reales a finales del siglo XVIII y está integrada por cuadros de muy distinta calidad, de manera que se mezclan en ellas obras con amplia intervención del taller con piezas que son elaborados estudios de gran precisión retratística en los que el pintor ha acertado a legarnos auténticos arquetipos de Apóstoles.
Entre los mejores figuran San Pedro, San Pablo o San Bartolomé. Fue una de las varias series de Apóstoles que se atribuyen a Ribera o a su taller y son muchas las copias que de los miembros individuales de estos conjuntos se conservan. Se ha fechado en los inicios de los años treinta, a la luz de sus relaciones compositivas con los filósofos y de su estilo, que muestra a un pintor que, sin abandonar el tenebrismo inicial, va avanzando con paso firme hacia una pintura más segura, monumental y personal.
Fue adquirido por Carlos IV, procedente de la Casita del Príncipe de El Escorial, de la que pasó al Museo del Prado.  
Santa Teresa de Jesús
Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como santa Teresa de Jesús o simplemente Teresa de Ávila (Gotarrendura o Ávila, 28 de marzo de 1515-Alba de Tormes, 4 de octubre de 1582), fue una religiosa, fundadora de las carmelitas descalzas, rama de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (o carmelitas), mística y escritora española. Canonizada a poco menos de cuarenta años de su muerte, fue proclamada doctora de la Iglesia católica en 1970 por Pablo VI. Junto con san Juan de la Cruz, se considera a santa Teresa de Jesús la cumbre de la mística experimental cristiana, y una de las grandes maestras de la vida espiritual en la historia de la Iglesia.
Se llamaba Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, aunque generalmente usó el nombre de Teresa de Ahumada hasta que comenzó la reforma, cambiando entonces su nombre por Teresa de Jesús.
El padre de Teresa era Alonso Sánchez de Cepeda, hijodalgo a fuero de España, que se encontraba en la Suertes de los Fielazgos en la Cuadrilla de Blasco Jimeno o de San Juan, de la ciudad de Ávila. Hijo de Juan Sánchez de Toledo, éste era un bien establecido comerciante de origen judío converso, casado a su vez con Inés de Cepeda, también de origen converso cuya familia era originaria de Tordesillas pero se había establecido en Toledo. En 1485 tras el establecimiento del Tribunal de la Inquisición en la ciudad, Juan Sánchez confesó voluntariamente ante éste y recibió una pena menor. Posteriormente pudo obtener el reconocimiento de hidalguía con ejecutoria presentando pleito ante la Real Chancillería de Ciudad Real (que luego trasladó a la de Granada) obteniendo el reconocimiento de la misma en 1500.
Alonso se casó dos veces. La primera, con Catalina del Peso y Henao, tuvo dos hijos: María y el capitán Juan Vázquez de Cepeda. Con su segunda esposa, Beatriz Dávila y Ahumada, pariente de la anterior, que murió cuando Teresa contaba unos 13 años, tuvo otros diez: Hernando, Rodrigo, Teresa, Juan (de Ahumada), Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana. 
Santa Teresa de Jesús, Anónimo (Copia de José de Ribera) Siglo XVII. Museo del Prado
Según relata la propia Teresa en los escritos destinados a su confesor y reunidos en el libro Vida de santa Teresa de Jesús, desde sus primeros años mostró Teresa una imaginación vehemente y apasionada. Su padre, aficionado a la lectura, tenía algunos romanceros; esta lectura y las prácticas piadosas comenzaron a despertar el corazón y la inteligencia de la pequeña Teresa con seis o siete años de edad.
En dicho tiempo pensó ya en sufrir el martirio, para lo cual, ella y uno de sus hermanos, Rodrigo, un año mayor, trataron de ir a las «tierras de infieles», es decir, tierras ocupadas por los musulmanes, pidiendo limosna, para que allí los descabezasen. Su tío los trajo de vuelta a casa. Convencidos de que su proyecto era irrealizable, los dos hermanos acordaron ser ermitaños. Teresa escribe:
En una huerta que había en casa, procurábamos como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas piedrecitas, que luego se nos caían, y así no hallábamos remedio en nada para nuestro deseo... Hacía (yo) limosna como podía, y podía poco. Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario... Gustaba (yo) mucho cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios como que éramos monjas.  
Perdió a su madre hacia 1527, o sea a los 12 años de edad. Ya en aquel tiempo su vocación religiosa había sido continuamente demostrada. Aficionada a la lectura de libros de caballerías.
Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, un mucho cuidado de manos y cabello y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa... Tenía primos hermanos algunos... eran casi de mi edad, poco mayores que yo; andábamos siempre juntos, teníanme gran amor y en todas las cosas que les daba contento, los sustentaba plática y oía sucesos de sus aficiones y niñerías, no nada buenas... Tomé todo el daño de una parienta (se cree que una prima), que trataba mucho en casa... Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo, que yo quería, y aun me ponía en ellas, y daba parte de sus conversaciones y vanidades. Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años... no me parece había dejado a Dios por culpa mortal. 
Afectada por una grave enfermedad, volvió a casa de su padre, y ya curada, la llevaron al lado de su hermana María de Cepeda, que con su marido, Martín de Guzmán y Barrientos, vivía en Castellanos de la Cañada, alquería de la dehesa que lleva dicho nombre, hoy sita en el término municipal de Zapardiel de la Cañada (Ávila). Luchando consigo misma, llegó a decir a su padre que deseaba ser monja, pues creía ella, dado su carácter, que el haberlo dicho bastaría para no volverse atrás. Su padre contestó que no lo consentiría mientras él viviera. Sin embargo, Teresa dejó la casa paterna, y entró el 2 de noviembre de 1533 en el convento de la Encarnación, en Ávila, y allí profesó el día 3 de noviembre de 1534.
Tras entrar al convento su estado de salud empeoró. Padeció desmayos, una cardiopatía no definida y otras molestias. Así pasó el primer año. Para curarla, su padre la llevó en (1535) a Castellanos de la Cañada, con su hermana. En dicha aldea permaneció Teresa hasta la primavera de 1536. En Castellanos de la Cañada habría logrado la conversión de un clérigo concubinario. Entonces pasó a Becedas (Ávila). De vuelta en Ávila, el Domingo de Ramos de 1537, sufrió un paroxismo de cuatro días en casa de su padre, quedando paralítica durante más de dos años. Antes y después del paroxismo, sus padecimientos físicos fueron horribles. 
A mediados de 1539 Teresa recuperó la salud; según la tradición ello fue debido a la intercesión de san José. Con la salud Teresa recuperó las aficiones mundanas, fáciles de satisfacer, puesto que la clausura sólo se impuso como obligatoria a todas las religiosas a partir de 1563. En esa época Teresa de Ávila vivió nuevamente en el convento de la Encarnación, donde recibía frecuentes visitas.
Poco después, Teresa abandonó la oración (1541). Según su testimonio se le apareció Jesucristo (1542) en el locutorio con semblante airado, reprendiéndole su trato familiar con seglares. No obstante, la monja no cambió su estilo de vida en varios años, hasta su conversión definitiva hacia el año 1554 o 1555, tras la vista de una talla policromada de un Ecce homo, en su propia expresión, «de Cristo muy llagado» (Vida 9, 1).
El padre de Teresa falleció en 1541. El sacerdote que lo había asistido en sus últimos momentos, el dominico Vicente Barón, se encargó de dirigir la conciencia de Teresa rememorando las últimas palabras del padre de ésta. Posteriormente, impresionada por estas palabras, Teresa enmendó su conducta y estuvo dispuesta a corregir sus faltas. Al cabo, Teresa se confortó con la lectura de las Confesiones, de san Agustín. 
Por aquellos años, los jesuitas Juan de Prádanos y Baltasar Álvarez fundaron en Ávila un colegio de la Compañía (1555). Teresa confesó con Prádanos; al año siguiente (1556) comenzó a sentir grandes favores espirituales y poco después se vio animada (1557) por san Francisco de Borja. Tuvo en 1558 su primer rapto y la visión del infierno. Tomó por confesor (1559) a Baltasar Álvarez, que dirigió su conciencia durante unos seis años, y disfrutó, dice, de grandes favores celestiales, entre los que se contó la visión de Jesús resucitado. Hizo voto (1560) de aspirar siempre a lo más perfecto. San Pedro de Alcántara aprobó su espíritu y san Luis Beltrán la animó a llevar adelante su proyecto de reformar la Orden del Carmen, concebido hacia dicho año. 
Teresa quería fundar en Ávila un monasterio para la estricta observancia de la regla de su orden, que comprendía la obligación de la pobreza, de la soledad y del silencio. Por mandato de su confesor, el dominico Pedro Ibáñez, escribió su vida (1561), trabajo que terminó hacia junio de 1562; añadió, por orden de fray García de Toledo, la fundación de San José; y por consejo de Soto volvió a escribir su vida en 1566.

Aquí es oportuno citar al biógrafo francés Pierre Boudot:
En todas las páginas (del libro de su vida) se ven las huellas de una pasión viva, de una franqueza conmovedora, y de un iluminismo consagrado por la fe de fieles. Todas sus revelaciones atestiguan que creía firmemente en una unión espiritual entre ella y Jesucristo; veía a Dios, la Virgen, los santos y los ángeles en todo su esplendor, y de lo alto recibía inspiraciones que aprovechaba para la disciplina de su vida interior. En su juventud las aspiraciones que tuvo fueron raras y parecen confusas; sólo en plena edad madura se hicieron más distintas, más numerosas y también más extraordinarias.
Pasaba de los cuarenta y tres años cuando por vez primera vivió un éxtasis. Sus visiones intelectuales se sucedieron sin interrupción durante dos años y medio (1559–1561). Sea por desconfianza, sea para probarla, sus superiores le prohibieron que se abandonase a estos fervores de devoción mística, que eran para ella una segunda vida, y la ordenaron que resistiera a estos arrobamientos, en que su salud se consumía. Obedeció ella, más a pesar de sus esfuerzos, su oración era tan continua que ni aun el sueño podía interrumpir su curso. Al mismo tiempo, abrasada de un violento deseo de ver a Dios, se sentía morir. En este estado singular tuvo en varias ocasiones la visión que dio origen al establecimiento de una fiesta particular en la Orden del Carmelo. 
El biógrafo francés alude al suceso (1559) que refiere la santa en estas líneas:
Vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal... No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan... Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento... Los días que duraba esto andaba como embobada, no quisiera ver ni hablar, sino abrasarme con mi pena, que para mí era mayor gloria, que cuantas hayan tomado lo criado.
Vida de santa Teresa, cap. XXIX 
Para perpetuar la memoria de dicha misteriosa herida, el Papa Benedicto XIII, a petición de los Carmelitas de España e Italia, estableció (1726) la fiesta de la transverberación del corazón de santa Teresa. El biógrafo francés agrega:
Hasta exhalar el último suspiro Teresa gozó la dicha de conversar con las personas divinas, que la consolaban o revelaban ciertos secretos del cielo; la de ser transportada al infierno o al purgatorio, y aun la de presentir lo venidero. 
A fines de 1561 recibió Teresa cierta cantidad de dinero que le remitió desde el Perú uno de sus hermanos, y con ella se ayudó para continuar la proyectada fundación del Convento de San José. Para la misma obra contó con el concurso de su hermana Juana, a cuyo hijo Gonzalo se dice que resucitó la santa. Esta, a principios de 1562, marchó a Toledo a casa de Luisa de la Cerda, en donde estuvo hasta junio. En el mismo año conoció al padre Báñez, que fue luego su principal director, y a fray García de Toledo, ambos dominicos.
Descontenta con la «relajación» de las normas que en 1432 habían sido mitigadas por Eugenio IV, Teresa decidió reformar la orden para volver a la austeridad, la pobreza y la clausura que consideraba el auténtico espíritu carmelitano. Pidió consejo a Francisco de Borja y a Pedro de Alcántara que aprobaron su espíritu y su doctrina. 
Después de dos años de luchas llegó a sus manos la bula de Pío IV para la erección del convento de San José, en Ávila, ciudad a la que había regresado Teresa. Se abrió el monasterio de San José (24 de agosto de 1562); tomaron el hábito cuatro novicias en la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas de San José; hubo alborotos en Ávila; se obligó a la santa a regresar al convento de la Encarnación, y, calmados los ánimos, vivió Teresa cuatro años en el convento de San José con gran austeridad. Las religiosas seguidoras de la reforma de Teresa, dormían sobre un jergón de paja; llevaban sandalias de cuero o madera; consagraban ocho meses del año a los rigores del ayuno y se abstenían por completo de comer carne. Teresa no quiso para ella ninguna distinción, antes bien siguió confundida con las demás religiosas no pocos años. 
La reforma propugnada por Teresa junto a san Juan de la Cruz, que, como se verá, comprendió también a los hombres, se llamó de los Carmelitas Descalzos, y progresó rápidamente, no obstante los escasos recursos de que disponía la santa. El padre Rossi, general del Carmen, visitó (1567) el convento de San José, lo aprobó, y dio permiso a Teresa para fundar otros de mujeres y dos de hombres. La santa, en aquel año, marchó a Medina del Campo para posesionarse de otro convento; estuvo en Madrid, y en Alcalá de Henares arregló el convento de descalzas fundado por su amiga María de Jesús. Por entonces se empezó a tratar de la reforma para hombres. En 1562 llegó a Malagón y fundó otro monasterio de la reforma. El monasterio fue bendecido en su inauguración el día de Ramos (11 de abril) de 1568. Como anécdota y dato curioso cabe decir que en la celda del monasterio que ocupó santa Teresa hay una imagen suya sentada escribiendo en una pequeña mesa y que sólo se expone una vez cada 100 años en esa iglesia. Actualmente, en el monasterio viven carmelitas de clausura. 
De Malagón se trasladó Teresa a Toledo, a donde llegó enferma (1568), y tras una corta residencia en Escalona, regresó a la ciudad de Ávila. De ella salió para Valladolid; allí dejó establecido otro convento, y por Medina y Duruelo de Blascomillán (Ávila), volvió al de Ávila (1569). Pasó a Toledo y Madrid; de aquí otra vez a Toledo, ciudad en la que experimentó muchas dificultades para la fundación de un convento, la cual quedó hecha a 13 de mayo, y vencidos otros obstáculos, tomó posesión del Convento de la Concepción Francisca de Pastrana (9 de julio). De vuelta en Toledo, allí permaneció un año, durante el cual hizo algunas breves excursiones a Medina, Valladolid y Pastrana. En Duruelo de Blascomillan (Ávila) se había fundado el primer convento de hombres (1568). Se afirma que vio Teresa milagrosamente el martirio del Padre Acevedo y otros 40 Jesuitas asesinados (1570) por el pirata protestante Jacobo Soria.  
Tras una visita a Pastrana, de donde regresó a Toledo, entró en Ávila (agosto).
Poco después se fundaba en Alcalá el tercer convento de descalzos, y en Salamanca, ciudad en que estuvo la santa, el séptimo de descalzas, al que siguió otro de mujeres en Alba de Tormes (25 de enero de 1571). De Alba volvió Teresa a Salamanca, siendo hospedada en el palacio de los condes de Monterrey; pasó a Medina, y de vuelta en Ávila, aceptó el priorato del convento de la Encarnación, cuya reforma consiguió. El priorato duró tres años. Se fundaron varios conventos más de descalzos; algunos en Andalucía abrazaron la reforma, y comenzó la discordia entre calzados y descalzos, todo ello en 1572, año en que Teresa recibió muchos favores espirituales en el convento de la Encarnación: tales fueron su desposorio místico con Jesucristo y un éxtasis en el locutorio cuando conversaba con san Juan de la Cruz. Teresa, que en el transcurso de su vida escribió muchas cartas, estuvo en Salamanca en 1573. Allí, obedeciendo a su director, el jesuita Ripalda, redactó el libro de sus fundaciones. 
Vivió después en Alba (1574), de la que, a pesar de hallarse enferma y muy atribulada, pasó por Medina del Campo y Ávila a Segovia. En esta ciudad fundó otro convento, al que pasaron las religiosas del monasterio de Pastrana que fue abandonado debido al intento de Ana de Mendoza de la Cerda, la princesa de Éboli, de convertirse en religiosa bajo el nombre de sor Ana de la Madre de Dios, siguiendo un estilo de vida desapegado a la norma de la orden. 
En dicho año se denunció a la Inquisición por primera vez la autobiografía de Teresa, que, de regreso en Ávila, terminado (6 de octubre) su priorato en la Encarnación, volvió a su convento de San José. A fines de año marchó a Valladolid. A principios de enero de 1575 por Medina del Campo, llegó a Ávila, y deteniéndose en Fontiveros, fue a Beas de Segura (Jaén) invitada por Catalina Godínez para fundar allí. El camino lo hizo por Toledo, Malagón y Torre de Juan Abad, donde tomó ceniza el día 16 de febrero, en el trayecto se perdió en Sierra Morena, llegando esa misma tarde para la fundación del décimo convento de Carmelitas Descalzas (Beas de Segura), el 24 de febrero de 1575. En abril conoció al P. Jerónimo Gracián que estaba en Sevilla como visitador de la Orden, salió camino de la Corte, y enterado que estaba la santa en Beas desvió su camino, fue un encuentro gratificante para ambos. En Beas recibió una denuncia que puso la princesa de Éboli a la Inquisición española por el Libro de su Vida. Después se trasladó Teresa a Sevilla el 18 de mayo, estando enferma, y pasó grandes incomodidades en el viaje. Sufrió también grandes contradicciones en Sevilla, aunque logró fundar en ella el undécimo convento de descalzas. 
Estalló la discordia entre carmelitas calzados y descalzos en el capítulo general celebrado por aquellos días en Plasencia; en virtud de las bulas pontificias se acordó tratar con rigor a los descalzos, que se habían extralimitado en sus fundaciones, y como fuera el padre Gracián (21 de noviembre), por comisión del nuncio, a visitar a los carmelitas calzados de Sevilla, estos resistieron la visita con gran alboroto. El padre Salazar, provincial de Castilla, intimó a Teresa que no hiciera más fundaciones y que se retirase a un convento sin salir de él. Trató la santa de retirarse a Valladolid, pero se opuso Gracián. En Sevilla estaba Teresa al fundarse en Caravaca (1 de enero de 1576) el duodécimo convento de descalzas. Delatada a la Inquisición por una religiosa salida del convento, eligió para su residencia el convento de Toledo. Dejó Sevilla (4 de junio), llegó a Malagón (11 de junio), y de allí a Toledo, donde ya estaba a principios de julio. Antes de establecerse, marchó al convento de Ávila para arreglar varios asuntos; pero regresó rápidamente a Toledo en compañía de Ana de San Bartolomé, a la que había tomado por secretaria. Allí concluyó el libro de Las fundaciones, las cuales se suspendieron en los cuatro años que duraron las persecuciones y conflictos entre calzados y descalzos. Eligió en Toledo por confesor a Velázquez.
Propaladas muchas calumnias contra Teresa, se trató de enviarla a un convento americano. Hizo la santa un viaje de Toledo a Ávila (julio de 1577), para someter a la Orden del Carmen el convento de San José, antes sujeto al ordinario. Miguel de la Columna y Baltasar de Jesús, desertores de la reforma, extendieron las calumnias contra los descalzos, a los que con tal motivo persiguió el nuncio Felipe (Filippo) Sega. Acudió Teresa al rey, que tomó en sus manos el asunto.  
Las monjas de la Encarnación, en Ávila, la eligieron priora, a pesar de las censuras del padre Valdemoro (octubre de 1577). La santa escribió (julio a noviembre) el libro de Las moradas. Sostuvo luego (1578) una polémica con el padre Suárez, provincial de los Jesuitas, y el nuncio Sega redobló sus persecuciones hasta el punto de pretender destruir la reforma, desterrando a los principales descalzos y confinando a Toledo a Teresa, por él calificada de «fémina inquieta y andariega». En Sevilla un confesor delató a la Inquisición las supuestas faltas de la priora de las descalzas y de Teresa misma, sobre lo cual se formó un ruidoso expediente que puso en claro la inocencia de ambas. 
Aquel año de (1578) la santa lo pasó en Ávila, y fue el más triste para Teresa, pues en una de sus cartas decía que le hacían guerra todos los demonios. Por entonces se hizo otra denuncia del Libro de su Vida. Desde principios de 1579 comenzó a calmarse la tempestad contra Teresa y su reforma. La santa escribió en Ávila (6 de junio) los cuatro avisos que dijo haber recibido del mismo Dios para aumento y conservación de su orden, los cuales publicó Fray Luis de León al fin del libro de la Vida. De Ávila salió (25 de junio) para visitar sus conventos. Sucesivamente estuvo en Medina del Campo, Valladolid, otra vez en Medina, en Alba de Tormes y Salamanca. De regreso en Ávila (noviembre), salió para Malagón, a pesar de estar enferma, y llegó a dicho pueblo (día 19) pasando por Toledo. En Villanueva de la Jara asistió a la fundación (21 de febrero de 1580) del decimotercer convento de descalzas. Regresó a Toledo, a pesar del mal estado de su salud y de los dolores de un brazo que se había roto (1577) resultado de una caída. En Toledo tuvo una parálisis y fallas cardíacas, que la pusieron a las puertas de la muerte. De allí pasó a Segovia y volvió a la ciudad de Ávila. Por aquellos días Gregorio XIII expidió las bulas (22 de junio) para la formación de provincia aparte para los descalzos. Teresa visitó Medina y Valladolid, donde cayó gravemente enferma. En Palencia fundó otro convento, al que siguieron dos de descalzos, uno en Valladolid y otro en Salamanca, ambos fundados en 1581. El decimoquinto de descalzas quedó fundado por la santa en Soria (3 de junio de 1581). Luego Teresa pasó por el Burgo de Osma, Segovia y Villacastín a la ciudad de Ávila, en la que las monjas del convento de San José la eligieron priora, cargo que hubo de aceptar. Después estuvo (1582) en Medina del Campo, Valladolid, Palencia y Burgos, casi siempre enferma.
Supo que en Granada se había fundado el decimosexto convento de carmelitas, y uno de descalzos en Lisboa. El decimoséptimo de descalzas lo fundó ella en Burgos, donde escribió sus últimas fundaciones, incluyendo la de dicha ciudad. Saliendo de Burgos pasó por Palencia, Valladolid, cuya priora la echó del convento, Medina del Campo, cuya priora también la despreció, y Peñaranda de Bracamonte. Al llegar a Alba de Tormes (20 de septiembre) su estado empeoró. Recibido el viático y confesada, murió en brazos de Ana de San Bartolomé la noche del 4 de octubre de 1582 (día en que el calendario juliano fue sustituido por el calendario gregoriano en España, por lo que ese día pasó a ser, viernes, 15 de octubre). Su cuerpo fue enterrado en el convento de la Anunciación de esta localidad, con grandes precauciones para evitar un robo. Exhumado el 25 de noviembre de 1585, quedó allí un brazo y se llevó el resto del cuerpo a Ávila, donde se colocó en la sala capitular; pero el cadáver, por mandato del Papa, fue devuelto al pueblo de Alba, habiéndose hallado incorrupto (1586). Se elevó su sepulcro en 1598; se colocó su cuerpo en la capilla Nueva en 1616, y en 1670, todavía incorrupto, en una caja de plata. 
Santa Teresa fue beatificada en 1614 por Paulo V, e incluida entre las santas por Gregorio XV el 12 de marzo de 1622, fue designada (1627) para patrona de España por Urbano VIII. En 1626 las Cortes de Castilla la nombraron copatrona de los Reinos de España, pero los partidarios de Santiago Apóstol lograron revocar el acuerdo. Fue nombrada Doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca y posteriormente fue designada patrona de los escritores. 
Con todo, la Iglesia como institución no reconocía oficialmente el magisterio de la vida espiritual realizado por santa Teresa de Jesús, ni su doctorado en la Iglesia. Se hicieron varias tentativas al respecto, la última en 1923. La razón que se alegaba para el rechazo era siempre la misma: «obstat sexus» 
Finalmente el 27 de septiembre de 1970, santa Teresa de Jesús se convirtió (junto con santa Catalina de Siena) en la primera mujer elevada por la Iglesia católica a la condición de Doctora de la Iglesia, bajo el pontificado de Pablo VI. La Iglesia católica celebra su fiesta el 15 de octubre.
En 2015 la Universidad de Ávila la nombra doctora honoris causa. 
El retrato más fiel a su apariencia es una copia de un original pintado de ella en 1576 a la edad de 61 años. Fray Juan de la Miseria pintó el rostro de santa Teresa sobre lienzo, que es el cuadro más parecido al aspecto original, por realizarlo con la protagonista delante de sus ojos, y con los pinceles en la mano. 
Su confesor, Francisco de Ribera, trazó así el retrato de Teresa:
Era de muy buena estatura, y en su mocedad hermosa, y aun después de vieja parecía harto bien: el cuerpo abultado y muy blanco, el rostro redondo y lleno, de buen tamaño y proporción; la tez color blanca y encarnada, y cuando estaba en oración se le encendía y se ponía hermosísima, todo él limpio y apacible; el cabello, negro y crespo, y frente ancha, igual y hermosa; las cejas de un color rubio que tiraba algo a negro, grandes y algo gruesas, no muy en arco, sino algo llanas; los ojos negros y redondos y un poco carnosos; no grandes, pero muy bien puestos, vivos y graciosos, que en riéndose se reían todos y mostraban alegría, y por otra parte muy graves, cuando ella quería mostrar en el rostro gravedad; la nariz pequeña y no muy levantada de en medio, tenía la punta redonda y un poco inclinada para abajo; las ventanas de ella arqueadas y pequeñas; la boca ni grande ni pequeña; el labio de arriba delgado y derecho; y el de abajo grueso y un poco caído, de muy buena gracia y color; los dientes muy buenos; la barba bien hecha; las orejas ni chicas ni grandes; la garganta ancha y no alta, sino antes metida un poco; las manos pequeñas y muy lindas. En la cara tenía tres lunares pequeños al lado izquierdo, que le daban mucha gracia, uno más abajo de la mitad de la nariz, otro entre la nariz y la boca, y el tercero debajo de la boca. Toda junta parecía muy bien y de muy buen aire en el andar, y era tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban comúnmente aplacía mucho. 
Santa Teresa, Fray Juan de la Miseria 1576. Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Sevilla.
A los comienzos del Año de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), nos fijamos en el retrato pintado por su contemporáneo Fray Juan de la Miseria, según aparece escrito en el lienzo: Pintólo Fray Juan de la Miseria, aetatis suae 61, 6 junii anni Salutis 1576. Se sabe por la Historia de su vida, que la Santa estuvo en Sevilla de 1575 a 1576, y fue en este tiempo cuando fue pintada del natural por este fraile carmelita. 
El retrato es de un enorme valor histórico, y se conserva en el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Sevilla. Presenta a la Santa de medio cuerpo, con el hábito y capa del Carmelo con que iba a aparecer después en la mayoría de las obras de su iconografía; en la parte superior izquierda hay un rompiente de luz, desde el que la ilumina el Espíritu Santo; en una leyenda que rodea su cabeza, está escrita la frase del salmo 88: Misericordias Domini in aetrenum cantabo.
Todo el cuadro es de un estilo naturalista muy marcado. Cuenta la historia que no le gustó a la Santa el resultado de la pintura, y lo expresó con su lenguaje espontáneo, diciendo que “la había pintado fea y legañosa…”. Este gesto de humildad no quita nada al naturalismo con que aparece la Santa en actitud de oración y sencillez. Más tarde se encargarán los artistas de presentarla de un modo más idealizado, pero nos queda este retrato para saber cómo era la figura real de la Santa Teresa. 
Reliquias y traslados
Nueve meses después de su muerte abrieron el ataúd y comprobaron que el cuerpo estaba entero y los vestidos podridos. Antes de devolver el cuerpo al cofre de enterramiento le diseccionaron una mano que envolvieron en una toquilla y la llevaron a Ávila. De esa mano cortó el padre Gracián el dedo meñique y, según su propio relato, lo mantuvo con él hasta que fue hecho prisionero por los turcos. Lo rescató a cambio de unas sortijas y 20 reales de la época. 
Reunido el capítulo de los descalzos, acordó que el cuerpo de Teresa debía volver a Ávila y ser custodiado en el convento de san José. Se hizo el traslado un sábado de noviembre de 1585, casi en secreto. Las monjas del convento de Alba de Tormes pidieron quedarse con un brazo como reliquia. Cuando el duque de Alba se enteró del traslado, envió sus quejas a Roma e hizo negociaciones para recuperarlo. El cuerpo volvió de nuevo a Alba de Tormes.
Después de estos hechos no la volvieron a trasladar más, pero se sacaron varias reliquias:
El pie derecho y parte de la mandíbula superior están en Roma.
La mano izquierda, en Lisboa.
El ojo izquierdo y la mano derecha, en Ronda (España). Esta es la famosa mano que Francisco Franco conservó hasta su muerte, tras recuperarla las tropas franquistas de manos republicanas durante la Guerra Civil Española.
El brazo izquierdo y el corazón, en sendos relicarios en el museo de la iglesia de la Anunciación en Alba de Tormes. Y el cuerpo incorrupto de la santa en el altar mayor, en un arca de mármol jaspeado custodiado por dos angelitos, en dicha iglesia.
Un dedo, en la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París.
Otro dedo en Sanlúcar de Barrameda.
Dedos y otros restos santos, esparcidos por España y toda la cristiandad. 
Atributos
Rosas entrelazándose con un Crucifijo 
Santa Teresa, Alonso del Arco siglo XVII. Museo Lázaro Galdiano
Santa Teresa de Jesús figura de más de medio cuerpo con la Paloma del Espíritu Santo en el ángulo superior derecho y mano derecha con pluma sobre libro en el ángulo inferior izquierdo.
Presenta a la Santa, sentada a una mesa o bufete, de más de medio cuerpo, con hábito carmelita, como Doctora, con la cabeza alzada, recibiendo la inspiración del Espíritu Santo, que aparece en el ángulo superior derecho. Con la mano derecha, apoyada sobre un libro abierto, sostiene la pluma y la izquierda se entreabre con gesto interrogante.
Es obra de calidad más que discreta que corresponde a lo mejor del artista, todavía muy influido por la blandura y virtuosismo de su maestro Antonio de Pereda. Son característicos los toques de carmín en los labios y la carnación algo fría. La gama de color general está condicionada por los dominantes marrones del hábito carmelita.  
La educación de Santa Teresa, Juan García de Miranda 1735. Museo del Prado.
En el centro de una habitación, Santa Teresa niña aparece sentada de frente, leyendo un libro. A su lado aparecen tres figuras femeninas cosiendo junto a un niño que parece leer o escuchar. Las mujeres deben representar a su madre y sus hermanas, mientras que el niño puede ser su hermano Rodrigo, que tenía afición a la lectura de vidas de santos. Al fondo, un hueco de ventana deja ver otra estancia. A la izquierda del lienzo, un gran ventanal por el que penetra un haz de luz que inunda y envuelve a las figuras. A la derecha, una puerta abierta, a través de la cual se divisa un paisaje en el que destacan dos torres con chapiletes de pizarra. Esta obra formó parte de una serie dedicada a la vida de Santa Teresa, de la que ingresaron tres cuadros en el Museo Nacional de la Trinidad, desde donde pasaron posteriormente al actual Museo del Prado.
Aparición de Cristo Salvador a santa Teresa de Jesús, Alonso Cano 1629. Museo del Prado.
Este cuadro y su compañero con la Aparición de Cristo crucificado a santa Teresa de Jesús representan dos aspectos de la personalidad de santa Teresa. Esta pintura describe una de las visiones que proporcionaron fama de santidad a Teresa, a quien vemos arrodillada ante la aparición de Cristo resucitado. Ese encuentro aparece narrado en Las moradas, una de sus obras más difundidas. Allí (Morada VII, cap. II) afirma que se le representó el Señor, acabando de comulgar, con forma de gran resplandor y hermosura y majestad, como después de resucitado, y le dijo que ya era tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas, y Él tendría cuidado de las suyas. Teresa se sirve de la descripción de ese encuentro para definir cómo se operó en ella el paso desde la unión espiritual al matrimonio espiritual, un dato importante para precisar el origen de estas dos obras. Desde que ambas se incorporaron a los estudios sobre Alonso Cano, en 1955, se llamó la atención sobre la posibilidad de relacionarlas con el retablo de Santa Teresa del convento carmelita de San Alberto, en Sevilla. Su decoración fue contratada por Alonso Cano en noviembre de 1628, y en el contrato se especificaba el tema de varias de sus pinturas. Aunque no se había podido asociar directamente el asunto de ninguna de estas dos obras con las escenas que aparecen en el contrato, si entendemos que, desde el punto de vista carmelita, la aparición de Cristo resucitado a santa Teresa equivale al matrimonio místico entre ambos, es posible ya establecer esa asociación, pues una de las pinturas que Cano se comprometía a realizar tenía como asunto el desposorio de Cristo y santa Teresa de Jesús. En cuanto a su compañera, sería uno de los cuadros cuyo tema no especificaba el contrato, y que se dejaban a la elección del padre Francisco de Ortega. Ambas obras destacan de manera especial por ser anteriores a 1638, el año en que el artista abandonó Sevilla para establecerse en Madrid. En esas primeras décadas de su carrera, Cano desarrolló un estilo muy distinto al que cultivaría tras su marcha de Sevilla, y que se caracterizaba por el peso tan importante que tenía en él la técnica descriptiva y la iluminación naturalistas.
Aparición de Cristo crucificado a santa Teresa de Jesús, Alonso Cano 1629. Museo del Prado.
Este cuadro y el anterior, Aparición de Cristo Salvador a santa Teresa de Jesús, representan dos aspectos de la personalidad de santa Teresa. Uno de ellos alude a su actividad como escritora, lo que a su vez se relaciona con su condición de fundadora, y le valió el título de Doctora de la Iglesia (1970). La vemos sentada ante una mesa en la que hay un libro y un tintero, en actitud de escribir, mientras recibe la inspiración de la imagen de Cristo crucificado. Su comparación con el Resucitado de la pintura compañera sugiere que estamos ante un crucifijo, y no ante la presencia real de Cristo. Ambas obras destacan de manera especial por ser anteriores a 1638, el año en que el artista abandonó Sevilla para establecerse en Madrid.
San Pedro de Alcántara confesando a Santa Teresa, José García Hidalgo, segunda mitad del siglo XVII. Museo del Prado.
El asunto de la historia carmelita, muestra a Santa Teresa confesando con San Pedro de Alcántara (1499-1562) el ascético franciscano, reformador, y creador de los Alcantarinos en 1540, que fue algunos años confesor de la Santa, en quien influyó fuertemente.
Es obra muy significativa y una de las mejores de su autor, que acertó a plasmar, en sombrío tono penitencial, un interior de iglesia del siglo XVII. La dependencia de modelos de Carreño sólo se advierte en los ángeles volantes, pero el tratamiento del color y las formas tiene una cierta sequedad de procedencia valenciana, característica del pintor.

Santa Teresa de Jesús, Benito Mercadé y Fábregas, 1868. Museo del Prado.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582) da cuenta de sus fundaciones reformadoras al padre Jerónimo Gracián (1545-1614), provincial y visitador de la Orden del Carmelo.
Participó en el Salón de París de 1869 (no1686) y en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1871 (no309). En el catálogo de esta última se acompañó de un extracto del Libro de la Vida (Capítulo XXXVI) escrito por la propia santa: "...En fin me mandó delante de las monjas diese discuento y húbelo de hacer; como yo tenía quietud en mí y me ayudaba el Señor, di mi discuento de manera, que no halló el provincial, ni las que allí estaban, porque me condenar". 

Primer milagro de Santa Teresa de Jesús. Resurrección de su sobrino don Gonzalo Ovalle, hijo de su hermana doña Juana de Ahumada, Luis de Madrazo y Kuntz, 1855. Museo del Prado.
En 1561, Gonzalo de Ovalle sobrino de la santa, niño de corta edad, apareció muerto en su casa de Ávila, que se estaba adecuando para convento carmelita. El niño volvió a la vida tras las oraciones de la Santa. En la pintura de Luis de Madrazo contrasta la teatralidad y lo declamatorio de las actitudes de los personajes, la ingenuidad de algunas de sus partes, como el nimbo de la santa o el rayo de luz que penetra en la estancia, con el realismo de la representación del suelo, la azulejería, el benditero o los desconchones de la pared (Texto extractado de Los Madrazo, una familia de artistas.

Viático de santa Teresa, Pablo Pardo González, 1870. Museo del Prado.
Participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1876 (no316) en cuyo catálogo venía descrita con un extracto de la Vida de la Santa por el Padre Rivera: "Cuando le traían y vió entrar por la puerta de la celda aquel Señor á quien tanto amaba, con estar antes tan caida y con una pesadumbre mortal y que no se podía revolver, se levantó en la cama, sin ayuda de nadie, que parecia se queria echar de ella, y fue menester tenerla. Púsosele su rostro muy hermoso y encendido, y muy diferente del que antes tenía, y muy más venerable, no de la edad que ella era, sino mucho ménos. Y puestas las manos con grandísimo espíritu y llena de alegría, comenzó aquel blanquísimo cisne á cantar al fi n de su vida con mayor dulzura, que en toda ella habia cantado, y hablando con todo su bien que tenía delante, decia cosas altas, amorosas y dulces que á todas ponian gran devocion. Decia estas, entre otras: Con Contritum et humiliatum, Deus non dispitres".


Santa Teresa de Jesús en la Gloria, Francisco Bayeu y Subías, 1760. Museo del Prado. 
Boceto preparatorio para una composición mural que muestra a Teresa sobre las nubes, acompañada por otras monjas carmelitas. La santa es acogida por la Virgen María que, con un gesto, señala a la Santísima Trinidad. En la formulación del asunto se aprecia el eco barroco de Luca Giordano (1634-1705), tamizado por la influencia de la estética de Corrado Giaquinto. 
Imposición del Collar, Andrea Vaccaro 1642. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. 
Éxtasis de Santa Teresa, Gian Lorenzo Bernini 1647-1652. Iglesia de Santa Maria della Vittoria de Roma.
Pero la obra más emblemática de Bernini como escultor es la capilla Cornaro en Santa Maria della Vittoria (1647-52), encargada por el cardenal Federico Cornaro, en la que al observador se le atrapa en medio de un juego de sugestivas relaciones, convirtiéndole en parte constitutiva del hecho artístico, en espectador activo de una representación viviente. El "fue el primero en emprender la unificación de la arquitectura, pintura y escultura de modo que juntas forman un todo magnífico" (Baldinucci).
Así evidenciaba el biógrafo de Bernini la revolucionaria conquista del artista y su concepción puramente visual de la interrelación entre las artes.
En esta capilla, Bernini supo dar vida al espectáculo total, creando un cuadro teatral fijo en el que se transpone la celda conventual de Santa Teresa en el momento en que, sufriendo una mística experiencia, disfruta de la unión extática suprema con Cristo.
De esa visión, entre sobrenatural y humana, el observador es testigo gracias a que el convexo edículo arquitectónico, de ricos mármoles polícromos y cálido bronce dorado, sobre el altar es un bambalinón que reduce la embocadura del escenario; el grupo escultórico del Éxtasis de Santa Teresa son los actores que, en medio de la interpretación, permanecen quietos durante unos momentos sobre la escena; la luz natural procedente de un transparente, que se materializa en un haz de rayos dorados que envuelve a los personajes, suspendidos en medio del aire sobre un cúmulo de nubes, es la gloria o tramoya que posibilita el vuelo entre los focos de luz indirecta de la iluminación escénica; el fresco de El Paraíso pintado por G. Abbatini, invadiendo la estructura arquitectónica, es el decorado escenográfico; los miembros de la familia Cornaro asomados a unos balcones laterales, genial transformación de las tradicionales tumbas parietales, son los palcos proscenios del teatro, el mismo en el que, sin proponérselo, el observador se ha colgado sin pagar entrada.  
El grupo -que no puede extrapolarse del conjunto de la capilla, de la que constituye el núcleo de máxima tensión- es en sí mismo una de las más exquisitas esculturas de la historia del arte, insuperable en su interpretación del éxtasis como turbamiento espiritual y sensual a un tiempo, pero también por su alto virtuosismo técnico. Las palabras con las que la Santa describe su experiencia en el "Libro de su vida" encuentran en Bernini al más extraordinario de los traductores por su rara capacidad de fundir tensión espiritual y carga emotiva y sensual, los componentes básicos de la religiosidad barroca, gracias a un conocimiento exhaustivo de las posibilidades expresivas de los materiales y a un dominio insólito de los procedimientos. 

Visión de Santa Teresa del espíritu Santo, Rubens, 1612-1614. Museo Boijmans Van Beunnigen de Rotterdam. 
Éxtasis de Santa Teresa, Sebastiano Ricci.
Santo Tomás de Aquino
Tomás de Aquino; Roccasecca, Italia, 1224/1225-Abadía de Fossanova, 7 de marzo de 1274) fue un teólogo y filósofo católico perteneciente a la Orden de Predicadores, el principal representante de la enseñanza escolástica, una de las mayores figuras de la teología sistemática y, a su vez, una de las fuentes más citadas de su época en metafísica, hasta el punto de, una vez muerto, ser considerado el referente de las escuelas del pensamiento tomista y neotomista. Es conocido también como Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor de la Humanidad, apodos dados por la Iglesia católica, la cual lo recomienda para los estudios de filosofía y teología.
Sus obras más conocidas son la Summa theologiae, compendio de la doctrina católica en la cual trata 495 cuestiones divididas en artículos, y la Summa contra gentiles, compendio de apología filosófica de la fe católica, que consta de 410 capítulos agrupados en cuatro libros, redactado a petición de Raimundo de Peñafort.
Asimismo, fue muy popular por su aceptación y comentarios sobre las obras de Aristóteles, señalando, por primera vez en la historia, que eran compatibles con la fe católica. A Tomás se le debe un rescate y reinterpretación de la metafísica y una obra de teología monumental, así como una teoría del Derecho que sería muy consultada posteriormente. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567 y santo patrón de las universidades y centros de estudio católicos en 1880. Su festividad se celebra el 28 de enero.
Tomás de Aquino nació en 1225 en el castillo de Roccasecca, cerca de Aquino, en el seno de una numerosa y noble familia de sangre germana. Su padre, Landolfo, descendiente a su vez de los condes de Aquino, estaba emparentado con el emperador Federico II. Su madre, Teodora, era hija de los condes de Taete y Chieti.
Recibió Tomás su primera educación cumplidos los cinco años, en la abadía de Montecasino, de la que era abad su tío. Ya por estas fechas sus biógrafos más reputados (Guillermo de Tocco, Bernardo Guido o Pedro Calo) destacan una singular devoción, señalando que, desde bebé, se aferraba fuertemente a un papiro que tenía escrito el Ave María. Le enseñaron primariamente gramática, moral, música y religión hasta 1239, cuando el emperador Federico II decretó la expulsión de los monjes. A finales del mismo año el joven Tomás entró en un centro más avanzado, acorde a sus facultades: la Universidad de Nápoles, que, mediante las artes liberales, le introdujo en la lógica aristotélica. En 1244, sintiéndose intensamente llamado a la vida austera e intelectual de los frailes dominicos que había conocido en un convento de Nápoles, ingresó excepcionalmente rápido en su Orden, gracias a la amistad que había trabado con el Maestro General Juan de Wildeshausen. La decisión contrarió sobremanera a su familia, que tenía planificado que Tomás sucediera a su tío al frente de la abadía de Montecasino. Enterados de que Tomás se iba a dirigir a Roma para iniciarse en los estudios del noviciado sus hermanos lo raptaron y retuvieron durante más de un año en el castillo de Roccasecca con la intención de disuadirlo de su ingreso definitivo en la orden. Tras haber sido tentado varias veces, logró huir del castillo, y, para alejarse de su familia tuvo que ser trasladado a París. El Aquinate sorprendió a los frailes cuando estos vieron que se había dedicado a leer y memorizar la Biblia y las Sententias de Pedro Lombardo, incluso había comentado un apartado de las Refutaciones sofísticas de Aristóteles que eran las referencias para los estudios de la época.
La Universidad de París era ideal para las aspiraciones del joven Tomás, por su marcada predisposición al Trivium (ya tradicional en París) y por sus escuelas de teología. Tuvo por maestros más destacados a Alejandro de Hales y a Alberto Magno, ambos acogedores de la doctrina aristotélica (especialmente el segundo). Entre sus compañeros estaba Buenaventura de Fidanza con quien mantuvo una singular relación de amistad, aunque también de cierta polémica intelectual. Antes de que Tomás acabara los estudios, Alberto Magno, sorprendido por el entendimiento de su alumno napolitano, le encarga un Acto escolástico, y a sus fortísimos argumentos el alumno responde con perfecta distinción, deshaciendo el discurso del Doctor alemán, el cual dijo a la asamblea:
Vosotros llamáis a éste el Buey mudo, pero yo os aseguro que este Buey dará tales mugidos con su saber que resonarán por el mundo entero.
Barbado Viejo, F. Introducción General en Tomás de Aquino Suma teológica Tomo I. BAC 1947, p.12.
Alberto Magno, seguro del potencial del novicio, se llevó a este consigo, a Colonia, a enseñarle y estudiar profundamente las obras de Aristóteles, que ambos habrían de defender posteriormente. En esa época Tomás fue ordenado sacerdote. Tomás volvería a París en 1252 para continuar sus estudios, pero encontraría una fuerte oposición a las Órdenes mendicantes, liderada por los profesores seculares, que perseguían el abandono de la Universidad, en señal de protesta contra el encarcelamiento de alumnos delincuentes. Pero el objeto último de su ira eran los maestros mendicantes: su singular pobreza, constancia y hábito de estudio llenaba sus clases de alumnos (Véase el caso de Alberto Magno) y ponía en evidencia a los seculares.
El punto álgido de aquel enfrentamiento, que llegó a amenazar la vida de los mendicantes, llegó cuando el doctor Guillermo de Saint Amour publicó sus tratados: Libro del anticristo y sus ministros y Contra los peligros de los novísimos tiempos. Tomás escribió en octubre de 1256, unos meses más tarde del segundo panfleto de San Amour, Contra los que impugnan el culto divino y, el Papa Alejandro IV, ese mismo mes, excomulgaría a San Amour, prohibiéndole la enseñanza y los sacramentos. El joven napolitano contaría, a raíz de su respuesta a Saint Amour, con la confianza papal en cuestiones teológicas, y se le asignó la revisión del Libro introductorio al Evangelio eterno, de influencias joaquinistas. 
Enseñanza universitaria
Tras aquella destacada actuación se le concedió el doctorado con la excepcional edad de 31 años, por lo cual, en 1256 ejerce como maestro de Teología en la Universidad de París. Allí escribe varios opúsculos de gran profundidad metafísica, como De ente et essentia y su primera Summa o compendio de saber: el Scriptum super Sententias. Además, goza del puesto de consejero personal del Rey Luis IX de Francia.
En junio de 1259, Tomás es llamado a Valenciennes, junto con Alberto Magno y Pedro de Tarentaise (futuro papa Inocencio V), para organizar los estudios de la Orden, aprovechando que tenía que trasladarse a su Italia natal. Estuvo durante un periodo de diez años enseñando en Nápoles, Orvieto, Roma y Viterbo. En esta época, Tomás termina la Summa contra gentiles, que sería la guía de apología de la Orden en España, encarga la traducción de numerosas obras de Aristóteles a su amigo erudito Guillermo de Moerbeke, para evitar ciertos errores de interpretación cometidos por los árabes, y comienza la redacción de la Summa Theologiae. Es menester señalar que el Papa Urbano IV lo nombró consejero personal, y que le encargó la Catena aurea (Comentario a los cuatro Evangelios), el Oficio y misa propia del Corpus Christi y la revisión del libro Sobre la fe en la Santísima Trinidad, atribuido al obispo Nicolás de Durazzo.
El Aquinate fue enviado de vuelta a París, debido a la gran oposición que se había alzado en contra de su figura y doctrina. Esta época, por ser la última, es la más madura y fecunda del Aquinate pues se enfrentaría a tres brazos del pensamiento: los idealistas agustinistas, encabezados por Juan Peckham, los seculares antimendicantes, dirigidos por Gerardo de Abbeville y, por último los averroístas, cuya figura visible era Sigerio de Brabante. Tomás ya había asumido públicamente, numerosas ideas aristotélicas y completó las Exposiciones de las más destacadas obras de Aristóteles, del Evangelio de Juan y de las Cartas de Pablo el apóstol. Por otro lado, escribe sus famosas cuestiones disputadas de ética y algunos opúsculos en respuesta a Juan Peckham y Nicolás de Lisieux, al tiempo que terminaba la segunda parte de la Summa Theologiae.
Pero su gran lucha vino contra los averroístas: Sigerio de Brabante, máxima figura de la Facultad de Artes, había manifestado en sus clases (no en sus obras, de lógica y física, como el Sophisma y su comentario a la Física de Aristóteles) que el hombre no tenía naturaleza espiritual por lo que la razón podía contradecir la fe sin dejar ambas de ser verdaderas. Tomás, líder indiscutible de la Facultad de Teología, respondería ese mismo año con su De unitate intellectus contra averroistas terminando dicho opúsculo con esta declaración:
He aquí nuestra refutación del error. No está basada en documentos de fe sino de razón, y en los asertos de los filósofos. Si hay, pues, alguien que, orgullosamente engreído en su supuesta ciencia, quiera desafiar lo escrito, que no lo haga en un rincón o ante niños, sino que responda públicamente si se atreve. Él me encontrará frente a sí, y no sólo al mísero de mí, sino a muchos otros que estudian la verdad. Daremos batalla a sus errores o curaremos su ignorancia.
GK Chesterton Santo Tomás de Aquino. Espasa-Calpe 1941, p.84 
Tras este desafío singular se dice, pues no consta entre sus biógrafos, que ambos se enfrentaron públicamente y no sería descabellado, ya que Tomás había disputado con, por ejemplo, Peckham ante la universidad pero lo históricamente válido es que Tomás salió ampliamente victorioso tras la publicación del opúsculo, ya que, en primer lugar, Siger se retractó de muchas cuestiones en su De anima intellectiva, y en segundo lugar, el obispo de París, Esteban Tempier condenaría a los pocos meses hasta trece cuestiones esenciales del averroísmo, lo que provocó una gran huelga en la Facultad de Artes. 
Regreso y muerte
Terminada su labor en Francia, se le encargó la fundación de un nuevo capítulo provincial en Nápoles. Antes de ello, Tomás visitó a su familia y a sus amigos, el cardenal Anibaldo degli Anibaldi y el abad de Montecassino Bernard Ayglier. En Nápoles debe destacarse que fue recibido como un rey, así como la numerosa correspondencia que mantuvo, respondiendo dudas al mismo Bernard Ayglier entre muchos otros. Sin embargo, tan pronto comenzó la tercera parte de la Summa Theologiae tuvo una singular experiencia mística (ya las había tenido antes, está bien documentado) tras la cual se le haría imposible escribir:
Me han sido reveladas semejantes cosas que lo que he escrito me parece paja.
Forment (2005, p. 21)
No obstante, accedió a la invitación del Papa Gregorio X de asistir al Concilio de Lyon II. Sin embargo, a raíz del arrebato místico se encontraba debilitado de salud por lo que tuvieron que acogerle en la Abadía de Fossanova. Tras varias profecías y milagros documentados con numerosos testimonios, Tomás murió haciendo una enérgica profesión de fe el 7 de marzo de 1274, cerca de Terracina. Posteriormente, el 28 de enero de 1369, sus restos mortales fueron trasladados a Tolosa de Languedoc, fecha en la que la Iglesia católica lo celebra.
Después de su muerte, algunas tesis de Tomás de Aquino, confundidas entre las averroístas, fueron incluidas en una lista de 219 tesis condenadas por el obispo de París, Étienne Tempier, en la Universidad de París en 1277. A pesar de ello, Tomás de Aquino fue canonizado casi a los 50 años de su muerte, el 18 de enero de 1323. Las condenas de 1277 fueron inmediatamente levantadas en lo que respecta a Tomás de Aquino el 14 de febrero de 1325. 
Tomás de Aquino es uno de los intelectuales más profundos, sistemáticos y fecundos de la Historia.
Tomás, aun siendo teólogo, destacó por haber leído y estudiado exhaustivamente a todos los intelectuales referenciales del momento, filosóficos incluidos, de ahí que pudiera alcanzar una síntesis tan extensa y consistente. Los materiales para su pensamiento son de muy diverso origen:
En primer lugar de Platón. A él se le debe cierta doctrina de la participación (aún no plenamente metafísica), para explicar la relación entre Dios y las criaturas, así como la cuestión de los grados de perfección. Tomás también conocía a los estoicos como antecedentes de la idea tomista de ley natural. 
De Aristóteles coge sus teorías principales, aunque con la perspectiva cristiana del ser, como se ha visto antes. Los conceptos de forma y materia, acto y potencia, substancia y accidentes y Dios como fundamento último de los movimientos de la realidad (primera y quinta Vía). Asume toda su teoría del conocimiento y las bases de su antropología: la concepción formal del alma, su división tripartita, etc. En Ética y Política recoge el concepto y la clasificación aristotélica de la virtud y completa sus aportaciones sobre la ley natural (base del derecho natural, que, aún defendido por John Locke e Inmanuel Kant, es metafísico), y completa estos esquemas con la referencia a la ley eterna y las virtudes teologales (ajenas a la misma cultura griega). Por otra parte, la Lógica la acepta íntegramente desde su juventud.
Del pensamiento musulmán y judío, además de acoger sus comentarios a Aristóteles destaca por su atención a Avicena en su distinción (aún inexacta, debido a su esencialismo) entre esencia y existencia, y en la formulación de la Tercera Vía. Por otro lado, de Maimónides recoge la defensa de la creación de la nada y su modo de entender las relaciones entre la fe y la razón. En cuanto a lo cristiano, es fundamental recordar su adhesión inquebrantable a la Biblia, los Decretos de los Concilios y los Papas (destaca Gregorio Magno por sus tratados morales y pastorales). Entre los Padres de la Iglesia destaca, eminentemente, Agustín de Hipona en la relación de los atributos de Dios, la idea de la creación o la tesis de la inmaterialidad del alma, la cuestión de la Trinidad entre muchas otras (afinadas por su aristotelismo). 
De otros neoplatónicos como Pseudo Dionisio Areopagita asume los aspectos neoplatónicos de sus obras, como el concepto de participación y los grados de perfecciones, en clave teológica. De Boecio, sus aportes a los dogmas trinitarios y cristológicos. Alberto Magno, en último lugar, le introduje en el conocimiento de Aristóteles y le inició en la cuestión de los trascendentales.
Respecto a su influencia posterior, Tomás jugó un papel capital, nunca antes visto en la Iglesia católica, como referencia y modelo de pensamiento, tanto en la Inquisición como en el Concilio de Trento. En el siglo XV sus seguidores son muy diversos: el canciller Juan Gerson, el inquisidor Tomás de Torquemada y Girolamo Savonarola. En el siglo XVI defienden su doctrina y figura el Papa Pío V (que lo nombró Doctor de la Iglesia) y un buen número de distinguidos españoles como el fundador de la Compañía de Jesús Ignacio de Loyola (cuya lectura él decreta en el Cap. 14, punto 4° de las Constituciones), el Doctor místico Juan de la Cruz (que emplea constantemente sus principios para explicar los mecanismos espirituales), el cardenal Tomás Cayetano, Francisco de Vitoria y Domingo de Soto. Más tarde, asentando la reforma contra el protestantismo en el siglo XVII, destacan el obispo Francisco de Sales, Juan de Santo Tomás, Francisco Suárez y Domingo Báñez.
En el siglo XVIII, a pesar de la poderosa aparición del racionalismo y, a raíz de él, el empirismo (entre ilustrados) y ontologismo (entre católicos como Nicolas de Malebranche) cabe mencionar las aportaciones del cardenal Juan Tomás de Boxadors y los obispos Alfonso María de Ligorio y Jacques Bossuet.
Ante las nuevas corrientes intelectuales como el idealismo romántico, nihilismo vitalista, filosofía de la conciencia (Henri Bergson) y Fenomenología, así como una rama fideísta ultra-católica (Louis Eugène Marie Bautain, Louis de Bonald y el joven Félicité Robert de Lamennais), la Iglesia católica recomendó directamente a Tomás para un estudio veraz, acorde a la fe católica. Ya en el siglo XIX Tomás es recomendado por los Papas León XIII (es famoso por su encíclica Aeterni Patris) y Pío X (destacó su motu propio Doctoris Angelici) con el apoyo de los cardenales Désiré Félicien-François-Joseph Mercier, Tomás Zigliara y Zeferino González, al tiempo que surgen los grandes inspiradores del neotomismo: Pierre Mandonnet y Ambroise Gardeil. Y, al fin, en el siglo XX se trata de los Papas Pío XI (Studiorum Ducem), Juan Pablo II (formado en el Angelicum) el canciller Etienne Gilson, Josef Pieper, Reginald Garrigou-Lagrange, Jacques Maritain, Antonin-Dalmace Sertillanges y Sebastiaan Tromp.
En la Iglesia en general, es la referencia de los Concilios Trento y Vaticano I (en la constitución Dei Filius), a la vez que se coloca como paradigma de estudios en general en el Vaticano II (se vuelve a nombrar como autoridad a seguir en cuestiones especulativas y metafísicas) y en el Código de Derecho Canónico (can. 589 y 1366). De hecho, hoy, numerosos escritos de los Papas vuelven constantemente a él. 
Figura en el Calendario de Santos Luterano. 
El segundo período el postconciliar, s. XVII-XVIII. Reiteramos que el santo alcanza ahora mayores cotas. Se recoge todo el Simbolismo anterior, se enfatiza y amplía y; además, se populariza con diversos medios: grabados, gozos y, sobre todo, sermones.
En estos últimos metáforas, milagros, virtudes, sabiduría, relativos a Tomás se pronuncian con una elocuencia y una persuasión que tiene como objetivo "calar en lo más hondo" del auditorio.
Orozco al comparar el sermón con la representación teatral nos dice: " La concepción del sermón como espectáculo) se sentía y vivía por todas las clases sociales, de la misma manera que se emocionaban y gozaban con la función teatral" (105).
Esta segunda etapa se caracteriza, pues, por un mayor poder emocional propio del Barroco.
Para completar esta mayor exaltación del santo desde la Contrarreforma, se crean las Academias de Santo Tomás, propiciadas por los dominicos, en cuyos conventos tenían su sede. Completaban la formación universitaria en filosofía-teología, especialmente tomismo y honraban al santo en particular durante su festividad.
Entonces los más prestigiosos oradores sagrados pronunciaban elocuentes sermones a este público intelectual. Sirvan de ejemplo, los tantas veces citados de Carlos de la Concepción en Santa Catalina mártir. Este convento fundó su Academia de Santo Tomás en 1588. Y en la iglesia del mismo se dedicó una capilla al santo que se convirtió en un fastuoso conjunto barroco desde fines del siglo XVII (106). Terminamos pues en Santa Catalina mártir, donde a lo largo de los siglos XVII y XVIII, con la capilla del santo como telón de fondo, brillantes sermones sobre Santo Tomás de Aquino emocionaban, convencían o distraían al numeroso auditorio que siempre tuvo.
Santo Tomás de Aquino, José Risueño Primer cuarto del siglo XVIII. Museo del Prado.
Santo Tomás de Aquino, de cuerpo entero y de pie, está representado con el hábito de los monjes dominicos, llevando la túnica blanca con escapulario y manto negro con capuchón echado hacia la espalda. Con la mano derecha sujeta una pluma de la que sale un haz de rayos de luz y en la izquierda lleva un libro, objetos que hacen referencia a su doctrina. Sobre el pecho cuelga un sol que es atributo de su sabiduría y por detrás de su espalda sobresalen dos grandes alas que hacen alusión al momento en que los ángeles ciñen al santo el cíngulo de la castidad. Sobre su cabeza, el Espíritu Santo desciende de los cielos en forma de paloma para inspirarle. La figura del santo, representado como un hombre joven, imberbe y con tonsura monacal, se superpone a un paisaje en el que aparece una pequeña iglesia en la parte izquierda. 
Tentación de Santo Tomás de Aquino, Diego Velázquez, 1632. Museo Diocesano de Arte Sacro (Orihuela), Orihuela, España.
Este cuadro fue inicialmente atribuido al pintor murciano Nicolás de Villacis y también a Alonso Cano para, en los años 1920 pasar a ser reconocido como obra de Velázquez.
El cuadro representa a Santo Tomás de Aquino, cuando todavía es novicio, tras superar la tentación de una ramera que se vislumbra en la puerta abierta del fondo y a la que ha hecho huir con un leño encendido que descansa a sus pies. El santo es sostenido por un ángel mientras otro se prepara para ceñirle una cinta blanca que simboliza la castidad. 
Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, Francisco de Zurbarán, 1631. Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Zurbarán recibió el encargo de pintar esta Apoteosis, al tiempo que se le daban precisas instrucciones acerca de su ejecución: tamaño de la obra, colocación, tema, personajes, etc. El lienzo, enorme, habría de colocarse en el Colegio de Santo Tomás de Sevilla. Este colegio formaba doctores, por lo que el tema no es sino una exaltación de la propia labor del Colegio y sus monjes. Santo Tomás de Aquino es una de las figuras más relevantes de la teología cristiana. Se le nombró Doctor de la Iglesia en 1567. Por su importancia aparece rodeado de los cuatro Padres de la Iglesia, otros tantos personajes fundamentales para la elaboración de la doctrina. A su derecha se encuentran conversando San Ambrosio y San Gregorio; a su izquierda, San Jerónimo, de rojo cardenalicio, y San Agustín.  
Los cinco intelectuales se encuentran en el plano superior del cuadro, que simboliza en mundo divino. Sobre sus cabezas, el cielo en pleno asiente a sus conclusiones: destacan Dios Padre y Dios Hijo con la cruz. A estas dos figuras trinitarias se añade en el centro la paloma del Espíritu Santo, que ilumina con sus rayos a Santo Tomás. En el plano inferior se encuentra representada la tierra: los personajes principales de la Orden y nada menos que el emperador Carlos V. Su presencia se explica porque fue él quien facilitó los terrenos y la dote necesaria para la construcción y puesta en marcha del Colegio. A lo largo de su vida, el emperador ofreció su patronazgo continuo a los monjes y sus alumnos. 

Visión de Santo Tomás de Aquino, Felice Cignani, 1683, Pinacoteca Cívica, Forli).
En las lecciones del Breviario Romano se lee una interesante anécdota, que revela cómo la sabiduría y la santidad se reunían en Tomás: Oraba en Nápoles ante una imagen de Jesús crucificado, y en el momento de mayor fervor sonaron en sus oídos estas palabras: "Bien has escrito de mí, Tomás, ¿qué recompensa deseas?", a lo cual el Santo respondió: "Sólo a Ti, Señor". 
Santo Tomás escribe asistido por ángeles, Guercino, 1662, Basílica Santo Domingo, Bolonia).
Durante su segundo profesorado en París, Santo Tomás se encontró en medio de una disputa entre los profesores de la Universidad de la Sorbona. El argumento era el Sacramento de la Eucaristía. Si por un lado, los sentidos perciben la presencia de los “accidentes” (color, sabor, dureza, cantidad, extensión en la concreción del pan y vino eucarísticos), por otro lado, la fe afirma que en el Sacramento está presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, cosa que llevaría a una aparente contradicción. Los teólogos parisinos estaban divididos acerca de la constatación objetiva y la afirmación de Fe.
Decidieron, entonces, acudir a Santo Tomás porque ya en otras ocasiones habían comprobado su inteligencia filosófica y su santidad teológica. Cada partido puso por escrito sus propias afirmaciones y se las entregaron a Santo Tomás. Él se recogió en oración y contemplación y, “como solía hacer, comenzó a rezar con gran devoción. Luego, puso todo por escrito en el modo más breve y claro posible aquello que su mente descubría y Dios le inspiraba”. Regresó a la iglesia y acercándose al altar puso sus respuestas escritas bajo la mirada del Crucifijo y oró: “Señor Jesús, verdaderamente presente y admirablemente operante en este Sacramento, yo busco aferrar tu verdad y enseñarla sin error.  
Por eso te suplico, concédeme una gracia: si las cosas que he escrito sobre ti y con tu ayuda son verdaderas, haz que yo pueda decirlas y enseñarlas públicamente. Si, en cambio, hay algo que no es afín con la verdad revelada y es ajeno al misterio de este Sacramento, impídeme que yo proponga aquello que podría desviar de la Fe católica”. Esta era la humilde oración del teólogo que sabe que trata con cosas más grandes que él y que tiene una gran responsabilidad hacia los propios discípulos. Fray Reginaldo, su secretario y otros hermanos tuvieron la gracia de observar a Santo Tomás en oración. Así, pudieron ser testigos de la aparición de Jesús que, indicando sus escritos, dijo: “has escrito bien sobre este Sacramento de mi Cuerpo y bien y según la verdad has solucionado la cuestión que se te ha propuesto en la medida en que un hombre puede comprender y definir estas cosas mientras está en la tierra”. Tomás, lleno de agradecimiento y felicidad, se postró en oración delante del Señor. 
Santo Tomás de Aquino, Sandro Botticelli. 
Santo Tomás dedica su obra a Cristo Crucificado, Santi di Tito, 1593, Basílica de San Marcos, Florencia).
Aparecen: La Virgen María junto a la Cruz, Santa María Magdalena a los pies de Cristo, San Juan Evangelista, Santa Catalina Mártir (arrodillada) y Santo Tomás de Aquino.  
Santo Tomás de Aquino, Bernardino Mei. 
Triunfo de Santo Tomás de Aquino y Alegoría de las Ciencias,  Andrea da Firenze, c1365, Santa María Novella, Florencia.
Santo Tomás está entronizado entre Moisés, Job, David, Isaías, Salomón, los evangelistas y San Pablo. En el triunfo anterior a éste cronológicamente, que es el de Traini, ya aparecían varios de ellos e iluminando a Santo Tomás, lo que no ocurre aquí. Si le rodean es porque todos ellos fueron comentados por el santo de Aquino.
En la parte inferior hay representaciones alegóricas de las siete ciencias: cinco teológicas (Teología positiva, Escolástica, Polémica, Mística y Moral) y dos jurídicas (Derecho Eclesiástico y Civil), y de las siete artes compendiadas en el Trivium y el Cuadrivium.
A través del texto del libro abierto que sostiene el Santo se pone de manifiesto la revelación. Puede leerse un versículo del libro de la Sabiduría: "Optavi et datus est mihi sensus et invocavi et venit in me spiritus sapientiae et praeposui illam regnis et sedibus" (Invoqué al Señor y vino sobre mí el espíritu de la sabiduría y la preferí a los reinos y a los cetros) Sab. 7, 7-8.
Rayos de luz irradian de la figura del santo. A sus pies, humillados: Arrio, Sabelio y Averroes.
En este Triunfo se magnifica la sabiduría y también las virtudes del santo, en mayor medida que en el Triunfo de Traini y que en el posterior de Gozzoli, con los siete ángeles del registro superior, situados sobre el santo, que son alegorías de las Virtudes Teologales y Cardinales. 


El Triunfo de la Iglesia o Iglesia Militante y Triunfante, Andrea da Firenze, 1365, Capilla Española, Santa Maria Novella, Florencia).
En el detalle, Santo Tomás aparece de pie con un libro abierto en las manos, significando la primacía de su doctrina sobre la de otros sabios de su época, que escuchan su palabra, lo veneran de rodillas o rompen sus escritos, mientras abajo, los "domini canis" protectores de la doctrina católica, espantan a los lobos, que representan a los herejes. 



Ilustración del Paraíso de Dante, Canto X, Giovanni di Paolo, c1442).
Dante y Beatriz, suspendidos en el aire, son saludados por Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno.
Sentados abajo, hay diez Maestros de la sabiduría en la esfera del sol: San Beda (Beda el Venerable), San Ambrosio, San Isidoro de Sevilla, Dionisio el Areopagita, Rey Salomón, Boecio, Juan Graciano, Pedro Lombardo, Ricardo de San Víctor y Siger de Brabante.
(Según otras interpretaciones, los representados son: Juan Graciano, Pedro Lombardo, Rey Salomón, Paulo Orosio, Boecio, San Isidoro de Sevilla, San Beda, Ricardo de San Víctor y Siger de Brabante). 
Triunfo de Santo Tomás de Aquino, Filippino Lippi, c1480, Santa María sopra Minerva, Roma).
El santo preside una amplia asamblea y está en actitud de declamar. Textos y personajes, cuidadosamente escogidos inciden con mayor énfasis que en los Triunfos anteriores en la condición de luz y verdad de Tomás de Aquino. Dos angelitos sostienen unos carteles en los que puede leerse:
Declaratio sermonum tuorum illuminat et intellectum dat parvulis - Al abrirse, tus palabras iluminan dando inteligencia a los sencillos - Salmo 119, 130). 
Otros dos angelitos flanquean la Summa contra gentiles, (ya que leemos el texto: Veritatem meditabitur guttur meum, et labia mea detestabuntur impium - Porque verdad es el susurro de mi boca, y mis labios abominan la maldad (Prov. 8, 7) rodeada de lirios e iluminada por el Sol, símbolos respectivamente de la virtud y sabiduría del santo. Tomás de Aquino sostiene la Summa Teológica abierta en la que puede leerse el texto de San Pablo: "Sapientiam sapientium perdam..." (destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes... 1 Cor. 1, 19) y le flanquean dos doncellas a cada lado que son las alegorías de la Gramática, Dialéctica, Filosofía y Teología. Si hasta ahora todas las alegorías y símbolos cantan su sabiduría y su virtud, otra parte importante de la pintura enfatiza su triunfo frente a los errores de todas las épocas. A los pies del santo, el personaje humillado sostiene el texto "Sapientia vincit malitiam" (La sabiduría vence la maldad - Sab. 7, 30). Esparcidos por el suelo, los libros de los herejes. En la parte inferior hay dos grupos de personajes, encabezados por Arrio a la izquierda y Sabelio a la derecha. Algunos evidencian su pesar por haber caído en el error. En las ropas de algunos de ellos todavía puede leerse su nombre: Apolinar, Focio.
El dominico de elevada estatura, en el extremo derecho, P. Valentino Evangelisti da Camerino, fue el inspirador de Filippino Lippi para pintar esta obra. Es evidente que de entre los cuatro Triunfos, este es el que más enfatiza "el triunfo" de Santo Tomás frente a la "Herejía". 

Virgen María entronizada con Niño Jesús y rodeada de Santos, Carlo Crivelli, 1476, National Gallery, Londres).
Arriba: San Francisco de Asís, San Pedro Apóstol, San Esteban Protomártir, Santo Tomás de Aquino.
Abajo: San Juan Bautista, San Andrés, Virgen María, Santa Catalina de Alejandría, Santo Domingo.


Santo Tomás de Aquino 
Cristo crucificado adorado por santos dominicos, Abraham van Diepenbeeck, 1652, Louvre, Paris)
Aparecen: Santo Tomás de Aquino (izquierda, arrodillado), San Jacinto de Polonia (izquierda), San Pedro Mártir, Santa Catalina de Siena (al pie de la Cruz), Santo Domingo, San Vicente Ferrer, San Raimundo de Peñafort, San Antonino de Florencia (arrodillado).
Aparecen aquí con toda claridad los respectivos símbolos hagiográficos que representan a estos santos:
Santo Tomás de Aquino: El Espíritu Santo en forma de paloma inspirándolo; la pluma con que escribe su obra, símbolo de su sabiduría; el collar de estrellas y un sol, símbolo de su brillo que ilumina a la Iglesia; el birrete de Maestro en Teología.
San Jacinto de Polonia: Sostiene en sus manos la Custodia con la Eucaristía y una imagen de la Virgen María que recuerda el milagro de atravesar con unos compañeros, el río Vístula a pie sobre la capa extendida sobre las aguas, llevando la Eucaristía y una imagen de la Virgen.
San Pedro Mártir: Como todo mártir lleva en su mano la palma del martirio, más los instrumentos que lo martirizaron, un chuchillo clavado en su pecho y una espada o machete que le parte la cabeza.
Santa Catalina de Siena: La corona de espinas sobre su cabeza, y los estigmas de la pasión de Cristo en sus manos.
Santo Domingo: Un lirio blanco en sus manos, símbolo de la pureza virginal; un perro con una tea encendida, según una visión que tuvo su madre, la Beata Juana de Aza, que veía que daba a luz a un perro con una antorcha que iluminaba al mundo con su palabra. Una estrella en su frente o sobre su cabeza, que representa su importancia para la Iglesia.
San Vicente Ferrer: Se le representa predicando con una mano indicando al cielo (y con una corneta de ángel del Apocalipsis, que representa el tema de sus predicaciones).
San Raimundo de Peñafort: Se le representa como un anciano ya que llegó a los 100 años de edad. En sus manos lleva una llave que lo representa como confesor (el poder de las llaves, Mt. 16, 19) y un libro que representa sus Decretales. El ángel le sostiene un bastón, que necesita todo anciano.
San Antonino de Florencia: Como era arzobispo, se le representa vestido como obispo con mitra y báculo; en su mano sostiene una balanza, que no se refiere a la justicia sino a un milagro realizado.
Y obviamente, por pertenecer a la Orden Dominicana, llevan su respectivo hábito Dominicano. 
Santo Tomás apóstol
Poco se recuerda de Sto. Tomás Apóstol, no obstante, gracias al cuarto Evangelio, su personalidad está más clara para nosotros que la de algunos otros de los Doce. Su nombre aparece en todas las listas de los Sinópticos (Mateo 10:3; Marcos 3:18; Lucas 6, cf. Hechos 1:13), pero en San Juan desempeña un papel característico. Primero, cuando Jesús anuncia su intención de regresar a Judea para visitar a Lázaro, Tomas, que es llamado “Didimo” (el mellizo), dice a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11:16). De nuevo es Tomás quien,  durante el discurso antes de la Última Cena, pone una objeción: “Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14:5). Pero Tomás es especialmente recordado por su incredulidad, cuando los otros Apóstoles le anuncian la Resurrección de Cristo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20:25); pero, ocho días después, hizo su acto de fe, acatando el reproche de Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído. “(Jn 20:29).
Esto agota todo nuestro conocimiento cierto con respecto al Apóstol; pero su nombre es el punto de partida de una considerable literatura apócrifa, y hay también ciertos datos históricos que sugieren que algunos de estos materiales apócrifos pueden contener gérmenes de verdad. El documento principal acerca de él es el "Acta Thomae", conservada para nosotros, con algunas variaciones,  en griego y en siríaco, y con signos inconfundibles de su origen gnóstico. Puede ser de hecho obra del propio Bardesanes. La historia en muchos de sus detalles es absolutamente extravagante, pero es el dato más antiguo, fue fechado por Harnack (Chronologie, 2, 172) al principio del tercer siglo, en el 220 d.C.  Si el lugar de su origen es realmente Edessa, como Harnack y otros sostienen con legítimas razones (pág. 176), esto daría una considerable probabilidad a la afirmación, explícitamente hecha en el  "Acta" (Bonet cap. 170, p.286), de que las reliquias del Apóstol Tomás, que sabemos que eran veneradas en Edessa, realmente habían venido de Oriente. La extravagancia de la leyenda puede juzgarse por el hecho de que en más de un lugar (cap. 31, pág., 148) representa a Tomás (Judas Tomás, como es nombrado aquí y en otras lugares de tradición siríaca) como el hermano gemelo de Jesús. Tomás en siríaco es el equivalente al didymos en griego, y significa mellizo.  
Rendel Harris, que exagera mucho el culto de los Dioscuros, lo considera una transformación de un culto pagano en Edessa pero este punto es, como poco,  problemático. La historia transcurre como sigue: Tras la separación de los Apóstoles, India fue la porción de Tomás, pero manifestó su incapacidad para ir;  tras lo cual, su Maestro Jesús se apareció de un modo sobrenatural a Abban, enviado de Gundafor, un rey hindú, y le vendió a Tomás como esclavo, para servir a Gundafor como carpintero. Entonces Abban y Tomás navegaron hasta llegar a Andrápolis dónde desembarcaron y asistieron a la fiesta de las bodas de la hija del gobernador. Siguieron extraños sucesos y Cristo, bajo la apariencia de Tomás,  exhortó a la novia a permanecer virgen. Llegado a India Tomás emprendió la construcción de un palacio para Gundafor, pero gastó el dinero a él confiado con los pobres. Gundafor lo encarceló; pero el apóstol escapó milagrosamente y Gundafor se convirtió.  
Recorriendo el país para predicar, Tomás se encontró con extrañas aventuras de dragones y asnos salvajes. Entonces llegó a la ciudad de rey Misdai (en siríaco Mazdai), dónde convirtió a Tertia, la esposa de Misdai,  y a Vazan, su hijo. Después de ello fue condenado a muerte, llevado fuera de la ciudad a una colina, y atravesado por las lanzas de cuatro soldados. Fue enterrado en la tumba de los antiguos reyes pero sus restos fueron después llevados a occidente.  
Ahora bien, es ciertamente un hecho notable que, alrededor del año 46 d.C.,  gobernaba un rey sobre la zona de Asia al sur del Himalaya, representada actualmente por Afganistán, Beluchistan, el Pundjab, y Sind, que llevaba el nombre de Gondophernes o Guduphara. Lo sabemos por el descubrimiento de monedas, algunas de estilo parto con las leyendas griegas, otras hindúes con  las leyendas en un dialecto hindú en caracteres kharoshthi. A pesar de las pequeñas variaciones la identificación del nombre con el Gundafor del "Acta Thomae"  es inequívoca y apenas se discute. Más aún, tenemos la evidencia de la inscripción Takht-i-Bahi,  que está fechada y qué los mejores especialistas aceptan para establecer que el rey Gunduphara probablemente empezó a reinar sobre el  20 d.C. y todavía estaba reinando en el 46. Hay excelentes razones de nuevo para creer que Misdai o Mazdai bien pueden ser la transformación de un nombre hindú hecha en tierra Iraní.
En este caso probablemente representaría a un cierto rey Vasudeva de Mathura, sucesor de Kanishka. No hay duda de que no se puede deducir que el narrador gnóstico que escribió el "Acta Thomae" pudiera haber adoptado algunos nombres históricos hindúes para dar verosimilitud a su obra;  pero, como el Sr. Fleet  deduce en sus severamente críticos escritos,  " los nombres puestos aquí  en relación con Sto. Tomás son característicos, no tal y como han existido en la historia y tradición hindú" (Joul. of R.Asiátic. Soc., 1905, p.235).  
Por otro lado, la tradición de que Sto. Tomás predicó en "India"  se extendió ampliamente por  Oriente y Occidente y aparece en escritores como Efraim,  Siro, Ambrosio, Paulino, Jerónimo y más tarde en Gregorio de Tours y otros, es difícil todavía descubrir algún fundamento adecuado para la creencia, largamente aceptada, de que Sto. Tomás realizó sus viajes misioneros por el lejano sur de Mylapore, no lejos de Madrás, y allí sufrió el martirio. En esta región todavía se encuentra una cruz en un bajorrelieve de granito con una inscripción en  pahlavi (persa antiguo) datada en el siglo séptimo, y la tradición de que fue allí donde Sto. Tomás entregó su vida es localmente muy fuerte.
Es cierto también que en el Malabar o costa oeste del sur de la India, todavía existe un grupo de cristianos que aún usan un tipo de siríaco como lengua litúrgica. Parece difícil determinar si esta Iglesia data del tiempo de Sto. Tomás Apóstol (hubo un obispo Siro-Caldeo, Juan,  "de India y Persia" que asistió al Concilio de Nicea en el 325) o si el Evangelio fue por primera vez predicado allí en el 345 bajo la persecución persa de Shapur (o Sapor), o si lo fue por los misioneros sirios que acompañaron un cierto Tomás Cana y penetraron en la costa Malabar alrededor del año 745. Sólo sabemos que en el siglo sexto Cosmas Indicopleustes habla de la existencia de cristianos en Male (¿Malabar?) bajo un obispo que había sido consagrado en Persia.  
El rey Alfredo el Grande aparece en la "Crónica" anglosajona” enviando una expedición para establecer relaciones con estos cristianos del lejano Oriente. Por otro lado las reputadas reliquias de Sto. Tomás estaban ciertamente en Edessa en el siglo cuarto, y allí permanecieron hasta que fueron trasladadas a Chios en 1258 y a Ortona. La improbable sugerencia de que Sto. Tomás predicó en América (American Eccles, 1899, pp.1-18) está basada en una interpretación equivocada del texto de los Hechos de los Apóstoles (1, 8;  cf. Berchet, "Fonte italiane per la storia della scoperta del Nuovo Mondo", II, 236, y I, 44).
Además del "Acta Thomae" de la que existe una redacción, diferente y notablemente más corta, en etíope y latín, tenemos un breve formulario de un,  así llamado, “Evangelio de Tomás", originalmente gnóstico, y, tal y como ahora lo conocemos, meramente una historia fantástica de la niñez de Jesús, sin ningún notablemente tinte herético. Hay también una "Revelatio Thomae", condenada como apócrifo por el Decreto del Papa Gelasio  que se ha recuperado recientemente de diversas fuentes de modo fragmentado.    
Según la tradición, Tomás sufrió martirio en la India el 3 de julio del año 72. Por esa razón su festividad se celebra el 3 de julio. 
Santo Tomás, El Greco. 1608-1614. Museo del Prado. 
Esta obra forma parte de un apostolado que procede de la Iglesia de Almadrones, Guadalajara, en el que se repite con escasas variaciones el modelo de los Apostolados de la Catedral de Toledo y de la Casa-Museo del Greco en la misma ciudad. Cuatro lienzos de la serie se encuentran en el Museo del Prado: El Salvador, Santiago, Santo Tomás y San Pablo. Se percibe en ellos la participación en la ejecución del taller del maestro. En el caso de Santo Tomás, aparece con el cuerpo de frente y la cabeza girada hacia la izquierda. Tiene aspecto de hombre joven de rostro sereno, nariz prominente y con barba y cabellos cortos y oscuros. Eleva su mano derecha en un gesto que se ha interpretado como de reconocimiento tras la incredulidad inicial del santo, el apóstol que dudó de la Resurrección de Jesucristo y más tarde de la Asunción de la Virgen. No se ha incluido atributo o elemento alguno que permita identificar al personaje, pero en la tela del Prado se repite básicamente la misma composición de los modelos realizados para los dos apostolados toledanos. 
La incredulidad de santo Tomás, Caravaggio, 1602. Palacio de Sanssouci, Potsdam, Alemania.
Este lienzo, que se encuentra en el Neues Palais de Postdam, destaca por su esencialidad. Dejando el fondo oscuro y vacío, el pintor enfatiza la presencia de los personajes, cuyos rostros y atuendos revelan la preferencia evangélica por los desposeídos.
Resulta muy interesante el estudio de la iluminación. En este óleo, la luz funciona como un espacio autónomo, como un personaje más, y como tiempo, pues introduce el ritmo narrativo.
La luz caravaggiesca simboliza siempre la presencia de lo sobrenatural, de lo divino, de acuerdo con la metafísica de la luz de Platón o S. Agustín: Dios es la luz.
La escena ilustra con gran verismo la narración de Jn 20, 24-29, mostrando el momento en que Tomás introduce su dedo en la llaga del costado de Cristo. Un hecho que podría parecer prosaico, constituye la mayor prueba física del reconocimiento de Cristo, la definitiva demostración de su regreso desde el reino de los muertos.
El pintor ejecuta una composición que converge en la llaga, de tal modo que la atención de los personajes del lienzo y la de los espectadores se ve irremisiblemente atraída por esta prueba física.
Por medio del dedo de Tomás, el espectador toca el costado de Cristo. Su herida es al mismo tiempo el punto sensible del cuadro y el elemento que cristaliza el sentido profundo del tema.
El habitual naturalismo descarnado de Caravaggio se vuelve aquí casi de sentido científico: la luz fría cae en fogonazos irregulares sobre las figuras, iluminando el cuerpo de Cristo con un tono macilento, que le hace aparecer como un cadáver, envuelto aún en el sudario (no es una túnica).
La forma de pintarlo no deja lugar a dudas de que Jesús ha estado en el reino de los muertos, y que a pesar de ello, ha vuelto.
Por otra parte, es impresionante el realismo con el que el artista retrata a Tomás, con la frente y el cuello en tensión ante la comprobación del milagro. La ropa raída y la tosquedad de los rostros desvelan un discurso teológico muy concreto, centrado en los humildes. 
Una incredulidad legítima
Limitándonos a una interpretación superficial, podría parecer que este relato evangélico de la incredulidad de Tomás le ha hecho un flaco favor a la imagen del Santo, quien aparece con una actitud de  desconfianza y recelo; tras un análisis más profundo se desvela que la intención de la narración hay que entenderla en clave catequética: predicar la fe ciega,  la confianza absoluta en la promesa de salvación. 
Sin embargo, hay que advertir que la petición de Tomás de meter el dedo en la llaga es absolutamente legítima. Él no estaba allí cuando apareció Cristo resucitado. Él no había sido testigo de la Resurrección... y necesitaba tocarla.
Esa es también mi experiencia pascual, y creo que la de muchos cristianos; que a pesar de haber visto tantas veces aparecer a Cristo en nuestras vidas, necesitamos cada Pascua que vuelva a hacerse presente su Resurrección, que nos permita tocar sus llagas en la Eucaristía.
Por eso Dios se hizo carne, para poder ofrecernos un cuerpo palpable, para que la fe no fuese una abstracción sino fruto de la presencia de un Cristo histórico, corpóreo.
De forma sutil, el óleo refleja que la duda no es exclusiva de Tomás, y lo evidencia presentando a dos apóstoles que se acercan descaradamente para verificar “la prueba”, como si ellos también necesitaran cerciorarse.
El Cristo de Caravaggio también parece asumir con comprensión la actitud del Santo, porque El mismo coge la mano de Tomás para dirigirla al costado herido. Es como si quisiera acompañarlo, y también a nosotros, en un hallazgo que escapa a la capacidad humana de comprensión.
Resulta muy revelador que la prueba que Cristo presenta de su Resurrección es una referencia a la Cruz. Así, la prueba de la crucifixión se convierte en la prueba de la Resurrección.
No en vano la Pascua es un misterio que une muerte y vida. Ese es el motivo de nuestra alegría, celebramos que, a pesar de conocer nuestras dudas y nuestras muertes diarias, Cristo mismo toma nuestra mano y la conduce hasta hendirla en su cuerpo llagado, para hacernos descubrir que la muerte está vencida. 
Santo Tomás, Pedro Pablo Rubens, 1619-1612. Museo del Prado.
Dentro de este apostalado pintado por Rubens entre 1610-1612, Santo Tomás, al igual que San Simón, se muestra sumido en la lectura de su libro, del cual apenas vemos el interior ya que lo lleva al primer plano, a diferencia de Simón. Apoyado en su brazo lleva una lanza, símbolo del martirio al que fue sometido. El foco de luz que entra por la derecha de la composición resalta su rostro frente al fondo monocromo oscuro.
La diferencia de tratamiento entre unos apóstoles, que meditan y se recogen sobre sus libros a pesar de portar las armas con las que fueron asesinados, otros desencajados con sus símbolos de martirio, unos mirando al espectador de forma rotunda y otros hacia el cielo o fuera de la composición ofrecen diferentes actitudes y respuestas ante los problemas que se enfrentaron, de tal forma que el artista nos ofrece un conjunto que actúa como un todo, en el que se van entremezclando unos con otros, siempre con un tratamiento de la imagen similar y donde podemos observar distintos aspectos de la vida de estos hombres. En el siglo XVII y tras el Concilio de Trento la producción de apostolados creció y Rubens, un artista muy relacionado con los dogmas cristianos y la representación de los mismos, busca potenciar la idea de sacrificio de estos doce apóstoles.
Esta serie muestra, al igual que sucede con La Adoración de los Magos, el aprendizaje de Rubens tras su viaje a Italia. Las formas de estos personajes son corpulentas, vigorosas y fuertes, de recuerdo miguelangelesco, con una mirada penetrante que, en algunos casos, se dirige hacia el espectador. Recortados sobre un fondo monocromo oscuro, las figuras ganan aún más en peso y rotundidad, representadas en tres cuartos. Sin embargo, y a pesar de que sigue la tradición pictórica a la hora de representar este conjunto, no son personajes estáticos ni frontalizados, sino que los coloca en diferentes posturas, girando sus cabezas, con las manos en diferentes planos y dirigiendo la mirada hacia distintos puntos. Además del recuerdo manierista de Miguel Ángel el otro punto de inspiración es la pintura de Caravaggio, que también se observa en la Adoración de los Magos. Aquí se muestra no solo en el tratamiento pictórico de las telas, de grandes pliegues y caídas, sino también en el estudio lumínico, con focos dirigidos algunos de ellos frontales o laterales, y que sumen parte de la figura en sombras. Además el naturalismo de los rostros, que huyen de la idealización, también recuerda a los modelos del italiano, quien recibió críticas por la excesiva humanización de sus modelos. En este caso Rubens, a pesar de seguir a Caravaggio, los retrata con cierta distancia y atemporalidad que los aleja del mundo terrenal.
En cuanto a la técnica se muestra más contenida que en sus últimas obras. En algunas partes de los retratos se observa la preparación del lienzo, que utiliza para dar color a los rostros, las maderas o los libros entre otros elementos. Es un conjunto de obras muy sobrio en la paleta cromática pero muy trabajada, buscando representar las luces y las sombras. Los cabellos y las carnaciones están construidas a base de pinceladas de diferentes colores y texturas, consiguiendo un realismo y un cuidado típicos de sus obras.
El conjunto perteneció al Duque de Lerma al que pudo haberle llegado de manos de Rodrigo Calderón, diplomático flamenco al servicio de Felipe III y protegido del duque, por el que también entró en España y posteriormente en la colección Real la Adoración de los Magos. En 1618 Rubens le escribe una carta a sir Dudley Carleton, en el que le envía una lista de obras que estaban en su casa. Allí menciona "Los doce apóstoles, con Cristo, realizado por mis discípulos, de los originales hechos por mí que tiene el duque de Lerma". Desde la colección del duque de Lerma hasta la entrada del conjunto en la colección real, concretamente en 1746 donde aparecen inventariados en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, nada se sabe con certeza.  
Apóstol Tomás,  Nicolaes Maes  1656 h. Museo: Gemäldegalerie de Kassel.
Los apostolados serán frecuentes en la pintura barroca, ejecutándose incluso por diferentes manos. Esta hipótesis es la que se sigue para considerar a este apóstol como miembro de una serie realizada por Rembrandt y sus discípulos en la década de 1650. Santo Tomás aparece con sus atributos, sentado, apoyado sobre una mesa. La amplia figura se recorta sobre un fondo neutro, resbalando la iluminación por sus ropajes para crear efectos de claroscuro, al igual que en el rostro. El elemento diferenciador del lienzo lo encontramos en las manos - perfectamente realizadas, consideradas como aval suficiente para considerar la pintura como de Nicolaes Maes aunque estuviera atribuida a Rembrandt, cuya falsa firma no falta en la zona izquierda de la imagen. El lienzo sufrió un atentado con ácido en 1977 que motivó pérdida de materia en el rostro por lo que los ojos, la nariz y la boca sufrieron serios daños que no se han podido recomponer. El colorido empleado es característico de Maes, utilizando marrón amarillento, rojo y blanco, resultando una imagen de delicada admiración a pesar de los destrozos sufridos que hacen perder importancia al lienzo. 
Santo Tomás, Diego Velázquez, 1618 – 1620. Museo de Bellas Artes, Orleáns,  Francia.
En el Museo de Orleans al menos desde 1843, donde se atribuía a Murillo, en 1925 Manuel Gómez-Moreno lo publicó como obra de Velázquez y en relación con el San Pablo del Museo Nacional de Arte de Cataluña, con una inscripción semejante en la parte superior, como restos de un posible apostolado al que también podría haber pertenecido la Cabeza de apóstol del Museo del Prado. Aunque no haya sido posible establecer una relación directa con este cuadro, del que se ignora la procedencia hasta su incorporación al museo, se han recordado a este respecto una serie de apóstoles mencionados por Antonio Ponz en su Viaje de España de 1772, localizados en una pieza contigua a la celda prioral de la Cartuja de las Cuevas en Sevilla, donde se atribuían al pintor.
El santo aparece de riguroso perfil, lo que dificulta la posibilidad apuntada de que hubiese formado serie con el San Pablo de Barcelona en posición casi frontal, envuelto en un pesado manto castaño anaranjado surcado por profundos pliegues. Julián Gállego destacó la calidad de las manos, estudiadas del natural, con las que sujeta en la derecha un libro abierto encuadernado en pergamino y en la izquierda una pica o lanza que lleva al hombro. El modelo es el mismo del San Juan en Patmos y quizá el del estudio de Cabeza de perfil del Museo del Hermitage que aparece en los almuerzos de San Petersburgo y Budapest: joven, con barba incipiente y pómulos marcados, si acaso más consumido aquí para subrayar el carácter ascético. La iluminación intensa, dirigida desde la izquierda, ha llevado a que se recuerde con frecuencia a propósito de este cuadro el naturalismo caravaggista y su sistema de iluminación tenebrista.
Su identificación como el apóstol santo Tomás, habitualmente representado con una escuadra, es posible además de por la inscripción que lleva en la parte superior («S. TOMAS.»), por la pica, atributo no infrecuente y del que se vale también El Greco en alguno de sus apostolados, ya sea la lanza de Longinos, evocando de este modo sus dudas sobre la Resurrección de Jesús resueltas al meter su mano en el costado de Cristo, o el atributo de su martirio, pues según san Isidoro murió alanceado.

La incredulidad de Santo Tomás, Matthias Stom, 1641-1649. Museo del Prado.
Posiblemente adquirida por Felipe IV o por Carlos II. En el inventario de obras salvadas en 1734 del incendio del Alcázar de Madrid figura como copia de Guercino (1591-1666). En el inventario de 1772 del Palacio Real como original de Gerard van Honthorst (1592-1656), atribución con la que ingresó en el Museo y que se mantuvo hasta el catálogo de 1963, cuando fue incluido como original de Hendrik ter Brugghen (1588-1629). Finalmente en el catálogo de 1985 es recogido como obra de Matthias Stom, atribución propuesta por Schneider en un artículo de 1923 (donde era reproducido por primera vez) y hoy unánimemente aceptada.
El tema está tomado del Evangelio de San Juan (20, 24-28). La representación corresponde al momento en el que al Apóstol Tomás introduce sus dedos en la llaga del costado derecho de Cristo para cerciorarse de su resurrección. Schneider (1923) y Nicolson (1977) sitúan esta obra en la etapa siciliana del pintor, cuando en su pintura se aúnan rasgos estilísticos nórdicos, como, por ejemplo, el riguroso plegado de los paños, con los propios de los pintores seiscentistas napolitanos. En efecto, los tipos populares, la expresividad de rostros y manos y su marcada rugosidad, las carnaciones amarillas, el modelado táctil del cuerpo y el rostro de Cristo, el tratamiento de los cabellos a base de pinceladas anchas y pastosas, el colorido y los fuertes contrastes lumínicos hablan de la asimilación por parte de Stom de la pintura de los seguidores de José de Ribera (1591-1652), que pudo conocer y estudiar durante su estancia en Nápoles.
Si bien la fuente iconográfica última de esta escena se remonta a Caravaggio (La incredulidad de Santo Tomás, Potsdam, Palacio Sanssouci), Stom parece haber seguido la versión de Hendrick ter Brugghen, que había invertido la composición de Caravaggio para que el Apóstol Tomás quedara junto al costado derecho de Cristo y así evitar que su brazo cruzara por delante de su cuerpo.  
El lienzo está recortado en todo el perímetro, quizá porque sufrió daños en el incendio de 1734 del Alcázar de Madrid.
Por una parte, el escorzo del brazo de Cristo resulta menos forzado que en la versión de Bérgamo. Pero además, la figura de Cristo adquiere un protagonismo absoluto. A ello contribuye de forma definitiva el hecho de que aparezca distanciada de las de los Apóstoles y, sobre todo, el haber sustituido la vela, foco de luz artificial característico de Honthorst y sus seguidores, por una fuerte iluminación lateral que transforma la figura de Cristo en foco luminoso que alumbra, a su vez, la escena. Esta transformación podía estar en relación tanto con su condición de cuerpo luminoso de resucitado -de ahí que no muestre en las manos las heridas de los clavos ni en la frente las de la corona de espinas- como con la nueva significación del Corpus Christi dentro de la doctrina contrarreformista. Quizá también por ello Stom, al contrario que Caravaggio y ter Brugghen, opta por mostrar el rostro de Cristo y el torso prácticamente despojado del manto.  
Martirio de Santo Tomás, Pedro Orrente. Catedral de Córdoba.
Fue muy frecuente, durante la Edad Moderna, representar esta escena. En ella, la inicial incredulidad del Santo se convierte en verdadera fe, pues reconoce a Jesús no sólo como a su Señor, el hombre milagrosamente resucitado, sino como al mismo Dios que se ha hecho hombre. Tal fue la fuerza de esa fe, que Santo Tomás llegó, como los demás apóstoles, a dar la vida por Cristo, en la lejana India, donde había predicado. Es la escena que aparece representada en la pintura que corona la bóveda de nuestra capilla, en la que se observa un grupo de bárbaros que ataca al Apóstol, mientras éste se encontraba arrodillado ante el altar. Un ángel es testigo, y en el paisaje que se advierte a la derecha, se puede contemplar una lejana ciudad, seguramente Coromandel, en cuyas cercanías sufrió martirio el Santo. Aunque algunas tradiciones le hacen morir a espada, en esta ocasión, como mostró el hallazgo de sus reliquias, su costado es atravesado por una lanza.
Santo Tomás Moro
Thomas More, también conocido por su nombre castellanizado Tomás Moro, o por su nombre en latín Thomas Morus y venerado por los católicos como santo Tomás Moro (Londres, 7 de febrero de 1478-ibídem, 6 de julio de 1535), fue un pensador, teólogo, político, humanista y escritor inglés, que fue además poeta, traductor, lord canciller de Enrique VIII, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado. Su obra más famosa es Utopía donde busca relatar la organización de una sociedad ideal, asentada en una nación en forma de isla del mismo nombre. Además, Moro fue un importante detractor de la Reforma protestante y, en especial, de Martín Lutero y de William Tyndale. 
En 1535 fue enjuiciado por orden del rey Enrique VIII, acusado de alta traición por no prestar el juramento antipapista frente al surgimiento de la Iglesia anglicana, oponerse al divorcio con la reina Catalina de Aragón y no aceptar el Acta de Supremacía, que declaraba al rey como cabeza de esta nueva Iglesia. Fue declarado culpable y recibió condena de muerte. Permaneció en prisión en la Torre de Londres hasta ser decapitado el 6 de julio de ese mismo año. Moro fue beatificado en 1886 y canonizado en 1935, junto con Juan Fisher, por la Iglesia católica romana, quien lo considera un santo y mártir. Por su parte, la Iglesia anglicana lo considera un mártir de la Reforma protestante, incluyéndolo, en 1980, en su lista de santos y héroes cristianos.
Fue el hijo mayor de sir John More, mayordomo del Lincoln's Inn (uno de los cuatro colegios de abogados de la Ciudad de Londres), jurista y posteriormente nombrado caballero y juez de la curia real; y de su mujer Agnes More (de soltera, Graunger). En 1486, tras cinco años de enseñanza primaria en la antigua Escuela de San Antonio (Saint Anthony's School), una destacada escuela de gramática de Londres, además de ser la única gratuita, fue conducido según la costumbre entre las buenas familias al palacio de Lambeth, donde sirvió como paje del cardenal John Morton, arzobispo de Canterbury y Lord Canciller de Inglaterra.
El cardenal era un ferviente defensor del nuevo humanismo renacentista y tuvo en mucha estima al joven Moro. Confiando en desarrollar su potencial intelectual, Morton decidió, en 1492, sugerir el ingreso de Tomás Moro, que por entonces contaba con catorce años, en el Canterbury College de la Universidad de Oxford, donde pasará dos años estudiando la doctrina escolástica que allí se impartía y perfeccionando su retórica, siendo alumno de los humanistas ingleses Thomas Linacre y William Grocyn. Sin embargo, Moro se marchó de Oxford dos años después sin graduarse y, por insistencia de su padre, en 1494 se dedicó a estudiar leyes en el New Inn de Londres y, posteriormente, en el Lincoln's Inn, institución en la que había trabajado su padre. En 1496 comenzó a ejercer la abogacía ante los tribunales. Posiblemente durante esta época aprendió el francés, necesario tanto para las cortes de justicia inglesas como para el trabajo diplomático, uniéndose este idioma al inglés y latín ya aprendidos durante sus estudios primarios.
En torno a 1497, comenzó a escribir poesías, con una ironía que le valió cierta fama y reconocimiento. En esta época tiene sus primeros encuentros con los precursores del Renacimiento, conociendo a Erasmo de Róterdam, con quien entablaría amistad, y a John Skelton.
Hacia 1501 ingresó en la Tercera orden de San Francisco, viviendo como laico en un convento cartujo hasta 1504. Allí se dedicó al estudio religioso. Alrededor de 1501 tradujo epigramas griegos al latín y comentó De civitate Dei, de san Agustín de Hipona. A través de los humanistas ingleses tuvo contacto con Italia. Tras realizar una traducción (publicada en 1510) de una biografía de Giovanni Pico della Mirandola escrita por su sobrino Gianfrancesco, quedó prendado del sentimiento de la obra que adoptó para sí, y que marcaría definitivamente el curso de su vida Aunque abandonó su vida ascética para volver a su anterior profesión jurídica hasta ser nombrado miembro del Parlamento en 1504, Moro nunca olvidó ciertos actos de penitencia, llevando durante toda su vida un cilicio en la pierna y practicando ocasionalmente la flagelación.
Al abandonar el convento de los cartujos, en 1505, contrajo matrimonio con Jane Colt y ese mismo año nació su hija Margaret, quien sería su discípula. Habiendo abandonado la Orden de los Cartujos, se recibió en leyes y ejerció la abogacía con éxito, en parte gracias a su preocupación por la justicia y la equidad; más tarde sería juez de pleitos civiles y profesor de Derecho.
En 1506 nació su segunda hija, Elizabeth. Ese año tradujo al latín Luciano en compañía de Erasmo. Un año más tarde nació Cecily, su tercera hija. Tomás Moro era pensionado y mayordomo en el Lincoln's Inn, donde dictó conferencias entre 1511 y 1516. En 1509 nació su hijo John. Moro participó en gestiones entre grandes compañías de Londres y Amberes. Ese mismo año escribió poemas para la coronación de Enrique VIII. En 1510 fue nombrado miembro del Parlamento y vicesheriff de Londres. Un año más tarde murió su esposa Jane y se casó con Alice Middleton, viuda siete años mayor que Moro y con una hija, Alice.
Miembro del Parlamento desde 1504, Tomás Moro fue elegido juez y subprefecto en la ciudad de Londres, y se opuso a algunas medidas de Enrique VII. Con la llegada de Enrique VIII, protector del humanismo y de las ciencias, Moro integró el primer Parlamento convocado por el rey en 1510. Moro viajó por Europa y recibió la influencia de distintas universidades. Desde allí escribió un poema dedicado al rey, que acababa de tomar posesión de su trono. La obra llegó a manos del rey, que hizo llamarlo, naciendo a partir de entonces una amistad entre ambos.
La obra de Moro Historia de Ricardo III (History of King Richard III, c. 1513-1518), escrita en latín e inglés, aunque inconclusa, fue impresa en inglés de forma imperfecta en la Crónica (Chronicle) de Richard Grafton (1543) y usada por otros cronistas de la época como John Stow, Edward Hall y Raphael Holinshed, transmitiendo así material a William Shakespeare para su obra Ricardo III.
En 1515, Tomás Moro fue enviado con una embajada comercial en Flandes. Ese año escribió el libro segundo de Utopía y un año más tarde el libro primero; la obra completa fue publicada en Lovaina. En 1517 Tomás Moro entró a trabajar para el rey Enrique VIII: se lo nombró Master of requests y pasó a ser miembro del Consejo Real. Enrique VIII se sirvió de su diplomacia y tacto, confiándole algunas misiones diplomáticas en países europeos. Fue enviado en misión extranjera a Calais desde agosto a septiembre de 1517, para resolver problemas mercantiles.
En 1520 ayudó a Enrique VIII a escribir Assertio Septem Sacramentorum (Defensa de los siete sacramentos). A ello siguió su designación para diferentes cargos y su condecoración con distintos títulos honoríficos. En 1521 fue honrado con el título de knight (caballero) y designado vicecanciller del Tesoro. Ese mismo año su hija Margaret se casó con William Roper, quien sería el primer biógrafo de Tomás Moro. En 1524 fue nombrado High Steward (censor y administrador) de la Universidad de Oxford, de la que había sido alumno. En 1525 fue nombrado también High Steward de la Universidad de Cambridge y canciller del Ducado de Lancaster. En 1526 fue juez de la Cámara de la Estrella. Trasladó su residencia a Chelsea y escribió una carta a Iohannis Bugenhagen defendiendo la supremacía papal. En 1528, el obispo de Londres le permitió leer libros heréticos para refutarlos. Finalmente, se lo designó Lord Canciller en 1529. Fue el primer canciller laico después de varios siglos.
En 1530 no firmó la carta de nobles y prelados que solicitó del papa la anulación del matrimonio real. En 1532 renunció a su cargo de canciller. En 1534 se negó a firmar el Acta de Supremacía que representaba un repudio a la supremacía papal. El Acta establecía condena a quienes no la aceptaran y el 17 de abril del mismo año Moro fue encarcelado hasta ser decapitado el 6 de julio de 1535.
Moro vio a la Reforma protestante como herejía y una amenaza a la unidad de la iglesia y la sociedad. Sus primeras acciones en contra de la Reforma incluyeron ayudar al cardenal Wolsey a deshacerse de libros luteranos que se importaban clandestinamente en Inglaterra, espiar e investigar a presuntos protestantes, especialmente los editores, y detener a cualquier participante en la posesión, transporte o venta de libros de la reforma protestante.
Circularon rumores, durante y después del curso de su vida, sobre malos tratos a los herejes durante su etapa como ministro de Justicia. El popular polemista anticatólico John Foxe fue fundamental en la difusión de las acusaciones contra Moro en El libro de los mártires, alegando que utilizaba a menudo personalmente la violencia y la tortura al interrogar a los herejes. Más tarde, autores como Brian Moynahan y Michael Farris, citaron a Foxe al repetir estas acusaciones. Pero él negó estas acusaciones. Admitió que se encarceló herejes en su casa –«para mantenerles seguros»– pero rechazó totalmente las acusaciones de torturas y azotes.
En total fueron seis personas quemadas en la hoguera por herejía durante su período como canciller: Thomas Hitton, Thomas Bilney, Richard Bayfield, John Tewkesbery (curtidor de Londres declarado culpable por albergar libros prohibidos y condenado a la hoguera por no retractarse), Thomas Dusgate y James Bainham. Su supuesto papel influyente en la quema de Tyndale es denunciado por B. Moynahan.
Quemar en la hoguera era un castigo establecido desde hacía mucho tiempo para la herejía, una treintena de hogueras habían ardido en el siglo anterior a la cancillería de Moro, y siguió siendo utilizada por católicos y protestantes durante la agitación religiosa de las décadas siguientes. El historiador R. W. Chambers señaló que «Al mismo tiempo que Moro negaba con indignación las atrocidades atribuidas a él quería que todo el mundo supiera lo contrario, a saber que creía necesario prohibir la siembra de herejías sediciosas, y para castigarlas, en casos extremos, era necesario aplicar la pena de muerte a los que desafiaran tal prohibición». Y continuó diciendo: «Fue en vista de lo que se presentó en todas las partes por igual, el desafío abierto a la autoridad en asuntos espirituales de tal naturaleza que inducía al tumulto y la guerra civil, lo que ameritaba a sus ojos que se le castigase con muerte.»
Los historiadores están muy divididos respecto de las acciones religiosas de Moro como Canciller. Mientras biógrafos como Peter Ackroyd, historiador católico inglés, le atribuyen una posición moderada y hasta relativamente tolerante en la lucha contra el protestantismo, mediante colocar sus acciones en el clima religioso turbulento de su tiempo, Richard Marius, estudioso norteamericano de la Reforma, fue más crítico, al creer que las persecuciones, incluyendo lo que percibió como «la promoción de la exterminio de los protestantes», eran una traición a las convicciones humanistas de Moro. Marius escribió en su biografía de Moro: «Estar delante de un hombre en una inquisición, sabiendo que él se regocijará cuando muramos, sabiendo que nos enviará a la hoguera y sus horrores en un momento, sin vacilación ni remordimiento, si no hacemos lo que le satisface, no es una experiencia menos cruel solo porque nuestro inquisidor no nos azote, no nos torture o no nos grite ... Moro creía que ellos (los protestantes) debían ser exterminados, y mientras estaba en el cargo hizo todo en su poder para que ese exterminio sucediera.»  
Pero el historiador y académico alemán Peter Berglar, autor del libro La hora de Tomas Moro. Solo frente al poder (Die stunde des Thomas Morus. Einer gegen die Macht), señaló razones bastante diferentes para la ejecución de herejes de aquellas que inculparon a Tomás Moro. Berglar indicó que durante los doce años comprendidos entre 1519 y 1531, tiempo de influencia ascendente de Tomás Moro como vicecanciller del Tesoro (1521), portavoz de la House of Commons (1523), canciller del Ducado de Lancaster (1525), juez de la Cámara de la Estrella (1526), asesor del cardenal Thomas Wolsey en numerosos asuntos –como en los acuerdos con Francia de 1527–, hasta su nombramiento como Lord Canciller el 26 de octubre de 1529, no se pronunció ni una sentencia de muerte por herejía en la diócesis de Londres. En cambio, fue durante la caída en desgracia de Tomás Moro previa a su renuncia como Lord Canciller cuando recomenzaron las ejecuciones de herejes, por influencia de John Stokesley, nuevo obispo de Londres y líder de la Iglesia de Inglaterra, cuyo carácter de perseguidor fue bien conocido. Así lo apuntó Berglar:
Solamente cuando el clero inglés se hubo sometido al rey en febrero de 1531, y lo aceptó como cabeza de la Iglesia, «en cuanto sea compatible con la ley de Cristo», las hogueras volvieron a arder, como coartada de una ortodoxia inalterable, provechosa o hasta necesaria por razones políticas, en opinión tanto de Enrique como de los obispos, aunque quizá por motivos diferentes. Las víctimas sufrían una muerte cruel por «necesidades» de la razón de Estado. Pero estas «necesidades» cambiarían varias veces en los siguientes cincuenta años. En aquel momento, febrero de 1531, Moro no disponía ya de ningún poder que pudiera resultar peligroso para los herejes. De las tres quemas (conjuntas) de herejes en los últimos seis meses de la cancillería de Moro fue responsable el nuevo obispo de Londres, el sucesor de (Cuthbert) Tunstall, Stokesley. En resumen: No se le puede culpar a sir Thomas de persecuciones físicas de herejes. Sus manos no están manchadas de sangre. 
El rey Enrique VIII se enemistó con Tomás Moro debido a las desavenencias surgidas en torno a la validez de su matrimonio con su esposa Catalina de Aragón que Tomás, como Canciller, apoyaba. Enrique VIII había pedido al papa la concesión de la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón y la negativa de este supuso la ruptura de Inglaterra con la Iglesia de Roma y el nombramiento del rey como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. 
El monarca insistió en obtener la nulidad de su matrimonio a fin de poder casarse nuevamente para conseguir su deseo de tener un hijo varón, que Catalina de Aragón no podía ya darle. La nulidad hubiese borrado la infidelidad y le hubiera permitido un matrimonio válido a los ojos de la Iglesia católica, legitimando los hijos que pudiera tener de su matrimonio con Ana Bolena y todo hubiese quedado en un asunto intrascendente. 
Las sucesivas negativas de Tomás Moro a aceptar algunos de los deseos del rey acabaron por provocar el rencor de Enrique VIII. Luego de la ruptura con Roma, y tras negarse Moro a pronunciar el juramento que reconocía a Enrique como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, el rey lo encarceló en la torre de Londres.
Finalmente el rey, enojado, mandó juzgar a Moro, quien en un juicio sumario fue acusado de alta traición y condenado a muerte (ya había sido condenado a cadena perpetua anteriormente). Otros dirigentes europeos como el papa o el emperador Carlos V, quien veía en él al mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero no sirvió de nada y fue decapitado en Tower Hill una semana después, el 6 de julio de 1535. Está enterrado en una bóveda subterránea anexa a la capilla de San Pedro ad Vincula, que se encuentra en la torre de Londres. 
Mantuvo hasta el final su sentido del humor, confiando plenamente en el Dios misericordioso que le recibiría al cruzar el umbral de la muerte. Mientras subía al cadalso se dirigió al verdugo en estos términos: «I pray you, I pray you, Mr Lieutenant, see me safe up and for my coming down, I can shift for myself» («Le ruego, le ruego, señor teniente, que me ayude a subir, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo»). Luego, al arrodillarse dijo: «Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte». Finalmente, ya apartando su ironía, se dirigió a los presentes: «I die being the King's good servant—but God's first» («Muero siendo el buen siervo del rey, pero primero de Dios»). 
Moro no fue el único que estuvo en la encrucijada de si debía seguir al rey Enrique VIII o a la Iglesia de Roma. El por entonces recién creado cardenal John Fisher también pasó por el mismo trance; Enrique VIII le mandó el capelo cardenalicio cuando Fisher estaba en prisión, y fue también ejecutado. 
Tomás Moro fue beatificado junto a otros 53 mártires (entre ellos John Fisher) por el papa León XIII en 1886, y finalmente proclamado santo por la Iglesia católica el 19 de mayo de 1935 (junto con John Fisher), por el papa Pío XI; y su fiesta se estableció el 9 de julio. Ese día todavía es observado por los católicos tradicionalistas. Luego de una serie de reformas post-Vaticano II, su fiesta fue cambiada y su nombre añadido al santoral católico en 1970 para celebración el 22 de junio junto con John Fisher, el único obispo (debido a las muertes naturales coincidenciales de ocho obispos ancianos) que, durante la Reforma inglesa, mantuvo, por merced del rey, lealtad al papa.
El 31 de octubre de 2000, Juan Pablo II lo proclamó santo patrón de los políticos y los gobernantes, en respuesta a una idea del expresidente de la República Italiana Francesco Cossiga surgida en 1985, y presentada como petición formal el 25 de septiembre de 2000 con el aval de centenares de firmas de jefes de Gobierno y de Estado, parlamentarios y políticos.
En 1980, Moro fue añadido al calendario de Santos y Héroes de la Iglesia Cristiana de Inglaterra junto a John Fisher como "mártires de la reforma". Moro se conmemora el 6 de julio. 
Tomás Moro, Pedro Pablo Rubens 1625-1630. Museo del Prado.
La copia de obras de otros autores fue una práctica habitual en Rubens. Es muy destacable su interés por Hans Holbein el Joven (h.1498-1543). Si en su juventud había copiado la serie de grabados denominados Las imágenes de la Muerte, en sus últimos años abordó esta copia libre del retrato que el pintor alemán realizó en 1527 del humanista inglés Tomás Moro, hoy en la Frick Collection de Nueva York. Rubens eliminó algunos elementos accesorios, como un cortinaje y una cadena que el modelo porta al cuello en el original. La obra se documenta en una colección particular en Amberes en 1652, y aparece en 1746 en la colección de la reina Isabel Farnesio, en Madrid. Museo del Prado. 
Retrato de Tomás Moro, Hans Holbein el Joven. 1527. Frick Collection (Nueva York).
La simpatía de Holbein por este hombre, de quien fue huésped cuando llegó por primera vez a Inglaterra, es evidente en este retrato. Su brillante representación del rico atuendo y accesorios, hacen de esta pintura de Holbein una de las más populares. Hay varias versiones del retrato, pero esta es sin duda la original.
Tomás Moro y su familia, Hans Holbein el Joven. 1527. Nostell Priory, West Yorkshire.


Sir Thomas More and Family es una de las dos copias en tamaño real de Rowland Lockey  de una original de Holbein que se perdió en un incendio en el siglo XVIII. Está fechado 1593; Holbein murió en 1554. Probablemente fue comisionado por el nieto de More, Thomas More II, para conmemorar a las cinco generaciones de la familia. La National Portrait Gallery enumera los asistentes como:
Elizabeth Dauncey (née More) (1506-1564), segunda hija de sir Thomas More.
Cecily Heron (née More) (nacida en 1507), hija menor de Sir Thomas More.
Anne More (née Cresacre) (1511-1577), Esposa de John More, hijo de Sir Thomas More.
Cresacre More (1572-1649), bisnieto y biógrafo de Sir Thomas More.
Sir John More Sir Thomas More. Padre de Sir Thomas More.
John More (1510-1547), hijo de sir Thomas More.
John More (1557-1599?), Hijo mayor de Thomas More II.
Maria More (1534-1607), Esposa de Thomas More II.
Sir Thomas More Sir Thomas More (1478-1535).
Thomas More II (1531-1606), nieto de Sir Thomas More.
Margaret Roper Margaret Roper (1505-1544), hija de sir Thomas More.

Una versión en miniatura del gabinete de este retrato  1594 con diferentes detalles, también probable que fuera su autor Lockey, está en el Victoria and Albert Museum.

Arresto y ejecución de Sir Thomas More, Antoine Caron 1630. Museo de Blois,  Francia.

San Vicente de Paúl
San Vicente de Paúl  fue un sacerdote francés.
Es una de las figuras más representativas del catolicismo en la Francia del siglo XVII. Fue fundador de la Congregación de la Misión, también llamada de Misioneros Paúles, Lazaristas o Vicentinos (1625) y, junto a Luisa de Marillac, de las Hijas de la Caridad (1633). Fue nombrado Limosnero Real por Luis XIII, función en la cual abogó por mejoras en las condiciones de los campesinos y aldeanos.
Realizó una labor caritativa notable, sobre todo durante la guerra de la Fronda, una de cuyas consecuencias fue el incremento de menesterosos en su país.
Nacido de Juan de Paúl y de Beltranda de Moras (a veces escrito Mora sin "s"), originarios de Tamarite de Litera. No se sabe con seguridad su lugar de nacimiento, que está discutido entre Pouy y Tamarite de Litera. No existe registro de su nacimiento ya que la inscripción de partidas no se inició hasta 1648. Abelly dio como fecha de nacimiento el 1576, pero la mayoría de las biografías modernas decantan por aceptar la fecha de 1581, que no fue propuesta hasta 1920-1925 por Pedro Coste en París.
Según la teoría de Pouy, Vicente de Paúl nació en una pequeña casa rural en las afueras de la aldea de Pouy (que, desde el siglo XIX, se llama Saint-Vincent-de-Paul en su honor), a unos cinco kilómetros de la ciudad de Dax, en el departamento de las Landas, situado al suroeste de Francia. En el lugar de su nacimiento, conocido hoy como Berceau de Saint Vincent de Paul, se levanta una modesta construcción de ladrillo y vigas de madera muy parecida a la casa en que nació Vicente en abril de 1580 ó 1581 (el año exacto no es seguro). No existe registro de su nacimiento ya que la inscripción de partidas no se inició hasta 1645. 
Según la teoría de Tamarite. Los gentilicios Paúl, y Moras/Mora son frecuentes en el Alto Aragón y los infanzones de Aragón utilizaban la partícula "de" en sus apellidos. No existe registro de su nacimiento ya que todos los registros fueron quemados en 1936 durante la Guerra Civil Española. El biógrafo oficial Luis Abelly viajó a Pouy cuatro años después de la muerte de San Vicente y no pudo encontrar ningún dato sobre los abuelos ni siquiera sus nombres de pila, lo que induce a pensar que no era originarios de la zona, y que los habitantes de Pouy decidieron callar su origen aragonés, a fin de asignarse la gloria de ser el lugar de nacimiento. Abelly dio como fecha de nacimiento el 1576, pero la biografía actual acepta la fecha de 1581, que no fue propuesta hasta 1920-1925 por Pedro Coste en París. La primera noticia del establecimiento de los padres en Pouy es de 1581, que ser correcta la fecha de Abelly seria cinco años después del nacimiento de San Vicente. En Tamarite hay una calle dedicada a su nombre.
Era el tercero de seis hermanos. La modesta condición de la familia hizo que muy pronto el niño Vicente tuviera que contribuir con su trabajo de pastor de ovejas y de cerdos a la economía familiar. Pronto también dio muestras de una inteligencia despierta, lo que llevó a su padre a pensar que podía hacer una carrera eclesiástica. Cursó estudios primarios y secundarios en Dax, y posteriormente filosofía y teología en Toulouse durante siete años. Estudió también en Zaragoza. Fue ordenado sacerdote muy joven, a los veinte años, con la intención de ser párroco de inmediato y así poder ayudar a su familia. 
Una serie de peripecias no muy bien conocidas dio con él a los treinta años en París, donde encontró inicialmente algunas pequeñas ocupaciones sacerdotales, hasta que por recomendación de un prestigioso amigo sacerdote, Pedro de Berulle, posteriormente cardenal, entró en 1613 en la importante casa de los señores de Gondi como preceptor de los niños y posteriormente director espiritual de la señora.
Los viajes por las tierras de los Gondi llevaron a Vicente a un conocimiento de primera mano de las lastimosas condiciones de vida materiales y espirituales de la población campesina, y también del clero parroquial que les atendía con serias deficiencias. Esta experiencia y su propia evolución espiritual, cuyos perfiles exactos nos son poco conocidos, le llevaron a un decisión irrevocable de dedicar su vida sacerdotal, no a la promoción social de su familia o a la suya propia, cual había sido el caso hasta entonces, sino a la evangelización y redención de la población campesina y a la formación de sus sacerdotes.
A partir de esa decisión la vida de Vicente mantiene hasta su muerte a los ochenta años, en 1660, una línea constante de dedicación a la redención espiritual y material de los pobres.
Su visión, limitada en sus comienzos a la población campesina, se fue ampliando progresivamente hasta incluir condenados a galeras, enfermos pobres, niños abandonados, soldados heridos, esclavos, ancianos desamparados, mendigos, refugiados de guerra o nativos paganos de Madagascar. Movilizó para ello a sacerdotes (Congregación de la Misión, Conferencias de los Martes), a hombres y mujeres de la nobleza, de la burguesía y del pueblo llano (cofradías parroquiales de caridad y Damas de la Caridad), a jóvenes campesinas (Hijas de la Caridad); a todos ellos intentó contagiar con su propia visión del Evangelio y su experiencia cristiana, basada en las palabras mismas de Jesucristo en el Evangelio de san Lucas: "El Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos". 
La Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad
Vicente de Paúl fundó la Congregación de la Misión en 1625, gracias a una suma de dinero que los Gondi pusieron a su disposición el 17 de abril de ese año.
En 1633, junto con Luisa de Marillac, fundó la Compañía de las Hijas de la Caridad. Con Luisa a su lado, actuó como Superior General, presidiendo los frecuentes consejos, redactando una regla y resolviendo la base jurídica, un tanto revolucionaria, que haría de la Compañía una fuerza apostólica poderosa en los años venideros. Durante su vida, se erigieron más de 60 casas entre Francia y Polonia. Después, la Compañía llegó a ser una de las más grandes congregaciones de la Iglesia católica. La Congregación de María se extendió no solo por Francia y Polonia, sino además por Italia, Irlanda, Escocia, Túnez y Madagascar, Argelia, las Hébridas y las Orkneys. Ejerció como Superior General de la Congregación hasta su muerte, celebrando reuniones regulares del consejo, escribiendo sus reglas, dirigiendo las asambleas generales y resolviendo cantidad de problemas fundacionales, como conseguir la aprobación de la Congregación por la Santa Sede, decidir si se debían hacer votos, determinar cuáles debían pronunciarse y cuál debía ser su contenido.
En el proceso de guiar a los grupos que fundó, Vicente mantuvo una profusa correspondencia de más de 30 000 cartas, de las que solamente se conserva un diez por ciento. Dio frecuentes conferencias a la Congregación de la Misión y a las Hermanas. Únicamente se conserva un pequeño número de ellas y éstas son simplemente referencias de los copistas sobre lo que él decía. También dio conferencias a las religiosas de la Visitación, confiadas a su cuidado por Francisco de Sales en 1622. Ninguna de éstas se conserva.
De 1628 en adelante se fue comprometiendo en la reforma del clero, organizando ejercicios para ordenandos, las Conferencias de los Martes y retiros para sacerdotes. Abelly nos dice que más de 12 000 ordenandos hicieron los ejercicios en San Lázaro. En los últimos 25 años de su vida se encargó de la fundación de seminarios para el clero diocesano, obra que describió como "casi igual" y en otras ocasiones "igual" a la de las misiones. Llegó a fundar veinte. 
En 1638, se encargó de la obra de los niños expósitos. Más de 300 eran abandonados anualmente en las calles de París. Según los casos, asignaba un número de Hijas de la Caridad a la obra y tuvo 13 casas para recibirlos. Cuando, en 1647, esta obra estuvo en peligro, la salvó dirigiendo una elocuente llamada a las Damas de la Caridad para que vieran a los expósitos como a sus hijos. 
A partir de 1639, Vicente comenzó a organizar campañas para socorrer a los que sufrían por la guerra, las plagas y el hambre. Uno de los ayudantes de Vicente, el Hermano Mateo Regnard, hizo 53 viajes, atravesando las filas del enemigo disfrazado, llevando dinero de Vicente para auxilio de los que se encontraban en zonas de guerra.
De 1643 a 1652 sirvió en el Consejo de Conciencia, cuerpo administrativo selecto que aconsejaba al rey en lo referente a la elección de obispos. Al mismo tiempo fue amigo y a menudo, consejero, de muchos de los guías espirituales de su tiempo. En el año 1648, luego de la guerra de los Treinta Años, tiene lugar la guerra de la Fronda como resultado de la cual la pobreza azotó cruelmente París y otras poblaciones de Francia.
De las consecuencias de la devastación de la Guerra de la Fronda, por ejemplo, se pueden encontrar relatos hechos a través de cartas a Vicente de Paúl, enviadas por los misioneros de la Congregación de la Misión – padres Paúles. Dicen ellos: «Acabamos de visitar 35 aldeas del decanato de Guisa donde encontramos cerca de 600 personas, cuya miseria es tan grande, que se lanzan sobre perros y caballos muertos, después incluso de que los lobos hayan saciado el hambre. Solamente en Guisa hay más de 500 enfermos resguardados en huecos y en cavernas, lugares más apropiados para albergar animales que personas humanas».
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Los movimientos de insurrección se extendieron hasta 1653. Con cerca de 70 años de edad, Vicente de Paúl organizó ingentes programas de socorro que repartían sopa dos veces al día a miles de pobres en San Lázaro y alimentaban a miles más en las casas de las Hijas de la Caridad. Organizó colectas, llegando a recoger cada semana de 5 a 6 mil libras de carne, de 2 a 3 mil huevos y provisiones de ropa y utensilios.
En junio de 1660, las fuerzas de Vicente de Paúl comenzaron a flaquear, hasta su muerte en París el 27 de septiembre de ese año. Henri de Maupas du Tour, predicador de su funeral, declaró: "Poco le faltó para cambiar la faz de la Iglesia". Sus reliquias se conservan en París.
Fue beatificado el 13 de agosto de 1729, y canonizado el 16 de junio de 1737. Su festividad se celebra el 27 de septiembre.
San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac 
San Vicente Ferrer
Vicente Ferrer, fue un dominico valenciano, taumaturgo, predicador, lógico y filósofo. Sus viajes de predicación le granjearon el aprecio de la población de distintas regiones de Europa. Luego de su canonización, en 1455, se convirtió en el patrón principal de la Comunidad Valenciana: en su conmemoración se levantan, en las calles de Valencia, escenarios llamados "altares" donde los niños representan escenas de su vida y milagros.
A raíz de una célebre visión que tuvo en la ciudad de Aviñón en el año 1398, Vicente Ferrer comenzó a realizar constantes viajes de predicación por diversas ciudades de Europa, en especial las italianas. Durante estos viajes era acompañado por una gran multitud, en cuyo número se contaba un séquito de flagelantes que se azotaban las espaldas como purga de sus pecados. El santo solía viajar sobre el lomo un asno y alojarse en los conventos de frailes dominicos de las ciudades y pueblos en donde predicaba. Multitud de ermitas y altares recuerdan, en muchos rincones de la Europa occidental, anécdotas históricas o apócrifas sobre la multitud de milagros realizados por el propio santo, en su largo camino de predicación, o por sus reliquias.
La activa participación de Vicente Ferrer en el Compromiso de Caspe, donde fue elegido como rey de Aragón Fernando de Antequera, (miembro de la dinastía castellana de los Trastámara), resultó decisiva para el encuentro.
Vicente Ferrer nació el 23 de enero de 1350 en el seno de una familia acomodada del cap i casal, la ciudad de Valencia. Fueron sus padres Guillermo Ferrer y Constancia Miguel, quienes tuvieron tres hijas y tres hijos. Guillermo Ferrer era notario y estaba bien relacionado con las clases altas, lo cual le permitió conseguir para su hijo un bautizo con ilustres padrinos y el "beneficio de Santa Ana" en la Parroquia de Santo Tomás. Cuando éste nació, Valencia terminaba de sufrir la Peste Negra.
El joven Vicente se inició en los estudios en una de las múltiples escuelas de latinidad de Valencia. Tras haber ingresado en el Convento de los Predicadores de Valencia, en febrero de 1367 tomó el hábito dominico. Entre 1368 y 1375 fue enviado por sus superiores a profundizar sus conocimientos en Lérida, Barcelona y Toulouse. En Lérida, donde se encontraba el Estudio General de la Corona de Aragón, dio clases como profesor de Lógica.
Vicente trabajó activamente en conseguir solucionar el llamado Cisma de Occidente. En 1377 regresaban los Papas a Roma tras casi tres cuartos de siglo en Avignon. Pero al morir Gregorio XI se eligió a Urbano VI, lo que llevó a graves disturbios y momentos de tensión con denuncias sobre la legalidad de la elección. Las ausencias de algunos electores y las presiones francesas a las que se sumó el cardenal español Pedro de Luna conocido posteriormente como el Papa Luna, llevó a que un grupo de electores declarara nula en agosto la elección y eligiera el 20 de septiembre a Clemente VII. La Europa cristiana quedaba dividida entre los que obedecían a Roma y los de Aviñón. 
Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso, terminó por apoyar a Clemente VII y este delegó en Vicente Ferrer para intervenir en el reino de Valencia, donde ya se encontraba el delegado de Urbano VI.
Su actividad en Valencia a favor de Clemente VII fue intensa, lo que llevó a que el rey recibiera distintas cartas y denuncias unas a favor y otras en contra. Tal fue la situación que le llevó a renunciar voluntariamente a su cargo de Prior del Convento de los Predicadores, cargo que ostentaba desde hacía algún tiempo. Su apoyo a Avignon le llevó a escribir un tratado en 1380.
En esta época Vicente siguió su trabajo de predicación por todo el antiguo reino de Valencia, de las que tenemos constancia, como una Cuaresma en Segorbe u otra en Valencia capital. También hay que destacar su intervención en sentencias entre religiosos, o sus clases como profesor de teología en "La Seu" (catedral) de Valencia entre 1385 y 1390.
En 1394 fue elegido papa de Avignon Pedro de Luna como Benedicto XIII, y llamó a Vicente, le ofreció distinciones cardenalicias y obispados, pero Vicente no veía con buenos ojos el ambiente de la curia de Avignon y marcha al convento de los predicadores de la ciudad. El cisma le causaba un gran dolor interior, y en ese momento sufre una enfermedad que parecía llevarle a la muerte. El 3 de octubre tiene una visión que cambia el rumbo de su vida y desde ese momento se dedica a la predicación itinerante, a la que se consagra totalmente, recorriendo los caminos de Europa occidental a pie.
Vicente seguía siendo partidario de los papas de Avignon. Recordaba las plagas bíblicas y afirmaba que la novena plaga eran las tinieblas: durante tres días estuvieron hombres y mujeres sin verse el uno al otro y decía que esto significaba el Cisma y los tres días eran los tres papas que había en ese momento, Juan, Gregorio y Benedicto.
Tras su intervención en Caspe y en sus frecuente encuentros con el rey Fernando, Benedicto XIII y el emperador Segismundo tratan sobre la unión de la Iglesia. El 6 de enero de 1416, Vicente Ferrer en Perpiñán, leyó un documento por el que la Corona de Aragón se sustraía de la obediencia a Avignon. Al año siguiente en 1417 fue elegido Martín V como Papa de toda la Cristiandad.
Su participación es sin duda un hecho fundamental para el futuro de toda España, tanto en su época como posteriormente.
Su participación está documentada por su propio hermano Bonifacio que también participó como compromisario representando a Valencia.
Vicente llegó a Caspe en abril de 1412 y era el octavo compromisario por orden jerárquico, pero fue el primero, tal vez por su prestigio y peso moral en emitir el voto, y seguramente esto fue decisivo para el futuro de la Corona de Aragón y de la futura España. Su voto fue a favor de Fernando de Antequera y tras él, su hermano y otros tres compromisarios de Aragón y Valencia hicieron lo propio votando también por Fernando, dos compromisarios votaron por el Conde de Urgel, uno se abstuvo y otro no había formado una opinión.
Según algunas crónicas los partidarios del conde de Urgel trataron de asesinar a Vicente por tierras de Lérida. 
Vicente y otras religiones
Vicente Ferrer fue uno de los antisemitas más nefastos que existieron en la historia de España, su lema era «bautismo o muerte».De los judíos dijo que eran «animales con rabo y que menstrúan como las mujeres». Afirmaba que «los judíos tienen entre otros el más oculto y abominable oprobio pues les sale de la cara aquel exangue olor y amarillez de su rostro (...) La señal de Caín está puesta sobre ellos y es el olor que exhalan». Fue impulsor del pogromo de 1391 en el barrio judío de Valencia, donde actualmente se ubica la plaza San Vicente Ferrer; y en Toledo consiguió la transformación de la Sinagoga Mayor de Toledo en la Iglesia de Santa María la Blanca. Como resultado, bien de sus predicaciones, bien de la violencia de la revuelta antijudía de 1391, una gran cantidad de judíos se convirtieron al cristianismo, originándose a partir de entonces una importante comunidad de cristianos nuevos. Hay autores que niegan que Vicente Ferrer estuviera en Valencia en 1391, y que insisten en que nunca aprobó la violencia, aunque sí que pensaba que aquel quebranto era una buena oportunidad para intensificar la catequesis.
Su trabajo se vio facilitado por su conocimiento intenso del hebreo, las tradiciones, y las Escrituras.  
Vicente tuvo un trato especial con los convertidos, encargando su formación y educación en el cristianismo a personas seleccionadas, o como el converso musulmán Atmez Hannexa, que tomó el nombre de Vicente cuando se bautizó, del que se preocupó para que él y su familia tuvieran una pensión para su socorro y sustento, y pudiera predicar entre musulmanes y cristianos.
Le pidieron que asistiera al Concilio de Constanza, pero él optó por seguir con su trabajo y continuó predicando por Francia, evitando las zonas en guerra.
Recorrió el Mediodía francés, la Auvernia, pasando luego a la Bretaña, donde transcurrirán los últimos meses de su vida. Encontrándose gravemente enfermo, decidió partir hacia Valencia. Sufrió una terrible tempestad al salir del puerto de Vannes lo que él interpretó como una señal de Dios para que volviera a Vannes a pasar el resto de sus días. Falleció en Vannes el 5 de abril de 1419. Su sepulcro se halla en la catedral de dicha ciudad. 
En 1431, el Papa Eugenio IV ordenó estudiar el asunto de su canonización, pero ahora se interpuso el nuevo cisma de Amadeo de Saboya.
Nicolás V aconsejó a los frailes celebrar el Capítulo general de 1453 en Nantes y preparar el proceso. Y encargó que tres cardenales que investigasen la vida y los milagros del predicador; entre ellos estaba Alfonso de Borja, el futuro Calixto III, el primer Papa valenciano de dicha familia. Mantuvieron entrevistas con obispos, abades, frailes y gente común en Nápoles, Avignon, Toulouse y en la región de Nantes, interrogando a 28, 18, 48 y 310 testigos respectivamente.
Ya fue Calixto III, quien recibió las actas de estas investigaciones.
Calixto III solía "decir a los cardenales y al Maestro de toda la Orden fr. Marcial que siempre había tenido por cierto su pontificado desde que San Vicente se lo prometió". Se han realizado fundamentales aportaciones documentales, que nos muestran que ello no es fruto de los biógrafos, sino convencimiento del propio Calixto III que lo afirmó en numerosas ocasiones y recogieron autores muy cercanos a los hechos.
El 29 de junio de 1455 tras votarlo en el consejo de cardenales, Calixto III anunció la canonización de Vicente Ferrer (1435).
San Vicente Ferrer dio un mensaje para que lo llevaran a todos los valencianos, que podemos considerar como su testamento. El mensaje dice así:
"¡Pobre patria mía! No puedo tener el placer de que mis huesos descansen en su regazo; pero decid a aquellos ciudadanos que muero dedicándoles mis recuerdos, prometiéndoles una constante asistencia. y que mis continuas oraciones allí en el cielo serán para ellos, a los que nunca olvidaré".
"En todas sus tribulaciones, en todas sus desgracias, en todos sus pesares, yo les consolaré, yo intercederé por ellos. Que conserven y practiquen las enseñanzas que les di, que guarden siempre incólume la fe que les prediqué, y que no desmientan nunca la religiosidad de que siempre han dado pruebas".
"Aunque no viva en este mundo, yo siempre seré hijo de Valencia. Que vivan tranquilos, que mi protección no les faltará jamás. Decid a mis queridos hermanos que muero bendiciéndoles y dedicándoles mi último suspiro". 
De acuerdo con la leyenda popular, Vicente Ferrer logró varios milagros alzando su dedo índice, razón por la cual se lo conoce cariñosamente como "Sant Vicent el del ditet". En la iconografía se lo suele representar con el dedo índice alzado hacia el cielo y con un par de alas a sus espaldas. Este último atributo es debido a su autodenominación como legatus a latere Christi (una especie de representante personal de Cristo) y al título de "ángel del Apocalipsis" que le valieron sus sermones, durante los cuales solía tocar el tema del Juicio Final e incluso anunciar la inminente llegada del Anticristo (tal como hizo durante sus predicaciones en la ciudad de Toledo en 1411). 
San Vicente Ferrer, Juan de Juanes, 1545, Colección privada.
Retablo de San José y el Niño Jesús (Iglesia del Santo Rosario, Roma)
Retablo en madera policromada. Aparecen Santo Tomás de Aquino con la Suma Teológica, San José y el Niño Jesús y San Vicente Ferrer con la trompeta del juicio final e indicando al cielo. 
San Antonino de Florencia y San Vicente Ferrer, Fernando Yáñez de la Almedina, 1500, Museo Bellas Artes de Valencia.

Escenas de la vida de San Vicente Ferrer, Agnolo degli Erri, c1470)
De izquierda a derecha y de arriba a abajo.
La madre visita al obispo, Vicente es llevado al convento, Muerte del hermano Gilaberto, Conversión de judíos y sarracenos, Vicente habla con el papa, Aviñón, Oración frente a Cristo y María, El demonio molesta predicación, Vicente se traslada en su burro, Vicente sana los enfermos, El milagro del niño de Morella, Jesucristo se aparece a Vicente, Vicente se despide del papa. 

La madre de Vicente visita al obispo de Valencia
La madre de Vicente, casi como otra Beata Juana de Aza, oyó dentro de sí ladridos de mastín, y consultó al obispo de Valencia lo que podría significar esto; el obispo contestó que sería su hijo un cuidador fiel del rebaño de Cristo. 
El padre de Vicente lo lleva a los Dominicos para que se haga religioso.
El padre de Vicente soñó que un religioso dominico lo felicitaba porque le nacería un hijo santo, gran predicador y dominico. Sus padres, viendo sus santas inclinaciones, quisieron hacerlo religioso. Recordando el sueño, lo llevaron a los Dominicos. Tres días después, Vicente recibió el hábito. Tenía 17 años.  
Visita del superior de Oreola al santo; muerte del hermano Fr. Gilaberto.
Uno de los religiosos grandes y verdaderamente santos que acompañaban a San Vicente fue Fray Juan Gilaberto Jofré, mercedario. Era predicador y de constante virtud y santidad, fundador del Hospital General de Valencia. Era Comendador del Convento de la Madre de Dios del Puch. Oyó predicar a San Vicente, y viendo los muchos religiosos de varias Órdenes y sacerdotes seglares que lo seguían, junto a otros de su comunidad, siguió a San Vicente por algunos días. Pero un día San Vicente lo llamó y le dijo: "Hijo mío, debes volver a tu convento, que tus hermanos te necesitan allá, y disponte a otro mayor viaje que el que ha hecho hasta acá; confiésate y alaba a Dios por el camino". Obedeció Fr. Gilaberto, y cuando llegó a su convento del Puch, junto a la puerta de su iglesia, sus hermanos muy contentos salieron a recibirle. Los abrazó a todos y se cayó muerto. A la distancia, San Vicente le dijo a los que lo acompañaban: "Acaba de morir Fray Gilaberto, encomendémosle a Dios". (Después de 150 años de sepultado encontraron el cuerpo de Fray Gilaberto incorrupto).

San Vicente convierte al cristianismo a sarracenos y judíos.
En Toledo, ciudad rica y populosa, llena de moros y judíos, la elocuencia de Vicente habría de convertir innumerables almas. El tema de sus predicaciones en lugares con muchos judíos era la demostración de que en Jesucristo se habían cumplido todas las profecías. Ante una inmensa muchedumbre de cristianos, judíos y moros, consiguió su conversión y la transformación de una sinagoga en templo católico bajo la invocación de Santa María la Blanca. Este nombre le vino por la extraordinaria blancura de sus paredes. 
San Vicente habla frente al papa y los cardenales en Aviñón
El nuevo papa Luna, Benedicto XIII, llamó a Vicente a Aviñón y le nombró su confesor y capellán, Maestro del Sacro Palacio y Penitenciario de su corte. En tan alto puesto trabajó cuanto pudo en poner fin a tan funesto cisma. 
El santo es tentado en su habitación por el demonio mientras lee a San Jerónimo y la Virgen lo consuela.
Una noche estaba San Vicente Ferrer en su celda leyendo el libro "Contra Helvidium" de San Jerónimo, que habla sobre la virginidad de la Virgen María. Esto enardeció el amor de Vicente a esta virtud y le suplicaba a la Virgen le concediese la perseverancia y el más alto grado de pureza. En oración estaba cuando escuchó una voz que le decía que no podría conservar esa gracia, que la perdería muy pronto. Estas palabras llenaron de angustia al santo y redobló su oración a la Virgen María pidiéndole que le revelase de quién había sido esa voz tan infausta, a lo que la Virgen accedió, apareciéndosele rodeada de luz y gloria. Le manifestó que desechase todo temor, que esa voz que había oído era del demonio que intentaba apartarlo del camino de la perfección. 
El demonio en forma de caballos salvajes intenta interrumpir la predicación.
En Murcia, un Domingo de Ramos, predicando en una plaza ante diez mil personas, vieron venir tres caballos a todo galope y echando como fuego por las narices, la gente se asustó y quería huir, pero el santo dijo que se armasen con la santa cruz y nada temiesen. Así lo hicieron y los caballos huyeron por la parte opuesta, porque no eran caballos, sino demonios que querían impedir la predicación del santo. 
San Vicente cabalgaba en su burro
Para cumplir la voluntad de Dios que lo llama a viajar por innumerables lugares, San Vicente lo hace montado en humilde jumentillo, por habérsele abierto en una pierna una pertinaz llaga, de la que no se vio libre ya mientras vivió, no pudiendo en adelante hacer sus viajes a pie, tal como lo había hecho hasta entonces.

Un enfermo recibe la bendición de San Vicente y es sanado
Había en Montblanch un tal Mateo, que producto de una enfermedad, quedó sordo y tenía ataques de locura, donde agredía a la gente. Por eso la ciudad lo desterró y vagó años por montes y desiertos. En un sueño vio que Vicente le sanaba. Se dirigió a la ciudad y entró en la iglesia, donde el santo predicaba. Viendo la multitud de enfermos que le pedían la bendición, se mezcló entre ellos y le contó a Vicente el sueño que había tenido. San Vicente le tocó en la frente y le curó por completo. El enfermo agradecido, le acompañó durante ocho meses formando parte de los penitentes. 
Una madre enajenada mata y cocina a su hijo, pero San Vicente lo resucita
San Vicente estaba hospedado en casa de una mujer que padecía con frecuencia ataques de enajenación mental y que ponían a la familia en gran sobresalto. San Vicente ya había visitado este hogar y le había dado su bendición. Quedó muy tranquila, por lo que muchos creyeron que estaba completamente sana. Un día el santo estaba predicando, y la mujer que estaba sola en casa resolvió ofrecerle un banquete. En su insomnio le pareció que la carne de un niño que tenía sería lo mejor del banquete. Tomó un cuchillo e hizo pedazos al pequeño, asó una parte y guardó otra en su despensa. Vuelto a casa su marido no tardó mucho en averiguar la tragedia. Por su parte, San Vicente presintió que su presencia era urgente en esa casa y corrió hacia ella. Hizo reunir todos los pedazos del pobre niño, los arregló colocando cada uno en su lugar, y postrado de rodillas dirigió a Dios su oración. Apenas terminó, en presencia de todos, los pedazos se unieron y comenzó a renacer la vida. El niño abrió los ojos y miró dulcemente al santo. 
Jesús se aparece a San Vicente
Vicente trabajó cuanto pudo en poner fin a tan funesto cisma de la Iglesia, y no viendo buenas intenciones en Benedicto, dejó el Palacio y se retiró al convento de Dominicos en Aviñón. Allí oró y lloró tan intensamente los males de la Iglesia que al tercer día estuvo a punto de morir. A la tercera noche entró a su celda Jesús acompañado de Santo Domingo y San Francisco y muchos ángeles, y Jesús le dijo: "Levántate y anda, ve como apóstol por el mundo a predicar el Evangelio. Predica que el juicio final está cerca, a ver si los hombres se arrepienten. Yo estaré siempre contigo para que puedas actuar y recorrer por Europa. Morirás santamente lejos de aquí". Luego, con gesto cariñoso, Jesús tocó el rostro de Vicente y lo hizo levantar. 
El santo recibe el permiso del papa para ir a predicar el Evangelio a todas partes.
Después que Vicente recibió en una visión el mandato de Cristo de ir al mundo a predicar el Evangelio como "Legado a látere Christi", se fue a despedir del papa Benedicto. El papa le concedió su permiso y amplios poderes, nombrándolo especial Legado suyo.
San Vicente Mártir
Vicente de Huesca, conocido también como San Vicente Mártir, fue un clérigo español, diácono de san Valero de Zaragoza. Fue capturado y torturado bajo Diocleciano, por lo que la Iglesia lo venera como mártir.
Según la tradición, Vicente fue encargado de la predicación de la fe, a causa de un impedimento del habla que afectaba al obispo Valero.
Huesca, con una iglesia construida en el sitio de su casa natal, Zaragoza, donde estudió y desarrolló su actividad apostólica y Valencia, teatro de sus atroces tormentos y testigo de su glorioso triunfo, son las tres ciudades españolas que se disputan el honor de ser la cuna de San Vicente. El relato de su «pasión» leído en las iglesias, excitó la admiración universal. Algunos años después preguntaba Agustín en la Hipona africana: "¿Qué región, qué provincia del Imperio no celebra la gloria del Diácono Vicente? ¿Quién conocería el nombre de Daciano, si no hubiera leído la pasión del mártir?". (Sermón 276). Los papas San León Magno y San Gregorio celebraron al santo mártir en sus panegíricos, y San Isidoro de Sevilla y San Bernardo, en sus escritos.
Sus padres
Vicente era bello y aristócrata. Oriundo de una familia consular de Huesca, es el prototipo del ciudadano aragonés. Su padre, cónsul y su madre Enola, natural de Huesca, lo confiaron a San Valero, obispo de Zaragoza, bajo cuya dirección hizo rápidos progresos en la virtud. A los veintidós años, el obispo, que era tartamudo, le eligió diácono y le confió el cuidado de la predicación con lo que Valero, quedó en la penumbra. La actividad diaconal de Vicente se desarrolló durante una época relativamente serena y pacífica, pues en 270 el emperador Aurelio restableció la unidad del Imperio, y Diocleciano en 284 le dio una nueva organización, que favorecía la expansión de la Iglesia. Así se pudo cimentar el cristianismo en las regiones ya más evangelizadas y celebrar el Concilio de Elvira, que manifiesta una cierta madurez de la Iglesia en la Bética, ya en el 300.
La persecución de Diocleciano
Después se originó una nueva y sangrienta persecución, decretada por los emperadores romanos reinantes, Diocleciano y Maximiano, habían jurado exterminar la religión cristiana. En 303 se publica el primer edicto imperial: Todos los pobladores del imperio tenían que adorar al “genio” divino de Roma, impersonado en el Cesar.
Para llevar a cabo los edictos persecutorios, llega a España el prefecto Daciano, que permanece en la Península dos años, ensañándose cruelmente en la población cristiana. Entra en España por Gerona, y encargó el cumplimiento de los decretos imperiales al juez Rufino, pasando él a Barcelona donde sacrificó a San Cucufate y a la niña Santa Eulalia. De Barcelona pasó a Zaragoza. Arremetió contra los pastores para amedrentar al rebaño. En Zaragoza mandó prender al obispo y al diácono Vicente, pero no quiso entregarlos al suplicio. «Si no empiezo por quebrantar sus fuerzas con abrumadores trabajos, estoy seguro de mi derrota», pensaba. Les cargó pesadas cadenas, y ordenó conducirlos a pie hasta Valencia, haciéndoles padecer hambre y sed. En el largo viaje, los soldados les afligieron con toda clase de malos tratos. 

Camino de Valencia
Vienen a Valencia, colonia romana, por la Vía Augusta, extendida junto al Mediterráneo, para ser juzgados por Daciano. Antes de entrar en la ciudad, los esbirros pasaron la noche en una posada, dejando a Vicente atado a una columna en el patio, columna que se conserva en la parroquia de Santa Mónica, donde es venerada por los fieles. Ya en Valencia se les encerró en prisión oscura y se les dejó sin comer durante varios días. Cuando juzgó Daciano que estaban quebrantados, los mandó llamar, y se extrañó que estuvieran alegres, sanos y robustos. Desterró al obispo y al rebelde, que le ultrajaba en público, lo sometió al potro, para que aprendiera a obedecer a los emperadores. Le desnudaron, y le azotaron con tal saña, que las cuerdas y ruedas, rompieron los nervios del mártir; le descoyuntaron sus miembros, y desgarraron sus carnes con uñas y garfios de hierro. El mismo Daciano se arrojó sobre la víctima, y le azotó cruelmente. El cuerpo de Vicente es desgarrado con uñas metálicas. Mientras lo torturaban, el juez intimaba al mártir a abjurar. Vicente rechazaba sus propuestas: "Te engañas, hombre cruel, si crees afligirme al destrozar mi cuerpo. Hay dentro de mí un ser libre y sereno que nadie puede violar. Tú intentas destruir un vaso de arcilla, destinado a romperse, pero en vano te esforzarás por tocar lo que está dentro, que sólo está sujeto a Dios".
Daciano, desconcertado y humillado ante aquella actitud, le ofrece el perdón si le entrega los libros sagrados. Pero la valentía del mártir es inexpugnable. Exasperado de nuevo el Prefecto, mandó aplicarle el supremo tormento, colocarlo sobre un lecho de hierro incandescente. El grado supremo de la tortura era el lecho candente. A Daciano le enfurecía la serenidad de Vicente y le asombraba y, hastiado de tanta sangre, mandó devolverlo a la cárcel. Prudencio en su Peristephanon, describe el calabozo oscuro donde, sobre cascos de cerámica y piedras puntiagudas, yace Vicente con los pies hundidos en los cepos. Pero, de pronto, la cárcel se ilumina, el suelo se cubre de flores y el ambiente de perfumes extraños. Se rompen los cepos y las cadenas. Todo es como un retazo de gloria. El prodigio conmueve la ciudad. El cruel torturador, ordena que curen las heridas del mártir valeroso. Y mientras le curan, muere Vicente.
Nada puede quebrantar la fortaleza del mártir que, recordando a su paisano San Lorenzo, sufre el tormento sin quejarse y bromeando entre las llamas. Lo arrojan entonces a un calabozo siniestro, oscuro y fétido "un lugar más negro que las mismas tinieblas", dice Prudencio. Luego presenta el poeta un coro de ángeles que vienen a consolar al mártir. Iluminan el antro horrible, cubren el suelo de flores, y alegran las tinieblas con sus armonías. Hasta el carcelero, conmovido, se convierte a Cristo.
Daciano manda curar al mártir para someterlo otra vez a los tormentos. Los cristianos le curan. Pero apenas colocado en un mullido lecho, cubierto de flores, el espíritu vencedor de Vicente vuela al cielo. Dios le llamó a su testigo, teñido aún con la sangre martirial. Era el mes de enero del 304. El tirano, despechado, mandó arrojar a un muladar el cadáver de Vicente para ser devorado por las alimañas. Un cuervo lo defendió de los buitres y de las fieras. En el lugar donde fue tirado, se alza hoy la parroquia de San Vicente Mártir de Valencia. En la cripta del templo existe un mosaico impresionante, que representa al santo diácono muerto, calzado con cáligas romanas. Ordena Daciano mutilar el cuerpo y arrojarlo al mar.
Metido, pues, en un odre fue arrojado al mar, atado con una rueda de molino, de donde le viene el sobrenombre de “la Roda”. Las olas, más piadosas, lo devolvieron a la playa de Cullera donde lo recogió la cristiana Ionicia, lo enterró y los fieles cristianos comenzaron a venerarlo. Y el Ecl 51,1 pone en sus labios: "Me has salvado de la muerte, detuviste mi cuerpo ante la fosa. Me salvaste de múltiples peligros". El Señor le ha salvado, pero de otra manera... El es "el grano de trigo, que si cae en tierra y muere, da mucho fruto" (Jn 12,24). Su imagen es representada revestido de dalmática sagrada, con la palma del triunfo en la mano y junto al potro y la rueda de su tortura, o con una cruz, un cuervo y una parrilla. Es uno de los tres diáconos primeros que confesaron con su sangre la fe: Esteban en Jerusalén, Lorenzo en Roma, Vicente en Valencia. Su culto se extendió por toda la cristiandad.
Cuentan los relatos que preservado en el muladar y salvado de las aguas, fue enterrado en un modesto sepulcro junto a la vía Augusta, desde donde, como dice la Pasión litúrgica, fue llevado a la Iglesia Madre y puesto bajo el altar, en el “digno sepulcro” a que alude la misa mozárabe del santo. San Vicente llegó a ser el gran mártir de la Iglesia de Occidente, como san Lorenzo lo fue de Roma y de Oriente san Esteban, los tres diáconos. Las homilías de san Agustín predicadas en su fiesta difundieron más todavía su memoria. El martirio de san Vicente fue la semilla de la Iglesia en Valencia; en lugar de temor suscitó admiración, de modo que su sepulcro fue el centro de la primera comunidad y, cuando esta se institucionalizó y creció, el mártir se convirtió en el patrono de la misma y su valedor durante los años oscuros de la dominación musulmana. 
El poeta Aurelio Prudencio Clemente, nacido en Calahorra el año 348 en una familia de la aristocracia hispano-romana, había ejercido el cargo de prefecto en importantes ciudades, hasta que el emperador lo eligió para formar parte de su corte. Compatriota y casi contemporáneo de Vicente, compuso un hermoso poema en el que canta su martirio: Es el Peristéphanon, del cual estoy extrayendo datos y sorbiendo inspiración. Prudencio era hombre de gran cultura, profundo conocedor de los poetas clásicos, y heredero de una poesía latina cristiana, que surgida en el siglo IV, fue elevada por él a su punto culminante. En el siglo VII, San Isidoro de Sevilla, escribirá que puede ser considerado como el príncipe de los poetas cristianos: «Este dulce Prudencio de una boca sin igual, tan grande y tan famoso por sus diversas composiciones poéticas". La más amplia, la dedica a exaltar la figura de los mártires, el Peristéphanon o libro De las coronas, en la que sublima el culto literario de los mártires, amplificado ya en prosa en la literatura cada vez más novelada de las Actas y, sobre todo, de las Pasiones. Prudencio despliega en el Peristéphanon el arte de la narración lírica y dramática teñido de cierto sabor popular, afirma J. Fontaine.
En el interrogatorio, entre amenazas y coacciones, Vicente tuvo un gran protagonismo, tomando la palabra por Valerio y confesando valientemente su fe: Hay dentro de mí Otro a quien nada ni nadie pueden dañar; hay un Ser sereno y libre, íntegro y exento de dolor. Eso que tú, con tan afanosa furia te empeñas en destruir, es un vaso frágil, un vaso de barro que el esfuerzo más leve rompería. Esfuérzate, en castigar y en torturar a Aquel que está dentro de mí, que tiene debajo de sus pies tu tiránica insania. A éste, a éste, hostígale; ataca a éste, invicto, invencible, no sujeto a tempestad alguna, y sumiso a sólo Dios.
Admirable fue la fortaleza con que Vicente soportó tan terrible prueba. «Con clara reminiscencia virgiliana, dice Prudencio, que Vicente elevó al cielo los ojos porque las ataduras cautivaban sus manos:
Tenditque in altum luminaria vincla palma presserant.
De este tormento Vicente salió reforzado, y se le echa luego en un antro lúgubre».
La descripción de la cárcel, hecha por Prudencio, sólo pudo ser descrita por un testigo ocular: Hay en lo más hondo del calabozo un lugar más negro que las mismas tinieblas, cerrado y ahogado por las piedras de una bóveda baja y estrecha. Reina allí una noche eterna, que jamás disipa el astro del día; allí tiene su infierno la prisión horrible. Pero Cristo no abandona a su siervo y se apresura a otorgarle el premio prometido a la paciencia, puesta a prueba en tantos y tan duros combates. «Y en este momento el numen de Prudencio se hincha, como una vela, en un soplo pindárico... "Guirnaldas de ángeles ciñen con su vuelo la tenebrosa mazmorra". Se cumplía la profecía de Cristo: "Os entregarán a los tribunales, y os azotarán". Pero "no os preocupéis de lo que vais a decir, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros" (Mt 10,17).
Hemos de tener coraje para empezar desde cero y paciencia para aguardar a que el grano germine, y vaya creciendo. A nosotros nos toca sembrar, al Dueño de la mies dar el crecimiento (1 Cor 3,7). Dar valor a estas pequeñas cosas que hoy hacemos, y desechar las tentaciones de ir por caminos de espectacularidad, amar la siembra anónima y monótona, no agradecida, o desagradecida, sabiendo que ahí queda la semilla, portadora de germen vivo de vida nueva.
Las Iglesias más antiguas de la España romana, fueron fundadas o por Apóstoles, o por discípulos de los Apóstoles. No así Valencia, que estaba muy poco evangelizada, según afirma Lorenzo Ríber: “La ciudad de Valencia, antigua colonia romana, conservó tenazmente el culto de los dioses". La historia guarda silencio absoluto sobre el anuncio del Evangelio en los tres primeros siglos. El martirio de san Vicente en el año 304, es el primer testimonio cristiano de la Iglesia de Valencia, con lo que el joven diácono viene a ser el padre en la fe de Valencia. Como ocurrió en el resto de Hispania, los primeros cristianos en las actuales tierras valencianas debieron ser militares de paso y comerciantes provenientes del África romana, con la que existía una prolija red de comunicaciones comerciales. Alguno de los primeros evangelizadores conocidos, eran africanos. No podemos asegurar que hubiese una Iglesia constituida en torno a un obispo, como en otras ciudades de Hispania, pero no debieron faltar en una urbe tan bien comunicada como Valentia - situada entre Tarraco y Cartago Nova - actividades de evangelización, de reuniones litúrgicas y catequéticas aunque fueran clandestinas, con la asistencia de algún presbítero local o itinerante.

San Vicente funda la iglesia de Valencia
La Valencia cristiana entra definitivamente en la historia con el acontecimiento del martirio del diácono san Vicente a comienzos del siglo IV. Durante los tres primeros siglos de la era cristiana no tenemos datos de vida cristiana no sólo en la ciudad de Valencia y sus alrededores sino también en las otras ciudades del territorio desde la desembocadura del Ebro hasta el sur de Alicante. No sabemos la forma en que las persecuciones de los emperadores romanos durante los tres primeros siglos afectaron a los cristianos de nuestra región. En el año 304, la ciudad de Valencia es el primer lugar que entra documentalmente en la historia del cristianismo con el martirio del diácono de Caesaraugusta, Zaragoza, Vicente.
Sobre el cuerpo de Vicente enterrado en el surco, se levanta hoy la frondosa Iglesia Diocesana Valentina, que también está necesitando una nueva evangelización. ¿Quién quiere ser ese grano de trigo que cae, es olvidado, se pudre, pero que dará mucho fruto? Ofrecerse a ser grano es fruto de la gracia, porque a la naturaleza le gusta más cosechar que sembrar. Reza Dámaso, papa español y también poeta: "Vicente, que por tus tormentos nos escuche Cristo". 
Los reyes de Aragón
Casi siete siglos han de pasar, para que arraigue y se extienda la devoción al protomártir valenciano Vicente, propagada por los reyes de Aragón, que, desde la reconquista de Valencia, se han acogido a su intercesión. Ellos fueron los que demostraron interés por la basílica sepulcral del santo ubicada junto a la vía Augusta en los aledaños de la ciudad de Valencia, en torno a la que se formaría un poblado mozárabe, el arrabal de Rayosa, cuyo núcleo era la basílica de San Vicente de la Roqueta, iglesia matriz y como catedral de los mozárabes valencianos.
En 1172 Alfonso II, que pobló y dio fuero a Teruel, sitió a Valencia, y para levantar el cerco, exigió el dominio la iglesia de San Vicente. También Pedro II demostró su devoción al santo. Y su hijo, el rey D. Jaime I, heredó y superó, la devoción de sus antecesores a aquel joven diácono, venerado en toda la Cristiandad, en la “era de los mártires” de la persecución de Diocleciano. Y cuando el rey preparaba su cruzada, y en los momentos más álgidos y arriesgados, encomendaba a San Vicente la empresa.
San Vicente de la Roqueta fue el primer lugar que ocuparon en 1238 las huestes de Jaime I cuando conquistó Valencia. Llegaban desde el campamento del arrabal de Ruzafa. En su iglesia quedaría luego, pendiente de la bóveda del presbiterio, el histórico estandarte del "penó de la Conquesta”, “la Senyera”, que ondeó en la torre de Ali Bufat o del Temple, como señal de rendición de la ciudad musulmana, y que permaneció allí hasta que fue trasladado al Ayuntamiento. Cada año es bajado por el balcón, porque la “Senyera” no se inclina ante nadie, para presidir la procesión cívica hacia la Catedral para el Canto de Tedeum de acción de gracias por la Conquista.
El mismo Jaime 1 proclamó al mártir Vicente “el santo protector de la reconquista de Valencia”, como “Santa Maria”, bajo diversas advocaciones, y en Valencia, Nuestra Señora del Puig, lo era para todos los reinos de España. Existe un documento del 16 de junio de 1263 conservado en el Archivo de la Corona de Aragón, cuyo texto traducido dice: “Estamos firmemente convencidos de que Nuestro Señor Jesucristo, por las oraciones, especialmente del bienaventurado Vicente, nos entregó la ciudad y todo el reino de Valencia y los libró del poder y de las manos de los paganos.” La gratitud del rey Jaime I a San Vicente permanecería viva y encendida hasta el fin de sus días. Mandó construir una iglesia más grande y junto a ella, un nuevo monasterio y un hospital para pobres y enfermos. 
Patrón principal de Valencia
Valencia, compartiendo estos sentimientos de gratitud, aclamó a San Vicente como a su principal patrón. Y los magistrados de la Ciudad acordaron que el 9 de octubre de 1338, festa de Sant Donís, se celebrase el primer centenario de la Conquista con una procesó general, la cual partirá de la Seu e irá a la esglesya del Bonaventura mártir San Vicent per fer laors y gracies de la dita victoria.
La Santa Sede declaró 2003 año santo en Valencia por la celebración de los 1.700 años de su martirio. Es patrón de Valencia, Zaragoza y otras ciudades de España y Portugal. Se ha podido obtener indulgencia en la Catedral de Valencia, la parroquia de Cristo Rey, también en Valencia, donde fue inicialmente sepultado; las dos capillas conocidas como «las cárceles de San Vicente», en la calle del mismo nombre y en la plaza de la Almoina; y la iglesia de los Santos Juanes de Cullera.
La autenticidad de sus virtudes, vividas heroicamente en la sencillez de su vida ordinaria, quedó sancionada por su sangre derramada. Y la Iglesia correspondió a su eminente servicialidad con el homenaje de su rápido culto: San León Magno en Roma, San Ambrosio en Milán, San Isidoro en Sevilla y San Agustín en África son testigos de la amplia difusión de su fama. Tres basílicas dedicadas a su culto en la Roma medieval atestiguan la popularidad de su nombre. Es también uno de los pocos mártires mencionados en el Calendario de Polemio Silvio. El Liber Sacramentorum contiene una Misa en su honor. Su imagen, en actitud orante, con una gran tonsura, y revestido de la pérula, aparece en un fresco del siglo VI-VII en el cementerio de Ponciano, en Roma. Es honrado especialmente en Zaragoza, en Salona, Sagunto y Tolosa. Reliquias suyas se veneran en Carmona de Sevilla y en algunas ciudades de África. En la Catedral de Valencia se conserva al culto el brazo izquierdo del protomártir, regalado por Pietro Zampieri, de la diócesis de Pádua (Venecia), el 22 de enero de 1970. Vicente, el Vencedor, es uno de los tres grandes diáconos que dieron su vida por Cristo. Junto con - Corona, Laurel y Victoria - forma el más insigne triunvirato. Cubierto con la dalmática sagrada, ostenta en sus manos la palma de los mártires invictos, Vicente.
San Vicente Ferrer y San Vicente Mártir,  Juan de Juanes, Museo de Bellas Artes de Valencia)
El artista los pinta juntos ya que ambos son valencianos

San Vicente Mártir, Anónimo Pintura siglo XVI
Retablo de San Vicente Mártir, Bernat Martorell  Siglo XV. Museo Nacional de Arte de Cataluña.
Este retablo fue hallado en la ermita de la Santa Creu de Menàrguens, en las cercanías de Balaguer, por lo que se considera que su destino original sería el monasterio cisterciense de Santa María de Poblet, con una capilla dedicada a san Vicente en uno de los altares de la girola.
El retablo presenta tres calles y un banco. En la predela se representan cinco episodios de la vida de Cristo: el Prendimiento, Jesús ante Pilatos, la Flagelación, los Improperios y la Vía Dolorosa. En la tabla central se presenta la figura del santo con un libro, la cruz en aspa y la palma del martirio. En las tablas laterales se muestran cuatro episodios de su vida y martirio: la presentación de san Calero y su diácono Vicente ante Daciano, el gobernador de Hispania; el martirio del santo en una cruz aspada; el martirio en la parrilla; y la muerte del santo, cuyo cuerpo reposa en un lecho mientras su alma asciende a los cielos. En el remate se representa la Virgen de la Misericordia abrigando bajo su manto a san Benito, san Bernardo -protectores del Cister-, una reina, un rey y otros personajes secundarios. El guardapolvo muestra el monograma de Jesús y un báculo acompañado de las letras p y o, iniciales de Poblet.
En sus obras, Martorell presenta una gran afición por el detallismo, tanto en ambientes como en indumentarias, demostrando en sus excelentes composiciones su gran maestría técnica, apreciándose claramente en él la influencia de la pintura flamenca.



  

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