miércoles, 22 de marzo de 2017

Santos - Capítulo 4 (D-F)



Daniel (profeta)
Daniel es el profeta, autor y protagonista principal del Libro de Daniel, que se halla incluido tanto en el Tanaj como en la Biblia.
En el libro de Ezequiel se nombra a cierto Daniel como una persona de excepcional sabiduría y rectitud (Ez. 14: 14, 20 y 28: 3). También aparecen mencionados otros dos personajes con el mismo nombre, a saber: Daniel, hijo de David (1 Cr 3:1 y 2 Sam 3:3) y Daniel hijo de Itamar, de familia sacerdotal, uno de los exiliados que retornaron con Esdras en 458 a.E.C. (Esd 8:2).
Daniel suele traducirse como 'Dios es mi Juez' o 'Juicio de Dios'. La Enciclopedia Judaica lo interpreta, a la luz de Gén 30,6, como 'Dios es el defensor de mi derecho'.
En el judaísmo Daniel es considerado el autor del libro homónimo, el cual es parte de los Ketuvim, pero no un profeta. Los cristianos, en cambio, lo incluyen entre los profetas mayores. En las Iglesias católica y ortodoxa también es venerado como santo.
En la tradición islámica, aunque no sea mencionado por el Corán, se le considera igualmente un profeta.
Las únicas referencias a Daniel se encuentran en el libro bíblico que lleva su nombre las cuales pueden complementarse con los datos suministrados por Flavio Josefo cuya fuente última se ignora. Según estas tradiciones; Daniel pertenecía a una familia noble del Reino de Judá, tal vez emparentada con la realeza.
En su juventud, según se infiere de las secciones deuterocanónicas de su libro tendría unos catorce años, fue conducido cautivo a Babilonia, luego de la caída de Jerusalén en 587 a. C. Siendo todavía un adolescente tuvo una intervención decisiva en el proceso contra Susana. Esta mujer, joven y bella, había sido acusada injustamente de adulterio por dos de los ancianos de la comunidad de los desterrados; Daniel no solo defendió su inocencia sino que probó, por medio de un hábil interrogatorio, que los propios denunciantes eran quienes habían acosado a la mujer, calumniándola al no haber cedido a sus deseos.  

Formación
Nabucodonosor II, según el relato bíblico, ordenó escoger un grupo de jóvenes hebreos para ser educados, después de lo cual entrarían al servicio del rey. Los elegidos fueron Daniel y tres jóvenes de su misma tribu: Ananías, Misael y Azarías quienes fueron confiados al cuidado de Aspenaz,  jefe de los eunucos.
Los jóvenes fueron introducidos en la cultura mesopotámica, aprendiendo su lengua, su escritura y su tradición literaria motivo por el cual recibieron nombres en lengua acadia tardía, el texto bíblico los transcribe como Beltsasar o Baltasar (Balâtsu-usur, 'Bel protege al rey'), para Daniel, y Sadrac, Mesac y Abednego, para los otros tres jóvenes respectivamente. Fueron alojados en el palacio real, hoy identificado con la zona arqueológica de Kasr, en la margen occidental del Eúfrates.
La tradición judía sostiene que estos jóvenes fueron convertidos en eunucos.
Daniel y sus compañeros, no obstante residir en la corte, mantuvieron sus prácticas kosher de alimentación revelándose, siempre según el relato de su libro, que este régimen los hacía más saludables que los demás jóvenes que vivían en el palacio. Después de una formación de tres años, Daniel y sus tres compañeros, fueron presentados ante Nabucodonosor quien, dice el texto: "los halló diez veces mejores que todos los magos y astrólogos que había en su reino". 

En la corte de Babilonia
En el segundo año del reinado de Nabucodonosor, el monarca tuvo un sueño que lo dejó profundamente angustiado, por lo que convocó a sus astrólogos y expertos en artes adivinatorias, y les exigió lo interpretasen. Mas, para asegurarse de que no lo engañaran en el momento de interpretar su sueño, los puso a prueba explicándoles que existía una gran dificultad: les dijo que había olvidado su propio sueño.
Angustiante o no, lo cierto es que un sueño que ha sido olvidado difícilmente puede ser interpretado. Ante la falta de respuesta satisfactoria de parte de sus sabios, el rey se irritó y ordenó que los ejecutasen. Daniel, que no había estado presente en ese episodio, fue también arrestado pero, al enterarse acerca de lo ocurrido, habló con Arioc, jefe de la guardia, y solicitó un plazo para poder responderle al soberano. La petición le fue concedida. Entre tanto, Daniel y sus compañeros oraron a Yahveh pidiendo les revelase el misterio.
Esa noche, en una visión, le fue revelado a Daniel el sueño del monarca y, al día siguiente, el profeta se presentó en la corte proporcionando subsecuentemente el relato del sueño de Nabucodonosor así como también su correspondiente interpretación. Este hecho marcó el reconocimiento de Daniel, quien fue subsecuentemente nombrado gobernador de la provincia de Babilonia y jefe de sabios y expertos. Del mismo modo, los tres jóvenes judíos recibieron importantes cargos en la administración imperial.
Daniel permaneció en la corte real durante todo el reinado de Nabucodonosor y continuó ligado a ella cuando Belsasar le sucedió en el trono. El libro de Daniel omite la existencia de Evilmerodac, Neriglisar, Labashi-Marduk y Nabonido, considerando a Belsasar haber sido hijo de Nabucodonosor. Algunos autores postulan que el término hijo no se utiliza literalmente, sino con el sentido de descendiente.
En esos años los relatos mencionan el episodio del ídolo de oro, en el cual los tres jóvenes fueron arrojados a un horno ardiente, y otro que, presentado como un testimonio del propio rey, narra la transformación de Nabucodonosor en bestia.  

El banquete de Belsasar
El siguiente episodio de la vida de Daniel registrado en el libro de su nombre es el banquete de Belsasar. En esa ocasión el soberano corregente de Babilonia ya que el monarca primero era su padre Nabónido celebraba un festín en compañía de sus nobles cuando tuvo la ocurrencia de beber en los vasos sagrados substraídos del Templo de Jerusalén. De inmediato una misteriosa escritura apareció en la pared, trazada por una mano espectral, la cual ninguno de los sabios fue capaz de interpretar. Llamado Daniel, por sugerencia de la reina quien recordaba su desempeño de otrora, éste censuró al rey y, sin aceptar sus promesas de obsequios, descifró la escritura. El texto anunciaba, en arameo, la caída de Babilonia en manos de los persas.
Belsasar cumplió lo prometido y nombró a Daniel tercer señor del reino, pero esa misma noche la ciudad fue tomada y el rey, muerto.
Banquete de Belsasar, Rembrandt 

En el foso de los leones
Pintura de Peter Paul Rubens.

A tenor de lo narrado por el libro de Daniel, el conquistador de Babilonia y sucesor de Belsasar, fue Darío, el medo, personaje desconocido por la historia.
Bajo el reinado de este soberano tiene lugar un complot de los sátrapas contra Daniel que derivó en su encierro en el pozo de los leones; esta intriga se valió de la fidelidad a Dios del protagonista, pues un edicto caprichoso sugerido al rey por aquellos prohibía cualquier petición, fuera a un dios o a un hombre excepto el soberano, durante 30 días (Daniel 6:1-9). Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró a su casa y oró tres veces al día, como lo solía hacer anteriormente; entonces dichos hombres lo hallaron orando a Dios, por lo que fue acusado de violar el edicto real del rey y, por ello, arrojado al foso de los leones (Daniel 6:10-16).
En el foso de los leones el profeta no sufrió daño alguno.
A la mañana siguiente, cuando Darío comprobó el portento, ordenó liberar a Daniel y echar al foso a sus acusadores, quienes perecieron inmediatamente al ser brutalmente devorados por las bestias (Daniel 6:19-28).
En esas mismas secciones se menciona la sucesión de Astiages, la entronización de Ciro II el Grande y el episodio por el cual Daniel revela el fraude de los sacerdotes de Bel que habían convencido al rey de que el dios comía las ofrendas, siendo que eran ellos quienes lo hacían.  

El profeta
Durante gran parte de su vida, cuenta el libro homónimo, Daniel recibió diversas visiones apocalípticas que anunciaban, por medio de símbolos y claves numéricas, la instauración del Reino de Dios sobre la tierra. 

Muerte de Daniel
Acerca de la muerte de Daniel no existen testimonios bíblicos y las tradiciones posteriores no aclaran si regresó al territorio de Judea o permaneció en Mesopotamia, pero esto último parece lo más seguro.
Dado que aún vivía durante el reinado de Ciro, en Babilonia a partir de 539 a.E.C., es posible que alcanzara una edad centenaria. Su muerte se sitúa, entonces, entre el tercer año del reinado del mencionado soberano persa, es decir entre 536 y 530 a.E.C., cuando muere Ciro (pues ya no se menciona su presencia en tiempos de Cambises). Es muy probable que tuviera lugar en Babilonia pero, dado que su tumba se veneraba en Susa, algunos autores se inclinan por esta última ciudad.
Según el libro de Daniel, este profeta recibió dos visiones durante el primer y el tercer año de Belsasar. En ellas diferentes animales fantásticos aparecieron ante su vista para representar la sucesión de reinos posteriores al Imperio Babilónico hasta un tiempo indeterminado cuando serían destruidos y alguien como un hijo del hombre que representa probablemente a "los santos del Altísimo", es decir el resto del pueblo judío, asumiría el poder en un mundo renovado.
Quizás la más célebre profecía atribuida a Daniel sea la de las Setenta Semanas. La narración bíblica dice que en el primer año del mencionado rey Darío, Daniel constató en los escritos de Jeremías que se aproximaba el fin de los setenta años de desolación de Jerusalén. Recibió entonces, según el hagiógrafo, una revelación transmitida por medio de Gabriel donde se anunciaba la reconstrucción de la ciudad, la muerte de un Ungido (Mesías) y el cumplimiento de todas las profecías. La predicción fijaba los plazos para estos eventos por medio de semanas que, según todos los comentaristas, corresponden a períodos de siete años.
Más tarde, siempre a tenor del libro bíblico, cuando corría el tercer año de Ciro (536), Daniel recibió nuevas visiones apocalípticas donde se le muestra a los ángeles protectores de Persia, Javán (Grecia) e Israel contendiendo en favor de sus respectivas naciones. También se le anuncian invasiones y guerras en la tierra de Israel, protagonizadas por personajes enigmáticos designados como el rey del norte y el rey del sur, posiblemente algunos de los soberanos helenísticos. 

Daniel como personaje histórico
Existe una referencia sobre Daniel en el libro de Ezequiel (capítulo 14:14); en la misma se lo considera como un modelo de sabio, esto ha llevado a considerar que el pasaje se refiere a Danel, un mítico héroe cananeo y fenicio. Los defensores de la historicidad del personaje sostienen que, puesto que en dicha referencia se le considera justo, es improbable que Ezquiel elogiara a Danel, un adorador de dioses paganos.
La tendencia entre los comentaristas bíblicos que utilizan el método de análisis literario es, por contrario, que el libro de Daniel sería un relato popular destinado a subrayar algunos temas importantes para la nación judía en años previos a la persecución de Antíoco Epífanes. El lenguaje del libro y la minuciosidad de las descripciones de Antíoco tienden a sugerir esta noción.  

Conmemoración litúrgica
La Iglesia Ortodoxa Oriental celebra la fiesta de San Daniel, el Profeta junto con la de Los Tres Jóvenes el Domingo de los Santos Patriarcas que suele caer entre el 11 y el 17 de diciembre, es decir el último domingo antes de la Navidad. La profecía del capítulo 2 de su libro (Dn. 2:34-35), sobre la piedra que destruyó al ídolo de los pies de barro, suele ser usada en la himnología como una metáfora de la Encarnación. Así la "piedra" es Cristo y el que haya sido "no cortada por mano humana" se refiere al nacimiento virginal, siendo la Virgen María, o la Theotokos, la "montaña no cortada".
En la Iglesia Católica, su onomástico se celebra el 21 de julio.
También es conmemorado en el Calendario de los Santos de la Iglesia Luterana de Missouri junto con los Tres Jóvenes el 17 de diciembre, coincidiendo con la celebración ortodoxa.
La Iglesia Copta, por su parte, lo celebra el 23 de Baramhat, equivalente al 3 de abril.  

En la literatura rabínica
Según la tradición rabínica, Daniel pertenecía a la realeza; su destino fue profetizado por el propio Isaías cuando le dijo al rey Ezequías: "y tus hijos, que tú has engendrado, serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia" También se alaba a Daniel con estas palabras: "Si estuviera en un platillo de la balanza y todos los sabios de los gentiles en el otro; él sería más pesado que todos ellos". Se dice que Nabucodonosor lo admiraba mucho, a pesar de que se hubiese negado a rendirle honores divinos y que cuando el joven le reveló el sueño que había olvidado no tuvo ninguna duda de que su interpretación del mismo era correcta. 

Daniel en el Islam
Los musulmanes consideran a Daniel como un profeta, a pesar de no ser mencionado en el Corán. Las tradiciones islámicas dicen que predicó en el Iraq durante los reinados de los reyes persas Lahorasp y Ciro, a los cuales enseñó la unicidad de Dios y exhortó al pueblo a retornar a su culto. El historiador Al Tabari cuenta que Daniel resucitó con sus plegarias a una multitud de personas muertas mil años atrás, un episodio que historiza la parábola de Ezequiel 37 1 10. Ciro lo había hecho cargo de la enseñanza de la verdadera religión, cuando Daniel le pidió permiso para reconstruir el Templo y retornar a Palestina, el rey accedió al primer pedido pero rehusó dejarlo ir alegando que “si tuviera mil profetas como tú, quisiera que todos se quedasen conmigo”. En otras tradiciones, sin embargo, se considera al profeta como rey de Israel tras el retorno de la Cautividad de Babilonia. Se atribuye también a Daniel la invención de la geomancia ("'ilm al-raml") y la autoría del libro "Usul al-Ta'bir" (Principios de la Interpretación de los Sueños). Al Masudi dice que en realidad hubo dos Daniel. El Antiguo, quien vivió entre la época de Noé y la de Abraham; autor de las mencionadas ciencias y Daniel, el Joven, tío materno de Ciro autor del "Kitab al-Jafar" (Libro de la Adivinación) y de numerosas predicciones sobre los reyes de Persia.

Daniel en la tradición occidental
Daniel ha sido una figura muy importante en la tradición cristiana en razón de mencionada Profecía de las Semanas que anunciaría, según algunos teólogos, con exactitud el nacimiento y la muerte de Jesucristo. Del mismo modo sus predicciones sobre guerras apocalípticas y la sucesión de los Imperios lo hicieron un favorito de los predicadores de la Parusía, en especial a la hora de calcular la fecha de tal evento. Como un joven estudioso, pleno de confianza en Dios, aparece en los diseños del Renacimiento, en especial en los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. En los siglos XIX y XX, la figura histórica del profeta fue cuestionada por los estudiosos de la antigüedad mesopotámica en razón de las incongruencias entre los relatos de su libro, que parecería corresponder al siglo IV o III a. C., y los hechos históricos.

El profeta Daniel, Miguel Ángel 1511. Capilla Sixtina (Ciudad del Vaticano).
 El fresco forma parte de una serie puesta en la base de la capilla en la que figuran, alternándose, los profetas del Antiguo Testamento junto a las Sibilas paganas. Estos profetas y sibilas ocupan espacios triangulares, y son las figuras más grandes del conjunto de la Bóveda de la Capilla Sixtina.
Es una figura enmarcada en una arquitectura en trampantojo. Daniel aparece sentado, como los demás profetas y las sibilas, sobre un trono de piedra o mármol, y entre dos pilares con dos columnillas de oro cada uno. En los pilares de mármol están pintadas esculturas simuladas de pequeños amorcillos desnudos. Debajo de ella aparece su nombre en latín: DANIEL
Esta figura resume el estilo de Miguel Ángel. Es una pintura escultural que demuestra los conocimientos de anatomía del autor. Daniel es un joven atlético. Tiene un escorzo audaz. Con ayuda de un geniecillo, Daniel sostiene un libro y entrecierra los ojos para copiar los textos en otro pergamino.

Su expresión es turbia y se muestra extrañado y preocupado por la visión que acaba de tener. Miguel Ángel equilibra las masas llenas con los espacios vacíos. Los colores prefiguran el manierismo: los tintes claros y metálicos, ricos en cangiati (pasos del amarillo al verde, del violeta al malva) (Carrassat).
La luz ilumina de lleno su brazo izquierdo mientras que su cara y su otro brazo se oscurecen en la sombra, así como el personaje extraño e impreciso que aparece detrás de él. 

La leyenda de la Casta Susana nace en la BIBLIA. En el llamado “Libro de Daniel”, capítulo 13, aparece este episodio, la historia de Susana.
La narración, en su versión original, podría estar escrita en hebreo o en arameo. Por lo que se puede deducir, el texto seguramente empezó siendo independiente del Libro de Daniel, quizá formaba parte de las antiguas tradiciones que se habían tejido alrededor de este Profeta del Siglo VI.
("Susana y los viejos"- Artemisia Gentileschi 1593-1654)

La historia de Susana, escrita en tercera persona y con muchos detalles acerca de los personajes que intervienen, es conmovedora y pretende ejemplificar que la sabiduría no tiene que ver con la edad, ya que los niños y jóvenes pueden ser más prudentes que los ancianos. Susana es joven y se enfrenta a unos ancianos que se supone que, por edad, han de ser justos y rectos y resulta que son malvados y lascivos, mientras ella sigue siendo pura y honrada. Una lección que da el narrador acerca de las apariencias que, pueden ser engañosas.
Susana, es un nombre bíblico, en hebreo es Susan, que significa "lirio". Muy probablemente está emparentado con el árabe a-suçena, que en español quedó "azucena," nombre de una liliácea, de la familia de los lirios.
Ella es una mujer devota y muy hermosa. Está casada con Joaquín y tiene hijos, Su hombre goza de prestigio y riquezas y sus padres son personas buenas, que le han dado a su hija una buena educación:
“Moraba en Babilonia un varón cuyo nombre era Joaquín. Había tomado por mujer a una llamada Susana, hija de Helcías, muy hermosa y temerosa de Dios, pues sus padres, que eran justos, la habían educado en la Ley de Moisés. Era Joaquín muy rico y tenía contiguo a su casa un jardín” (13, 1-4).

("Casta Susana"- Jan Metsys - 1509-1575)

No obstante, la desgracia se ceba con ella y un buen día su honradez se pone en tela de juicio. Los esposos acogían en su casa a distintas personas. En el hecho que se narra habían recibido a dos jueces, dos ancianos elegidos por el pueblo que, en lugar de ser unas personas honradas, resultaron ser unos pervertidos.
Así, se aprovecharon de la amistad que tenían con Joaquín, el marido de Susana, para contemplarla y espiarla:
“Aquel año habían sido designados jueces dos ancianos. Frecuentaban estos la casa de Joaquín, y a ellos venían cuantos tenían algún pleito. Hacia el mediodía, cuando el pueblo se había retirado, entraba y paseaba Susana en el jardín de su marido, y, viéndola cada día los dos ancianos entrar y pasearse, sintieron pasión por ella. Y, pervertido su juicio, desviaron sus ojos para no mirar al cielo ni acordarse de sus justos juicios” (13, 5-9).
Tintoretto. Susana y los viejos. Hacia 1560-1565. Museo de Historia del Arte. Viena. 

Susana solía descansar en el jardín o bañarse en la piscina y los dos ancianos, que conocían perfectamente las costumbres de la joven, la espiaron, por separado, muchas veces. Los dos estaban obsesionados con Susana, aunque ninguno lo decía. Hasta que ambos descubrieron que el objeto de su pasión era la joven y decidieron seducirla juntos.
Un día, muy caluroso, Susana se baña y, mientras las criadas se ausentan, los dos ancianos, que se habían escondido en el jardín, se precipitan sobre la joven y la presionan:
“Las puertas están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos pasión por ti; consiente, pues, y entrégate a nosotros; de lo contrario, daremos testimonio contra ti de que estabas con un joven y por esto despediste a las doncellas” (13, 20-21).
Las puertas de su casa, pues, están cerradas y los dos ancianos, lascivos y llenos de concupiscencia se lanzan sobre la chica y le piden relaciones sexuales. Si no accede la acusarán de adulterio con un joven y ellos serán los testigos.
Susana no sabe qué hacer, se encuentra en un callejón sin salida. Los dos jueces la acusarán de adulterio, delito que está penado con la muerte. Nadie la creerá si dice que ha sido acosada por ellos. No obstante, Susana decide una solución valiente:
“Rompió a llorar Susana, y dijo: Por todas partes me siento en angustia, porque, si hago lo que proponéis, vendrá sobre mí la muerte, y si no lo hago, no escaparé a vuestras manos. Más prefiero caer inculpable en vuestras manos a pecar ante el Señor” (13, 22-23).
Susana prefiere morir que pecar. Es fiel a sus ideas y a su educación. Grita y hace un escándalo. Los ancianos mienten y Susana cree que no tiene salida.
Nadie la puede ayudar puesto que son jueces y además ancianos.
La citan al juicio al día siguiente y será sentenciada a morir apedreada. Susana acude con sus padres, sus hijos y sus parientes al juicio.
Se ha tapado la cara. Los viejos exigen ver su cara para disfrutarla por última vez y ponen sus manos en ella, mientras Susana llora:
“Iba cubierta, y aquellos malvados mandaron que se descubriese para saciarse de su hermosura” (13, 32).
("Susana"- Théodore Chassériau - 1819-1856) 

Los ancianos la acusan y dan todo tipo de detalles. Susana es calumniada y la condenan a muerte, aunque ella proclama su inocencia con gesto desesperado. No quiere morir sin que se sepa la verdad y se dirige a Dios:
“Levantó entonces Susana la voz y dijo: “¡Dios eterno, conocedor de todo lo oculto, que ves las cosas todas antes de que sucedan! Tú sabes que han declarado falsamente contra mí. Tú sabes que muero sin haber hecho nada de cuanto éstos han inventado inicuamente contra mí” (13, 42-43).
Uno de los asistentes, Daniel (el Profeta Daniel, que entonces era casi un niño), cree en la inocencia de la joven y cuando llega el día de lapidación, Daniel, que significa “Dios es mi juez”, grita:
“Yo soy inocente de esta sangre. Y todo el pueblo se volvió hacia él, diciéndole: ¿Qué significan estas palabras que has proferido? Y él dijo: ¿Tan insensatos sois, hijos de Israel, que, sin inquirir ni poner en claro la verdad, condenáis a esa hija de Israel? Volved al tribunal, porque éstos han testificado falsamente contra ella” (13, 46-49).
Sebastiano Ricci. Susana ante Daniel. 1726. Galería Sabauda. Turín.
Detalle 

Daniel en el foso de los leones, Peter Paul Rubens, 1615
Se representa el episodio bíblico de Daniel en el foso de los leones, en el que el profeta Daniel es arrojado al foso de los leones tras la encerrona de los consejeros del rey persa, Darío. Estos convencieron al rey a firmar un edicto de obligado cumplimiento para que nadie orara a ningún dios u hombre al margen del propio monarca, lo que contravenía la Ley Mosaica que seguía Daniel.
Al continuar con su rutina de adoración de su Dios, Daniel se hizo culpable y fue arrojado al foso de los leones, pero Dios milagrosamente cerró la boca de las fieras y el profeta sobrevivió. La norma durante siglos fue representar a Daniel entre dos leones simétricos debido al origen persa de la escena, que evolucionó hacia una iconografía cada vez más compleja
Daniel aparece en medio de ocho leones que reflejan distintos estados de ánimo, desde los indiferentes a los más fieros, hambrientos e irascibles. El profeta, devoto a Dios, se encomienda a su cuidado mientras dirige su mirada al agujero por el que observa el exterior del foso.
Daniel en el foso de los leones, Briton Rivière (1872). Galería Nacional de Arte, Washington D. C.

La respuesta de Daniel al Rey, Briton Rivière 1872

El festín de Baltasar, Rembrandt, 1635. National Gallery, Londres. 

El tema de la obra es un episodio del Libro de Daniel. El rey Baltasar de Babilonia celebra un banquete en el que los comensales toman bebidas y comen en cuencos y vasos saqueados del templo de Jerusalén por Nabucodonosor, durante la conquista de la capital de los judíos que condujo a la cautividad de Babilonia. En medio del festín surge una misteriosa mano que escribe un enigmático mensaje en la pared: mene, tekel, ufarsin ("una mina, un siclo y dos medias minas"). Nadie, salvo Daniel, pudo interpretarlo ("mene, ha contado Dios tu reino y le ha puesto fin; tekel, has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso; ufarsin, ha sido roto tu reino, y dado a los medos y persas).

La obra está firmada y fechada "Rembrandt, 1635 F." y refleja influencia de la pintura de Rubens y Caravaggio.
El cuadro responde a la pretensión de Rembrandt por establecerse como un pintor reconocido de grandes pinturas de historia al estilo barroco. Las figuras no pretenden reflejar una belleza ideal, sino mostrarse de forma realista, con arrugas e imperfecciones, y una gran expresividad (mostrando sorpresa y asombro en ojos y rostros) y gestualidad de todo el cuerpo, intentando capturar el momento en el que los asistentes al festín advierten, aterrorizados, el milagro de la escritura en la pared.
El tratamiento de la luz y las sombras se hace con la técnica del claroscuro, destacando detalles de los rostros o el manto real y ocultando otras partes para que no distraigan innecesariamente la atención. La textura del óleo y la potencia y dirección de la pincelada están también sutilmente estudiadas, permitiendo definir los efectos deseados de atmósfera y movimiento.

Se emplean elementos iconográficos para transmitir un complejo mensaje moral y bíblico. La mano que escribe en la pared es masculina, para representar con claridad la mano de Dios. El vaso profanado acaso sea una configuración que aluda al cáliz eucarístico. Los tonos dorados aluden a la riqueza de Babilonia.
La composición evidencia una planificación organizada. Se pretende concentrar la atención en la figura central (Baltasar), de pose dramática. La luz, proveniente de las letras escritas en la pared, se refleja en los ojos de las figuras, la capa real y los vasos. Las líneas de tensión y las miradas se dirigen en diagonal al ángulo superior derecho.
Rembrandt vivía en el barrio judío de Ámsterdam y allí obtuvo un libro hebreo de uno de sus amigos, el rabino e impresor Menasseh Ben Israel, de donde extrajo los caracteres que usó en su cuadro, no obstante, lo hizo incorrectamente, al disponerlos en columnas en vez de izquierda a derecha, como corresponde a ese tipo de escritura. Ese error, de ser consciente, podría significar una referencia a la tradición judía que cuenta que la escritura sólo pudo ser interpretada por Daniel porque estaba escrita verticalmente, para que nadie más la entendiera.
Se ha señalado la posibilidad de que el dramatismo y la gestualidad de la escena estuvieran influenciados por las representaciones teatrales, que se habían convertido en un importante espectáculo en la Holanda del siglo XVII. 

San Diego de Alcalá
Fray Diego de San Nicolás O.F.M. (San Nicolás del Puerto, nació en Sevilla, el 14 de noviembre de 1400 y murió en Alcalá de Henares, el 12 de noviembre de 1463), fraile franciscano español, santo para la Iglesia Católica, más conocido como San Diego de Alcalá.
Vistió el hábito franciscano, como hermano lego en la Orden de los Frailes Menores de la Observancia. Fue misionero en Canarias donde llegó a ocupar el puesto de guardián del convento.
Fue canonizado por el papa Sixto V en 1588 en la única canonización realizada por la Iglesia Católica durante el siglo XVI, ya a finales del mismo. Es considerado patrono de los Hermanos legos franciscanos (no clérigos) por haber sido el primer hermano lego canonizado en la Orden.
Su celebración tiene lugar el 13 de noviembre.
Nació a finales del siglo XIV en el seno de una familia modesta, en el pequeño pueblo de San Nicolás del Puerto, al norte de la provincia de Sevilla y en plena Sierra Morena. Sus padres, de fe cristiana, le pusieron el nombre de Diego, derivación de Santiago, patrón de España.
Desde su más temprana juventud se consagró al Señor como ermitaño en la capilla de san Nicolás de Bari, en su localidad natal, y después en el eremitorio de Albaida bajo la dirección espiritual de un sacerdote ermitaño.
Fue un hombre bastante viajero para su tiempo; vivió en Canarias, Roma, Castilla y Andalucía y recorrió numerosos lugares de Córdoba, Sevilla y Cádiz. Durante su peregrinación a Roma pasó por numerosos lugares de España, Francia e Italia. Residió en los conventos de La Arruzafa (Córdoba), Lanzarote, Fuerteventura, Sanlúcar de Barrameda, Santa María de Araceli (Roma) y Santa María de Jesús (Alcalá de Henares), donde falleció en 1463.
Muy poco se sabe de sus primeros años. La más fiable de sus biografías, de la pluma de Francisco Peña, abogado y promotor en Roma de la causa de su canonización, y que debió, por lo mismo, poseer los mejores datos en torno a la vida de san Diego, así lo reconoce. Cristóbal Moreno, traductor en el siglo XVI al castellano de la obra latina de Peña, también hace constar esta insuficiencia de datos sobre su niñez y primeros años. Y hasta la Historia del glorioso san Diego de San Nicolás, escrita por el que fue guardián del convento de Santa María de Jesús, de Alcalá de Henares, donde vivió y murió el santo, se remite para esta época a las anteriores biografías de Peña y Moreno. La Historia de Rojo, el guardián complutense, aparecida en 1663, sesenta años después de la muerte de Moreno y a un siglo de distancia de la obra latina de Peña, no pudo ampliar con nuevos datos, como parecería lógico por haber vivido en el mismo convento, lo que la bula y anteriores biógrafos nos comunican. Alonso Morgado tampoco nos enriquece el conocimiento de la niñez de Diego con aportaciones que llenen el vacío de sus primeros años.
Tras su paso por Albaida y confirmada su voluntad de consagración a la vida religiosa, se trasladó al convento de San Francisco de la Arruzafa, en Córdoba. Allí ingresó Diego de San Nicolás como hermano lego en la Orden de los Frailes Menores de la Observancia (Franciscanos de la Observancia). De hecho San Diego es el patrón de los hermanos franciscanos legos, es decir, que no son sacerdotes.
Durante su estancia en este convento visitó numerosos pueblos de Córdoba, Sevilla y Cádiz, dando lugar a una devoción que aún pervive en las tradiciones de no pocos de esos pueblos.
El de la Arruzafa es uno de los conventos de España restituidos a la primitiva y rigurosa observancia franciscana, hacia 1409, por fray Pedro Santoyo. En el lugar que ocupaba se encuentra ahora el Parador de la Arruzafa.
En 1441, fue enviado como misionero a las Islas Canarias, al convento de Arrecife (isla de Lanzarote), donde trabajó de portero. En su función de portero del convento tuvo ocasión de ejercer la caridad con gran generosidad, a veces considerada excesiva por sus hermanos de comunidad. Después vivió en el convento franciscano de Fuerteventura hasta que regresó a la península en 1449. Durante cuatro años desempeñó el cargo de guardián del convento. Las Islas Canarias, que en 1402 habían sido reclamadas para su colonización por Jean de Béthencourt, habían sido evangelizadas inicialmente por los franciscanos. Muy pronto prosiguieron la tarea los Franciscanos Observantes (un movimiento de reforma dentro de la Orden de los Hermanos Menores, fundando en 1422) el convento de Fuerteventura. A la muerte del primer guardián y Vicario de la Misión de Canarias, todos los ojos recayeron en fray Diego, que fue elegido sucesor y tuvo que trasladarse allí. Los dirigentes de la Orden se habían saltado la norma legal de no conferir ningún cargo de gobierno a un hermano lego. Embarcó para la Gran Canaria, pero una tormenta le obligó a retroceder a Fuerteventura, donde, al poco tiempo, recibió la orden de regresar a España, yendo a Sanlúcar de Barrameda.
Con ocasión de la celebración en Roma del Jubileo de 1450, decretado por el papa Nicolás V y la canonización de Bernardino de Siena, miles de Frailes Menores peregrinaron a dicha ciudad, entre ellos fray Diego. Gran número de religiosos venidos a Roma cayeron enfermos, víctimas de una epidemia que azotó la ciudad, y el amplio convento de Araceli fue convertido en enfermería. Fray Diego se ocupó de la dirección del improvisado hospital, donde permaneció durante tres meses curando a los enfermos.
De regreso a España, pasó por varios conventos, entre ellos el de Nuestra Señora de la Salceda, en Tendilla (Guadalajara). En 1456 se traslada al Convento de Santa María de Jesús (Alcalá de Henares), que acababa de ser construido por Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo. Éste fue el más antiguo de los conventos fundados en esta ciudad, situado fuera de sus murallas, junto a la actual Universidad. En dicho convento pasará el resto de su vida, siete años, trabajando como jardinero y como portero. Tendría algo más de sesenta cuando murió. Sus restos se encuentran desde entonces en la Catedral de Alcalá de Henares. Actualmente se conservan en una urna de plata del siglo XVII, y su cuerpo incorrupto se expone todos los años el 13 de noviembre.
Habiendo sido popular en vida entre los más humildes, congregó junto a su sepulcro a los más poderosos después de muerto. Enrique IV de Castilla acudió a su sepulcro para pedirle la curación de Juana la Beltraneja. Cardenales de Toledo, príncipes de España, el mismo rey Felipe II después, acudieron junto a su tumba, llevados por un sentimiento de confianza en su santidad milagrosa.
Felipe II hizo llevar la momia hasta las cámaras regias a fin de invocar la mediación divina en la curación de su hijo el príncipe Carlos, cuando en 1562, estudiando en Alcalá de Henares, tuvo una grave caída por las escaleras en el Palacio Arzobispal, dándose un golpe grave en la cabeza. Este hecho se consideraría después milagro y sería popularizado por Lope de Vega.
Fue el único santo canonizado a lo largo de todo el siglo XVI, por el papa Sixto V, el 10 de julio de 1588, culminando el proceso introducido por Pío IV a instancias del rey Felipe II de España, convirtiéndose en el primer santo español de la Edad Moderna. Entre los seis milagros aprobados por la Sagrada Congregación de Ritos para su canonización, el más famoso es, precisamente, la curación del príncipe Carlos.
Otro milagro que se le atribuye es el de haber salvado, en un viaje que hizo a Sevilla durante su estancia en la Arruzafa, a un niño que imprudentemente se había metido y dormido en un horno, el cual fue encendido mientras tanto. Tras la mediación de Diego el pequeño apareció fuera del horno sin la menor quemadura. Éste y otros milagros los solía atribuir el humilde fraile a la intervención de la Virgen María.
Los más grandes artistas se ocuparon de él. Lope de Vega le dedicó el soneto La verde yedra al tronco asida, y la comedia San Diego de Alcalá.
Se le representa joven e imberbe, a pesar de que alcanzó los sesenta años, frecuentemente con:
·       Unas llaves, por haber sido portero y cocinero del convento,
·       Recogiendo con ambas manos su escapulario como delantal lleno de flores.
Este último episodio es uno de los más populares y representados en su iconografía. Se refiere a una leyenda, según la cual, Diego era tan generoso con quienes pedían a la puerta del convento, que sus superiores lo encontraban fastidioso y excesivo. En cierta ocasión en que vieron cómo Diego llevaba algo en el hábito, y suspicaces porque ya había dado la limosna diaria, se disponían a reprenderlo cuando milagrosamente los panecillos que el santo llevaba a los pobres se convirtieron en rosas.
Fue retratado por Zurbarán, Ribera, Murillo, Gregorio Fernández, Alonso Cano y Pedro de Mena, representando escenas de su vida relativas a la realización de obras de caridad o algunos de los milagros atribuidos. El pintor barroco Annibale Carracci dedicó un completo ciclo de frescos a la vida de san Diego en la iglesia de Santiago de los Españoles de Roma, distribuidos actualmente en diversos museos e instituciones.

Fray Diego de San Nicolás siempre llevó el nombre del humilde pueblo que le vio nacer en los documentos de su tiempo. Tanto las historias primitivas del santo como la bula de canonización expedida por Sixto V, no conocen otro lugar de referencia que San Nicolás del Puerto. Sin embargo se le conoce en el santoral como San Diego de Alcalá, por el lugar donde pasó sus últimos años y donde reposan sus restos. 

San Diego de Alcalá, Francisco Zurbarán 1658. Museo del Prado.
El franciscano san Diego de Alcalá (1400-1463) acostumbraba a coger pan de la mesa de su convento para dárselo a los pobres. Sorprendido por el guardián del recinto, que pidió ver lo que llevaba oculto en el hábito, el santo respondió que eran rosas y milagrosamente los panes se convirtieron en flores. Es probable que Zurbarán, recién instalado en Madrid, pintase esta obra, con figuras monumentales de formas bien definidas, para el ático de un retablo dedicado al santo en el convento del mismo nombre de Alcalá de Henares. 

El milagro de las rosas, Annibale Carracci 1604. Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona.
En 1602, el noble español Juan Enríquez de Herrera dedicó una capilla de la iglesia de Santiago de los Españoles de Roma al santo franciscano Diego de Alcalá. La decoración mural, con escenas de la vida del santo, fue encomendada al gran pintor boloñés Annibale Carracci. En el año 1604 este maestro inició el diseño de todos los cartones preparatorios, pero enfermó cuando dirigía personalmente los trabajos «in situ». El trabajo fue acabado por sus colaboradores, entre los que estaban Giovanni Lanfranco, Sisto Badalocchio y Francesco Albani. A mediados del siglo XIX los frescos se arrancaron y se traspasaron a lienzo y ahora se encuentran repartidos entre el Museu Nacional d'Art de Catalunya y el Museo del Prado.


La versión más antigua del milagro a la que he tenido acceso (más que nada porque no sé el suficiente latín como para leer el acta de canonización de San Diego) la cuenta el padre fray Melchor de Cetina en su Discursos sobre la vida y milagros del glorioso padre San Diego…(1609). En él relata que el Guardián del Convento había ordenado a la Comunidad, y en especial a fray Diego, que se moderasen en las limosnas pues estaban en año apretado y al refitolero, el monje encargado del comedor o refectorio, que no diese pan fuera del mismo a nadie sin su consentimiento. En una de esas, se cruzó el guardián con fray Diego que llevaba las mangas llenas de panes que acababa de coger para repartir entre los pobres. El superior le tiró del hábito, pensando que le había cogido con las manos en la masa, y milagrosamente cayeron rosas. El guardián se maravilló ante las flores que tenía delante de sus ojos fuera de temporada y, entendiendo el milagro, le permitió a fray Diego que continuara con sus hurtos pues entendía que Dios remediaría las necesidades del convento, como así fue. 

San Diego de Alcalá, José Ribera 1646. Catedral de Toledo 

San Diego, Niccolo Betti.  Descalzas Reales de Valladolid

San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres,  Murillo 1646 Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)
En 1645 Murillo recibe su primer encargo importante. Se trata de una serie de grandes lienzos destinada al claustro chico del convento de San Francisco en Sevilla. Once de los trece lienzos que constituían el encargo narraban temas de exaltación cristiana o caridad en la vida de diferentes frailes de la Orden como este cuadro que contemplamos. San Diego de Alcalá era un humilde hermano lego procedente de Sevilla que vivió en el convento franciscano de Alcalá de Henares durante la primera mitad del siglo XV, hasta su muerte en 1463, siendo canonizado en 1589.Murillo nos muestra al santo en el momento de ofrecer una plegaria de acción de gracias antes de servir a los pobres la comida que tiene en una olla. El protagonista aparece arrodillado, en la zona izquierda de la composición, acompañado de un niño de espaldas en la misma postura. Las demás figuras aparecen en diferentes posturas, ordenándose en planos paralelos y captando diferentes actitudes que parecen tomadas del natural, en sintonía con los mendigos de Velázquez. La influencia de Zurbarán y Herrera el Viejo se manifiesta en la pincelada espesa y lisa, la iluminación tenebrista empleada, el evidente naturalismo que define la escena o los colores terrosos empleados, sin eludir los pliegues del hábito del monje. La Cocina de los ángeles es uno de sus compañeros de la serie. 


San Diego de Alcalá en éxtasis ante la Cruz, Murillo.  Museo de los Agustinos de Toulouse.
San Diego levita en presencia de la Cruz, concentrado en una intensa meditación espiritual, mientras trabaja la huerta del convento. A destacar las expresiones de los personajes que contemplan la escena en contraste con la humildad de San Diego.

San Diego recibe el hábito franciscano, Annibale Carracci 1604 1607. Museo del Prado.
Pintado sin cartones previos por Annibale Carracci como parte del conjunto que decoraba la capilla de San Diego de Alcalá, en la iglesia de San Giacomo degli Spagnoli, de Roma, encargados por su fundador, don Diego de Herrera, a Carracci, que da los dibujos para todos, y a Albani. Trabajan también Badalocchio y Lanfranco. Se pasaron a lienzo a instancias del escultor Antonio Solá, a costa de Fernando VII; llegaron en 1850, quedando nueve en Barcelona, y siete, del Museo de la Trinidad, vinieron al Prado. 

San Dionisio de París
San Dionisio de París, también llamado el 'apóstol de las Galias' y el Santo Sin Cabeza, fue el primer obispo de París donde fue martirizado junto con sus dos compañeros Rústico y Eleuterio, durante una persecución anterior a la de Dioclesiano. Aunque no hay unanimidad de datos en los documentos más antiguos, no caben dudas de que Dionisio de París fue objeto de veneración temprana: santa Genoveva, por ejemplo, hizo construir una iglesia sobre su tumba hacia los años 450-460. El nombre de Dionisio figura además en el canon de la misa en algunos de los sacramentarios más antiguos.
Dionisio de París habría llegado a Francia hacia el 250 ó 270 desde Italia con seis compañeros con el fin de evangelizarla. Fue el primer obispo de París, y apóstol de las Galias.
Dionisio fundó en Francia muchas iglesias y fue martirizado en el 272, junto con Rústico y Eleuterio, durante la persecución de Aureliano. Según creen algunos es en Montmartre (mons Martyrum), o en el sur de la Isla de la Cité, según otros, donde se eleva, en la actualidad, la ciudad de Saint-Denis lugar en el que fueron condenados a muerte.
Según las Vidas de San Dionisio, escritas en la época carolingia, tras ser decapitado, Dionisio caminó seis kilómetros con su cabeza bajo el brazo, atravesando Montmartre, por el camino que, más tarde, sería conocido como calle de los Mártires. Al término de su trayecto, entregó su cabeza a una piadosa mujer descendiente de la nobleza romana, llamada Casulla, y después se desplomó. En ese punto exacto se edificó la célebre basílica de Saint-Denis en su honor. La ciudad se llama actualmente Saint-Denis.
La tradición del culto a San Dionisio de París, fue creciendo poco a poco, dándole a conocer, llegando a confundirlo con Dionisio Areopagita (obispo de Atenas) o con Dionisio el Místico. Esta confusión proviene del siglo XII cuando el abad Suger falsificó unos documentos por razones políticas, haciendo creer que San Dionisio había asistido a los sermones de Pablo de Tarso.

Su fiesta es celebrada el 9 de octubre.

San Dionisio, obispo y mártir, Maestro de Meßkirch, c. 1535/40

Decapitación de San Dionisio y sus compañeros, Basílica de Saint-Denis

Detalle 

San Dionisio de París, sosteniendo su cabeza. Detalle del portal de la Virgen en la fachada occidental de la catedral de Notre Dame (París). 

Santo Domingo de Guzmán
Domingo de Guzmán Garcés fue un presbítero castellano y santo católico, fundador de la Orden de Predicadores, más conocidos como dominicos.
Domingo de Guzmán nació en Caleruega (provincia de Burgos en España), hacia el año 1170. Sus padres fueron Félix Núñez de Guzmán y Juana Garcés (llamada comúnmente Juana de Aza, beatificada en 1828) y tuvo dos hermanos, Antonio y Manés (este último, fue uno de los primeros beatos dominicos).
De los siete a los catorce años (1176-1184), bajo la preceptoría de su tío el arcipreste de Gumiel de Izán, Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán, despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.
De los catorce a los veintiocho (1184-1198) vivió en Palencia; seis cursos estudiando artes (humanidades superiores y filosofía); cuatro, teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.
Al terminar la carrera de artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo canónigo regular en la catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando vende sus libros para aliviar a los pobres del hambre que asolaba Castilla. Al concluir la teología en 1194, se ordenó sacerdote y fue nombrado regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.
Al finalizar sus cuatro cursos de Docencia y Magisterio Universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su cabildo, luego el obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.
En 1205, por encargo del rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al obispo de Osma, monseñor Diego de Acebes, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del príncipe Fernando. Con este motivo, realizó viajes a Dinamarca y a Roma, y durante ellos se decidió su destino y se aclaró definitivamente su ya antigua vocación misionera. Convencido de que los herejes cátaros debían ser convertidos al catolicismo, comenzó a formar el movimiento de predicadores. De acuerdo con el papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas se estableció en el Languedoc como predicador entre los cátaros, y en 1206 establece una primera casa femenina en el Prouille.

Rehusó los obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.
Para predicar la doctrina católica entre los pueblos apartados de la fe, en 1215 establece en Tolosa la primera casa masculina de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra. En septiembre del mismo año llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando el obispo de Tolosa, monseñor Fulco, para asistir al cuarto Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su orden como organización religiosa de canónigos regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la regla de San Agustín para su orden y, en septiembre de 1216, vuelve en un tercer viaje a Roma llevando consigo la regla de San Agustín y un primer proyecto de constituciones para su orden. El 22 de diciembre de 1216 recibe del papa Honorio III la bula Religiosam Vitam por la que confirma la Orden de Predicadores.
Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de agosto dispersa a sus frailes; envía cuatro a España y tres a París, y él decide marchar a Roma. Se dice que allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros frailes a Bolonia. A finales de 1218 regresa a Castilla a recorrer Segovia, Madrid y Guadalajara.
Por mandato del papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de la ciudad para obtener para los frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina.
En la fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la orden, celebrado en Bolonia. En él se redacta la segunda parte de las constituciones. Un año después, en el siguiente capítulo celebrado también en Bolonia, se acordará la creación de ocho provincias.
Domingo de Guzmán contaba que veía a la Virgen sosteniendo en su mano un rosario y que le enseñó a rezarlo y le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. El santo se levantó muy consolado y abrasado en celo por el bien de estos pueblos, entró en la Catedral y en ese momento sonaron las campanas para reunir a los habitantes.
Con su orden claramente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, fallece el 6 de agosto de (1221) tras una breve enfermedad, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia. Sus restos permanecen sepultados en la basílica de Santo Domingo de esa ciudad. En 1234 el papa Gregorio IX lo canonizó. La Iglesia católica celebra su fiesta el 8 de agosto.
La ciudad capital de la República Dominicana (Santo Domingo de Guzmán) lleva ese nombre en honor a él.
Santo Domingo de Guzmán tiene asociados varios elementos relacionados con su vida. Por ello se le representa con diferentes símbolos:

Perro con antorcha
La leyenda (primera hagiografía de Santo Domingo) narra una visión que su madre, la Beata Juana de Aza, tuvo antes de que Santo Domingo naciera. Soñó que un perrito salía de su vientre con una antorcha encendida en su boca. Incapaz de comprender el significado de su sueño, decidió buscar la intercesión de Santo Domingo de Silos, fundador de un famoso monasterio Benedictino de las cercanías. Hizo una peregrinación al monasterio para pedir al Santo que le explicara el sueño. Allí comprendió que su hijo iba a encender el fuego de Jesucristo en el mundo por medio de la predicación. En agradecimiento, puso a su hijo por nombre Domingo, como el santo de Silos. Es un nombre muy apropiado, por cuanto Domingo viene del Latín Dominicus, que significa del Señor. De Dominicus (Domingo) viene Dominicanus (Dominico, que es el nombre de la Orden de Santo Domingo). No obstante, utilizando un juego de palabras, se dice que Dominicanus es un compuesto de Dominus (Señor) y canis (perro), significando el perro del Señor o el vigilante de la viña del Señor).
En su carta del 4 de febrero de 1221 a todos los obispos de la Iglesia recomendando la Orden de Santo Domingo, el papa Honorio III dijo que Domingo y sus seguidores habían sido «nombrados para la evangelización del mundo entero». Y en otra carta, esta vez dirigida a Domingo (18 de enero de 1221), el papa les llamaba pugiles fidei (caballeros de la fe, defendiéndola contra todo el que se oponga a ella). Esto es lo que Domingo hizo durante toda su vida, defender la fe con el ejemplo de su vida y con su predicación incesante contra los herejes del Languedoc en el sur de Francia, y con su deseo de ser misionero entre los no-cristianos.

Azucena
Usualmente se le representa con unas azucenas en la mano. El amor por la pureza de Domingo fue tan perfecto que, en su lecho de muerte, al hacer una confesión pública frente a sus hermanos, pudo decir: «Gracias a Dios, cuya misericordia me ha conservado en perfecta virginidad hasta este día; si deseáis guardar la castidad, evitad todas las conversaciones peligrosas y vigilad vuestros corazones». Y entonces, sintiendo remordimiento, dijo a fray Ventura, prior de Bolonia: «Padre, temo que he pecado hablando de esta gracia delante de los hermanos». La pureza de su alma y el deseo de que sus hijos le imitasen le llevaron a hacer esa revelación. 

Estrella
Se nos dice en la misma leyenda que durante el bautismo de Domingo apareció una estrella sobre su frente. Por medio de su vida y predicación, Domingo fue como un faro guiando almas hacia Cristo. Desde sus años de estudiante en Palencia, España, donde vendió sus valiosos libros con el fin de conseguir dinero para ayudar a los pobres que sufrían una gran sequía, y donde llegó a ofrecerse a ser vendido como esclavo para redimir a cristianos cautivos por los moros, a aquella noche, en un viaje a Dinamarca, que pasó en conversación con el hospedero hereje, atrayéndole por fin otra vez a la fe verdadera, a su etapa en el Languedoc, donde pasó los mejores años de su vida, su enseñanza y predicación, hasta la fundación de su Orden, Santo Domingo fue siempre una estrella brillante que atrajo almas perdidas a Cristo.

La cruz, el estandarte, el rosario
La cruz de dos brazos (llamada «patriarcal») es un símbolo de los fundadores de grandes familias religiosas (patriarcas) o de importantes comunidades cristianas que han dado origen a otras muchas. Se usa para Santo Domingo porque él fue el primero en sacar al monje del monasterio a la ciudad, convirtiéndole en apóstol: un religioso sin dejar de ser un monje. Otras órdenes fueron fundadas inmediatamente después de los Dominicos o casi simultáneamente, como los Franciscanos, y todos siguieron la misma pauta. Fue mucho después, en el siglo XVI, cuando aparecieron las Congregaciones dedicadas al trabajo apostólico, pero sin observancias monásticas.
El estandarte con el emblema dominicano es el escudo de armas de santo Domingo. Blanco y negro: pureza y penitencia, muerte y resurrección, combinando el ideal dominicano de mortificación y alegría, renuncia al mundo y posesión de Cristo. Su lema es Laudare, Benedicere, Pradicare que significa alabar, bendecir, predicar.

En cuanto al rosario, los medievales consideraron erróneamente que fue invención de santo Domingo, cuando en realidad se lo conocía desde el siglo IX; por otra parte, quien popularizó el rosario fue el dominico Alano de Rupe (1428-1475).[8] Sin embargo, fue Domingo quien le dio al rosario una finalidad evangelizadora, y fue la orden dominica la que convirtió esta devoción inicialmente particular en una oración eclesial universal. 

El libro y la Iglesia
En algunas representaciones, Santo Domingo sostiene un libro en su mano izquierda. El libro representa la Biblia, que era la fuente de la predicación y espiritualidad de Domingo. Era conocido como el Maestro Domingo por el grado académico que obtuvo en la universidad de Palencia, España. Sus contemporáneos nos dicen que en sus viajes por Europa siempre llevaba consigo el Evangelio de san Mateo y las Cartas de san Pablo. Esto hace referencia a la visión que tuvo en una de sus noches de vigilia. Mientras Domingo oraba, los santos Pedro y Pablo se le aparecieron. San Pedro llevaba consigo el Evangelio, y Pablo sus Cartas, con este mensaje: «Ve y predica, porque has sido llamado para este ministerio». Esta revelación le reafirmó en su vocación de continuar siendo un Predicador Itinerante, no solo en el sur de Francia sino también en todo el mundo por medio de su Orden, la Orden de Predicadores.
A veces, sobre el libro hay una iglesia. Esta iglesia representa la Basílica Laterana, la Madre Iglesia universal.
Santo Domingo tuvo que enfrentarse con muchos obstáculos legales para que el Papa aprobara su nueva Orden. De acuerdo con la leyenda, el papa Inocencio III, santo Domingo y san Francisco tuvieron un sueño. Cada uno de ellos vio que la Basílica Laterana estaba comenzando a derrumbarse, y a dos frailes, uno en hábito blanco y el otro en un hábito marrón, colocándose ellos mismos como columnas para evitar el colapso total. Domingo se reconoció a sí mismo como el fraile del hábito blanco, pero no sabía quién era el otro fraile. De igual modo, Francisco de Asís se reconoció a sí mismo como el fraile del hábito marrón, pero desconocía quién era el del hábito blanco. Para Inocencio III el sueño era un rompecabezas y un misterio. El día siguiente, cuando Domingo iba a ver al Papa sobre la aprobación de su Orden, se encontró a un fraile joven vestido con un hábito marrón. Mirándose mutuamente, cada uno reconoció al otro como el compañero que ayudaba a soportar la Basílica Laterana, y se abrazaron en medio de la calle. Después fueron juntos a ver al Papa, y éste comprendió inmediatamente el significado de su sueño: Las Órdenes de estos dos grandes hombres serán como columnas que salvarán a la Iglesia de su destrucción.

Las tres mitras
También se representa a santo Domingo con tres mitras, pues alude al ofrecimiento que le hicieron de tres obispados, pero los rechazó porque quería dedicarse a los pobres. 

Santo Domingo de Guzmán, Fra Angelico. 

Santo Domingo de Guzmán, Juan Bautista Maíno 1612. Museo del Prado.
Esta figura y su compañera, Santa Catalina de Siena, se pintaron originalmente sobre sendas tablas de formato trapezoidal con un lado curvo. Fueron realizadas para colocarse como remate del segundo banco del retablo, dispuestas a ambos lados del Calvario escultórico. El trazado exterior convexo servía de cierre lateral del conjunto, conformando el contorno del retablo y por ello se cubrieron con pan de oro, a modo de molduras, los lados interiores y exteriores de cada tabla. El aspecto actual está manipulado, pues se han transformado en pinturas de caballete de formato cuadrangular. Para ello se añadió madera en el lado curvo del soporte.
El hecho de que los dos santos tuvieran que ocupar un lugar muy alto en el retablo, un espacio destinado a obras escultóricas, debió de obligar a Maíno a un tipo de representación efectista. La pintura de Maíno se adaptó perfectamente a este tipo de requerimientos. La potente iluminación y el volumétrico modelado empleados confieren a los dos personajes una monumentalidad extraordinaria. Como ocurre con buena parte de los rostros masculinos, Santo Domingo presenta una concreción y una intensidad caracterológica que dotan al personaje de una vívida humanidad. El cabello oscuro y ensortijado, la barba corta y espesa, los ojos también oscuros y los rasgos bien definidos de la nariz y la boca se corresponderían seguramente con algún personaje contemporáneo del pintor. En la representación de Santo Domingo de Guzmán conviene destacar algunos aspectos, tales como la manera directa de dirigirse al espectador o el hecho de querer hacer ostensible no solamente su condición de fundador, sino también, al acompañarse de una pluma, la actividad intelectual del santo. 

Santo Domingo de Guzmán, Pedro Berruguete 1493-1499. Museo del Prado.
Es la tabla central del Retablo de Santo Domingo procedente, junto con otras obras del Museo, del convento de Santo Tomás de Ávila, sede de la Inquisición. Como fundador de la Orden Dominica, el santo aparece con el libro y la flor de lis. Con su cruz aplasta a un perro demoníaco con una tea encendida, símbolo del Mal. Esta imagen le identifica interesadamente -ya que fue el Inquisidor General, Torquemada, quien encargó la obra- como inquisidor, lo que nunca fue. El palentino situó a Santo Domingo en un escenario similar al de San Pedro Mártir, pero sin duda aludiendo a la luz de la fe y la oscuridad de la herejía, diferenció entre los dos vanos a los que se abre la estancia en la que se encuentra el Santo, uno, a la derecha, donde falta la luz y otro, a la izquierda, por la que entra ésta.
En esta ocasión, frente a lo que hizo con San Pedro Mártir, el pintor aumentó la escala de Santo Domingo y le situó en primer plano para acentuar la monumentalidad de la figura.  

Santo Domingo de Guzmán, Claudio Coello 1685. Museo del Prado.

Claudio Coello realizó cinco cuadros, entre los que se cuenta éste. Fueron pintados probablemente a mediados de la década de los setenta del siglo XVII, una época en la que Coello era un pintor relativamente joven, pero en la que ya se había hecho una buena posición en el panorama artístico madrileño gracias a importantes proyectos para decorar iglesias y conventos de Madrid y su entorno, y a obras tan singulares como, por ejemplo, El triunfo de san Agustín (1664) (Museo del Prado. En todas esas obras había dado muestras no sólo de su gran calidad técnica y su inusual dominio del dibujo, sino también de una originalidad y una valentía compositivas que lo convirtieron en uno de los grandes representantes del pleno Barroco madrileño.
Todas esas cualidades están presentes en Santo Domingo de Guzmán, un cuadro de gran efectividad estética y al mismo tiempo de considerable originalidad, que hace que no se parezca a las imágenes habituales del santo dominico. El santo se acompaña de una gran cantidad de alusiones que lo identifican sin lugar a dudas, y de hecho existe hasta cierto exceso: la cruz dominica, el hábito de la orden, el rosario al cinto, la azucena y el libro en la mano derecha, y el orbe y el perro con el cirio a sus pies. Pero mientras que no existe ninguna novedad reseñable en este aspecto, si la hay, y mucha, en la presentación que se hace del personaje, que se resuelve de una manera extraordinariamente escenográfica.
El santo aparece sobre una peana, con lo que se está sugiriendo la idea de escultura. Pero esa sugerencia es ambigua, pues tanto la expresión facial y corporal del personaje como la sensación de vida que logra transmitir Claudio Coello a través de su énfasis en los valores cromáticos, contradicen la idea de estatua muerta e inmutable. En ese juego participa también el espacio en el que se sitúa el santo, al que nos introduce el pintor a través de una cortina roja recogida, que subraya el carácter de aparición y desvelamiento que tiene la escena. La cortina da paso a un escenario muy poderoso desde un punto de vista formal, y también ambiguo en lo que respecta a su grado de realidad. Lo forman cuatro grandes columnas que sustentan capiteles de orden compuesto, pero en vez de acotar un espacio interior se abren a un fondo de cielo, lo que permite crear una iluminación muy efectista con la que se crean unos contrastes que potencian extraordinariamente la figura del santo en primer plano. A ese efecto también contribuye la perspectiva notablemente baja del conjunto, que da como resultado que santo Domingo tenga una gran monumentalidad. Esta obra, en la que se mezclan la pintura, la escultura, la arquitectura y la escenografía, constituye la culminación de la aspiración barroca a la integración de las artes, pero entendida no como un entretenimiento artificioso, sino como un instrumento para imponer más eficazmente en el receptor la presencia de la imagen del santo.
El cuadro llegó al Prado desde el desaparecido Museo de la Trinidad, al que habían ido a parar las obras de muchos conventos castellanos secularizados en 1835.

Santo Domingo de Guzmán, Ambrosius Benson 1528. Museo del Prado.

El éxtasis de Santa Teresa en la Cueva de Santo Domingo de Guzmán, anónimo del S. XVII. Museo de Segovia.
El tema representado es el éxtasis de Santa Teresa en la Cueva que, según sus biógrafos, visitó el 30 de septiembre de 1574 un lugar de veneración al ser considerado el espacio donde se mortificó Santo Domingo de Guzmán durante su estancia en Segovia en 1218.
La escena representa, en primer término y arrodillada ante el altar, a Santa Teresa con los brazos extendidos y la mirada perdida. A su izquierda, se encuentra Santo Domingo de pie; a la derecha de la santa, la aparición de Cristo; y cerrando la composición por ese lado, arrodillados, los frailes carmelitas que acompañaron a la santa en su visita a la Cueva. En la mitad superior del cuadro, y como fondo de la escena, aparece un retablo de un solo cuerpo y cinco calles, en cuyo centro se puede reconocer claramente la tabla del Crucificado atribuida a Pedro Berruguete y hallada en 1965 en un desván del convento de Santa Cruz, en Segovia. 

Santo Domingo de Guzmán, Francisco de Zurbarán. Palacio de Liria.

El cuadro procede de Sevilla, donde lo compró el coleccionista don Antonio Muñoz. Doña María Luisa Caturla estimó su valor y merced a su intercesión fue adquirido en 1957. En un artículo sobre Zurbarán publicado en la revista "Goya" analiza la pintura con todo detalle y señala la existencia de otras dos versiones: una, en la colección Valdés de Bilbao y otra propiedad de la familia Brunet de San Sebastián. Considera el lienzo de "la primera fase tenebrista del maestro, interrumpida por su estancia madrileña de 1634". 

La Virgen María entrega el Rosario a Santo Domingo,  Ignacio Ruiz de la Iglesia (1640-1703).
La pintura forma parte de un pequeño retablo neoclásico de la nave derecha de la iglesia. Presenta una composición piramidal entre los dos protagonistas, y centrada en ella la figura del Niño, equilibrada con el juego de líneas diagonales compensadas. La línea más marcada se visualiza en las cabezas de la Virgen, el Niño y Santo Domingo. Colabora en esta misma dirección los brazos derechos de la Madre y Domingo, que se unen mediante la donación del rosario. Las diagonales cruzadas se acentúan en los cuer­pos de los angelillos que arrojan flores, los bancos de nubes y el brazo izquierdo del Santo. En la cús­pide de la pirámide se encuentra la Virgen sentada, que se recorta sobre el celaje celeste. El escalón del primer plano, destaca la horizontalidad de la base, lo mismo que el pavimento en penumbra. Sobre el peldaño se adivina una pilastra arquitectónica para indicar el lugar sagrado donde se realiza la es­cena. Toda la fuerza expresiva se concentra en las tres figuras, sobre todo en la postura ascensional de Santo Domingo, con devota inclinación de todo su cuerpo. Sobre el regazo de la Madre se halla el Ni­ño Jesús, que parece flotar en el aire. Las miradas de ambos se entrecruzan, con elegantes gestos. La incidencia de la luz oblicua refuerza la caída descendente y su diálogo gestual. Los tres ostentan aure­olas en forma de nebulosa con un punto de resplandor en su eje, detalle iconográfico propio de los pintores de la Escuela Madrileña. Por el fondo celeste surcan ángeles, con azucena y corona de rosas, juntamente con diversa cabezas de angelillos que rodean la escena. Contrasta cromáticamente el cli­ma luminoso de la parte alta, con las tonalidades oscuras de la zona baja. Donde termina el escalón, emplaza al perro con la tea encendida, iluminando la esfera simbólica del mundo. 

Santo Domingo en oración, El Greco 1590- 1596. Colección Particular.
Santo Domingo de Guzmán, junto a san Francisco, será una de las figuras más representadas por El Greco; aquí le contemplamos en primer plano, arrodillado, orando ante un crucifijo con las manos entrelazadas y vistiendo el hábito blanco y negro de la Orden de Predicadores fundada por él en 1216. La pureza y austeridad que simboliza su hábito existen también en su rostro y en su actitud, mostrada la figura desde abajo y recortada ante el ya tradicional fondo nuboso. El santo es de proporciones gigantescas, ocultas éstas bajo los pesados ropajes, mientras su cabeza se ve reducida. La factura es rápida y vigorosa, de la Escuela veneciana, modelando a través del color y la luz, en la línea de Tiziano o Tintoretto. 

Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán, Pedro Berruguete, h. 1495. Museo del Prado.

Data de aproximadamente 1495 y está realizado en técnica mixta sobre tabla. Pertenece a la escuela española. Realizado para la sacristía de Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila, pasó con la Desamortización al Museo de la Trinidad, absorbido en 1872 por el Museo del Prado, en el que actualmente se expone.
El castellano Pedro Berruguete demuestra en esta obra que une la tradición hispano-flamenca con nuevos elementos renacentistas. Es un rasgo medieval el mantener diferente tamaño de las personas dependiendo de su jerarquía religiosa: Domingo de Guzmán, aunque está en un plano posterior, tiene mayor tamaño que los herejes albigenses a los que se está castigando en la hoguera. Pero es renacentista en las perspectivas, las formas y la luz, o la incorporación de espacios arquitectónicos.
La escena sitúa al espectador en una tribuna portátil desde la que Santo Domingo juzga a unos albigenses según un episodio de su biografía mientras otros acusados ya están siendo quemados y otros esperan su juicio. Toda la composición supone una magnífica crónica de la Castilla de tiempos de Reyes Católicos. Además, los personajes, vestidos a la moda del siglo XV, están dotados de un gran realismo, rozando lo anecdótico, como se observa en el personaje que duerme debajo del santo. Procede de la Sacristía de Santo Tomás de Ávila.

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